Hay bolos en los que el espectáculo está tanto debajo como sobre el escenario. En un entorno casi apocalíptico, con el cielo cayendo sobre nuestras cabezas en forma de vendaval y aguacero, fue espectacular el headbanging, el circle pit y el pogo multicolor –por las capuchas que lucía el personal– que provocaron los angelinos Agriculture frente al escenario Port, precisamente –ya lo dice su nombre– el que más cerca queda del mar, dándole la espalda a solo unos metros. Leah B. Levinson, Kern Haug, Richard Chowenhill y Dan Meyer descargaron un torrente de black metal sin concesión alguna, ventilado con una ejecución tan anfetamínica, contundente, entusiasta y comunal como corresponde. Confieso que no llegué a ver los minutos finales de su set porque unos minutos después (teóricamente) tocaban Massive Attack en la otra esquina del recinto, y quise pillar buen sitio para cubrirlos: no hubo forma, tras dos intentonas. Y eso que en el móvil de un chico que tenía justo al lado lucía este mensaje de WhatsApp: “Lo han pospuesto, pero tocarán más tarde y será épico”. Pues no. Ojalá hubiera acertado. Carlos Pérez de Ziriza
Perteneciente a ese club de bandas-colectivo surgidas en el entorno universitario, caroline es también uno de los grupos que, como My New Band Believe, Blind Yeo o Black Country, New Road, han sabido asimilar las enseñanzas de The Incredible String Band llevándolas al terreno del avant-folk, el post-rock y la improvisación, sin caer en la trampa autorreferencial del indie. Vaya, ese tipo de grupo que podría tocar tanto en la Fairport’s Cropredy Convention como en el Cafe OTO londinense. Exhibieron espíritu comunitario al tocar en círculo en una magnética actuación, en la que demostraron ser capaces de pasar de la deconstrucción sonora de “U R UR ONLY ACHING” –una larga improvisación con paradas en el post-punk, el folk y el jazz– al encantador folk con Auto-Tune de “Tell me I never knew that” –la gema que grabaron con Caroline Polachek– o la entrañable experimentación con armonías vocales de "Coldplay cover". Para enmarcar. Luis Lles
En 2023, Overmono cerraron el Primavera Sound dando una lección de cultura break ante la agresión de los atronadores bombos de Charlotte de Witte, y esta vez el dúo dispuso sin embargo de toda la potencia del escenario Occident. La aprovecharon, desde luego, diluyendo subgraves a cascoporro, soltando progresiones flotantes y mercúricas y elevando siempre la intensidad a través de sus melodías más recordadas –“Is U”, “So U Know”, “Good Lies”–, que muerden como podrían hacerlo los perros que protagonizan los visuales. Pero llega un punto en el que se pierden en su emulación pistera de Bicep, recurriendo solo al subidón emocional y perdiendo por el camino la psicodelia, el trance, la abstracción, la melancolía. Como colofón, una curiosidad: pincharon “Big Dreams” de Smerz. “Think about it for a minute”. Diego Rubio
El psych-folk de Panda Bear se convirtió en inesperado refugio climático para muchos. Algunos solo buscaban una pequeña tregua entre el chaparrón Pero seguro que más de uno encontró en el Auditori Rockdelux un confort espiritual con el despliegue del más efervescente y fiable miembro de Animal Collective. El estadounidense sigue poseyendo el don de las armonías vocales y la osadía experimental. Su pop psicodélico –que desplegó en combo de cinco miembros: teclados, batería, guitarra y bajo– transitó por múltiples llanuras y no siempre por las más previsibles. Le encanta seguir trazando tirabuzones, ritmos en loop, alaridos modulados por reverb y percusiones enfermizas. Pero en la gran mayoría de ocasiones lo hizo sin perder esa guía melódica y, especialmente, el excelente tino con las armonías vocales, que convierten su propuesta en apta para un público más allá del nicho. En el fondo, y en eso el escenario resultó un trampolín modélico, resolvió la tarea con atmósferas dispares que se instalaron en el ambiente. Pudo invocar tanto a unos Pink Floyd conjurados para componer una banda sonora giallo como, en otra estrofa, remitir a The Kinks tras una ingesta de ponche lisérgico. Hubo incluso hasta alguna aproximación –tímida, eso sí– al country y al rockabilly. Fueron movimientos dirigidos siempre por la singular imaginación de su principal artífice, capacitado para resolver estructuras enmarañadas y complejas con una meritoria claridad sonora. Su pop caleidoscopio cada vez es más omnívoro y expansivo. Y el resultado fue abrumador. Uno de los grandes triunfadores de esta jornada pasada por agua. Marc Muñoz
En su estreno en el festival, la cantautora estadounidense fue víctima por partida doble. Primero, por su desafortunada colocación en el escenario exterior Schwarzkopf. Y segundo, por la todavía más desafortunada irrupción de la lluvia más funesta y estrepitosa de la jornada, ya fuera en forma de repiqueteo sobre paraguas o en torrentes cayendo sobre el público desde la carpa superior. Tampoco ayudó que este fuera el primer concierto que impartía acompañándose de una amiga a la flauta travesera y una pequeña mesa de mezclas. La joven compositora, vestida de prístino blanco, interpretó diversas canciones de “And Your Song Is Like A Circle” (2025), incluso recuperando algún tema antiguo como “Steps”, que, según dijo, nunca había tocado en directo. Intentó tomarse las adversidades con filosofía, incluso rememorando una pesadilla en la que asistía a un bolo de Yo La Tengo y un diluvio inundaba el recinto. Desgraciadamente, las circunstancias ambientales lucharon en contra de su etérea voz susurrada, la naturaleza frágil de sus composiciones y el carácter letárgico de sus rasgueos de guitarra; tendrá que regresar en mejores condiciones para que podamos valorar adecuadamente su propuesta. Xavier Gaillard
No estaban ya los ánimos muy festivos para cuando VVV [Trippin’you] asaltaron el escenario Port, así que los madrileños hicieron un poco lo suyo y un poco lo que pudieron: poco reivindicativos y más bien muy musicalmente funcionales –o lo que es lo mismo: a callar y a tocar, que ya tenía la peña suficiente drama y humedad encima–, desplegaron su distopía rave punk entre sintetizadores asfixiantes, bajos motórikos, mucha reverb y gritos de rabia, desesperación, esperanza, auxilio, ante un público pequeño pero entregado y algún que otro guiri bastante perdido. Muchos de ellos –también muchos de nosotros; no nos vamos a engañar– no supieron anoche donde meterse. Diego Rubio