Este no es un libro de simple divulgación, es un ensayo sobre el papel de la cultura como derecho universal en el que se revisa la caída humanista del concepto en favor de la visión economicista que se esconde al renovarlo bajo la etiqueta de “industrias culturales”. “Es necesario redescubrirla como una necesidad social y un espacio de libertad, que nos otorgue un control real sobre nuestras vidas”, según Justin O’Connor.
El académico australiano, profesor de Economía Creativa en la Universidad de Adelaida, es un referente en su campo de investigación. Pero no todo son parabienes, ya que se le reprocha que su exposición cubre un terreno concreto, básicamente el anglosajón, en el que predominan Australia y Reino Unido, sin olvidar Estados Unidos.
“La cultura no es una industria. Recuperar el arte y la cultura para el bien común” (“Culture Is Not An Industry. Reclaiming Art And Culture For The Common Good”, 2024; Liburuak, 2026; traducción de Martina Scherschener y Valentina Martirena) es una diatriba contra la cultura que, según el autor, ha encontrado bajo el paraguas del neoliberalismo un sustituto conocido como “industrias culturales”. O’Connor procura hacer una labor didáctica del ideal de cultura entendida como tal: “No estoy seguro de que fuera un experimento. Fue más bien un cambio de imagen. Había una palabra común que significaba industrias culturales. Decidieron cambiarle el nombre a finales de los 90, principalmente para que conectara con todo el asunto digital de las puntocom”.
El ensayista se opone a que la creación artística y la cultura sean evaluadas únicamente por su rentabilidad económica o capacidad de generar beneficios, transformándolas en productos de consumo. En medio de cierta densidad narrativa, salteada de intertextualidad y citas para reforzar su pensamiento crítico, surge la luz. O’Connor propone un nuevo contrato social para las artes que priorice la equidad, la sostenibilidad y el sentido de comunidad más allá del beneficio económico. Asimismo, entiende que la cultura debe ser tratada con la misma importancia que la educación o la salud, como base indispensable para la cohesión social en una sociedad democrática.
El reconocido filósofo y crítico de arte Arnau Puig (1926-2020) dejó dicho que la cultura “surge al margen de razas, colores de piel, origen social y de lengua; es un don natural propio de cada cerebro y, obvio también, de las posibilidades de formación intelectual que se hayan tenido”. El predicamento de O’Connor se acerca a ese argumentario, a pesar de que en sus palabras se percibe cierta frialdad, combinada con halos airados, típicos de un activista. Aun así, su discurso se despliega desde una óptica humanística.
Sea como fuere, al agudo y por momentos acerado planteamiento del académico le falta la sugestiva claridad expositiva del ensayo de Shain Shapiro en “La ciudad donde quiero estar. Cómo la música puede mejorar nuestras ciudades” (2023; Liburuak, 2024). También la calidez de la narrativa de Donald S. Passman a la hora de analizar y exponer los riesgos a asumir por parte de los creativos en la industria de la música en “Todo lo que necesitas saber sobre el negocio de la música” (1991; Liburuak, 2026). Para Justin O’Connor, el anguloso desafío de la cultura como concepto y expresión humanista, o entendido como un instrumento de la economía de mercado que se rige por el valor y el precio, sigue en pie. ∎