Álbum

Daniel Lopatin

Marty SupremeA24 Music, 2025

Mientras Ben Safdie realizaba para A24 “The Smashing Machine” (2025), película sobre una de las figuras emblemáticas en la extraña cultura de la UFC (lucha de artes marciales mixta), su hermano Joshua debutaba también en solitario con otra producción de este estudio, “Marty Supreme” (2025), centrada en un deporte bien distinto, el tenis de mesa. Si Ben escogía al rocoso Dwayne Johnson, Joshua elegía a uno de los chicos de moda, Timothée Chalamet, con su afán camaleónico por ser Paul Atreides, Willy Wonka, Bob Dylan o Marty Reiman, el astro del pimpón de este filme. Mientras el hermano pequeño, Ben, confiaba la banda sonora de su película a Nala Sinephro, teclista y arpista caribeño-belga de jazz experimental y ambiental, el hermano mayor, Joshua, se la encargaba al estadounidense Daniel Lopatin, compositor de música electrónica más conocido como Oneohtrix Point Never. Es el debut de Sinephro en el cine. Lopatin es más veterano en estas lides: además de las músicas para dos de los anteriores filmes dirigidos conjuntamente por los Safdie –“Good Time” (2017) y “Diamantes en bruto” (2019)–, coescribió la de “The Bling Ring” (Sofia Coppola, 2013) y compuso la del episodio de la serie “El gabinete de curiosidades de Guillermo del Toro” (2022) realizado por Panos Cosmatos.

Para la columna sonora de “Marty Supreme”, ha elaborado veintitrés cápsulas instrumentales de envoltorio y sustrato electrónico en las que, en algún caso, pueden detectarse ciertas influencias: la del John Carpenter compositor cinematográfico en los cortes titulados “Endo’s Game” y “Tub Falls”. Hay piezas en las que la electrónica se funde con la música clásica (“Holocaust Honey”, los arreglos corales de “Shootout”) y muchas otras con exquisita electrónica planeadora de los setenta (“The Humbling”, “Rockwell Ink”, “Seward Park”, “The Real Game”). También cuenta con algún breve interludio en forma de saxo de jazz somnoliento (“Fucking Mensch”), temáticas más ambientales con mellotrones analógicos de fondo (“Vampire’s Castle”), espacio para la grandilocuencia sinfónica (“I Love You, Tokio”), momentos de calma cristalina (“End Credits-I Still Love You, Tokyo”) y obligados espacios sombríos –todo biopic los tiene–, caso de “Back To Hoff’s”.

En su conjunto es una banda sonora muy homogénea en la que uno puede imaginar perfectamente los momentos álgidos de una partida de pimpón al ritmo que proponen los sintetizadores y los drones minimalistas y repetidos del compositor, que acaricia cierta trepidación, acorde con el vértigo insaciable de la pelota hueca de plástico golpeada de la pala a la mesa, en el tema “The Scape”. ∎

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