Ministro con cultura.
Ministro con cultura.

En portada

Ernest Urtasun

“La cultura no es un lujo: es un derecho ciudadano fundamental”

Fotos: Òscar Giralt

17.02.2026

Entrevistamos en exclusiva a Ernest Urtasun, ministro de Cultura desde noviembre de 2023. Durante este período ha tenido que afrontar debates decisivos para el sector: la regulación de los entornos digitales, la fragilidad de las salas pequeñas, la concentración de festivales, la precariedad estructural de los artistas y el desigual reparto del streaming. Repasamos con él los cambios que promete consolidar y el estado real del tejido musical.

Ernest Urtasun (Barcelona, 1982), ministro de Cultura, llega a la redacción de Rockdelux en la Ciudad Condal, en las oficinas del Primavera Sound, con la agenda apretada (primero, esta entrevista; después, su pase por el pódcast “La Hora Rockdelux” para charlar con Santi Carrillo y Juan Cervera) y con la noche ya reservada. Saluda a todos los presentes, se interesa, pregunta también. Cuando habla de derechos culturales tiene un tono cercano, pedagógico, que parece más personal cuando la conversación es sobre las salas y los clubes.

No esquiva los temas planteados en la conversación: streaming, precariedad del sector, fondos internacionales… Confiesa que esa misma noche –6 de febrero– cambiará el despacho por el club Nitsa, en la sala Apolo de Barcelona, para ver a Danny L Harle, uno de sus DJs preferidos y a quien pudo saludar tras la grabación del pódcast delux porque también estaba en las oficinas, ya que había sido entrevistado para RPS Music, el canal musical de Radio Primavera Sound. Entre la política pública y la pista de baile, insiste en una idea importante: “La cultura tiene que entenderse desde los derechos culturales”.

Urtasun en las oficinas de Primavera Sound.
Urtasun en las oficinas de Primavera Sound.

Teniendo en cuenta que las redes sociales son hoy una de las principales vías de acceso a la música para los adolescentes, ¿cómo valora su ministerio el impacto cultural que podría tener una prohibición del uso de las mismas a menores de 16 años? ¿Qué alternativas se plantean para garantizar el acceso y el descubrimiento cultural?

Primero hay que situar el marco: la Ley de Entornos Digitales está ahora mismo en el Congreso y será allí donde se determine finalmente cómo se regula y en qué términos se aplica. Hay un debate abierto y todavía debe concretarse cómo se articulará. Lo que sí es clara es la voluntad del Gobierno –expresada también por el presidente– de proteger a los menores en espacios digitales que hoy presentan riesgos evidentes. Y esa protección es una obligación. Es cierto que buena parte del acceso a la música se produce a través de las redes sociales, pero no exclusivamente. Existen otras vías digitales, pódcast, plataformas de audio y distintos formatos en línea que también utilizan los jóvenes. Por tanto, hay margen para garantizar el acceso y el descubrimiento cultural a través de entornos digitales sin renunciar a una regulación que reduzca los riesgos asociados a determinadas dinámicas de las redes sociales. El reto está en encontrar ese equilibrio, y confío en que el Congreso sabrá alcanzarlo.

¿Implicará también una transformación del marketing y de la publicidad musical? Mucha promoción se hace a través de Instagram… ¿Cambiará la estrategia de muchas empresas?

Es posible. Pero conviene recordar que estamos hablando de una franja de edad muy concreta: hasta los 16 años, según la propuesta que ya habíamos planteado en su momento. Entre los 14 y los 16 el acceso estaba previsto con control parental; eso llevaba tiempo sobre la mesa. Ahora damos un paso más y, efectivamente, la restricción es más estricta, pero se limita a un tramo de apenas dos años. A partir de ahí, las estrategias del sector seguirán funcionando como hasta ahora. No estamos ante una transformación estructural del mercado. La prioridad es proteger a los más vulnerables. Las redes sociales seguirán siendo un canal de transmisión musical a los 16, 18 o 20 años, como lo son hoy. Pero es evidente que hay que intervenir. Lo digo también como padre: me preocupan profundamente los efectos que determinadas dinámicas digitales pueden tener en la salud mental de los jóvenes. Y el Gobierno tiene la responsabilidad de actuar; no podemos limitarnos a mirar hacia otro lado.


“Hay un debate abierto y todavía debe concretarse cómo se articulará. Lo que sí es claro es la voluntad del Gobierno –expresada también por el presidente– de proteger a los menores en espacios digitales que hoy presentan riesgos evidentes”


¿España ha superado la excepcionalidad cultural o simplemente ha normalizado una emergencia permanente, con salas cerradas, músicos precarizados y reformas incompletas?

