Migala, la excepción como norma.
Migala, la excepción como norma.

Revisión

Migala: la persistencia de un futuro perdido

Las reediciones en vinilo de “Arde” y "diciembre 3, a.m." –la primera se materializó en abril, la segunda se acaba de anunciar y llegará en noviembre– colocan en primer plano sendos documentos generacionales. Es una ocasión perfecta para revisitar la trayectoria del grupo madrileño, nacido en 1994 como un proyecto casero de cuatro pistas impulsado por Abel Hernández junto con músicos amateurs, y convertido con el tiempo en una de las bandas más singulares del indie nacional. 

En algún punto perdido de una carretera secundaria de Francia, con la furgoneta averiada, el motor humeando y la gira suspendida por unas horas, Migala se sentaron en la cuneta y empezaron a tocar. Una dulzaina, una guitarra acústica, palmas, voces improvisadas y una canción que nunca llegó a grabarse. Fue uno de esos momentos en los que entendí que la verdadera música del grupo no siempre ocurría en el escenario, sino en las esperas, en las roturas, en los espacios entre las cosas. Aquella tarde, a finales de los años noventa, aprendí que Migala no eran solo una banda: eran una forma de resistir el caos con belleza”, detalla Jesús Llorente, al frente de Acuarela Discos desde 1993, emocionado por hablar hoy de una banda que, durante años, fue el corazón emocional de su sello discográfico. No solo por las ventas –que también las hubo, especialmente en Francia, de ahí aquella gira–, sino porque encarnaban justo aquello a lo que aspiraban: avanzar sin dejarse arrastrar por las modas.

De hecho, la reedición por el 25 aniversario de “Arde” (Acuarela, 2000) no es simplemente una operación de catálogo. Abel Hernández y el resto del grupo han vuelto a abrir los proyectos originales de Cubase de 2000, pista por pista, para remasterizar desde cero un disco fascinante. “Ha sido tan laborioso como bonito, casi arqueología sonora”, confirma Hernández a Rockdelux. Y la palabra arqueología es precisa: recuperar “Arde” hoy es recuperar no solo un disco, sino un modo de entender la música.

Activos entre 1996 y 2005, nacidos en Madrid como un proyecto doméstico de grabación en cuatro pistas, Migala sirven para entender qué ocurrió con la música independiente española después de la explosión y agotamiento de la movida. Si los años ochenta madrileños estuvieron marcados por la urgencia pop y la desinhibición, influidos por la filosofía glam británica, los noventa abrieron una grieta más introspectiva y literaria, con origen y vuelta a Norteamérica, en forma de sellos discográficos como Constellation, Sub Pop, Drag City, Touch And Go o Thrill Jockey. Por aquí estaban la melancolía rural de Will Oldham, la austeridad de Bill Callahan o el silencio como instrumento de Slint, con el uso del spoken word para reforzar al aire cinematográfico. Migala absorbieron todo eso, con la voz de crooner de Abel en primera línea. Migala no encajaban en ninguna tribu: venían de la periferia, no seguían modas y traían una sensibilidad que resultaba extraña y fascinante a la vez. No eran una banda al uso, sino un pequeño laboratorio de emociones enrarecidas”, explica Llorente en un intercambio de correos electrónicos para trazar este texto.

Diego Yturriaga, Abel Hernández (detrás), Rodrigo Hernández (delante) y Coque Yturriaga. El doble núcleo fraterno en el cambio de siglo. Foto: Francis Tsang
Diego Yturriaga, Abel Hernández (detrás), Rodrigo Hernández (delante) y Coque Yturriaga. El doble núcleo fraterno en el cambio de siglo. Foto: Francis Tsang

El origen, según recuerda Abel Hernández, fue casi accidental. “El grupo era una forma de canalizar las ganas de hacer cosas con la música y los colegas desde la posición del no-músico y la emoción”, confiesa. Migala, con ese nombre de araña y de cuento de terror de los años cincuenta, nació de la improvisación. “Era un proyecto casi tanto de producción como de composición. No todo era canción cantada, sino que abarcaba también lo puramente sonoro e instrumental, el ruido, el collage... La fórmula era  hacer una canción clásica y sumarle siempre una atmósfera enrarecida”, desvela Hernández. Pongamos dos ejemplos. La primera canción, “Isabella Afterhours (Stranger Than Paradise)”, existía ya en 1994, antes incluso de que Migala existieran: una noche de verano, letras colectivas, inglés como máscara, surrealismo como método. Del primer disco, “diciembre, 3 a.m.” (Acuarela, 1997), menciono “Cortázar”, pieza grabada entre lecturas del propio Julio Cortázar, órganos rescatados de una hoguera, ruido de garaje y azar, y donde aparece una de las claves del grupo: el archivo. A finales del próximo noviembre verá la luz una reedición en doble vinilo con muchos extras de aquel inesperado estreno en largo. Y el 29 de noviembre, en la sala Villanos de Madrid, Migala ofrecerán un concierto en el que podremos escuchar canciones pertenecientes a la primera etapa del grupo.

