“Sé que nada es infinito, ahora estoy aquí, ahora estás aquí”, canta dani dicostas en “Pasar el rato”, y resume así el pulso de “Amores pasajeros” (El Volcán Música, 2026), su tercer disco: un álbum con el que aprende a tolerar los momentos efímeros y la belleza que se esconde en lo que pasa de largo. En estas nuevas canciones, la artista viguesa se mueve entre la nostalgia y la celebración, echando de menos las cosas cuando todavía no han terminado.
Con la producción de Aaron Rux, dani se adentra en un sonido más ochentero y orquestal, donde conviven ecos la música disco, el italo pop y la canción clásica. El resultado es su obra más abierta y sofisticada: un pop emocional y pulido que conserva la delicadeza francesa de sus primeros discos, pero respira con más ambición.
Hija de Rosa Costas y Silvino Díaz, miembros del mítico grupo Aerolíneas Federales, dani dicostas creció dentro del oficio. Desde Vigo hasta Madrid, ha aprendido a mirar la música con pasión y un poco de distancia: con la herencia de la movida en la memoria pero con los pies en la tierra. “No me gusta ahogarme en mi propia pena”, dice. Y en “Amores pasajeros” convierte esa consigna en una manera de vivir, habitando el presente.
Tu anterior disco es de 2023. En estos tres años, ¿cómo ha sido el proceso del nuevo álbum? ¿Empezó entonces o más tarde?
Sí, fue… Bueno, “Posdata” salió en enero de 2023, creo. Ese mismo año empecé a escribir canciones que ahora están en el disco, pero no me lo tomé como “voy a hacer un álbum nuevo”. Estaba con los conciertos, la gira, todo eso, bastante centrada en el directo. Aun así, iba escribiendo canciones. Y fue sobre todo el año siguiente, en 2024, cuando empecé a producir y a maquetar por mi cuenta. Hasta entonces componía todo con guitarra y voz, y luego lo llevaba al estudio para trabajarlo con el productor. Pero ese año pasé mucho tiempo en casa y empecé a trastear con el ordenador y con Logic. Al principio las maquetas eran un desastre (ríe), pero poco a poco fueron saliendo ideas que sí me gustaban. Tenía cuatro demos de esos ensayos con Logic que me motivaron mucho. Notaba que había un hilo común entre ellas. Se las llevé a Aaron, se entusiasmó, y ahí pensé: “Vale, este puede ser el camino”.
¿Sientes que ha cambiado tu forma de componer ahora que también produces?
Sí, en este disco cambió bastante. A mí me costaba mucho salir de ese esquema de componer con un instrumento y ya está. Pero de repente me encontré pensando una progresión de acordes, haciendo un lead, jugando con la voz y diciendo: “Ah, pues puedo empezar desde aquí”. Este álbum lo compuse desde otro lugar, experimentando mucho más con los elementos de la canción y con la voz, no solo con la estructura armónica y la melodía principal como antes. Cuando hacía las demos ya jugaba con meter arreglos de cuerda, con probar texturas distintas.
¿De dónde viene ese cambio de referencias? Porque “Posdata” era más francés y ahora el sonido es mucho más disco, muy ochenta.
Sí, totalmente. Ese tipo de canción más clásica con referencias ochenteras siempre me ha acompañado, pero hubo un disco que me inspiró especialmente. Luego, lo escuchas y no se parece tanto al mío, pero me abrió mucho la cabeza: el de Djo, “DECIDE”. También me inspiró mucho el álbum de Dua Lipa con Kevin Parker (se refiere a “Radical Optimism”), sobre todo a nivel de producción, de cómo juega con lo retro sin sonar nostálgico. Y ya más tarde, aunque el disco mío estaba bastante avanzado, apareció “Short n’ Sweet” de Sabrina Carpenter. Canciones como “Please Please Please”, con ese aire setentero tan luminoso, me influyeron también. Al final, sí, son referencias muy de divas del pop, pero tratadas desde un lugar más cálido, más orgánico.
Tu disco tiene mucho de ese sonido pop, de diva, pero también es un álbum muy indie en el sentido de tranquilo, de escuchar en casa. ¿Cómo conjugas esas dos facetas?
A mí me encanta el lado de las divas, me fascinan las divas del pop. Y en este disco, más que nunca, me inspiré en esa parte. En los anteriores quizá no tenía una figura actual que me motivara tanto, pero aquí sí. Aun así, también quería reivindicar más mi faceta de música. Creo que por eso el disco tiene esa doble lectura que mencionas: puedes escucharlo en casa, con calma, y detenerte en los arreglos, en la musicalidad, más allá de la voz o de lo que estoy diciendo.
Hace poco leí que toda la música que hacemos las chicas en España, ahora mismo, se cataloga como tontipop. ¿Tú cómo te sientes con respecto a ese término? Creo que en tu caso también se ha usado alguna vez.