Si hablamos de música en vivo, los datos son objetivamente muy positivos. Hemos superado los mil millones de euros de facturación en España y eso indica que atravesamos un momento de gran dinamismo. Ahora bien, la responsabilidad del ministerio no es limitarse a celebrar las cifras, sino garantizar que exista un equilibrio real entre el gran festival, el pequeño formato, las condiciones laborales de los músicos y la sostenibilidad del conjunto. En esta etapa de expansión del directo, nuestra prioridad es clara: cuidar al músico y reforzar la sala de pequeño formato. Para ello estamos trabajando en tres líneas principales. La primera es una línea de un millón de euros destinada a infraestructuras, que permitirá a las salas pequeñas solicitar ayudas para insonorización, accesibilidad y mejoras estructurales. La segunda es el programa GPS, que financia giras de 35 artistas emergentes cada año por todo el territorio. Y la tercera consiste en ayudas directas a la programación, en colaboración con la asociación de salas de pequeño formato. Además, estamos siguiendo con atención el debate abierto en el Reino Unido sobre la posibilidad de que los grandes festivales realicen una aportación voluntaria por cada entrada vendida para apoyar a las salas pequeñas. Estamos estudiando si un modelo así podría adaptarse a nuestro contexto. Porque el pequeño formato es donde nacen los artistas emergentes y donde se articula la vida cultural de ciudades y pueblos. Son espacios que vertebran el territorio y, como tales, merecen protección pública.

¿Cree que estas medidas pueden frenar la desaparición progresiva de salas pequeñas y medianas?

Esa es la voluntad. Las medidas que hemos puesto en marcha buscan garantizar la sostenibilidad de las salas pequeñas. Sin embargo, hay un fenómeno estructural que complica ese objetivo: la gentrificación en las grandes ciudades. Muchas salas se enfrentan a incrementos de alquiler que las sitúan en una posición extremadamente vulnerable. En el ámbito de la vivienda contamos con instrumentos constitucionales que permiten intervenir, pero aquí hablamos de locales comerciales, y eso hace que el margen de actuación sea mucho más limitado y jurídicamente complejo. Nuestra intención es abrir un diálogo con la federación de municipios para estudiar posibles vías de actuación. A día de hoy no existe una herramienta de política pública claramente definida para abordar esta cuestión, que en ciudades como Barcelona o Madrid se está convirtiendo en un problema de fondo. La primera fase ha consistido en reforzar las ayudas públicas. La siguiente debe centrarse en afrontar de manera estructural el impacto del alquiler y la gentrificación sobre los espacios culturales.

Laia Masal y Santi Carrillo, director editorial de Rockdelux, durante la entrevista con el ministro.
Laia Masal y Santi Carrillo, director editorial de Rockdelux, durante la entrevista con el ministro.

Hay una percepción de confrontación entre grandes festivales y salas pequeñas. ¿Existe realmente esa tensión?

No soy contrario a los grandes festivales; al contrario, valoro profundamente el papel que han desempeñado en el desarrollo de la música en vivo en nuestro país. Este año hemos concedido la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes a Primavera Sound precisamente porque ha contribuido a situar a España en el mapa internacional. La cuestión no es oponer modelos, sino garantizar el equilibrio. Que los grandes festivales mantengan una programación ambiciosa y de calidad, que estén conectados con el tejido cultural local y que existan vasos comunicantes reales entre la sala pequeña y el gran escenario. El ecosistema debe funcionar de manera integrada. En ese contexto, estamos estudiando el modelo británico de contribución voluntaria por entrada vendida destinada a apoyar a las salas pequeñas. No se trata de un impuesto, sino de un mecanismo voluntario que podría fortalecer la base del sistema y reforzar la sostenibilidad del conjunto.

¿Qué queda pendiente del Estatuto del Artista?

Hemos conseguido avances relevantes. Desde 2023 existe una prestación por desempleo específica para el sector cultural, y eso supone un cambio estructural largamente reclamado. En diciembre adaptamos también el IRPF a la intermitencia de los ingresos. Un artista no percibe una nómina regular de enero a diciembre; suele concentrar sus ingresos en determinados períodos del año y no puede tributar como si tuviera estabilidad mensual. Esa anomalía ya se ha corregido. Lo pendiente es la cotización a la Seguridad Social. No puede ser que un músico pague una cuota diseñada para trabajadores con empleo estable. Muchas veces eso empuja a trabajar en negro. Estamos trabajando con el Ministerio de Seguridad Social para establecer una cuota reducida específica para artistas. Es complejo, pero es prioritario.


“Un artista no percibe una nómina regular de enero a diciembre; suele concentrar sus ingresos en determinados períodos del año y no puede tributar como si tuviera estabilidad mensual. Esa anomalía ya se ha corregido. Lo pendiente es la cotización a la Seguridad Social”


¿Qué aprendió el ministerio del colapso de la música en directo durante la pandemia?

