Una leyenda discreta.
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Rodney Crowell

El guardián de la edad de oro de Nashville

Fotos: Archivo y Marina Tomàs

28.04.2026

Alcanzar la cima con Willie Nelson y envejecer como Leonard Cohen. A sus 75 años, Rodney Crowell repasa una vida marcada por su rechazo a la fama de molde, sus salvajes inicios en Nashville junto a Guy Clark, Kris Kristofferson o Townes Van Zandt, su conexión creativa con Jeff Tweedy y la vital influencia de la energía femenina que ha guiado su camino. Un trovador empeñado en seguir dejando miguitas de pan. “Airline Highway” y “Then Again” –que saldrá en junio– son sus álbumes más cercanos. Hablamos con él un día antes de su gran concierto en el Blues & Ritmes de Badalona.

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odney Crowell es el hombre que aprendió a editar letras bajo la mirada implacable y felina de Guy Clark. Es el autor de las memorias “Chinaberry Sidewalks. A Memoir” (Knopf Doubleday, 2012) que relatan cómo sobrevivía en el Nashville de los años setenta junto a otros artistas como Townes Van Zandt, Kris Kristofferson o Skinny Dennis. Es el músico que tuvo la osadía de chocar egos con el mismísimo Johnny Cash –su suegro, ya que estuvo casado con Rosanne Cash– y de cambiar la melodía a un mito en “I Walk The Line (Revisited)”.

Es el autor que convirtió a Luisiana en un destino emocional con temas como “Leaving Louisiana In The Broad Daylight” o “Stars On The Water”. Es ganador de dos Grammy –tiene 18 nominaciones– con 15 números uno en listas de su país, ya sea como autor o intérprete. Es miembro del Nashville Songwriter Hall Of Fame desde 2003, el ganador del premio Americana Lifetime Achievement en 2006 y el artista que se coronó como dúo o grupo del año en los premios Americana junto a su inseparable Emmylou Harris por “Old Yellow Moon” (2013) y “The Traveling Kind” (2016). Todo eso entre otros muchos premios y reconocimientos. Es el artista que no pudo contener las lágrimas al escuchar cómo el mismísimo Willie Nelson grababa un disco entero con sus canciones en “Oh What A Beautiful World” (2025). Pero, sobre todo, es el superviviente que firmó su propia resurrección artística con “The Houston Kid” (Sugar Hill, 2001).

A sus 75 años, Rodney Crowell atendió esta entrevista arrastrando el jet lag pero con gran humor, un día antes de su concierto en el festival Blues & Ritmes de Badalona, celebrado el pasado 25 de abril. Vino a presentar su magnífico último álbum, “Airline Highway” (New West, 2025), y a anunciar el inminente rescate de su próximo disco, “Then Again” (New West, 2026; saldrá el 26 de junio), un trabajo de canciones abandonadas que permaneció guardado en un cajón, entre las que resucita una con Guy Clark –“Are You One of Us?”– y profundiza en su devoción por Leonard Cohen. Casi nada. Aún nos parecen pocas las mil y una veces que le dimos las gracias por su tiempo.

Su alegato esperanzador en tiempos de Trump: “Go Light A Candle” (2026) con Emmylou Harris & Lera Lynn.

Más allá de lo obvio por ser la capital del country, ¿qué te retiene en Nashville?

La calidad soberbia de los músicos. Mis amigos outlaws de Austin me echan en cara que Nashville es muy corporativo, pero allí la industria paga grandes cheques a esos talentos. Eso les permite luego trabajar conmigo aceptando un recorte en su tarifa. Lo hacen porque, sin ánimo de presumir, les gustan mis canciones. Además mis hijas viven allí, claro. Pero si no fuera por esos músicos, quizá intentaría mudarme a las islas Canarias (risas).

Tu último disco te lleva a Luisiana, un lugar muy presente en tus primeras canciones. ¿Qué te hizo volver para grabar allí?

