Camino a casa después de la clase de Filosofía. Hoy me siento con una mezcla rara: como si tuviera en el centro del cerebro una lucecita encendida, efervescente, y en el cuerpo una ligereza parecida a cuando estás a punto de comprender algo que te quitará un gran peso de encima. Como cuando estás a punto de resolver un problema difícil –una ecuación– o cuando la palabra que buscas está a punto de venirte a la boca y, aun así, se resiste. Llevo con esa sensación toda la semana.
Será que estoy muy estimulada. Estos días he leído “Comerás flores” (2025), de Lucía Solla Sobral, y la he entrevistado para el programa de Radio 3; he visto “Un poeta” (2025); he escuchado varias veces “Todas las cosas buenas” (2025) de Rufus T. Firefly para otra entrevista; he terminado de escribir un disco y me he mudado a Granada.
Por si fuera poco, he empezado un curso sobre Pier Paolo Pasolini. Hoy hemos leído y analizado su texto sobre la desaparición de las luciérnagas, probablemente uno de los más bellos que escribió, y me ha gustado por un motivo que no es exactamente intelectual: me ha llegado porque es una manera de contar una época sin grandilocuencia.
El texto nace de un recuerdo aparentemente mínimo: un paseo nocturno con unos amigos por un campo italiano lleno de luciérnagas. Años después, Pasolini volvería a ese mismo lugar y descubriría que habían desaparecido. Lo estremecedor es que entendió enseguida que aquello no era solo una cuestión ecológica. La desaparición de las luciérnagas era también la desaparición de una sensibilidad. Y desde ese detalle –con aire de literatura mágica, casi infantil– te coloca ante un paisaje que ya no existe y una violencia que sí existe: la de un cambio social que se instala en el aire y en los poros de la piel del lenguaje. La contaminación como hecho físico, pero también como metáfora política.
Pasolini fue de los primeros en comprender que el nuevo poder no iba a imponerse únicamente mediante la violencia, sino también mediante el consumo, la contaminación del lenguaje y la colonización de los deseos. Las multinacionales traían trabajo, dinero y progreso, sí, pero al mismo tiempo destruían algo esencial. Con la pérdida de las luciérnagas se perdía también una manera de mirar el mundo.
Me pregunto en qué momento dejamos de darnos cuenta. O si lo que pasa es que nos damos cuenta, pero no sabemos qué hacer con ello. O sí lo sabemos, pero llegamos tarde.
Me encantaría saber qué pensaría y qué crearía ahora Pasolini con lo que está ocurriendo en el mundo. Aunque, en el fondo, ya lo dejó dicho en toda su obra literaria, ensayística y cinematográfica. Hoy, darse cuenta de que la industrialización y el capitalismo van acabando con lo verdaderamente importante de la vida no es nada novedoso, pero entonces era inusual. Era, de verdad, un avisador de incendios.
Aunque no tengo ni idea de por qué estoy metida en este jardín de pensamientos. Es un bucle sin salida.
Llego a casa y lo primero que hago es poner música, casi al azar. Aunque soy adicta a la soledad, me inquieta el silencio absoluto y prefiero estar acompañada. Misteriosamente suena “Lumbre”, de Rufus T. Firefly, y siento que los pensamientos que venía rumiando tienen sentido unos con otros: por fin encuentro la salida del laberinto en el que me metí esta tarde. No porque la canción “explique” a Pasolini ni porque vaya a salvar nada, sino porque aparece una respuesta a aquello que me venía rondando: “Voy a seguir un poco más / Voy a llegar hasta el final / Voy a encender una luz que no te deje solo / Que cuide de nosotros”.
Ahí entiendo la diferencia entre la luz y la lumbre. La luciérnaga es un destello que ocurre. La lumbre es una decisión: hay que crearla y vigilarla para que no se apague. Y esa tarea me parece hoy una forma de esperanza en la que sí puedo creer.
La esperanza, entonces, no sería “que vuelvan las luciérnagas” –aunque ojalá–, sino aprender a reconocer qué luces pequeñas todavía existen y qué fuegos podemos encender sin quemarnos, cuáles no debemos dejar que se apaguen y cuáles hemos de vigilar para que no provoquen un incendio.
Quizá hoy la única forma posible de sembrar esperanza consista exactamente en eso: hacer del mundo lumbre. ∎