Es ese viaje que uno hace a cierta edad –leyendo, viendo películas, escuchando discos– y que funciona como una auténtica estructura emocional, casi un sistema de aprendizaje paralelo. Es una formación sentimental hecha de referencias. Eso que la tradición alemana llamó bildungsroman, pero aquí desplazado hacia la adolescencia, hacia la (contra)cultura como lugar donde uno se inventa a sí mismo… y monta una banda de rock. “Había cierta estética romántica, que venía de la influencia estadounidense –rock, cine, literatura–, de la literatura en general, el amor imposible, la elegía del paso del tiempo, ciertos excesos”, comenta en algún momento de la conversación Abel. La primera maqueta venía envuelta en papel de plata, como un bocadillo del recreo o una reliquia. Al escucharla me di cuenta de que allí había algo que no terminaba de encajar en ningún sitio: canciones clásicas pasadas por un filtro extraño. Abel ya cantaba con esa voz que parecía venir de un bar de carretera a las cuatro de la madrugada. No eran perfectos, pero tenían alma. Y en aquella época, ese tipo de alma escaseaba”, recuerda Jesús Llorente.

La relación de Migala con el cine era parte de ese sistema de conocimiento. En “Times Of Disasters”, por ejemplo, resuena la sombra de “El graduado” (Mike Nichols, 1967), no solo como cita, sino como atmósfera moral: la alienación, la suspensión del deseo. En otra pieza de “Arde” aparece “El hombre que mató a Liberty Valance” (1962), el wéstern crepuscular de John Ford, donde el mito americano dialoga con esa fascinación de Migala por la América literaria de Jack Kerouac y Cortázar. A ese imaginario se suma también la huella de “Extraños en el paraíso”, película escrita y dirigida por Jim Jarmusch en 1984, protagonizada por el músico de jazz John Lurie y el exmiembro de Sonic Youth Richard Edson, de la que Migala toman una manera de mirar el mundo: el tiempo muerto, la extrañeza cotidiana.

Abel Hernández, Jordi Sancho, Diego Yturriaga (detrás), Coque Yturriaga (delante), Nacho Vegas, Rubén Moreno y Rodrigo Hernández, el equipo que grabó “Arde”. Foto: Francis Tsang
Abel Hernández, Jordi Sancho, Diego Yturriaga (detrás), Coque Yturriaga (delante), Nacho Vegas, Rubén Moreno y Rodrigo Hernández, el equipo que grabó “Arde”. Foto: Francis Tsang

Ya mencionado unas líneas más arriba, el primer gran documento de todo aquello fue “diciembre, 3 a.m.”. Un disco que contenía casi todos sus fantasmas: folk oscuro, spoken word, ruido y canciones que parecían existir en la frontera entre la vigilia y el sueño. Y, casi como declaración de intenciones, la versión de “Fade Into You” de Mazzy Star, puerta entreabierta hacia el corazón de un grupo que hizo de la música una manera de quedarse suspendido en un tiempo verbal incierto.

Con “Así duele un verano” (Acuarela, 1998), el grupo expandió su lenguaje con una formación estable: Abel Hernández, su hermano Rodrigo Hernández, Diego Yturriaga, Coque Yturriaga, Jordi Sancho y Rubén Moreno. Luego se sumarían colaboradores decisivos como Nacho Vegas o David Belmonte. Pero la cima es “Arde”. Publicado en 2000 por Acuarela y un año después por Sub Pop en Estados Unidos, fue la consagración internacional de Migala. La web ‘Pitchfork’ le otorgó un 9.3, todavía la puntuación más alta dada por el medio a un disco hecho en España. “Fue un honor y un subidón simbólico. Nos permitió girar por Estados Unidos y sonar en las ‘college radios’. Fue bonito sentirnos dentro de esa casa de gente a la que tanto admirábamos”, recuerda Abel.