Crecí en Texas, no muy lejos de la frontera con Luisiana. Justo al cruzar había un club en medio del bosque. Allí tocaban The Boogie Kings. Eran chicos blancos de Luisiana haciendo blue-eyed soul con vientos, tocando música de Memphis y de Motown. Eran brutales. Con 15 años conducíamos hasta allí y, como no podíamos entrar, los escuchábamos a través de las paredes. Me enamoré de Luisiana por eso. A veces pienso que el Estado debería darme un título honorífico por todas las canciones que les he escrito (risas). La cuestión es que The Beatles nos prendieron fuego con su música, pero luego íbamos a Luisiana y escuchábamos algo aún más profundo, adulto, sexi y peligroso que los Beatles, los Stones o incluso Dylan. Aquello era más desafiante a nivel sexual e intelectual, y los Boogie Kings lo tenían todo.

¿De dónde viene el título del álbum “Airline Highway”?

¿Conoces la mítica “Highway 61” del disco de Bob Dylan “Highway 61 Revisited” (1965)? Es la ruta que baja bordeando el Mississippi hasta Nueva Orleans. Pues bien, el tramo exacto que une Baton Rouge con Nueva Orleans se llama Airline Highway. Yo no tenía ni idea, pero cuando íbamos en coche a grabar a los estudios Dockside en Luisiana, buscando recuperar la magia de mi infancia, vi el cartel. Me giré hacia Tyler Bryant, el productor, y le dije: “‘Airline Highway’, ya tenemos el nombre del disco”. Siempre creí que el término tenía algo que ver con aviones, pero resulta que es simplemente una carretera en línea recta entre dos ciudades. Ahora, piensa en toda la música que salió de esa zona. Todo aquel cajún, Cléoma Falcon y demás, viajaba por la Highway 10 y su primera parada al oeste era Houston. Todos esos discazos acababan en nuestras máquinas de discos. Yo escuchaba a Fats Domino o a Clarence “Frogman” Henry salir de aquellas máquinas y ahí nacieron mis fantasías sobre a qué suena la música en esa parte del mundo.


“La cuestión es que The Beatles nos prendieron fuego con su música, pero luego íbamos a Luisiana y escuchábamos algo aún más profundo, adulto, sexi y peligroso que los Beatles, los Stones o incluso Dylan. Aquello era más desafiante a nivel sexual e intelectual”


En “Airline Highway” (New West, 2025) te rodeas de gente muy diferente, como Lukas Nelson, Ashley McBryde o Larkin Poe. ¿Qué te hace sentir que una canción pide una voz concreta?

Es pura intuición. Con Lukas Nelson, por ejemplo, escribimos juntos “Rainy Days In California”, que abre el disco. Él estaba en Nashville, me llamó para componer y, aunque no lo veía desde que tenía 4 años, como seguía su carrera y siempre me he llevado muy bien con su padre, acepté. Hicimos dos temas, yo grabé uno y él otro, creo que él aún no lo ha sacado (risas). Mientras componíamos ya cantábamos juntos sus partes del álbum, así que decidimos grabarlo tal cual. Fue sencillísimo. Con las chicas de Larkin Poe pasó igual. Tyler Bryant, el productor, está casado con Rebecca (se refiere a Rebecca Lovell, la mitad del dúo Larkin Poe). Como grabábamos en su casa, ella estaba en el piso de arriba y él simplemente le gritaba: “Oye, ¿puedes bajar a meter unas armonías?”. O se pasaba su hermana Megan con la guitarra slide a tocar. Puede parecer que reunir a esta gente cuesta muchísimo, pero con ellas bastó con pegar un grito por la escalera. Cero glamur. De hecho, si grabamos en mi estudio, lo más probable es que estemos en pijama (risas).

En “Louisiana Sunshine” cantas: “I ain’t got money but I’ve got a song”. ¿Te atrajo en algún momento esa idea de que lo material en el fondo no importa nada?

Hubo un tiempo en que fui un músico arruinado. Nunca toqué en la calle por dinero, aunque ahora creo que me vendría bien. Hace poco fui de vacaciones a Roma con mi mujer y mi intención era sacar la guitarra y cantar por ahí, pero había tantísima gente que no podías ni pararte. Sin embargo, ahora estoy aquí y salir a tocar a la calle me resultaría divertido. Como compositor, echas la vista atrás a los días en que eras pobre y apenas tenías un techo. En aquella época me codeaba con Guy Clark, Townes Van Zandt y Mickey Newbury. Guy apenas tenía un duro, y Townes, si es que tenía algo, se lo daba a la chica que le gustara en ese momento. Existía casi un romanticismo en ser un músico sin blanca. Fue una etapa muy poética en la que aprendí muchísimo. Sobrevivíamos a base de plátanos y sándwiches, pero lo gracioso es que, aunque solo llevaras dos dólares encima, siempre podías conseguir vino barato y algo de marihuana para fumar. Así que, sí, le tengo bastante apego romántico a aquella idea del músico muerto de hambre.

