El largo camino. Foto: El Hardwick
El largo camino. Foto: El Hardwick

Entrevista

Tyler Ballgame: amor, cinta analógica y otras fuerzas de la realidad

Una maleta, una habitación diminuta en Venice Beach y un mes para escribir diez canciones. Tyler Ballgame pasó de trabajar en una inmobiliaria a convertirse en nueva promesa del sello británico Rough Trade. El músico y productor Jonathan Rado fue clave en ese primer impulso. Descubrimos al artista que se encontró a sí mismo tras un nombre de béisbol y que arriesga en analógico para obligarse a decidir.

Durante un tiempo largo, Tyler Ballgame fue un músico en barbecho. Formado en la prestigiosa cantera universitaria de Berklee, criado entre la música americana y el folk confesional y con una devoción temprana por The Beatles, pasó años escribiendo casi a resguardo mientras intentaba averiguar qué pintaba él en todo esto. El giro llegó al mudarse a Los Ángeles después de vivir en el sótano de su madre, una decisión más vital que estratégica que lo obligó a replantearse la forma de estar sobre un escenario. Allí conoció a Jonathan Rado, multinstrumentista de Foxygen y productor de The Lemon Twigs o Weyes Blood, quien apostó directamente por él. También a Ryan Pollie, viejo amigo de Rado, conocido por su trabajo como Los Angeles Police Department. Juntos han creado “For The First Time, Again” (Rough Trade-Popstock!, 2026), su debut, publicado el pasado 30 de enero. Un disco grabado en analógico, con tomas en directo y un grupo cercano de amigos músicos tocando juntos.

Sus canciones hablan de identidad, de soltar lastre y de aprender a mirarse con algo de misericordia. En directo todo eso se vuelve gesto y movimiento, envuelto en una conexión franca, casi teatral. Charlamos con él justo cuando el disco echa a andar y con la vista puesta en su paso por el Vida Festival de Vilanova i la Geltrú, que tendrá lugar los días 2, 3 y 4 de julio.

“Goodbye My Love”, vídeo dirigido por Joey Casale.
Descubrí que parte de tu nombre artístico, Ballgame, viene de un famoso jugador de béisbol, Teddy Ballgame. No sé si te interesa esa figura o si es más bien una broma.

Es una forma de reírme de mí mismo. Empezó con la canción “Got A New Car”. Me llamaba a mí mismo Tyler Ballgame porque en ese momento no tenía nada en marcha. Vivía en el sótano de casa de mi madre, sin perspectivas. Así que era un gesto irónico, en plan: “A Tyler Ballgame le va fenomenal”. Ted Williams fue uno de los mejores jugadores de todos los tiempos. Más tarde, cuando me mudé a Los Ángeles y necesitaba un nombre para el proyecto, me quedé con él. Soy muy fan del béisbol, del hockey sobre hielo, del fútbol americano y del baloncesto.

“Got A New Car”, vídeo realizado por Joey Casale.

Tienes ya un estilo muy reconocible que está entre el folk y el pop, con un trabajo de armonías vocales muy sólido. ¿En qué momento sentiste que esa iba a ser tu forma emocional de expresarte?

Creo que es una mezcla natural de toda la música que me gusta. Los cantautores folk de los setenta son un pilar enorme de lo que escucho. Este disco, en concreto, tiene mucho que ver con el encuentro entre Jonathan Rado y yo: con mezclar estilos, hablar de los artistas que nos gustan a los dos y apuntar hacia ese espacio común. Durante las sesiones aparecían constantemente nombres como David Bowie o T. Rex, pero también Simon & Garfunkel. De joven, The Beatles siempre fueron importantes para mí. Cuando tenía 13 años y descubrí a Nirvana me obsesioné con la composición. También descubrí a The Who y la forma de escribir de Pete Townshend. Luego, ya de adolescente, encontré a Fleet Foxes a principios de la década de 2010, a Joanna Newsom, a Neutral Milk Hotel... Ese tipo de música un poco outsider. Creo que ahora mismo estoy ahí, con algún que otro guiño más pop.

Entonces, ¿empezaste a escribir canciones con 13 años?

Sí, más o menos al final del instituto. Cada año había un evento en el que montábamos una banda y tocábamos tres o cuatro canciones. Ensayábamos todo el año para ese único concierto. Al principio solo hacíamos versiones, y un año me colé con una canción original. Recuerdo también la primera que escribí: era algo jazzy, con cambios de acordes interesantes. Cuando empiezas a tocar la guitarra, la imaginación puede llevarte muy lejos.

“Los cantautores folk de los setenta son un pilar enorme de lo que escucho. Este disco, en concreto, tiene mucho que ver con el encuentro entre Jonathan Rado y yo: con mezclar estilos, hablar de los artistas que nos gustan a los dos y apuntar hacia ese espacio común”

Me encanta cómo te mueves en tus vídeos. Casi me entran ganas de moverme igual. ¿Estudiaste interpretación o es algo natural?

Crecí haciendo teatro e interpretación, sobre todo “trabajo de personaje”. Es como meterse en el arquetipo del frontman de rock. Llevar esa máscara te libera para hacer cosas que Tyler, como persona, no haría. Es muy divertido jugar a eso.