“Arde” es el disco donde todo converge. Las canciones breves y los desarrollos instrumentales. El folk y la tradición española –la fusión del flamenco con una caja de ritmos con solo elementos percusivos de “Primer tren de la mañana”–. El rock anglosajón y la música de película inventada. Y un arranque sin concesiones, con dos instrumentales. “Hoy casi nadie empezaría un disco así; todo eso resulta raro en 2026, pero no antiguo. Como de otro lugar”, reflexiona Abel.

Abel Hernández, Coque Yturriaga, Kieran Stephen, Rubén Moreno, Nacho R. Piedra, Rodrigo Hernández y Diego Yturriaga. En los tiempos de "La increíble aventura". Foto: Jorge Rueda
Abel Hernández, Coque Yturriaga, Kieran Stephen, Rubén Moreno, Nacho R. Piedra, Rodrigo Hernández y Diego Yturriaga. En los tiempos de "La increíble aventura". Foto: Jorge Rueda

Y esto nos lleva a la filosofía del crítico musical y pensador Mark Fisher. La música de Migala se escucha estos días como hauntología involuntaria. Antes de que Fisher conceptualizara los “futuros perdidos”, Migala ya estaban trabajando con esa materia: nostalgia de algo que nunca existió –las películas también son una ficción–, ruinas emocionales. Su música es profundamente hauntológica porque siempre parece venir de un tiempo paralelo. No un pasado. Hernández lo reconoce: “La música grabada, desde que existe, es un fantasma que está siempre apareciéndose y por tanto pertenece más al futuro que al pasado”. Su cercanía al lo-fi y la textura, al ambiente enrarecido, la manera de samplear y cierta nostalgia del futuro tiene algo de eso. Esa consciencia sobre el tiempo que no vuelve pero también como algo fallido, “fuera de quicio”, en palabras del propio Abel.

Quizá por eso “Arde” sigue sonando contemporáneo. No porque suene moderno, sino porque nunca terminó de pertenecer a su tiempo. Rockdelux lo entendió pronto. “Arde” fue incluido entre los mejores discos españoles de su década, mientras que “diciembre, 3 a.m.” y “Así duele un verano” se han consolidado como obras de culto. Migala se separaron definitivamente en 2005. “Lo que mató a Migala fue convertirnos en una banda de rock al uso y dejar de lado el experimento colectivo”, admite Abel.

Sus dos últimos discos exponen el final de Migala. Lo estuvieron dejando desde 2001, cuando hubo un primer parón indefinido. Algunos recordarán una especie de despedida en directo en junio de ese año en la sala Nasti de Madrid. “En julio grabamos ‘Restos de un incendio’. Pero en 2002 hicimos la gira por Estados Unidos, que se había pospuesto por el 11-S, y no sé si algunos conciertos más. Pronto nos pusimos a darle vueltas a ‘La increíble aventura’que, originalmente, era una especie de proyecto de película. Durante el tiempo de conciertos posterior algunos vimos que estábamos realmente cansados y entre la espada y la pared en varios sentidos. Por un lado, ya no éramos chavales y casi todos en ese momento trabajábamos fuera de la música y algunos empezaban a tener dificultades para afrontar los compromisos que teníamos en Migala –con nosotros mismos, sobre todo–. Veíamos que, o nos profesionalizábamos como grupo, o era imposible seguir con el ritmo. Eso implicaba mucha renuncia y nos parecía matar el espíritu de Migala –lo del amateurismo–”.

Migala, en 2004, atisbando el fin. Foto: Alfredo Arias
Migala, en 2004, atisbando el fin. Foto: Alfredo Arias

Quizá, visto con distancia, lo que mató a Migala fue convertirse en una banda más al uso, muy numerosa, anárquica y demás, pero un grupo de rock al fin y al cabo. “Pero era divertido tocar juntos y muy guay el sonido que conseguimos”, recuerda Hernández. De eso van “Restos de un incendio” (Acuarela, 2002) y “La increíble aventura” (Acuarela, 2004), con canciones como “El gran miércoles”, “Aquel incendio” o “Instrucciones para dar cuerda a un reloj”, su tema más escuchado en Spotify. “Cuando miro atrás veo una tremenda ingenuidad, lo cual funcionó mientras el mundo nos lo permitió”, añade Abel Hernández.