Y ahora tienes Grammy, premios de la Americana Music Association y muchísimos otros galardones. Los guardarás a buen recaudo.

Mi mujer los usa para el feng shui y decoró mi estudio con ellos. Si viene un desconocido me disculpo por la horterada, pero confío en ella. Eso sí, solo los permito en el estudio.

La otra cara de Nashville.
La otra cara de Nashville.

Pasando a otra canción, al final de “Taking Flight” hay una frase que dice: “Estábamos a un paso del estrellato y ahora te toca plantarle cara al posparto. Una madre soltera que pronto será esa vocecita al otro lado del teléfono”. Quería saber si este tema con Ashley McBryde es ficción y cómo se os ocurrió.

Es ficción. Piensa que me crié en la zona este de Houston, un barrio obrero muy duro junto al puerto. De hecho, crecí rodeado de violencia doméstica en mi propia casa. Cuando Ashley McBryde y yo nos juntamos a componer, hablábamos de integrar una conversación dentro del propio tema. Ahí di con la imagen de alguien viajando de noche, huyendo de algún sitio. Imaginamos que estábamos al este de Hattiesburg, Mississippi, en un tramo solitario de pesadilla, con una atmósfera casi de televisión en blanco y negro. En nuestra cabeza, los dos personajes que huían formaban un dúo musical muy pobre. Y justo cuando la deja embarazada, él triunfa y la abandona, a pesar de que ella era quien realmente tenía el talento. Hablamos de eso y dijimos: “Vale, vamos a construir esta historia”.

Y ahora, de pronto, recuperas la canción con Guy Clark, “Are You One Of Us?”, y la sacas como adelanto de un disco de temas abandonados. ¿Cómo aparece “Then Again”? ¿Por qué se quedó en un cajón?

Es un álbum que grabé hace unos veinte años, lo guardé y me olvidé de él. Venía de grabar “The Houston Kid”, “Fate’s Right Hand” (DMZ-Epic, 2003) y “The Outsider” (Columbia, 2005) en el mismo estudio, con los mismos músicos y el mismo ingeniero. Sonaba demasiado parecido, lo archivé y me fui a California a grabar con Joe Henry, confiando ciegamente en él. Hace poco lo redescubrí organizando cintas. Lo escuché y dije: “¡Anda, es un disco que grabé y hay un dúo con Guy Clark!”. Decidí publicarlo sin importarme que “Airline Highway” acabara de salir. Como algunas de esas canciones las acabé regrabando tiempo después con Joe en California, las descarté casi todas de este repertorio. A cambio, añadí “If I Could Speak To Leonard”, una canción de amor a Leonard Cohen que compuse hace cinco años antes de que falleciera, y el bonus track “Go Light A Candle”. Esa la escribí cuando Trump asumió el cargo por segunda vez. Se me rompió el corazón.

Es una época complicada para todos, incluso para los que no somos de allí...

Estados Unidos siempre ha sido un país excéntrico, pero con buen corazón. Tenemos cosas maravillosas, pero también somos estúpidos. Comparados con la sabiduría histórica de los europeos, somos como un niño adolescente que va y elige de líder al matón del barrio. Nos afecta a todos. El Anticristo ha llegado. Es desolador. Pero, bueno, no quería desviarme del tema...


“Estados Unidos siempre ha sido un país excéntrico, pero con buen corazón. Tenemos cosas maravillosas, pero también somos estúpidos. Comparados con la sabiduría histórica de los europeos, somos como un niño adolescente que va y elige de líder al matón del barrio. Nos afecta a todos. El Anticristo ha llegado. Es desolador”


Venga, volvamos a Guy Clark y a Townes Van Zandt. Son figuras muy importantes en tu entorno. ¿Qué es lo que más recuerdas de ambos?