El aprendizaje es que estábamos ante un ecosistema muy precario y muy débil. Lo que se trata ahora es de construir las bases de un ecosistema más robusto que pueda afrontar shocks de ese tipo. Antes, el ecosistema de la música en vivo no estaba preparado para algo así. ¿Cómo se fortalece? Si en dos o tres años contamos con salas capaces de programar con estabilidad, con un apoyo público suficiente, y con músicos que puedan acceder a una prestación por desempleo adecuada y a una cotización que no los asfixie, estaremos hablando de un sistema mucho más robusto. Esa combinación –estabilidad estructural, protección social y sostenibilidad económica– es la que permitirá afrontar futuras crisis con mayor resiliencia y evitar el colapso que vivimos entonces, y en eso estamos trabajando, en un ecosistema más sostenible y más fuerte.

¿Cómo preservar la memoria musical de una generación que creció sin algoritmos? Archivos y centros de documentación están infrafinanciados.

Tenemos que empezar por el reconocimiento institucional. Hay corrientes culturales que la administración ha ignorado durante años. El techno es un ejemplo. Este año hemos concedido la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes a Oscar Mulero. El techno ha tenido un impacto cultural enorme y había sido ignorado. También estamos reflexionando sobre fenómenos como la música máquina y la ruta del bakalao de los años ochenta, que forman parte del patrimonio cultural. En cuanto a preservación material, el ministerio tiene centros de documentación y archivo. Hemos adquirido fondos literarios importantes en los últimos años. Por ejemplo, con la nueva biblioteca pública de Barcelona estamos adquiriendo fondos de autores como Juan Marsé. Con la música deberíamos hacer algo similar. Si hay patrimonio musical relevante, es responsabilidad del Estado protegerlo.

La concentración de festivales en manos de grandes fondos internacionales genera inquietud. ¿Puede intervenir el Estado?

Es una cuestión compleja. Son operaciones mercantiles sobre las que el ministerio tiene pocas herramientas directas. Solo podríamos intervenir si vulneran normas europeas de competencia. He hablado con el comisario europeo porque es un fenómeno que ocurre en toda Europa. Si hay una concentración excesiva que afecte a la competencia, podría analizarse a ese nivel. Pero es verdad que nuestra capacidad es limitada. Son operaciones privadas.

Urtasun con el último número en papel de Rockdelux.
Urtasun con el último número en papel de Rockdelux.

¿Dónde está el límite entre inversión legítima y control cultural?

Hay algo que me ha preocupado, y lo he dicho públicamente: la entrada del fondo KKR en algunos festivales. No fue el caso de Primavera Sound, pero sí en otros. Cuando un fondo tiene determinadas vinculaciones internacionales, uno debe vigilar que no exista una voluntad de influencia cultural. La cultura en España tiene que ser libre. No podemos impedir la libre circulación de capitales en la Unión Europea, pero sí podemos mantener un diálogo institucional con los festivales para garantizar que no haya interferencias indebidas en la programación. Eso lo hemos hecho. No tenemos herramientas para frenar inversiones privadas, pero sí para dialogar y estar vigilantes.

En fiscalidad cultural, ¿España tiene un sistema fragmentado?

En materia de fiscalidad cultural, no diría que España tenga hoy un sistema especialmente fragmentado. En estos momentos, la mayoría de los sectores culturales trabajan con un IVA reducido del 10%. La música en vivo está al 10%, los servicios de artistas también al 10%. El libro, además, cuenta con un tipo superreducido del 4%. El gran problema se produjo en 2012, cuando todo el sector cultural pasó al 21%. Aquello fue un golpe durísimo para la cultura. Desde entonces, ese incremento se ha ido corrigiendo progresivamente hasta volver a tipos reducidos en casi todos los ámbitos. Hay, sin embargo, excepciones relevantes. El arte contemporáneo sigue tributando al 21%, lo que nos sitúa en desventaja frente a países como Francia, Portugal o Italia, que aplican tipos reducidos. Ahí mantenemos una discusión abierta con el Ministerio de Hacienda, porque creo que debería equipararse al resto de sectores culturales.

En el ámbito musical conviene matizar que, aunque la música en vivo y los servicios artísticos están al 10%, la venta de soportes físicos –como los discos– continúa gravada al 21%.

Es un elemento que forma parte del debate y que demuestra que todavía quedan ajustes pendientes. Con todo, no considero que en estos momentos exista una desventaja comparativa estructural en la música en vivo respecto a nuestro entorno europeo, aunque siempre es legítimo revisar y mejorar el sistema.

En el entorno digital, ¿es injusto el reparto del streaming?

Lo es. El artista recibe una parte muy pequeña en la cadena de valor del streaming. He tenido reuniones con Spotify y otras plataformas. Pero nuestra capacidad de intervención es limitada, porque los acuerdos son entre plataformas y titulares de derechos, discográficas o artistas. Nosotros podemos actuar en fiscalidad, protección social y apoyo a programación. En el reparto privado del streaming tenemos menos margen, pero hemos trasladado la preocupación a las plataformas.


