Aunque vienen del Windmill, una escena de bandas británicas construida en torno a este garito de Bristol y conectada en general –aunque cada vez menos– por un hilo rojo post-punk, mary in the junkyard pertenecen más bien a una nueva generación de folcloristas ingleses de la cotidianidad urbana. De músicos formados en escuelas de arte que pueden contar historias sobre lo que viven pero imaginándolas –claro; no vayan a bajar de verdad al barro (y lo digo sin acritud)– como fábulas medievales, mesteres de juglaría, y que apuestan por un sonido poco (o nada) electrificado: My New Band Believe, los reformados Black Country, New Road… La forma en la que estos últimos confunden la épica de caballerías con una historia de amor en esa maravilla que es “For The Cold Country” resuena aquí en el cuento de Canterbury que es “Thou Shalt Sprout”, donde toman la ruta de los Apalaches y se reúnen en torno al fuego para contar lo que parece una leyenda mágica popular, la de un hombre que robó a un granjero para alimentar a su familia y acabó asesinado, convertido su cuerpo en un vergel del que siempre brotarán los alimentos. O en menor medida en una “New Muscles” escrita para acordeón y sobre la decisión del batería, David Addison, de apuntarse al gimnasio.
El trío, que completan junto a Addison Clari Freeman-Taylor (voz, guitarra) y Saya Barbaglia (bajo, viola), logró llamar la atención con el aura gótica y las guitarras a lo Radiohead de “Tuesday”, su primer sencillo, publicado en 2023. Firmaron con la filial de Universal (AMF: All My Friends Records) en la que ahora también figuran Dove Ellis o Yazmin Lacey, y se ganaron el respeto de Richard Russell, capo de XL Recordings, que produjo su primer EP, “This Old House” (2024); más tarde ellas le devolverían el favor apareciendo en el último disco de Everything Is Recorded, su proyecto personal. Amigas de una de las artistas de performance más famosas de la historia –si no la que más: Marina Abramović–, por una divertida casualidad del destino (su pareja las acogió en su casa de Nueva York durante un concierto en la ciudad en el que no tenían lugar para quedarse), también han trabajado con uno de los productores de cabecera de Florence + The Machine, Craig Silvey. Y con su magnífica sesión para KEXP y sus conciertos de apertura durante la gira del “moisturizer” de Wet Leg en 2025 (“Seek And Destroy” no desentonaría en su repertorio, sin tener las dos bandas aparentemente nada que ver) han terminado de ponerse en el mapa.
Ahora llega un debut largo, “Role Model Hermit”, que produce Oliver Bayston (Boxed In) –más habituado al pop electrónico y vinculado a proyectos tan dispares, casi antagónicos, como Fat Dog y Olivia Dean– y que fundamenta su propuesta a base de restarle aristas pero también de sumarles enteros en cuanto a lo que significa una banda de folk-rock alternativo. El mejor ejemplo es “Candelabra”, una de las primeras canciones escritas por Freeman-Taylor y publicada de hecho en 2021 en solitario como clari FT. Todo está ahí: la melancolía, lo ceniciento, lo bajonero… Pero faltan los pajarillos revoloteando alrededor. Quizá mary in the junkyard hayan perdido parte de ese extraño embrujo que rodeaba sus primeras canciones, en las que cantaban sobre fantasmas, ciudades en llamas, moscas en las cuencas de los ojos, compartir un porro soñando con la gran ciudad o las dinámicas de poder (es en las letras, demasiado compuestas de lugares comunes sobre el despertar del amor, donde quizá se ha producido la recesión más notable), pero la solidez de este debut es incuestionable. Han cambiado la ansiedad, el escapismo herido y las atmósferas funerarias de los primeros Arcade Fire por algo más contenido. Pero siguen reservándose para el final una oleada valseada como la de “Mouse”, que perfectamente podría encajar en la parte más melancólica de “Neon Bible” (2007), o dejándose arrastrar por las cascadas de notas radioheadescas de “Welcome Break”, tan reminiscentes de “In Rainbows” (2007). Si la intensidad es útil, y no solamente accesoria, Freeman-Taylor, Barbaglia y Addison están ahí para abrazarla sin reparos ni disimulo.
En este sentido, quizá podemos hablar del trío como una versión accesible y resultadista del Tara Clerkin Trio. Porque su aproximación al folk y a la americana casi siempre es desde lugares sorprendentes, retruécanos arty. Sucede por ejemplo en “New Muscles”, donde la batería alcanza las rítmicas del dance punk. O en los sutilísimos detalles electrónicos de “Peter The Dog”, que se confunden con las cuerdas de Barbaglia, y de la estupenda “Crash Landing”, que por su parte arranca desde unos drones de armonio antes de desvelarse como el tema más progresivo y expansivo del disco, impulsado por una línea de bajo sensacional. En “Blood” rozan el cosplay de los Big Thief de “U.F.O.F.” (2019) con algo del groove del “Pretty Pimpin” de Kurt Vile; “Myrtle” apunta a Waxahatchee con la autoridad atmosférica de una Lana Del Rey… Pero por suerte, a lo largo del disco, todo se queda en referencias más que se impone como tendencias de verdad. Tanto que el título del álbum resulta mucho más revelador de lo que al principio podría parecer. mary in the junkyard saben que son un ermitaño, que lo que hacen –en principio– funciona al margen. Pero también son conscientes de que representan al ermitaño que durante años fue el modelo a seguir de una industria que entendía lo alternativo como fórmula comercial. ∎