Durante buena parte de la década pasada, Drake construyó un relato alrededor de su figura con el que logró confundir su incontestable impacto popular con la potestad de controlar, por así decirlo, el devenir del hip hop contemporáneo; como si el rap respondiese ante Drake, y no al revés. Pero el emperador hace mucho tiempo que va desnudo y no, no fue Kendrick Lamar el primero en advertirlo, sino Pusha T. Es ahí, en ese primer beef de 2018, realmente, cuando la imagen de Drake empieza a colapsar. Visto con perspectiva, “Scorpion” (2018), lanzado justo después de esa contienda, es el último álbum del canadiense que se siente como un trabajo que se respeta a sí mismo, capaz de gestionar las emociones de su creador sin renunciar al hit clínico. Un doble álbum que por aquel entonces parecía totalmente excesivo pero que hoy, visto lo visto, se antoja casi como un ejercicio de vaciado cohesivo. Sin ser uno de sus mejores discos, es un buen testamento de lo que el reinado de Drake tuvo de bueno. Un Drake que todavía podía absorber sonidos, escenas y tendencias con criterio y cierto respeto, para devolverlos al centro del mapa convertidos en éxitos globales; un Drake al que, okey, se le podía sobreanalizar de forma menos amable hasta dar con el concepto de buitre cultural, pero que, como mínimo, aún parecía disfrutar de su estatus con algo de esa alegría interpretativa –performativa, pagada de sí misma, pero alegría, al fin y al cabo– de sus inicios como joven actor. Pero Pusha T le jodió la cabeza, Drake se sintió derrotado, herido, y el resquemor y otras toxicidades empezaron a inundar toda su música. De aquellos barros, estos lodos.
Tras una sucesión de discos irrelevantes –“Dark Lane Demo Tapes” (2020) estaba bien dentro de su estatus de mixtape de confinamiento; “Certified Lover Boy” (2021) va de lo olvidable a lo infame; “Honestly, Nevermind” (2022) queda como una nota housera a pie de página, disfrutona pero anecdótica; “Her Loss” (2022) y “For All The Dogs” (2023) espantan por su hedor a manosfera–, generados con el piloto automático y la seguridad de una fórmula infalible, la caducidad de Drake era un hecho, por más que las cifras (¡siempre las cifras!) nunca remitiesen. Y, si bien el resultado del beef con Kendrick podía leerse como la puntilla a esa defenestración cultural, con su figura siendo arrastrada en plena Super Bowl cual Héctor alrededor de la muralla de Troya, es ahora, con su último movimiento discográfico, cuando Drake certifica que ya no quedan casi motivos para seguir teniéndolo en cuenta. Porque, paradójicamente, tras ser humillado –no hay otra palabra–, Drake tenía ahora una oportunidad de resarcirse, de hacer borrón y cuenta nueva, de reformularse como estrella del rap en crisis. Drake volvía a tener, en definitiva, algo de lo que hablar.
Pero no, el primer gran movimiento del canadiense tras su derrota –dejando de lado su álbum colaborativo con PartyNextDoor del año pasado– no ha sido el de la introspección existencial o el de esa vulnerabilidad que tanto explotó en sus inicios, sino el del control de daños a base de pan y circo, publicando tres discos de golpe con los que poner a prueba la insondable capacidad digestiva de esta era algorítmica. Tres discos con los que, parece, también cercena, con nocturnidad y alevosía, su contrato discográfico con una Universal a la que el propio rapero demandó tras la debacle de hace un par de años.
“ICEMAN”, “HABIBTI” y “MAID OF HONOUR” funcionan como entes independientes, pero es imposible no leer su lanzamiento conjunto como el síntoma definitivo del arrastre de una megaestrella que aún quiere hacernos creer que lleva la corona pero que, más allá de lo que implica comercialmente esta demostración de fuerza, corre el riesgo de parecer el protagonista de “Múltiple” (M. Night Shyamalan, 2016), escindiendo varias de sus personalidades musicales como forma desesperada de contentar, retener (¿y asombrar?) a todo el mundo.
