Una década y media después de la realización de “La red social” (David Fincher, 2010), en la que su guionista, Aaron Sorkin, trazó un rugoso mapa de las patologías del joven Mark Zuckerberg y la creación de Facebook, el mismo Sorkin, ahora también como director, regresa al personaje y la empresa con “El precio de la red” (2026; se estrena hoy). Sitúa la acción en tres tiempos, 2019, 2020 y 2021, una década y media después, también, de la fundación de Facebook Inc., hoy Meta. Si el filme de Fincher narraba la creación de un imperio, el de Sorkin se centra en la posibilidad de defenestrarlo, aunque sabido es que las maquiavélicas operaciones por las que fue a juicio, y que no es exactamente lo contado en “El precio de la red”, se saldaron el pasado agosto con una multa de 18.000 millones de dólares, pero sin la asunción de culpa por parte de la plataforma. En este caso, el tribunal daba la razón a los 29 estados que habían acusado a la red social de violar leyes de protección a menores de edad. Lo que narra Sorkin en su película es igual de peliagudo: el descubrimiento por parte de un periodista y una ingeniera de Facebook del algoritmo de la red que promueve los discursos de odio, algo que tendría, entre otras funestas consecuencias, el bárbaro asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021. El algoritmo llegó a enviar a un 64% de los usuarios hacia grupos radicalizados de derecha, como se nos cuenta en la película. Cuando concluye el metraje se lanzan otros conflictos, como el de Instagram y la salud mental y el papel de Facebook en determinados aspectos del narcotráfico e incluso el tráfico de personas.
El filme se estructura en un prólogo titulado “Chica blanca borracha” y tres partes: “Cassandra”, “Significativas interacciones sociales” y “Nos van a echar la culpa de esto”. El prólogo sirve a modo de espoleta y es una de las mejores secuencias de una película demasiado blanda en la exposición de sus conflictos, sin la tensión requerida y un exceso de didactismo. Una mujer rubia y ebria espera en la autopista junto a su automóvil averiado a que llegue la asistencia. Pero aparecen antes dos policías, un agente negro y una agente latina, y la conversación inicial –aquí brilla el Sorkin dialoguista– deriva en un violento enfrentamiento tras el cual la mujer, que les increpa e insulta y asegura ser una víctima blanca del actual sistema, es detenida. El vídeo –lo filma ella con su móvil y los agentes con la cámara situada en el coche policial– se hace por supuesto viral. Lo ve Frances Haugen –notable, como en “Anora” (Sean Baker, 2024), Mikey Madison–, una joven y solitaria científica de datos de Facebook que en tiempos pasados fue amiga de la chica blanca, rubia y borracha. La secuencia está filmada con el necesario estrés visual que procura el hecho de que sea de noche, bajo la lluvia y con los coches que circulan a toda velocidad junto a la mujer y los agentes. Pero es una situación que podría ser sepultada en la categoría de simple anécdota en un país desquiciado. Sin embargo, abre la veda del relato. Frances comprende al ver el vídeo. Y entra en juego Jeff Horwitz (Jeremy Allen White), un periodista político de investigación sin idea alguna en tecnología que acaba de fichar por ‘The Wall Street Journal’. La película bascula a partir de este momento entre el cine de periodismo de investigación –pero sin que veamos escribir al periodista ni las clásicas escenas de tumulto en la redacción–, la toma de conciencia de la protagonista femenina y las situaciones alternas que tienen a Zuckerberg como protagonista. Lo encarna Jeremy Strong, quien fue en “Springsteen: Deliver Me From Nowhere” (Scott Cooper, 2025) Jon Landau, el mánager del Springsteen que interpretaba Jeremy Allen White; así de repetitivos son a veces los repartos cinematográficos. En todo caso, Strong se está labrando un considerable prestigio encarnando a personajes megalómanos tan desagradables en el capitalismo actual como Zuckerberg o el que acometió en “The Apprentice. La historia de Trump” (Ali Abbasi, 2024), Roy Cohn, el despiadado abogado que apoyó a Trump en sus inicios. En “El precio de la red”, este buen actor parece demasiado un autómata.
