Qué representaba ese bailarín –¿Maldad?, ¿peligro?, ¿tentación?, ¿pecado?– es algo que cada asistente debía responderse a sí mismo. Pero lo que está claro es que el concierto desplegó una historia de lucha entre fuerzas opuestas en la que el amor y el deseo, la dulzura y la sensualidad de las letras y la actuación de Judeline, siempre abrazada por el cuerpo de baile, se contraponían a la fuerza brutal, primitiva y agresiva del bailarín plateado. Todo ello estructurado en un storytelling impecable con momentos realmente impactantes como la canción en que el antagonista apuntaba al corazón de Lara con un arco del que salía disparado un láser rojo, rojísimo, como si de una versión diabólica de Cupido se tratara.
Esta compleja narratividad escenográfica estaba diseñada para ser comprendida en su plenitud a través de las dos pantallas verticales de los laterales del escenario hasta el punto de que, en determinadas ocasiones, era imposible entender la historia si mirabas al escenario. Sobre las tablas, en cierto momento, no veías nada porque Judeline estaba tirada en el suelo cantándole a una cámara que, en primerísimo primer plano, la retransmitía con la iluminación que todos los filtros de Instagram aspiran a recrear digitalmente. O, de repente, una parte de la coreografía estaba pensada para fascinar desde un plano cenital como si fuera el ballet acuático de Esther Williams (y, joder, menudo placer el de perlar con una referencia tan viejuna la crónica de un concierto cuya media de edad entre los asistentes no debía superar los 22 años).
¿Esta dependencia de las pantallas laterales restaba algo a la pegada del concierto de Judeline? Para nada. Vivimos la era que vivimos, y a día de hoy los shows musicales no están pensados para ser observados en el escenario, sino en las pantallas laterales. Y, a ese respecto, puedes jugar un juego chuchurrío como el de Lorde en 2017 o puedes poner toda la carne en el asador como hizo la andaluza en un concierto que, superado el primer tramo centrado en “Bodhiria”, soltó las amarras de la narratividad –y el personaje de angelA– para lanzarse a surfear esa colección de jitazos que provoca vértigo al ser observada en la list de “top canciones” de cualquier plataforma de streaming.
El puente lo construyó Judeline sobre tres canciones que remitían al inicio de su carrera, aquella celebración de la luz gaditana sobre el mar del estrecho concretada en pildorazos como “Trafalgar”, “TÁNGER” y “ZAHARA”. Y, una vez soltadas las amarras y cruzado el puente, Lara se permitió encarar una segunda mitad del concierto trufada de versiones, homenajes y colaboraciones. A su versión de “La tortura” mejorando el original de Shakira y Alejandro Sanz por la vía del gracejo andaluz, le siguieron dos apariciones estelares: la de Amaia en “com você” –con el Sant Jordi Club viniéndose arribísima entre vítores que rozaron la histeria– y la de la Mari de Chambao en un cover de “Ahí estás tú”. Pequeño apunte: cómo jode sentirte el hermano tonto de Madrid al enterarte de que, en el concierto del Movistar Arena, Judeline sacó al escenario a rusowski, Yerai Cortés y Papá Levante, además de a una Mari que hizo doblete.
Y así se fueron sucediendo los hits. Así se fue soltando la artista cada vez más, dejando de lado las coreografías que a veces le hacían estar un poco encorsetada para acabar marcándose unos naturalísimos bailes flamencos en el tramo más folclórico del concierto, con trío de cantaoras incluido. Así fue olvidándose del Auto-Tune –de hecho, cuanto más se olvidaba, mejor sonaba– hasta un apoteosis final hipersexualizado tanto en lo musical como en lo visual gracias al cuarteto formado por “TÚ ET MOI”, “2+1”, “CANIJO” y “PIKI”, que disparó el tempo del concierto hasta el techo del Sant Jordi Club para obligar a un dulce aterrizaje con el broche final del baladón “zarcillos de plata”.
Tras echar el cierre, pensaba yo en lo jodidas que están unas nuevas generaciones que parecían tan ocupadas y preocupadas por grabar stories de postureo para Instagram que se olvidaron de brincar con esa “PIKI” que, con el sello de Sega Bodega, es una invitación maravillosa a descualquierarse por la vía del baile… Pero, mientras yo me dejaba llevar por mis reflexiones de abuelo cebolleta, Judeline se quedó sobre el escenario para dirigirnos unas últimas palabras de despedida. En otros momentos del show ya se había mostrado candorosamente cercana, como cuando explicó lo increíble que le parecía que hace exactamente un año estuviera actuando en Razzmatazz pero que ahora estuviera ante una audiencia de estadio. O como cuando confesó estar nerviosa y nos invitó a todos a hacer unos ejercicios de relajación que pasaban por corear sonidos guturales.
Al final de todo, sin embargo, se despidió con un agradecimiento que se sintió hondo y sincero: “Gracias por estar ahí y permitirme que me dedique a lo que me apasiona, que es la música”, vino a decirnos. Una declaración pura y conmovedora que sintetizó la entrega absoluta de Judeline sobre el escenario y ante su público. Otro ejemplo más de buen gusto. La muestra definitiva de sus mejores intenciones. ∎