Los seguidores de Cate Le Bon saben que su apellido real es un insípido Timothy y que Le Bon resulta ser un guiño atrapado en el tiempo al cantante de Duran Duran. No debería de sorprendernos tanto puesto que tanto los extintos “nuevos románticos” como nuestra heroína comparten fascinación por David Bowie, el rey del maquillaje. Quizá por esta razón, la Le Bon apócrifa rechaza una primera llamada que le lanzo por WhatsApp, el precario canal convenido por no disponer ella de ordenador en ese momento. Juan Manuel Freire refería en la entradilla de su entrevista de 2022 que tampoco quiso activar la cámara del Zoom, por lo que vuelvo a telefonear con la función de vídeo en off y bingo.
Al otro lado de la línea digital se escucha un hilillo de voz pelín andrógino, como si Major Le Bon aún estuviese orbitando alrededor de algún templo en la isla griega de Hidra –uno de los hitos en la gestación de “Michelangelo Dying” (Mexican Summer-Popstock!, 2025)– o tal vez de excursión por el desierto de Joshua Tree, donde le dio carpetazo. Allí vivió durante un tiempo con Tim Presley, a quien nunca menciona, su media naranja también en DRINKS, cuya ruptura sentimental forma la argamasa del nuevo álbum. Un trabajo cautivador cuyo título se nos antoja a priori más conectado al convulso Michelangelo Merisi –el primer tema se titula “Jerome” y son conocidos los retratos que Caravaggio le dedicó a San Jerónimo– que al piadoso Miguel Ángel Buonarroti. Pero nada es lo que parece en el proteico mundo de Cate Le Bon, encarnación posmoderna de Ápate, personación divina de la ilusión y la estratagema, que toca alguna tecla mágica y hace que la escuche solo un poco mejor, mientras sigo ejecutando un precario número de funambulismo entre el móvil y mi grabadora, rondado de horribles interferencias, de su ataraxia inescrutable y de la añoranza de un buen vídeo-Zoom.
No es la primera vez que nos visitas. Ya lo hiciste en las giras de los álbumes “Crab Day” (2016) y “Reward” (2019). ¿Hay alguna razón por la que hayáis decidido reiniciar el tour de “Michelangelo Dying” en España?
Simplemente me encanta actuar en Madrid y Barcelona. En 2019 tocamos en la fiesta de presentación de Primavera Sound y estuvo genial. También recuerdo durante aquel tour un gran concierto en San Sebastián. En España te sientes como de vacaciones (ríe).
¿Te gusta ir de gira?
Hace tiempo que los conciertos se han convertido en una auténtica machada (utiliza esa palabra). El coste de una gira es extraordinario. Cuando era más joven me encantaba ir a los conciertos de mis bandas favoritas; era una de las mejores sensaciones que se podía tener porque, además, no sentías ningún compromiso. Hoy en día el modelo de negocio de las actuaciones en vivo se hace insostenible si al final resulta que acabas perdiendo dinero… Dicho esto, me encantan los conciertos, creo que son muy importantes, especialmente ahora que tenemos tan pocas oportunidades para la alegría colectiva.
Eres una artista muy visual, pero ese tipo de espectáculo debe de ser caro…
Es cada vez más complicado organizar ese tipo de cosas, y tengo que pagar a mi banda, pero estamos girando con un diseño especial en el escenario. Tiene que ver con la iluminación. Es algo que intentamos cuidar mucho para que el clima sea el adecuado.
¿Qué músicos te acompañan esta vez?
Vendrán Euan Hinshelwood al saxo, Stephen Black a la guitarra, percusión y sintetizadores, Dylan Hadley en la batería, Toko Yasuda al bajo y Paul Jones al sintetizador y teclados. Creo que es la mejor banda con la que he tocado.
Desde “Pompeii” (2022), el saxofón se ha convertido en uno de los instrumentos más definitorios de tu actual forma de hacer música.
Sí, yo lo toco pero no como Euan. Manipulamos su sonido con filtros y pedales para que suene casi como un sintetizador. El resultado es extraño, muy emotivo y evocador…
La nueva imagen que has trabajado para “Michelangelo Dying” está inspirada en una instalación de Colette Lumiere titulada “Recently Discovered Ruins Of A Dream”, de 1973. ¿Qué te llamó la atención de esta artista performativa y de su obra?
Creo que fue cuando estaba un poco perdida por el dolor y con todo lo que viene después cuando sientes que tu mundo se desmorona. Aquella instalación me dejó completamente fascinada, la imagen de una mujer yaciendo dormida pacíficamente junto a unos espejos en una habitación decorada con esos tejidos, casi como una fantasía, pero a la vez táctil y real… Supongo que la obra me habló en diferentes niveles y me impulsó a crear un disco que sonara a esa instalación artística, a su aspecto y a cómo yo la sentía.
La obra pretende hacer indiscernible la línea entre vida y arte. Es un poco lo que has hecho con “Michelangelo Dying”, un exorcismo personal parapetado tras un artificio.