Sí, sobre todo con el primer disco. Y sí, molesta un poco por eso que dices: porque es un término que solo se atribuye a mujeres. Si haces pop y no suena a gran producción mainstream, enseguida se mete en esa etiqueta. Y no tendría por qué ser algo malo si tuviera otro nombre, pero con “tontipop” ya viene arrastrando una connotación. Aunque muchas veces quien lo dice no lo haga con mala intención, está muy instaurado: es el pop que hacen las mujeres aquí, o el pop más indie, más naíf. Pero creo que está bien poder mostrarte vulnerable, o divertida, o enseñar algo más de ti, y que eso no implique que seas “más tonta”. Me gusta pensar que hay muchas formas de ser pop sin tener que justificarte.
El álbum se llama “Amores pasajeros”. ¿Dirías que es un disco conceptual?
Diría que es más conceptual a nivel sonoro que narrativo. El título viene de la última canción del disco, “Amores pasajeros”, que además es la más antigua: fue la primera que compuse y, de hecho, se quedó fuera de “Posdata”. Cuando empecé a escuchar todas las canciones juntas, me di cuenta de que cada una representaba un momento fugaz de los últimos dos años: pequeñas escenas, emociones o situaciones que viví. Me gusta componer desde lo que siento, desde las experiencias que me atraviesan, y “Amores pasajeros” resume bien esa idea: el cariño hacia lo efímero. Y no hablo solo de amor romántico. Hay canciones que sí lo son, pero otras hablan de cosas mucho más amplias. En el fondo todo pasa, todo es fugaz, pero quería abrazar esos instantes, tanto los buenos como los malos, porque me han ayudado a entender otras cosas.
En “Pasar el rato” cantas: “Toca en mil conciertos, escribe más canciones, y dónde queda espacio para nuestros corazones”. ¿Tiene que ver con esos amores pasajeros, con esa dificultad para sentir en medio de una vida frenética?
Sí, totalmente. A veces quieres conectar más con tu parte emocional, pero hay tanto ruido alrededor… Ya no solo por ir de gira, sino por todo lo que implica estar comprometida con la música. Tienes que estar cada día picando piedra, con el foco puesto, incluso cuando te sientes fatal o pierdes el norte. Yo misma me he replanteado hasta qué punto quiero dedicar tanta energía a algo que a veces te deja vacía, que te afecta mentalmente. Ese ruido constante te despista y acaba contaminando otras áreas de tu vida.
¿Sientes que al profesionalizarte has perdido un poco la pasión? A veces, cuando la música se convierte en trabajo, se apaga la chispa del principio.
No, la pasión sigue ahí. De hecho, ahora mismo estoy en ese momento de energía total: acabo de cerrar un disco en el que llevo años trabajando y, aun así, ya estoy haciendo canciones nuevas. Me levanto cada día con ganas de coger la guitarra, con ilusión por encontrar nuevas direcciones. Lo que sí he perdido es la idealización. Antes era todo ilusión, todo subidón. Ahora soy mucho más consciente de las dificultades. Pienso más a dos años vista, soy más exigente y también más pesimista. A veces consigo algo muy bueno, pero no logro celebrarlo del todo porque enseguida pienso en lo que falta o en lo que no ha salido. Echo de menos esa ingenuidad del principio, esa capacidad de emocionarme por todo.
Antes hablabas de que este es un proyecto muy solitario. No es lo mismo tener una banda y remar todos juntos. ¿Te has planteado alguna vez dejar dani dicostas y montar un grupo o dedicarte a otra cosa, simplemente para disfrutar sin tanta carga?
Sí, claro. Tengo ese demonio que a veces me susurra “vuelve a Vigo, estudia otra cosa, métete en una agencia de publicidad”. Y sí, me lo he planteado. Me he preguntado muchas veces si merece la pena el desgaste, con todo lo positivo que también tiene. Pero cuando lo pienso con calma, siempre encuentro fuerzas nuevas. También es cierto que tengo otro proyecto, Cool Nenas, con mariagrep y Kimberly Tell. Ese sí es el espacio para divertirme, sin presiones ni expectativas. Me da un equilibrio muy sano: con dani cargo con todas las rayadas y el peso emocional; con Cool Nenas simplemente disfruto, bailo, me río.
¿Desdoblas tu personalidad entre los distintos proyectos?
Totalmente. Es como si mi personalidad estuviera dividida en dos. dani es mi parte más emocional, sensible, cercana: la que soy de verdad. Y Cool Nenas representa mi lado más desinhibido, más sociable, más libre. No son personajes externos, sino dos caras de lo mismo. Cada proyecto saca una parte de mí que en el otro no aparece tanto.