“ICEMAN” ofrece su cara más rapera y vagamente confrontacional para, no en vano, afrontar veladamente el abismo abierto por Kendrick. Si Drake convirtió la inseguridad, su incapacidad de conciliar éxito, amor y autoestima en una de sus mayores virtudes artísticas, aquí sus dudas y neurosis solo alimentan el resentimiento. Drake dispara contra K.Dot, contra antiguos aliados, contra la industria, contra enemigos reales e imaginarios. Habla de cifras, de traiciones, de relaciones rotas y conspiraciones corporativas. Pero lo verdaderamente llamativo no son los ataques en sí, sino la sensación de agotamiento que transmite, convencido de seguir disputando una batalla cuyo resultado el resto del mundo ya da por asumido. Muchas canciones funcionan como respuestas tardías, como si el canadiense (y sus ghostwriters) hubieran pasado dos años escribiendo mentalmente la réplica perfecta para una discusión que acabó hace tiempo. Es una lástima que no termine de tirar del hilo que tiende en “Make Them Cry”, un rap de confesionario en el que llega a admitir que una parte de él murió en 2024. Ese primer tema promete un disco distinto al que Drake acaba ofreciendo. Uno en el que hubiera explorado la derrota en lugar de negarla.
Si uno logra abstraerse de todo el ruido que envuelve el disco, de su inevitable morralla, lo cierto es que “ICEMAN” es lo más decente que Drake ha entregado en mucho tiempo. Aunque peca demasiado de beat switches, su gusto por escoger las bases, aquí mayoritariamente aupadas por samples de soul distorsionados y usados muy tangencialmente, con ocasionales arreglos de piano, sigue siendo uno de sus mayores fuertes, así como su atino con las melodías. “White kids listen to you ‘cause they feel some guilt / And that’s how your soul gets fulfilled” es una frase terrible, indigna, y, sin embargo, el estribillo de “Janice STFU” no se me quita de la cabeza –que roce la interpolación del “I Follow Rivers” de Lykke Li puede tener algo que ver–. “Shabang” es un pelotazo chipmunk trap digno de los mejores días de Migos, aunque Drake se sirve de otra trampilla copiando un flow de 21 Savage. Y la segunda parte de “National Treasures”, cuando entra el ya icónico tag del productor británico Wraith9 –principal arquitecto sonoro de esa ola jerk que traspasa fronteras digitales–, es una masterclass en gestión estructural de la tensión, engañando con el beat drop, y una nueva presa en la colección de sonidos foráneos de Drake. Otras excursiones: “Little Birdie” mira a Florida mientras DJ Frisco954 acelera, pero el tratamiento de la voz remite irremediablemente a fakemink. Y en “2 Hard 4 The Radio” invade territorio enemigo usando ritmos de la Bay Area vía un sample de Mac Dre, buscándole las cosquillas al tema que (casi) termina con su carrera.
El disco también va un poco de esto, de regodearse en su situación desde la victimización y una idea poco sutil de venganza, como exponen los títulos de la tetralogía formada por el mencionado primer tema, “Make Them Pay”, “Make Them Remember” y “Make Them Know”; los más clasicotes del lote a nivel de producción junto a “Firm Friends”, un boom bap infalible cortesía de Conductor Williams. Reconozco que, quizá por mi vena culé, una de las cosas que más me llamó la atención en las primeras escuchas fue la sorprendente mención a Luis Enrique en ese tema, señal inequívoca de que, pese a sus aciertos y la loable capacidad por tratar de mantenerse en pie después de todo, Drake vuelve a dejar mucho que desear con sus letras, perdiendo, seguramente, su última oportunidad para legitimarse –por si alguien aún le creía– como el mejor rapero de su quinta.