La gente hace música por diferentes motivos. En mi caso es experimentar la vida a través de la música como medio y tratar de que el resultado tenga sentido… A menudo nos olvidamos de lo loco que es vivir en el planeta Tierra. Hasta la propia normalidad. Cuando te paras un momento y piensas en ello, llegas a la conclusión de que, de hecho, es demencial… Por eso intento canalizar mis experiencias, todo lo que me ocurre, a través de un medio como la música tratando de no parecer demasiado existencial (ríe).
La música es ideal, ofrece las oportunidades infinitas de un arte abstracto, algo a lo que también tiendes con tus letras, más filosóficas que políticas…
Bueno, eso depende. Política es la vida cotidiana, ¿no crees? Simplemente vivir y existir en el mundo. Creo que no tienes por qué ser abiertamente político con tu arte o música.
El disco lo grabaste en 2024. Ha pasado casi un año. ¿Qué conexión sientes ahora mismo con esas canciones tan intensas?
Con cada disco intento tener una vivencia diferente y traducirla en música. Durante su creación siempre van a existir dos fases: vivir la experiencia y escribirla en tiempo real; y después la segunda, ya desde el exterior, cuando lo miras todo de fuera a dentro y tratas de averiguar cómo representar externamente eso que fue escrito en privado… Es siempre una transición interesante, la de coger algo que fue realizado en un estado de inmersión creativa y sacarlo al exterior… Hay cosas que comprendes durante el proceso que más tarde ves de forma diferente, y eso es algo que introduzco después en las actuaciones. Es un sentimiento regenerador de que todo sigue en marcha, cambiando constantemente, y que puedo afrontar su representación, que ya es diferente a lo que fue creado al inicio y que por eso precisamente tiene sentido. Es siempre un interruptor interesante, un gran reto, comprometerse a encontrar la conexión entre ambos mundos.
Dirán que es una tontería, pero he leído que tu terrier Mila ha sido importante en tu recuperación emocional.
Sí, me ha ayudado a vivir el presente, a estar más tranquila, a aceptar los momentos alegres en lugar de diferirlos… Muchas veces cuando estás de gira, viajando sola, algo que hago desde hace siglos, intentas escapar de todo en lugar de aprender a vivirlo con calma. Y creo Mila es la mejor razón que he tenido nunca para estar en algún lugar…
Curiosamente, de Colette Lumiere es la frase: “Estar alegre está completamente infravalorado”. Vives ahora en Cardiff, ¿no?
Sí, pero ya estamos buscando una nueva aventura, puede que en algún lugar de Europa.
Siempre cambiando de lugar…
Me gustan los cambios, el movimiento. Pero Mila vendrá conmigo porque me trasmite esa quietud que también necesito.
Lee Hazlewood y “Requiem For An Almost Lady” (1971), Bob Dylan y “Blood On The Tracks” (1975), Peter Hammill y “Over” (1977)... Hay discos geniales sobre rupturas amorosas, pero tu enfoque es obviamente diferente, y en absoluto narrativo.
No quería escribir un disco sobre desamor aunque tuviese todo el sentido del mundo por las cosas que te haces a ti misma en esos momentos, los bucles en que te metes. Pero en realidad no lo vives como si hubiese una línea narrativa en todo ello. Mi intención era escribir con honestidad mientras me sentía dentro de esa vivencia y sucedía en tiempo real. Lo que no pretendía era “curarme” y después, ya sabes, construir una historia sobre lo sucedido… No veo dónde puede estar ahí la fricción creativa a fin de ofrecer algo honesto y valioso. Por eso el disco va más sobre mí misma experimentando algo real y no sobre otras personas, o una venganza, o contar mi versión de los hechos, sino sobre una mujer que atraviesa todo eso con el corazón roto. Es mucho más instintivo y real...
Antes de terminar me gustaría preguntarte por tu trabajo con John Cale en la canción “Ride”. ¿Fue él quien la escogió? En la secuenciación del disco se escucha antes “Body As A River”, que me suena más al Cale de “Paris 1919” (1973), con el piano en staccato…
Es verdad, no lo había pensado así... Pero fue él quien la eligió. Cuando le llamé estaba aterrorizada por pedirle la colaboración y que me dijera que no. No quería molestarle ni imaginarme cómo podía sentirse una recibiendo un “no” de John Cale (ríe). Sucedió en el último momento. Le envié la pista y me la devolvió rápidamente con su voz doblada.
Es una participación breve pero valiosa, cuando canta “it’s my last ride”…
Esa estrofa es intencionadamente repetitiva, muy cruda. Cada vez que canta esas palabras toma un significado diferente manteniendo a la vez esa especie de monotonía. Tiene una voz maravillosa… Cuando lo escuché por primera vez me quedé paralizada en el estudio y me puse a llorar… John Cale es un icono viviente, un ídolo, una leyenda, un músico en continua transformación; nunca mira atrás. No es tan fácil tenerlo, es un hombre bastante inaccesible, aunque hemos colaborado juntos en vivo varias veces…
Acabas de producir lo nuevo de Dry Cleaning, pero me gustaría preguntarte mejor si tienes algo nuevo tuyo en preparación.
Últimamente he estado preparando un disco de drone. Es un género que suscita recelos pero puede llegar a ser muy emotivo. Ya está terminado y se lo he enviado a algunos amigos para que lo escuchen. Me gustaría mucho publicarlo. Ya veremos. ∎