El final de la banda coincide también con un cambio de paradigma. Migala desaparecieron cuando el término indie empezaba a vaciarse, cuando el mercado volvió a marcar sus ritmos. La reedición de “Arde”, con su QR de acceso al archivo del grupo, es también eso: un regreso de posibilidades no agotadas. La gran lección de Migala fue que nunca fingieron ser cool, nunca persiguieron el éxito fácil ni se plegaron a ninguna escena. “Mientras hoy tantos siguen discutiendo desde libros y columnas qué fue o no fue lo indie, Migala ya habían entendido lo esencial”, dice Llorente, sobre lo que significa seguir tu propio fuego, aunque te queme, y sostenerlo sin concesiones hasta el final. ∎

Diez ficciones extrañas

01

La noche

de “Arde” > Acuarela, 2000

La canción preferida de toda la carrera de Migala de Jesús Llorente: oscura, hipnótica, cinematográfica. “Tiene esa capacidad de hacerte sentir que estás dentro de una película de David Lynch rodada en un bar de carretera español. Cuando la escucho, y puedo escucharla decenas de veces en bucle, aún se me eriza la piel”, reconoce el dueño de Acuarela.

02

Cortázar

de “diciembre, 3 a.m.” > Acuarela, 1997

Una especie de manifiesto involuntario de lo que fueron los primeros Migala: un grupo todavía funcionando más por intuición que por estructura. Una cinta con lecturas de Julio Cortázar recitando sus propios textos, un cuatro pistas doméstico, un sonido fantasmal y ultra lo-fi, un órgano Welson averiado rescatado. Todo atravesado por una lógica del azar, “como si las canciones no se compusieran tanto como sucedieran”, dirá Abel Hernández sobre esta canción. Reeditado este año en vinilo con rediseño de portada.

03

Isabella Afterhours (Stranger Than Paradise)

de “diciembre, 3 a.m.” > Acuarela, 1997

El origen de Migala: escrita en 1994 antes de que existiera la banda, condensa su ADN inicial –azar, improvisación, escritura colectiva y el inglés como máscara– y anticipa esa mezcla de canción clásica y atmósfera extrañada que definiría toda su obra.

04

The Guilt

de “Arde” > Acuarela, 2000

“Un fogonazo que recibí de pronto –como en otras ocasiones, cosa de unos minutos–, encapsulado en cristal pulido en los ensayos por el resto del grupo. La melancolía. La cadencia, fuera de grid, el rubato…”, cuenta Abel Hernández. La letra tiene un tono existencial, introspectivo y angustiado. “A ghost comes every night to rock my stupid guilt”, escuchamos: con la culpa interiorizada, el personaje quiere romper la rutina emocional –“succumb to the disaster of everyday”– y vivir algo espontáneo, pero se siente bloqueado.

05

Instrucciones para dar cuerda al reloj

De “Restos de un incendio” > Acuarela, 2002

De una grabación que, según parece, se hizo en la Casa de América de La Habana, Abel tenía una copia de una copia de una copia comprada en El Rastro de Madrid, con la voz original de Julio Cortázar recitando este manual. Un ensayo sonoro sobre el paso del tiempo, con Migala más rockeros y densos que nunca.

06

Guetaria

de “Así duele un verano” > Acuarela, 1998

Uno de esos montajes instrumentales desprejuiciados, con samples, que están presentes desde las primeras maquetas de Migala hasta “Arde”, y donde lo más importante es capturar una imagen mental. Cuerdas, una melodía en loop y la batería downtempo para suspender al oyente en un momento.

07

El gran miércoles

de “La increíble aventura” > Acuarela, 2004

La colisión de dos pulsiones esenciales en Migala: la canción breve y emocional, casi fragmentaria, y esa deriva hacia una música instrumental que funciona como banda sonora de una película imaginaria, algo que ya asomaba en piezas como la exquisita “Low Of Defenses”, de “Así duele un verano”. Ahí aparece también su inclinación por el wall of sound, la repetición hipnótica y una concepción profundamente onírica del cine: no como relato, sino como sueño, atmósfera y memoria emocional.

08

Ancient Glaciar Tongues

de “Así duele un verano” > Acuarela, 1998

En su cadencia recuerda a la aspereza de un Bill Callahan/Smog recién despertado, sobre arreglos metálicos y extraños –los glaciares en movimiento hacia ninguna parte–. Hacia el minuto tres, el tema crece a base de pianos y enmarañados acordes de guitarra.

09

Your Star, Strangled

de “La increíble aventura” > Acuarela, 2004

Canción clásica de una banda bien acompasada, que parece condensar la etapa final del grupo, con un sonido claramente orientado al directo. Uno de los pocos temas vocales del último álbum que publicaron y destaca por su tono íntimo, nocturno y melancólico. La voz de Abel Hernández se apoya en una instrumentación suave y contenida, donde conviven la armónica, los violines y la guitarra, creando una atmósfera envolvente.