Guy era de una generosidad inmensa. Me invitaba a escuchar poesía y aprender a componer antes de que yo tuviera una canción decente. Townes era lo opuesto: competitivo y nada generoso. Igual yo le tocaba un cuento de hadas y él me respondía con “Pancho And Lefty”. Era como un puñetazo en la nariz con una obra magistral. Guy, en cambio, te decía: “Ponte cómodo y hablemos de por qué tus temas todavía suenan a adolescente”.

Hubo otros nombres famosos en esa época, ¿a quién más te gustaría recordar?

Kris Kristofferson hizo por Nashville lo que Dylan por Greenwich Village. La influencia de Dylan fue como electrocutarse en un enchufe, y el enchufe de Kris fue meter el sexo en el country, como en “Help Me Make It Through The Night”. Antes, la sensualidad del cuerpo humano no formaba parte del género, la religión y los baptistas del sur lo mantenían al margen. Pero Kris lo cambió y lo que escribía funcionaba. “Sunday Mornin’ Comin’ Down” es la historia de una resaca, de dar un paseo matutino cuando no hay nadie levantado, y es una obra bellísima. El country no era así antes. Esa es la razón por la que Guy Clark se mudó de California a Nashville y por la que Mickey Newbury ya estaba allí. Kris fue el detonante de que yo también quisiera ir. Crecí escuchando a Hank Williams, a Johnny Cash y el country californiano de Buck Owens o Merle Haggard, pero Kristofferson trajo el sexo. Trajo lo sexi a la música country, y yo quería expresar eso.

Muchas de estas historias están en tus memorias, “Chinaberry Sidewalks”. Supongo que han pasado muchas cosas estos años, ¿estás pensando en escribir una segunda parte del libro?

Estoy trabajando en un segundo libro ahora mismo. Tengo páginas editadas por ahí en la habitación del hotel y probablemente tarde un año y medio en publicarlo. Escribo mucho sobre mi relación con Johnny Cash, pero nunca sobre música, solo sobre la parte personal: los choques de egos y los actos de bondad.

En Badalona, el pasado 25 de abril, durante su actuación en el Teatre Zorrilla, dentro del festival Blues & Ritmes. Foto: Marina Tomàs
En Badalona, el pasado 25 de abril, durante su actuación en el Teatre Zorrilla, dentro del festival Blues & Ritmes. Foto: Marina Tomàs

Tuviste la oportunidad de conocerlo a muchos niveles, como padre, músico, icono... pero seguro que habrá cosas de él que vas a contar que desconocemos.

El ser humano. Exacto, sobre eso escribo: su humanidad y la mía. También sobre la de Rosanne, su hija, con la que estuve casado. Hablo de los niños que nacieron, de June, de la disfunción, la belleza y el amor. Y luego, el hecho de que todo se desmoronó. Llegó el divorcio, lo que me llevó hasta Claudia, que es la compañera de mi vida. El dolor de aquel final fue el principio de algo completamente nuevo para ambos, porque fui yo quien le presentó a Rosanne a John Leventhal, su marido desde hace años. Son geniales juntos. Así que el fin de nuestro matrimonio fue el inicio del resto de nuestras vidas. Hoy somos buenos amigos, compartimos la crianza y hablamos constantemente. Quiero a su marido, es mi amigo. Todo está bien.

Tu álbum “Diamonds & Dirt”, publicado por Columbia en 1988, tuvo un éxito enorme. ¿Lo disfrutaste de verdad en aquel momento o fue todo más rápido de lo que quizá estabas preparado para asumir?

Disfruté del éxito y la satisfacción personal, pero no me gustó darme cuenta de que no estaba hecho para ser una estrella del country de molde. Tenías que ir a las radios a las siete de la mañana. El locutor estaba animadísimo y yo llegaba arrastrándome, gruñón, poniéndoles el trabajo muy difícil. Luego entendí que ellos solo hacían su trabajo. No es que no quisiera triunfar, pero supe que la fama me habría destrozado. En mis quince minutos de gloria me di cuenta de que estaba construyendo un alter ego.

¿Una versión no real de ti mismo, quizá?

