Álbum

Love

Forever ChangesElektra, 1967
El tercer LP de Love, publicado en noviembre de 1967, convirtió al grupo californiano en uno de los referentes de los años sesenta. Arthur Lee y su camarilla fundieron una joya de pop-rock de cámara, con subyugantes orquestaciones y aires fronterizos. La historia dictó sentencia:  “Forever Changes” es, para siempre, uno de los monumentos musicales ineludibles para entender la llamada “década prodigiosa”. El disco fue seleccionado en el número 12 de los doscientos mejores álbumes del siglo XX en el Rockdelux 200. Esta es la crítica que escribió Guillermo Z. del Águila.

Se suele decir que “Forever Changes” es un disco de entendidos. Quizá porque, sin ser éxito en su época, es de esos álbumes convertidos en leyenda en el underground, alimentando mitos y propagando fanatismos desde su primera edición en noviembre de 1967. Continuamente redescubierto (aunque nunca a gran escala), ha ejercido una constante influencia sobre los más avezados de varias generaciones (normalmente los músicos) y es siempre favorito de la crítica. En este sentido se puede argumentar que “Forever Changes” es a la Costa Oeste lo que “The Velvet Underground & Nico” a la Costa Este. Aunque no se trata de un álbum de debut.

Love se estrenaron abriendo el sello Elektra a las bandas de rock con “Love” (1966). Ocupando el nicho folk-rock de The Byrds con la rabiosa electricidad sexual de The Rolling Stones, se convirtieron en lo más cool de Los Ángeles. Arthur Lee, un mulato de 21 años sobrado de talento y con una imagen magnética (su excéntrico vestuario se convirtió en referente), iba siempre un paso por delante, mezclando rock, soul y psicodelia antes que Jimi Hendrix (a quien acogió e ¿inspiró?) y Sly Stone, e introduciendo a The Doors en Elektra. De inmediato, grabaron un segundo álbum, “Da Capo” (1967), con incursiones en el jazz, la música latina y hasta la clásica.

Sin embargo, en el verano del 67 Love eran una banda con un futuro incierto. La reticencia de Arthur Lee (difícil carácter, complicada personalidad) a alejarse de su “reino” de Los Ángeles saboteaba su carrera (imposible el éxito sin giras). La escasa ambición de la banda (más preocupada de drogarse que de ensayar) los privó de participar en el festival de Monterey y desvió el cariño de Elektra hacia los más “profesionales” The Doors. Cuando entraron en el estudio en junio, eran tal desastre que Bruce Botnick (el coproductor Neil Young a última hora se apartó) tuvo que contratar a músicos de estudio (los infalibles “soldados” de Phil Spector) para hacerlos reaccionar. Dos meses después, la banda acabó grabando el álbum de su vida. Nunca brilló más el creativo bajo de Ken Forssi ni la imaginativa batería chispeante de Michael Stuart. “Forever Changes”, además, supuso el florecimiento compositor de Bryan MacLean con dos delicadas canciones, “Alone Again Or” y “The Old Man” (la primera con aires flamencos, la segunda inspirada en la “Troika” de Prokofiev), que se convirtieron en enormes con los arreglos orquestales.

Hijos del desencanto y de la psicodelia: Arthur Lee, en el centro, (casi) desnudo.
Hijos del desencanto y de la psicodelia: Arthur Lee, en el centro, (casi) desnudo.
Justo cuando Hendrix propulsaba la electricidad en una nueva dimensión, Love optaron por limitar su lenguaje a guitarras acústicas, bajo y batería. Claro que tuvieron la osadía de arreglar todo el álbum de manera orquestal (con la ayuda de David Angel), y eso lo convirtió en algo único. No era la primera vez que se utilizaba una orquesta, pero, integrados en el tejido emocional y no simplemente acompañando (escúchese “Alone Again Or” y su sección de viento con réplica en las cuerdas), los excelentes arreglos orquestales elevan al infinito canciones ya de por sí gloriosas (“Andmoreagain”, “You Set The Scene”) o les añaden nuevas dimensiones (los diálogos de vientos y cuerdas de “The Good Humor Man He Sees Everything Like This” la convierten en un dibujo animado). La electricidad aparece de modo puntual para desatar alguna tormenta (los solos de John Echols en “A House Is Not A Motel” y “Live And Let Live”).

El gentil y amoroso flujo instrumental contrasta con los abruptos cambios de ritmo y de atmósfera, casi esquizofrénicos (fracturadas y angulares, “The Daily Planet” o “The Red Telephone” son diamantes de mil caras), también presentes en la parte vocal (Lee dialoga consigo mismo y a veces se superpone). Pero el anticlímax lo generan sobre todo las letras: “Sitting on a hillside, watching all the people die. I feel much better on the other side...”. Sus crípticas imágenes reflejan la personalidad negativa de Arthur Lee (convencido de una muerte inminente), además de su alienación y agorafobia social. Cierto es que la escéptica Los Ángeles (Frank Zappa, Captain Beefheart, The Doors, Tim Buckley) no era la idealista San Francisco, pero en su desencanto (¿hastío?) Arthur Lee está más próximo a otros individualistas inadaptados como The Velvet Underground que al flower power del verano del amor, incluso en su consumo de una droga tan anticomunitaria como la heroína. Claro que no se debe olvidar el ácido; el álbum se forja con la esencia misma de la psicodelia: chocantes yuxtaposiciones, juegos de percepción, ambivalencias, la fertilidad siempre en la cara iluminada de la genialidad.

Como un cuadro de Dalí, “Forever Changes” es una extraordinaria obra de arte donde constantemente se descubre algo nuevo, el sonido de una línea, una melodía, un pequeño arreglo, una emoción... Siempre cambia.

Especialmente recomendada es la edición en CD remasterizada de Rhino publicada en 2001: añade extensas notas, un digno descarte, un esbozo previo, un par de mezclas alternativas y el single posterior (de las sesiones de una abortada secuela), enriquecido con un voyerista episodio de Lee dirigiendo la grabación. ∎

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