La película es excesivamente plana, pero mantiene la finura en la escritura del director, algo que lo caracterizó como guionista para otros –“Moneyball. Rompiendo las reglas” (Bennett Milller, 2011), “Steve Jobs”(Danny Boyle, 2015)– y en calidad de creador televisivo con la seminal “El ala oeste de la Casa Blanca” (1999-2006) y la ideológicamente ambigua “The Newsroom” (2012-2014). Las palabras dichas pueden a veces más que las imágenes filmadas. “Somos un tablero de corcho. No controlamos lo que la gente cuelga”, dice Zuckerberg para justificarse. El creador de Facebook, Instagram y WhatsApp se considera un absolutista de la libertad de expresión, y es alguien que realmente vive en un permanente contrasentido en el que prevalecen las finanzas y el poder. Y en una de las escenas correspondientes al ensayo del juicio que realiza con sus más estrechos colaboradores, a una pregunta de la teórica fiscal sobre su profesión no duda en contestar que se considera un acusado profesional.
Sorkin maneja los tres tiempos yendo hacia atrás y hacia delante, estilo narrativo al que ya recurrió en sus tres anteriores filmes como director: “Molly’s Game” (2017), “El juicio a los 7 de Chicago” (2020) y “Ser los Ricardo” (2021), siempre inspirándose en personajes y situaciones reales: la sensación es la de que quiere contar la historia estadounidense de los últimos sesenta o setenta años. Utiliza además un método, el de situar en la parte de debajo de la pantalla una línea con los años y meses, que recuerda a la empleada para pasar de un tiempo a otro en la serie “Vigilados. Person Of Interest” (Jonathan Nolan, 2011-2016). En 2019 acontece el encuentro entre Haugen y Horwitz. Un flashforward nos sitúa en 2021, con el ensayo de juicio, para volver a 2019 o instalarse en 2020, cuando la ingeniera descifra los datos clave que pasa al periodista en un contexto crítico, el del COVID. El tiempo real del relato es indefinido. Más adelante, Sorkin introduce planos de los pies de una multitud avanzando por el asfalto. No es más que otra anticipación, la de la riada ultraderechista dirigiéndose hacia el Capitolio. Después de aquello, Facebook e Instagram suspendieron las cuentas de Donald Trump durante dos años, pero el daño estaba hecho. Sorkin lo concreta con el plano de un Zuckerberg anonadado mientras las imágenes de televisión vomitan escenas violentas de los disturbios.
Haugen no es una idealista ni quiere cargarse el sistema. Ella cree en Facebook, al menos en lo que supuso inicialmente la red social. Su ingenuidad es a veces desarmante, pero es el personaje mejor trabajado del filme: “Le digo que jugamos con queroseno y cerillas, el resto es cosa suya”, expone a Horwitz tras suministrarle las primeras informaciones. El personaje del periodista es más tópico. Como no le interesa la tecnología, ve el añejo y apastelado musical “Magnolia” (George Sidney, 1951) y se sabe de memoria sus canciones, y cuando conversa con Haugen sobre el cine de Frank Capra y esta le dice que ha visto las películas “gordas” del director de “Juan Nadie” (1941), Horwitz, en un ataque de vieja cinefilia, le enumera las “otras”, “Horizontes perdidos” (1937) y “Arsénico por compasión” (1944). Esta secuencia podría haber dado más juego, pues Sorkin se sitúa a veces en el territorio del humanismo político que frecuentó Capra en los tiempos de Franklin D. Roosevelt, pero carece aún de su ingenio, grado de comicidad y mala uva.
La película avanza por decisiones de guion más que por hechos contrastados o creíbles. Siempre que Haugen duda, Sorkin se saca de la manga una situación para que supere su miedo y siga colaborando con Horwitz. Puede ser la escucha furtiva en un restaurante de la conversación entre unos padres y su hija adolescente, afectada por el bullying que se ha extendido por las redes, o un comentario de una compañera de trabajo en Facebook. Las imposturas de guion justifican los medios de un relato finalmente edificante en el que por supuesto se habla de todos los conceptos de las redes sociales (likes, scroll, emojis) sin aclarar qué son porque ya forman parte de nuestra vida cotidiana, aunque otras explicaciones que le da Haugen a Horwitz, como las que giran alrededor del MSI, me parezcan absolutamente ininteligibles. ∎