Álbum

Emilia, Pardo y Bazán

Qué ha sido de los planes que hicimos anoche cuando estábamos borrachosMushroom Pillow, 2026

Siete años después de su creación, Emilia, Pardo y Bazán están a punto de empezar a recoger los frutos de lo que han ido sembrando lentamente. Convertidos oficialmente en quinteto desde finales de 2025 –la teclista Carmen Giménez es miembro de pleno derecho después de la publicación de “La fiesta que me prometiste” (2024)–, su tercer álbum acaba de ver la luz a través de Mushroom Pillow después de toda una larga trayectoria de singles y EPs –y dos álbumes completos– en el sello sevillano Lunar Discos.

Imagino que es solo fruto de la casualidad que en “Qué ha sido de los planes que hicimos anoche cuando estábamos borrachos” hayan coincidido las mejores canciones que el grupo ha hecho hasta la fecha y el mejor sonido también logrado hasta el momento, haciendo que, en comparación, su característica intensidad guitarrera anterior pareciera como si se hubiera mostrado contenida, a la espera de la oportunidad soñada para liberarse: si en sus dos álbumes previos aún parecía que había canciones de relleno –una sensación que dejaba un regusto un tanto peculiar, dado que eran discos breves–, en este tercero esa sensación, afortunadamente, ya no existe. Al contrario: sus canciones han consolidado esa heterogénea homogeneidad que les hace ser cada vez más únicos (aunque, ¡oh, paradoja!, siga encontrándoseles ese eco a Nacho Vegas y a Fernando Alfaro que funciona como gancho con el que atraer a nuevos escuchantes) y, de paso, han encontrado una facilidad melódica constante, que los hace ideales para un karaoke indie que desconozco si existe…

Dice la leyenda que Emilia, Pardo y Bazán nació en la puerta de un cine, y la fachada de un cine es lo que aparece en la portada de “Qué ha sido de los planes que hicimos anoche cuando estábamos borrachos”, que, según otra leyenda, es una frase que pronuncia Gary Oldman en “Parthenope” (2024), la película de Paolo Sorrentino –que he visto, pero no recuerdo haber escuchado la frase–. La primera sorpresa la dieron con el lanzamiento de su primer single, “Probé el caballo”, una insólita rumba a lo Pixies –que no a lo Los Chichos–. Pero en el álbum la canción va seguida de “Tú tan rubia y yo tan tonto” y “La vera (Ghost)”, dos ejemplos palmarios de esa asombrosa capacidad de Sergio Sanguino para escribir algunas de las canciones de derrota sentimental más tristemente hermosas de la historia del pop-rock español, herederas directas de su propia “Nube Kinton” –de “La fiesta que me prometiste”–.

Enlazar las canciones entre sí, sin solución de continuidad, es una estrategia de producción que parece dar a entender continuidad entre los diez temas, como si todos, en realidad, fueran uno solo, transitando en apenas 32 minutos por ese mundo de precariedad, drogas, aburrimiento y fracaso que saben construir tan bien… y que riegan con la ironía del “dejárselas largas” en vez de cortarse las venas. Como ejemplo valga ese verso: “Sin Orfidal no va a haber quien se eche la siesta”, de “Qué pena”.

Si la duración habitual de sus álbumes –“el tiempo que tardas en prepararte para salir de casa, desde que entras a la ducha hasta que sales por la puerta”, han explicado en algunas ocasiones– permitía centrarse en las dos o tres canciones perfectas y redondas que incluían en los dos primeros, ahora han conseguido que se perciba escasa. En este buen estado de forma, no me hubiera importado que durara media hora más… ∎

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