“La mayoría de los sectores culturales trabajan con un IVA reducido del 10%. La música en vivo está al 10%, los servicios de artistas también al 10%. El libro, además, cuenta con un tipo superreducido del 4%. El gran problema se produjo en 2012, cuando todo el sector cultural pasó al 21%”


¿Quién se beneficia más del modelo actual?

Evidentemente las plataformas tienen una posición fuerte. El reparto no favorece suficientemente al creador. Esa es una realidad.

Se debate sobre la inflación de cachés y el impacto en las salas. ¿Debe regularse?

Es un debate complejo. No podemos fijar precios en el mercado artístico. Pero sí debemos garantizar que el ecosistema no se descompense. Si los cachés se disparan hasta el punto de poner en riesgo a salas medianas y pequeñas, el sistema se tensiona. La clave vuelve a ser el equilibrio.

¿Cómo se decide otorgar las Medallas de Oro al Mérito en las Bellas Artes?

Hay un equipo técnico en el ministerio que trabaja las propuestas. En el caso del techno había varias figuras relevantes. Elegimos a Oscar Mulero por su trayectoria internacional. Eso no impide que en futuras ediciones se reconozca a otros artistas.

En la conferencia MONDIACULT 2025, celebrada en Barcelona, 60 países acordaron que la cultura es un bien público global. ¿Qué cambia cuando se asume ese principio?

Lo que hemos introducido es un cambio conceptual: el ministerio ya no trabaja únicamente para fomentar el consumo cultural, sino desde la perspectiva de los derechos culturales. Ese es el espíritu de MONDIACULT. La cultura no es solo un elemento de mercado, es un derecho ciudadano fundamental. En España esto se traduce en el primer Plan de Derechos Culturales y en políticas concretas: eliminar barreras por renta o territorio, impulsar un plan de igualdad en la cultura y reformar instrumentos como el bono cultural para que también pueda destinarse a la creación y la formación, no solo al consumo.

Nuevos aires en el Ministerio de Cultura.
Nuevos aires en el Ministerio de Cultura.

¿Se ampliará el Bono Cultural?

El Bono Cultural Joven sigue siendo un programa dirigido exclusivamente a quienes cumplen 18 años en el año de la convocatoria, con una cuantía de 400 € para consumir en productos y actividades culturales. Esta ayuda se puede utilizar durante un año en tres grandes categorías: productos culturales físicos, productos digitales, y artes escénicas y museos, con una distribución concreta de 100 euros, 100 euros y 200 euros respectivamente. Según los últimos datos oficiales, más de 366.000 jóvenes han solicitado el Bono Cultural Joven 2025, lo que equivale aproximadamente al 68,5 % de la población estimada de 18 años de ese año. El programa cuenta con un presupuesto de hasta 150 millones de euros para 2025, según el extracto oficial de la convocatoria, y se pudo solicitar hasta el 31 de octubre de 2025 en la web habilitada por el Ministerio de Cultura. El ministerio está trabajando también en propuestas para ampliar los usos del bono en la próxima edición, la de 2026, incluyendo la posibilidad de gastar parte de esos 400 € en formación artística, cursos o adquisición de instrumentos, no solo en consumo cultural tradicional. Ampliar el bono a otras edades o dotarlo de mayor presupuesto implicaría inversiones adicionales muy significativas, por lo que por ahora el foco está en mejorar la difusión y el uso efectivo del bono dentro de su público objetivo actual y en explorar ampliaciones en sus usos culturales.

Más allá de los datos y las políticas públicas, ¿cuál ha sido la última sala en la que ha estado como espectador? ¿Sigue pisando clubes? 

La última sala en la que he estado como espectador fue la de un amigo en Madrid, Peor para el Sol, un espacio pequeño y muy vivo. Me gusta seguir pisando salas de formato reducido, donde la música se vive de cerca. Esta misma noche (se refiere al pasado día 6) iré al Nitsa, en Apolo, a ver a Danny L Harle, que es uno de mis DJs favoritos.

¿Qué sala le daría pena que cerrara?

¿Una sala que me daría verdadera pena que cerrara? Razzmatazz. Para mí no es solo un espacio de conciertos, es parte de mi memoria.

¿Qué legado le gustaría dejar?

Me gustaría dejar un ministerio estructuralmente transformado. Si conseguimos consolidar una protección social real para los artistas, fortalecer el pequeño formato y asumir definitivamente que la cultura es un derecho y no un lujo, habremos dado un paso decisivo. Más música en directo, menos precariedad y un ecosistema sostenible. Ese sería el legado. ∎

Etiquetas

Contenidos relacionados