Eso mismo. Supe que, si seguía por ahí, la calidad de mi trabajo sufriría. Así que lo desmantelé de manera subconsciente y fue lo correcto. Entré en un silencio de cuatro o cinco años y volví con “The Houston Kid” con otra mentalidad: dejar de complicarle la vida a la gente del mainstream y crear en un nivel que, aunque no sea popular, vaya a perdurar.


“Disfruté del éxito y la satisfacción personal, pero no me gustó darme cuenta de que no estaba hecho para ser una estrella del country de molde. El locutor estaba animadísimo y yo llegaba arrastrándome, gruñón, poniéndoles el trabajo muy difícil. Luego entendí que ellos solo hacían su trabajo. No es que no quisiera triunfar, pero supe que la fama me habría destrozado”


Qué maravilla. Y hablando de cosas que perduran, con Jeff Tweedy hiciste recientemente el increíble “The Chicago Sessions” (New West, 2023). ¿Qué fue lo más valioso de trabajar con él?

Me encanta que tenga un estudio fantástico, hecho a medida y lleno de guitarras. Pero lo mejor de él como productor es que conseguía cosas buenas con muy pocas palabras. Si íbamos mal, salía y te decía: “¿Sabes eso que estás haciendo? No lo hagas”. Te corregía con un lenguaje, digamos, muy económico. Conectamos desde el corazón, no desde la mente. Simplemente le gustaban mis canciones. Como no se metía en la cabeza, su lenguaje era breve. En lugar de soltarte un rollo técnico sobre notas o tempos equivocados, te decía: “Uy, eso no se siente correcto”. Y tú, de forma intuitiva, respirabas y volvías a darle hasta sentirlo bien.

Por cierto, tu vida parece estar rodeada de energía femenina: Emmylou Harris, tu mujer Claudia, Rosanne Cash, la escritora Mary Karr, tus cuatro hijas... ¿Estar rodeado de tantas mujeres te ha hecho diferente?

Sí, desde luego. Mi mujer sabe que soy de fiar, y todo empezó con Susanna Clark. La conocí antes que a su marido, Guy, cuando yo acababa de cumplir 22 años. Por entonces, mi única idea de amistad con una mujer era llevármela a la cama y luego estropearlo todo. Ella, que era once años mayor, me dijo: “Te voy a enseñar a ser amigo de una mujer”, y nos hicimos íntimos. Luego llegó Emmylou, tras la muerte de Gram Parsons. Ella necesitaba hablar de canciones y conectamos al instante. Su madre me llamaba “hijo”, Emmylou y yo somos como hermanos. La escritora Mary Karr también es como mi hermana, y además tengo cuatro hijas inteligentísimas que están como una cabra. Hubo unas navidades en casa con once mujeres. Lo llamábamos “los acres del estrógeno”. Adoro a las mujeres porque sois el género con mayor inteligencia intuitiva.

Esta es la última pregunta y te dejo descansar. Tienes 75 años. Aparte del discazo de Willie Nelson con tus canciones, ¿sientes el impulso de hacer algo que no hayas hecho aún?

Lo de Willie ha sido la culminación de toda una vida, la cima. Me dije: “Humildad, humildad, humildad, mantente humilde”. Porque cuando lo supe tenía ganas de contárselo al mundo entero. Pero respondiendo a tu pregunta, quiero hacer el tipo de trabajo que hizo Leonard Cohen al final de su vida, por eso le escribí “If I Could Speak To Leonard”. A partir de su canción “Waiting For The Miracle”, empezó a dejar miguitas de pan para que supiéramos cómo morir con gracia y dignidad. Espiritualmente, la alegría de un corazón satisfecho es silenciosa, y eso es pura poesía. Hasta su último disco lo canalizó con esa pura sabiduría, y yo quiero lograr eso. El problema es que no puedo crearlo intelectualmente solo por desearlo. Tiene que nacer de una comprensión intuitiva de quién soy. Mi intención es trabajar de tal forma que, si alguien 20 años más joven lo escucha, diga: “Ah, son miguitas de pan para lograr salir del bosque”. No sé cómo voy a conseguirlo, pero es lo que quiero.

Él era un tipo muy divertido en sus entrevistas...

Ojo, que eso de dejar miguitas de pan en el bosque para encontrar el camino hacia el más allá también puede ser divertido. Y si es divertido, entonces es un éxito total (risas). ∎

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