Si la fama y la cultura pop son una forma de canibalismo, como formuló Chris Rojek, las últimas décadas no han conocido un festín mayor que la caída en desgracia de Kanye West. Polémica tras polémica, línea roja tras línea roja, dinamitando cualquier límite de la corrección política y la decencia hasta caer en la exaltación del nazismo y el antisemitismo, Ye ha dilapidado en los últimos cinco años cualquier atisbo de admiración hacia la persona y el artista, tan difíciles de separar. La degradación de su figura pública en realidad empezó mucho antes: sus primeras alabanzas a Donald Trump llegaron en 2018 y esa tormenta mental de megalomanía, narcisismo, misoginia y paranoia que rayaba la neurosis venía fraguándose desde prácticamente el principio.
Kanye llevó la provocación hasta límites incompatibles con sostener su lugar en la cima del establishment de la música y la moda y demostró ser un pirómano dispuesto a hacer que todo ardiera a su alrededor. Su incendio particular le costó dos mil millones de dólares en contratos con Adidas, Balenciaga y Gap, cualquier posibilidad de reestablecer su estatus como pilar cultural de nuestro tiempo y su familia. Puede que él se sienta un matón, pero la industria y la inmensa mayoría del público han acabado tomándolo por un paria.
La multinacional que auspiciaba su música y las grandes marcas le dieron la espalda definitivamente en 2022. Desde entonces, Kanye se ha cerrado a un círculo cada vez más pequeño de colaboradores y acólitos, dirigiéndose a un reducto de público cada vez más estrecho y acérrimo, irracional y fiel, hasta el punto de limitar la distribución inicial de “DONDA 2” (2022) a un dispositivo con todos los stems de audio de las pistas a la venta por 200 dólares. Abonado al fanatismo evangélico y recluido en su rancho de Wyoming, Kanye acabó convirtiéndose en un cruce entre el líder de una secta y el fundador de una start-up de Silicon Valley de improbable escalada comercial, fundiéndose el capital inversor en fiestas en medio del desierto para ponerse hasta arriba de setas alucinógenas.
Ninguna condena podría ser más cruel para Kanye que la irrelevancia. Y puede que ya sea demasiado tarde para revisar esa sentencia, pero su talento –tozudo, irreverente, francamente incomparable al de ningún otro artista en su influencia en la música popular de lo que llevamos de siglo– parece dispuesto a rebelarse contra la indiferencia. “BULLY” demuestra que, pese a todo, Kanye sigue sin tener rival en cuanto a esa capacidad para ensanchar el marco del hip hop desde una concepción completamente pop y una voluntad totalmente experimental para convertirlo en un laboratorio de ideas. El álbum recupera la factura industrial de “Yeezus” (2013) (“KING”, “ALL THE LOVE”, “HIGHS AND LOWS”) y la fascinación por la historia de la música afroamericana que ya se hacía palpable en “The College Dropout” (2004) y “Late Registration” (2005). Probablemente es lo más certero, inspirado y memorable que Kanye ha entregado desde “The Life Of Pablo” (2016).
Este disco es más que un intento por revivir la grandeza del pasado. Es su camino de redención: un par de meses antes de lanzarlo, West pagó un anuncio a toda página en ‘The Wall Street Journal’ para pedir perdón a las comunidades judías y afroamericanas, confesando que su trastorno bipolar y la conducta errática de los últimos años son producto de un accidente de coche sufrido en 2002 que le desfiguró la mandíbula, ocasionándole daños permanentes en el cráneo y el lóbulo frontal derecho del cerebro.
Como ocurriría con cualquier otro artefacto cultural tan crudo como controvertido (y especialmente tratándose de una personalidad tan difícil de justificar y perdonar como la de Kanye), que “BULLY” sea otra oportunidad perdida o un gran disco depende tanto de nuestra predisposición como público como de cierto constructo social respecto a los límites de lo censurable. West es un genio y es un absoluto patán. Es alguien que ha sucumbido por completo al poder y a la lógica del abuso, que nunca podrá reparar los errores que una figura de su influencia y su repercusión jamás debería haberse permitido. Es una persona realmente peligrosa. Pero está claro que este álbum reaviva la intuición y la audacia que hicieron grande su música con una lucidez y una claridad que lo habían rehuido durante demasiado tiempo.