Aun así, en este nuevo LP hay momentos con más ironía, incluso con humor. ¿Crees que esa soltura viene también de lo que has vivido con Cool Nenas?
Curiosamente, no. No creo que venga de ahí. Creo que se debe más a cómo quise escribir las canciones esta vez. Antes tenía mi fórmula: una forma muy natural de componer, casi automática. En este disco me propuse escribir de otra manera, darle más vueltas a las letras, cambiar palabras, buscar imágenes más precisas. Quería contar lo mismo, pero de una forma más descriptiva, más visual.
Sí, me ha parecido un disco muy visual. Desde la primera canción, “Mucho para ti”, te vemos en escenas muy concretas. Quizá por eso también recuerda un poco al cine desde el propio título, tan cercano a la peli de Almodóvar.
Consumo mucho cine y muchas series, y creo que eso se filtra sin querer. Un referente que me inspiró mucho fue Olivia Rodrigo. Me encanta cómo usa el lenguaje: te cuenta una historia como si te la contara una amiga, pero con una sensibilidad poética y una precisión emocional que te llega al instante. “Mucho para ti”, por ejemplo, la escribí justo después de una noche que viví tal como lo cuento en la canción. Es completamente real. Yo salí un día a pasármelo bien y acabé en el Café La Palma llorando y bailando e intentando olvidar.
¿Crees que el cliché de que las mejores canciones salen cuando una está jodida es verdad?
Totalmente. Aunque creo que depende de la profundidad de lo que estés viviendo. Si estoy completamente hundida, lo último que me apetece es coger la guitarra, porque me siento demasiado vulnerable. Pero cuando empiezo a canalizar las emociones y entiendo mejor lo que me pasa, ahí sí escribo. No me gusta ahogarme en mi propia pena cuando compongo; prefiero coger algo negativo y transformarlo en algo más dulce o luminoso. Escribo mejor cuando soy capaz de poner cierta distancia con el dolor.
Claro, tú al final te mudaste en pandemia, sacaste los discos también en ese contexto… Este, en cambio, parece el primero que escribes ya viviendo realmente en Madrid, con su ritmo, su caos, sus afectos. ¿Te ha influido eso?
Sí, totalmente. Tengo una relación de amor-odio con Madrid, aunque al final es amor. Desde el principio conseguí sentirlo como mi casa y he construido relaciones de amistad muy fuertes, pero el primer año fue pura euforia. Llegué con el corazón roto, acababa de dejar una relación de seis años y Madrid me ayudó a descubrir quién era. Era la primera vez que vivía sola, que estaba soltera, que me enfrentaba al mundo desde otro lugar. Al principio sientes que haces amigos para toda la vida, pero luego te das cuenta de que muchas de esas conexiones son fugaces. Te cruzas con gente increíble, compartes momentos intensos y después desaparecen. Pero eso también tiene algo bonito: son recuerdos que se quedan ahí, aunque no se repitan.
Y dentro de todo eso, ¿cómo piensas en Galicia?
Yo he desarrollado casi toda mi trayectoria fuera de Vigo, en Madrid, pero mi corazón está allí. Reivindico mucho mi ciudad y me siento supergallega. No diría que mi música tenga raíces gallegas en lo sonoro, pero sí emocionalmente.
Esa nostalgia también se siente en el disco. Tiene algo de esa melancolía tan propia de la identidad gallega…
Sí, totalmente. Soy una persona muy nostálgica. Siempre estoy pensando en lo que fue, incluso cuando estoy viviendo algo bueno. Pero escribir este álbum me ha servido para aprender a abrazar las cosas cuando suceden y dejar espacio a lo nuevo. Estoy en ese proceso.
Tú vienes de una familia muy musical, vinculada a la movida de los ochenta. ¿Cuánto ha influido eso en tu forma de entender la música?
Curiosamente, no tanto a nivel estético o de sonido, porque mis padres llevaban años fuera de ese circuito cuando yo nací. Pero la música siempre ha estado presente en casa de otra forma. Mi padre es profesor de guitarra en el conservatorio y desde pequeña he tenido la suerte de sentirme muy acompañada, muy escuchada. Son mis mejores consejeros. Y también me inspiran mucho porque han sabido disfrutar de la música sin que todo su sentido vital dependa de ella. A veces pienso que la música es lo que más me gusta en el mundo, y me da miedo imaginar mi vida sin ella. Pero luego miro a mis padres y pienso: “Se puede ser feliz, creativo e inquieto sin necesidad de tener un grupo o estar en el foco”. Mi padre tuvo un grupo al que le fue mejor de lo que a mí me ha ido nunca. Y, cuando se desvinculó de eso, disfruta muchísimo la música de otra forma: estudia, da clase, se acerca a la guitarra... Para mí eso es lo más valioso, saber que la música siempre va a estar ahí fuera de la fama o los focos. ∎