La fábula distópica anda hoy en plena crisis de identidad. No por falta de imaginación, sino porque la realidad ha decidido disputarle el terreno. El mundo se ha vuelto tan terrorífico que muchas de las viejas advertencias del género suenan a pieza informativa. En este contexto, levantar otra alegoría sobre vigilancia masiva, manipulación informativa y tribalismo político es caminar sobre un alambre: basta un pequeño tropiezo para que la ficción termine convertida en crónica periodística o clase de repaso. “Aprendiz de cuervo. Edición integral” (Norma, 2026) elude ese callejón sin salida replegándose en el misterio y el silencio como forma de resistencia, como a su manera hiciera Martín López Lam en el esquivo y sugerente “Bruma” (Aristas Martínez, 2025).
El autor barcelonés Danide (1981), mitad dibujante de los Deamo Bros junto con su hermano Raúl, firma en solitario el guion y dibujo de su ópera prima en largo, que comenzó a gestarse antes de la pandemia. ECC llegó a publicar su primer volumen antes de echar el cierre. Afortunadamente, Norma ha rescatado la obra tal y como fue concebida originalmente, en un volumen integral de 348 páginas.
“Aprendiz de cuervo” se abre con una comunidad de seres con cuerpos humanos y cabezas de animal confinada en un bosque y sometida a la autoridad de un Hombre-Dios y de su lugarteniente, el Ciervo-Fantasma, que ejerce de portavoz del régimen. Cada criatura ocupa un lugar preciso dentro de un orden rígidamente jerarquizado, cuyas reglas se retransmiten y repiten en bucle como un mantra. Hay un cuervo encargado de la recolección, una hormiga que administra la cosecha excedente, un sapo dedicado a la búsqueda de hongos. Eres lo que haces.
La chispa de la revolución llega en forma de glitch, esa anomalía digital que resquebraja la literalidad de la alegoría orwelliana. Irrumpe sobre las masas de blanco y negro de estas primeras páginas con estallidos cromáticos de rojo y verde, y franjas iridiscentes y pixeladas. Danide se apropia de la hipótesis Gaia –biosfera, atmósfera y Tierra entendidas como un único organismo en equilibrio– para imaginar un mundo irreversiblemente dañado por un ser humano que ha injertado la tecnología en la biología: estructuras mecánicas fusionadas con la carne, electromusgos, hongos de propiedades asombrosas. La tecnología ha dejado de ser herramienta para convertirse en enfermedad, un parásito que termina envenenando la savia.
Sobre ese sustrato tecnoorgánico flotan ecos pop de “Tetsuo. The Iron Man” (Shinya Tsukamoto, 1989), la pintura de Beksiński o el imaginario de Mad Max, pero también reverberan algunos de los motivos a los que el autor ya se había asomado anteriormente: la sátira posapocalíptica de “Walter y Beep” (2012-, con Raúl Deamo) o las burlas al capitalismo de “Fagocitosis” (2011) que realizó junto al guionista Marcos Prior.
“Aprendiz de cuervo” cambia de piel a partir de ese fallo de software que pervierte el dogma y contamina la iconografía del régimen. De ahí viene la toma de conciencia del joven cuervo del título, y también su expulsión de la comunidad y posterior peregrinar. Poco a poco, pero sobre todo en el tercer acto, la obra deja atrás la lógica del relato y se convierte en un ecosistema gráfico experimental, lleno de texturas y silencios.
En el viaje espectral y casi mudo que emprenden el protagonista junto a su amigo sapo en busca del “otro bosque” conviven explosivas páginas dobles con querencia manga con planchas que se fragmentan hasta multiplicarse en 64 viñetas. La rigidez geométrica de los rasgos del cuervo se combina con unos fondos minuciosos que registran las ruinas de una civilización ya devastada, de la que nunca se ofrecen las causas, porque a estas alturas de lectura el stendhalazo sensorial se impone a cualquier exigencia de explicación. Una libertad que permite al autor barcelonés combinar la plasticidad de sus composiciones con soluciones cromáticas cercanas al diseño gráfico e, incluso, dedicar uno de los capítulos a una narración construida íntegramente a partir de fotografías, ampliando así los límites del propio relato hacia un territorio intermedio entre el cómic, el fotolibro y la experimentación visual.
“Aprendiz de cuervo” es un cómic visualmente apabullante, pero también extraño y deliberadamente incómodo, que asume el riesgo de no explicarse del todo y deja amplias zonas abiertas a la interpretación del lector. Esta resistencia a fijar un significado único es, al final, la respuesta de Danide al problema de partida: si la metáfora explícita ya no puede competir con la realidad, la ficción está obligada a reinventarse para aspirar a introducir ruido en el sistema. ∎