10

Schizo-Doubt

de “diciembre, 3 a.m.” > Acuarela, 1997

Canción íntegramente grabada por José Zapata, guitarrista en la primera etapa, desde las maquetas hasta diciembre, 3 a.m., y que solamente cantó aquí. Se trata de un tema de transición con una estética lo-fi y grunge. Se siente cálido y divertido, huele a local de ensayo. Por eso, engancha. ∎

Rastros de un sueño

“diciembre, 3 a.m.”
(Acuarela, 1997)

El punto de partida del grupo: disco lo-fi grabado con cuatro pistas. Mezcla folk oscuro, collage sonoro e instrumentales cinematográficos. Incluye una versión de “Fade Into You” de Mazzy Star, himno generacional que Abel Hernández escuchaba en bucle tras grabar su videoclip de la MTV en una cinta VHS. En “Kerouac” afloran ecos beat y algo de esa libertad individual radical que se alojó en los años noventa. La voz infantil que se escucha es la de la hermana de Abel, Sara, que por entonces tenía entre 8 y 9 años.

“Así duele un verano”
(Acuarela, 1998)

La imaginería marítima es constante: el verano no es luminoso, sino de tránsito, puerto y desorientación emocional. El disco alterna piezas de folk oscuro de culto –Smog, Tom Waits, Scott Walker–, pasajes instrumentales y estructuras abiertas que se apoyan en la dinámica de “capas” más que en la canción clásica. En temas como “Akita”, el grupo maneja el sampling (de Pasolini) con una fluidez asombrosa; los arreglos de piano refuerzan la estética de collage, mientras que guitarras en reverberación y texturas ambientales anticipan su deriva hacia el post-rock, por entonces algo totalmente innovador en la escena. El resultado es un álbum íntimo pero orientado a una construcción de atmósferas expansivas, esas que veremos en sus dos últimos discos.

“Arde”
(Acuarela, 2000)

Su obra cumbre. Post-rock, folk, samples, arreglos complejos y estética cinematográfica total. Es el álbum donde Migala dejaron de ser prometedores para convertirse en imprescindibles. Escucharlo hoy sigue doliendo de la misma manera”, reflexiona Jesús Llorente. El disco afina una tensión constante entre lo acústico y lo eléctrico que nunca termina de resolverse, como si cada tema estuviera a punto de desbordarse. El sampling se convierte en un juego para ambos, banda y oyentes, que descubren un archivo emocional de referencias para la generación de entonces. Reeditado este año en vinilo con rediseño de la portada.

“Restos de un incendio”
(Acuarela, 2002)

Etapa más cruda y de banda consolidada, con tensión emocional más directa. Incluye uno de sus grandes éxitos, Instrucciones para dar cuerda a un reloj”, con la voz del propio Julio Cortázar. También destaca “La canción de Gurb”, tema que ya había aparecido en 1998 pero con una interpretación diferente. Gurb era el perro de Rubén (batería, violín). Su familia lo había llamado así por el personaje de Eduardo Mendoza. La canción originalmente salió en una temporada de tocar en su casa (en los primeros tiempos íbamos rodando de sitio en sitio hasta que nos echaban) y el perro estaba por allí y ladraba mientras tocábamos”, desvela Abel, tantos años después. El disco puede leerse como una red de metáforas de ese tren que pasa con el éxito de “Arde”, como si la internacionalización fuera un convoy fugaz: un disco-tren atravesado por fogonazos de electricidad. Todo parece insistir en esa idea de tránsito: lo que arde, se consume, pero también ilumina mientras se va.

“La increíble aventura”
(Acuarela, 2004)

Condensa la evolución del grupo hacia un sonido más directo y emocional. El álbum se construye como un conjunto de piezas que crecen de forma orgánica, sin las roturas del pasado. En él se combinan pasajes enérgicos con momentos más contemplativos, creando un equilibrio entre fuerza y delicadeza: un post-rock purista y alejando de la monotonía contemplativa. Es su trabajo más crudo y contundente, donde Nacho Vegas y el productor Paco Loco tuvieron un importante papel. Canciones como “El tigre que hay en ti” o “Sonnenwende” muestran el lado más rítmico y expansivo del grupo, mientras que otras como “El gran miércoles” aportan un tono más íntimo. ∎

Como complemento de esta Revisión, Beatriz G. Aranda selecciona esta exclusiva playlist de Migala.

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