“BULLY” pretende definir lo que supone sonar clásico en la era de la Inteligencia Artificial, de la que West jura haber prescindido en el resultado final, después de que su uso fuera evidente en versiones tempranas de estos temas. Lo hace invocando el legado del soul y el góspel del siglo XX a través de samples, versiones y apropiaciones de “Heavenly Father, You’ve Been Good” de Johnnie Frierson (“FATHER”), “I Can Do All Things Through Christ” de The Clark Sisters (“PUNCH DRUNK”), “You Can’t Hurry Love” de las Supremes (“I CAN’T WAIT”), “A Change Is Gonna Come” de Sam Cooke y “Don’t Have To Shop Around” de The Mad Lads (“BEAUTY AND THE BEAST”) o la toma de un directo televisivo de 1972 de Stevie Wonder desfigurando “(They Long To Be) Close To You” de Burt Bacharach y Hal David, que los Carpenters hicieron eterna, con un talk box (“WHITE LINES”).
André Troutman ejerce de director musical, coautor y coproductor en muchos de estos temas y se revela como una figura imprescindible en el presente de Ye. James Blake, con quien West ha grabado todo un álbum que por ahora permanecerá inédito, ha pedido ser retirado de los créditos de “THIS ONE HERE” (con vocación clara de himno) porque ya no reconoce el espíritu de lo que crearon juntos. Daido Moriyama y Hype Williams se ocupan de la entidad gráfica y los visuales. Travis Scott, CeeLo Green (Gnarls Barkley) y Don Toliver alternan versos con Kanye, Ty Dolla $ign y Nine Vicious le sirven ad-libs y Peso Pluma se agarra al gancho salsero de “Bésame mamá” de Poncho Sánchez en “THE LAST BREATH” y lanza a Ye a cantar en un español macarrónico para bordear el ridículo más estrepitoso. La cosa funciona sin que se sepa muy bien cómo.
“BULLY” no quiere ser rompedor, abrasivo ni divisivo. Quizá a consecuencia de la medicación y de un régimen de vida que ha tratado de alejarlo de sus episodios maníacos, la voz de Ye suena extrañamente en calma. Como atrapado en una especie de purgatorio, West parece flotar en el vacío de la indolencia, sin saber si lamenta sus errores o todo lo que ha tenido que pagar por ellos.
A medida que Kanye caía más bajo, su discurso y su sonido se fueron radicalizando en “DONDA 2” y “VULTURES 1” (2024) y “VULTURES 2” (2024), sus dos discos con Ty Dolla $ign. Sus versos acabaron instalados en el victimismo, la virulencia y el mal gusto. Pero siguieron revelando dosis de un ingenio delirante, aunque la idea generalizada fuera que todo aquello no era más que un remedo hueco, seco y frágil del talento que nadie discutía hace unos años.
Aquellos discos tenían ideas radicales, pero una ejecución tosca. También versos profundamente insultantes. En “BULLY” no hay nada de eso. De hecho, sus rimas están atravesadas por la fatiga emocional, la disociación, el desapego y una voluntad firme de evitar la confrontación. Aunque si hay algo a lo que West es incapaz de renunciar es a su propio ego, como deja claro en “PREACHER MAN” (“I hate that God didn’t make a couple more of me”) poco antes de que despegue el sample de “To You With Love” de The Moments en uno de los instantes más espléndidos del álbum. “DAMN” es otra de sus cumbres, con una de las mejores tomas vocales de Ye y lo más parecido a un mea culpa.
Por primera vez en muchos años para Kanye, “BULLY” es un disco sin pasos en falso, al que no le sobra ni un solo minuto. Puede que haya elegido construirlo con abultados trazos de gran música del pasado para enfrentarse a esas canciones legendarias y probar que aún puede medirse ante ellas y subvertirlas. “BULLY” no puede redimirlo ni exculparlo, pero sí demuestra que, a día de hoy, Kanye es capaz de sostener su propio legado sobre los hombros. ∎