Un día lo dejas todo atrás y decides aceptar un trabajo en una inmobiliaria en Los Ángeles. ¿Qué te hizo tomar esa decisión?

Fue una decisión que tuve que pensar mucho. Llamé a todas las personas de mi vida cuya opinión respetaba y hablé con ellas. Al final, mi madre me dijo: “No estás arriesgando tanto. Siempre puedes volver si no funciona”. Viví con una maleta durante un año y medio o dos, en una habitación diminuta en Venice Beach, sin cocina ni nevera. Iba a un trabajo que nunca había hecho antes, básicamente diciendo que tenía experiencia y aprendiendo sobre la marcha. No ganaba mucho dinero, solo lo justo para pagar el alquiler y vivir al día, pero me permitía estar allí y tocar en micrófonos abiertos. Los Ángeles es un motor cultural donde la gente sacrifica mucho por sacar adelante sus ideas, y eso genera una intensidad extrema, con picos muy altos y caídas profundas. Además, es un lugar especial y contradictorio, casi como el Edén.

¿Y cómo conociste a Jonathan Rado?

Me vio tocar en un vídeo de unos 15 segundos en una historia de Instagram de alguien, en un concierto en un patio trasero. Me escribió diciendo: “¿Quién eres? Vente”. Fuimos a su estudio, tocamos juntos, conectamos enseguida y me dijo: “Vamos a hacer un disco”. Me dio un mes para escribir las canciones y luego lo grabamos todo en directo, en cinta. Somos el mismo tipo de persona, completamente obsesionados con la música. Nos hicimos amigos al instante.

Clasicismo sin moho. Foto: Tauni Western
Clasicismo sin moho. Foto: Tauni Western

Cuando entraste en el estudio, ¿ya tenías una banda?

Un productor con el que había trabajado en Rhode Island me presentó a Wayne Whittaker, el bajista. Somos de pueblos vecinos, fuimos a institutos rivales y hasta a la misma universidad. Wayne es como estar en casa. Toca como Paul McCartney mezclado con James Jamerson. Él trajo a Amy Wood a la batería. El vínculo entre ellos es una parte enorme del sonido del disco. Junto a Pollie y Rado, ese fue el núcleo que tocó en el álbum.

Grabasteis todo en cinta analógica y tus vídeos están rodados en película de 16mm. ¿Es una decisión meditada?

Creo que lo digital está bien, pero lo analógico te obliga a decidir, a comprometerte, a convivir con los errores. Te exige estar presente en la interpretación. A veces solo tienes cinta para una toma.

Hablemos de tus canciones. En “Help Me Out” cantas: “My own reflection wouldn’t look me in the eye”. ¿Fue difícil escribir algo así?

Esa canción refleja bastante mi proceso creativo. Muchas veces empiezo por la fonética, por cómo suenan las palabras al decirlas antes que por el significado. Apago el cerebro y dejo que hable el subconsciente. A veces pasan meses hasta que entiendo de qué trata realmente una canción. “Help Me Out” habla de una paradoja: querer amarte a ti mismo por completo y, al mismo tiempo, necesitar desesperadamente validación externa. Esa tensión forma parte de ser artista.

“Creo que lo digital está bien, pero lo analógico te obliga a decidir, a comprometerte, a convivir con los errores. Te exige estar presente en la interpretación. A veces solo tienes cinta para una toma”

Volvamos a “Got A New Car”, a cuando hablas de ti en tercera persona. ¿Lo decidiste así desde el principio?

La escribí durante una especie de despertar espiritual. Estaba en terapia, descubrí a Eckhart Tolle y, de repente, pude ver mi sufrimiento desde fuera. Tomar esa distancia fue muy liberador.

En “I Believe In Love”, ¿hablas del amor romántico o de algo más amplio?

De todo. Del amor universal, del amor interior, del amor como una fuerza de la realidad. Es algo sobre lo que acabo escribiendo mucho.

“I Believe In Love”, clip dirigido por Joey Casale.

¿Cómo sabes cuándo una canción está terminada?

El arte es tomar decisiones guiado por el instinto. Confío mucho en la inmediatez. Muchas veces la primera idea es la mejor. Si dejo que el cerebro analítico se meta demasiado, acaba estropeando el misterio.

Ahora que todo crece tan rápido, ¿qué decisiones tienes que tomar que antes no existían?

Conectar con el mundo a través de la música es algo precioso, pero necesito estar bien en mi vida diaria. Las giras, los picos emocionales de los conciertos y luego volver a casa sin nada en la agenda no es un ritmo natural. Estoy intentando encontrar un nuevo equilibrio para estar bien como persona.

Sigo las confirmaciones del Newport Folk Festival todos los años. Tocar allí ya son palabras mayores, tú lo hiciste en 2025.

Un sueño. Tiene una energía distinta a cualquier otro festival. Hay mucha camaradería entre artistas, no se siente corporativo. Que estuviera allí mi familia, siendo yo de Rhode Island, fue muy especial. Después del concierto, la gente se me acercaba constantemente. Fue una experiencia más grande que la vida. ∎

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