Si “ICEMAN”, el disco principal de esta tríada, intenta recuperar poder, “HABIBTI” parece querer recuperar intimidad y la idea de ese cantante melancólico, obsesionado con relaciones imposibles, mensajes sin responder y habitaciones demasiado grandes para una sola persona. La atmósfera remite constantemente a ese universo. Hay guitarras nebulosas, R&B espectral, melodías nocturnas y una cierta nostalgia por el Drake de principios de la década pasada. Sin embargo, todo parece existir en abstracto y apenas encontramos esos detalles absurdamente específicos, esa vertiente cringe que humanizaba al personaje. Está bien que, ni que sea durante once canciones, Drake baje la guardia y trate de recuperar ese romanticismo perdido mientras hacía pactos con casas de apuestas. El problema es que, más allá de una curiosidad como “Rusty Intro” –un emo country con tratamiento acelerado que lo acerca de nuevo a la escena regional de Florida–, el trap meloso de “WNBA” o lo pegajoso del chipmunk (que de tan pitcheado casi no tiene) soul de “High Fives”, el disco es tremendamente aburrido y el downtempo predominante ejerce más de valeriana que de afrodisíaco. Muy menor.
El miedo a hacer el ridículo que paraliza por completo cualquier conexión emocional con “HABIBTI” desaparece en “MAID OF HONOUR”, para bien y para mal. Este tercer álbum sirve un poco para recalibrar la excursión estilística de “Honestly, Nevermind”, subiendo la apuesta por el house a otras músicas de baile históricamente negras: del potente electro de “Hoe Phase” al juke rap de “True Bestie” o “Outside Tweaking” abrillantados con Jersey club y las voces de Iconic Savvy y Stunna Sandy, seguramente los mejores temas –enfáticos, con una lujuria que se siente sana, compartida– de un disco que vuelve a pecar de derivativo. Las habituales incursiones dancehall (“Which One”, “Amazing Shape”, “New Bestie”) no aportan nada; “BBW” domestica el electrofunk quitándole cualquier groove; “Q&A” hace lo imposible, que algo con aires de funk brasileño suene tedioso; “Stuck”, con su ritmo amable y naíf, de R&B azucarado, parece hecho para un gag de SNL; y, pese a su efectividad, “Cheetah Print” no deja de ser un Frankenstein de hip house y Miami bass bastante descarado, con el esqueleto del “(It Goes Like) Nanana” de Peggy Gou y una interpolación del “Cha Cha Slide” de DJ Caspar metida con calzador por Sexyy Red. En fin, otra obra menor. Un álbum que, en el fondo, tiende a aplanar o emborronar los géneros que aborda, y que funciona mejor como concepto –recuperar el placer por el simple hecho de hacer música, sin tener que pasar facturas– que en su ejecución.
Drake ha vuelto a monopolizar la conversación. Objetivo logrado. Pero la estrategia para conseguirlo es caótica, llena de decisiones extrañas –terminar “MAID OF HONOUR” con un tema en el que canta sobre una chica a la que encuentra tirada en el baño, colocada, sobre una base de guitarras emo distorsionadas; un featuring de Future que no deja de validar la acusación de colonizador, por mucho que “Ran To Atlanta” se nutra de esa ironía; o esa insistencia, problemática a muchos niveles, en vincularse con Michael Jackson, en este caso con el guante de diamantes que ilustra la portada de “ICEMAN”– y da una imagen de alguien con una manía persecutoria digna de Florentino Pérez. Esa obsesión con el control narrativo, ya absolutamente perdido, convive ahora con su incapacidad para decidir quién es después de haber dejado de ser, definitivamente, intocable. Ya sea desde el orgullo rapero, la vulnerabilidad R&B o la evasión club, todos son intentos de recomponer una identidad rota que ya no pueden sostener solo los números. El hip hop (porque esa es la dirección de la transacción) merece más. ∎