En estos tiempos de álbumes egotrip, beefs de patio de colegio y artistas marca, MIKE navega a contracorriente. Pese a la subida de popularidad que ha supuesto la recepción de sus dos últimos álbumes por cuenta propia –a “Showbiz!” (2025) le precedió “Burning Desire” (2023)–, el rapero afincado en Nueva York mantiene su sujeción al plano terrenal. Lo demostró ayer en un bolo de poco más de una hora en La Nau de Barcelona. Y en esta era de narcisismo por doquier, se agradecen los gestos que tuvo con su público, así como la actitud expresada por el de Nueva Jersey durante varios instantes. Es tal su allanamiento de morada a la incorrección por contrato que reina entre la mayoría de raperos que el número de tacos –se le escaparon un par de fuckin’ cuando un miembro de su equipo le acercó la videollamada de un colega– se pudo contar con los dedos de una mano.
Antes de su entrada en escena, Jadasea había caldeado el ambiente con un sonido muy acoplado al del plato fuerte de la velada. El rapero de South London, con MIKE como DJ, tiró de coros soul caramelizados. Instrumentales crujientes para una propuesta chic & classic alineada con la de Loyle Carner, otro rapero inglés alejado de la gallardía callejera.
El asalto de MIKE al escenario se llevó a cabo ejercitando el perfil de maestro de ceremonias del que haría gala durante muchos instantes de la noche. Pronto puso a sus órdenes al entregado y veinteañero público: la gorra fue el outfit imperante. Pero también desde la base sonora. TAKA, el DJ que lo acompaña, arrancó con bases cheesy de funk y disco que contusionaron en su roce con la voz grave y martilleante del norteamericano. Pero Michael Jordan Bonema –sí, ese es su nombre real– supo mitigar las rozaduras con una aproximación más armoniosa que el corte seco que suele imprimir en sus álbumes. En paralelo, siguió ejerciendo como maestro de ceremonias y llevando su show hasta el objetivo de convertirlo en una celebración grupal situada en el ecuador de la semana.
Por su parte, las ráfagas lanzadas por su escudero en los platos se fueron sumergiendo en alquitrán y dióxido de carbono. La ironía juguetona del arranque dejó paso a lo más encrudecido, pero sin perder la orientación hacia sonidos elegantes y comedidos. Una de las virtudes del rapero de Livingston es ese olfato para la sampledelia que le ha granjeado comparaciones con MF DOOM o J Dilla, y del que dejó muestras en su breve hospedaje en Barcelona, ciudad por la que ya había pasado hace poco más de un año.
En “man in the mirror”, puso distancia con su habitual registro vocal para distorsionarlo con Auto-Tune. Luego recuperó la naturalidad en su acople vocal entre una salva de raggamuffin. De hecho, su voz rutilante ganó más presencia cuando se la desemparejó de adornos instrumentales gruesos.
Ya en las postrimerías del concierto, incursionó sin causar demasiadas emociones por zonas de jazz y, a la hora escasa de haber empezado, se bajó al ruedo para interpretar entre el público un último tema. Como bis se dio por válido el tiempo que se mantuvo bailando entre el público y animando su propia fiesta, para regocijo de los seguidores más entusiastas. Así culminaron las muestras de agradecimiento que se fueron sucediendo durante toda la velada. Unas que en lugar de venir impuestas por guion parecían pautadas por la honestidad. Cercano y agradecido, MIKE se excedió ligeramente en su ímpetu por acogernos a su fiesta, una celebración cuyo soundsystem no fue tan seductor como su obra de estudio, pero que se disfrutó igualmente. ∎