La fascinación de Salvador Navarrete por el sonido empezó con su obsesión por las guitarras siendo un adolescente. Aunque sus temas como Sega Bodega –donde priman ritmos elásticos de alma digital– puedan hacer pensar otra cosa, nada le eriza la piel como la abrasión eléctrica de un riff colosal. Por eso, cuando Salvador conoció a Mayah Alkhateri y ella –que creció en el emirato de Ras Al-Khaimah en el seno de una familia egipcia– le habló del deseo de recrear el magma del shoegaze en canciones cantadas en árabe, algo se le iluminó por dentro.
Lo que le atrajo de la oportunidad de trabajar la voz de Mayah fue tratarla desde la emoción más pura y abstracta y no desde el lenguaje verbal, puesto que no podía entender sus letras. Salvador aceptó hacer canciones con ella con la única condición de que no cantara ni una sola palabra en inglés.
En los cinco temas de su primera tentativa juntos como Kiss Facility, “Esoteric” (2023), refulgía el recuerdo vívido del shoegaze de los noventa (especialmente de Slowdive), pero la entonación, las inflexiones y los melismas de Alkhateri, y todo el acervo que arrastraban sus versos en árabe, abrían esa música a otro mundo. Además, la dedicación y la minuciosidad con las que Navarrete sumía la urdimbre melódica de las guitarras y el registro ampuloso de la voz de Alkhateri en un campo gravitatorio hecho de mantos sintéticos a través de un tratamiento completamente digital alejaba esas canciones de un simple ejercicio de revisionismo retro, dotándolas de otra magnitud, de una entidad propia.
Mayah y Salvador acabaron enamorándose y la intimidad y la pasión terminaron imponiéndose en sus canciones juntos hasta invadirlo todo. “KHAZNA”, su primer álbum, sigue teniendo muy presente la herencia del shoegaze, pero agranda la paleta de influencias y registros para abarcar un espectro mucho más amplio del pop. Según ellos mismos han contado, la secuencia de ritmos sintéticos entrelazados sobre la que se precipita la catarsis de “Kotshena” está inspirada directamente en Kraftwerk, y las guitarras cristalinas que sumen “Flux” en la ingravidez se miran en el espejo de Johnny Marr y los Smiths. También los pespuntes melódicos que cosen “Flesh Mix”, tan cautivadora como sinuosa.
Para alguien que no hable árabe, el impacto y la turbación de estos temas pueden recordar también a la caricia extraña de las canciones de Cocteau Twins que Faye Wong cantó en cantonés, otro idioma ajeno al grueso del público occidental. O a la glosolalia de Elizabeth Fraser en sus versiones originales. Esa aleación perfecta entre rotundos ritmos digitales y guitarras ácidas que Salvador consigue en Kiss Facility también trae a la memoria otro disco magistral en su forma de fundir esos dos flancos del sonido en puro éxtasis pop: “Version 2.0” (1998) de Garbage.
El linaje sonoro de “KHAZNA” se extiende hacia muchas otras direcciones. La cadencia de los ritmos y los laminados del sonido trazan conexiones con puntos tan dispares del continuo electrónico como Aphex Twin o la factura artificial del pop Y2K. Todas esas referencias son inevitablemente anglo, pero la voz de Alkhateri, que ha estudiado poesía clásica árabe, remite a lugares más lejanos. También a un pasado remoto. Hay una mezcla de melancolía, deseo y padecer enraizada en sus melodías, en su manera de armonizar en escalas orientales, que revela lo que siente más allá de la comprensión textual.
Alkhateri se aferra a un amor irrenunciable, incorruptible, en “Cheap Poetry”, que se abre como el perfume de rosa de Damasco y oud esparciéndose en una habitación a media luz. En “Ishara”, Mayah alterna sus versos en árabe con los de Aleyna Tilki, todo un icono pop en Turquía, para insistir en el amor como una forma de devoción y desencadenar un clímax que hace sonar las guitarras como si fueran sintetizadores.
Las cuerdas suntuosas de “Plasma” son uno de los pocos recursos instrumentales que se recrean en los tópicos de la música árabe, pero lo hacen sin caer en el cliché. En ella, Mayah se enfrenta al fantasma de otra mujer. Fred again.. y Skepta la samplearon el año pasado en “21 Years”. “Noon” toma prestados versos de “Estado de sitio” (2002) del poeta palestino Mahmoud Darwish para reformular su significado hacia otras formas de resistencia en la voz de dos amantes que imaginan su futuro más allá de la muerte.
Mayah es la clase de cantante con la que sueña todo productor. Su voz es como una incantación y en manos de Salvador reluce en todo su potencial expresivo. Al fin y al cabo, él es el denominador común de algunas de las canciones más asombrosas de los últimos años: de “PIKI” de Judeline a “Sunset” de Caroline Polachek; de “Oral” de Björk y Rosalía a “FREAK” de Shygirl.
Tanto sus canciones con Alkhateri en Kiss Facility como su último álbum como Sega Bodega, “I Created The Universe So That Life Could Create A Language So Complex, Just To Say How Much I Love You” (2025), sumido en un registro completamente ambient, dan cuenta de la versatilidad de la que Salvador es capaz. “KHAZNA” lo reafirma en esa voracidad creativa al tiempo que insiste en su instinto para la melodía, los picos de euforia y los hallazgos inesperados de “Dennis” (2024) y “Romeo” (2021).
Ese virtuosismo no hace que Salvador se vanaglorie, ni le impide ceder espacio a Alkhateri, cuya presencia se impone con la majestuosidad y el drama de grandes divas árabes como Fairuz, Umm Kulthum o Sherine. Y ese es el mayor mérito de este disco: lograr armonía, equilibrio y simetría en esta copela de músicas y pasados a ambos lados del estrecho del Bósforo, sin que ninguna de esas culturas se imponga sobre la otra, justo cuando ese encuentro y ese entendimiento son más necesarios que nunca. “Khazna” quiere decir “caja fuerte” en árabe y, desde luego, un título como ese hace honor a un disco como este: es una cámara acorazada y dentro de ella hay algo muy valioso guardado a buen recaudo. ∎