Todos podemos estar familiarizados con el zumbido proveniente del interior de un vehículo en movimiento por una autopista. El sonido del motor se entrelaza con la velocidad del coche o autobús avanzando en la carretera, con las señales y los árboles de alrededor pasando demasiado rápido para que el ojo llegue a formar una imagen nítida en la retina. El primer disco en solitario de
Anton Pearson –guitarrista de la banda británica de post-punk Squid– surge del intento de representar la extrañeza de esos viajes largos por carretera por Europa.
Durante la última gira de la banda, en la que promocionaban su último disco,
“Cowards” (2025), Pearson viajaba en el asiento de atrás de la furgoneta observando el destello de las luces de las gasolineras y los campos interminables, absorbiendo el silencio que dejaba el cansancio de una gira exigida por la minuciosidad instrumental propia de la música de Squid. El disco de la banda trata de mostrar, con detalle y grandiosidad instrumental, la naturaleza de la maldad, con canciones que tratan la parte más oscura de la identidad humana como la cobardía, la codicia o la indolencia.
En contraste con esta perfección técnica, el álbum de Pearson busca expresar esa atmósfera del ambiente del viaje a través de grabaciones imperfectas, donde el fallo propicia una mayor experimentación y el espacio puede verse representado a través de él, como en el caso de la trompeta que suena en la segunda mitad de la primera canción del disco,
“Driving Past The Muscular Cows In Belgium”, tocada por el propio Pearson.
La búsqueda de textura es también una parte esencial en cualquier disco de ambient. En esa misma canción, de más de veinte minutos de duración, el zumbido plano y estático de una guitarra pasa por amplificadores de válvulas, produciendo tensiones y distorsiones, antes de replegarse de nuevo para representar esa sensación de viaje interminable, y terminar con un arpegio de teclas brillantes que recuerdan a proyectos como el mítico “Minecraft. Volume Alpha” (2011) de C418.
Estas referencias sugieren, quizá, una intención de acercarse a una sonoridad más orgánica, cercana a la imaginería natural de la portada. Pearson, de hecho, es un ávido observador de aves y entusiasta de las grabaciones de campo, algunas de las cuales (entre las que se pueden encontrar cantos de carboneros y gorriones), se incluyeron en el anterior disco de la banda (
“O Monolith”, 2023). El objetivo, entonces, es fusionar lo electrónico con lo orgánico a través de la experimentación y la curiosidad que puede generar las posibilidades técnicas de un equipo de estudio, donde las melodías se confunden y emborronan entre sí.
La paleta sonora resultante –conseguida haciendo uso de herramientas como un sintetizador Korg o un pianet (piano electromecánico)– podría parecer familiar a cualquier oyente habitual de Squid, aunque uno debe acostumbrarse a la lentitud del movimiento entre notas, contraria a la velocidad rítmica de la banda. Los instrumentos aquí resuenan en su estado más desnudo, dejando deslizar las notas hasta el límite.
Ante la rapidez del día a día habitual de cualquiera que viva en la ciudad y transite la vida cotidiana acelerada del presente, el disco de Pearson es como un soplo de aire fresco en la cara, una forma de escapar –aunque sea brevemente– de la sobreestimulación para pararse y levantar la mirada de la pantalla hacia la ventana. ∎