En 1991, el pelotazo de la Expo de Sevilla reunió a astros del establishment rock en el festival “Leyendas de la Guitarra”. Sustentados con un presupuesto de unos cien millones de pesetas, desfilaron por el escenario soporíferos momios guitarreros en su máximo apogeo como Brian May, Joe Satriani o George Benson. El momento álgido fue la actuación de Bob Dylan con Keith Richards. Poca gente prestó atención a un señor sonriente con gorra, con más pinta de roadie que de leyenda de las seis cuerdas, que tocaba la guitarra como los ángeles y confirió prestancia a la desganada interpretación de “Boots Of Spanish Leather” de Dylan. Era Richard Thompson (Londres, 1949), en realidad la principal exigencia del huraño de Minnesota para tocar en Sevilla: que lo respaldara él. Ahora que todo son momentos históricos explicados hasta el asco en redes, visto en retrospectiva este sí lo fue: la primera vez y única vez –al menos documentada y registrada– que los padres fundadores del folk-rock estadounidense y británico compartieron escenario.
La música de Richard Thompson –más londinense que el fish & chips pese a que viva en California: nacido en Notting Hill, hijo de un inspector escocés de Scotland Yard– no se podría entender sin el gran trauma colectivo que fue para la psique británica la revolución industrial, que transformó drásticamente el paisaje rural y las condiciones de vida de todo un país, estableciendo el marco mental del retorno imposible a la arcadia verde y bucólica perdida. Pese a que Thompson no sufrió esa colonización física y mental de primera mano –en su autobiografía lo primero que dice es “cómo echo de menos la niebla sulfurosa que te lleva al Londres de Sherlock Holmes y Dickens, algo esencial de Londres y la personalidad londinense [...] Supongo que te puede acabar gustando hasta el veneno”–, el folk-rock británico fue la respuesta musical más potente a un desgarrón identitario que ha cruzado tres siglos y culminó en el Brexit.
Thompson creció fascinado por el rock’n’roll primigenio, las melodías twang de The Shadows y el jazz manouche, y fue criado con la mano dura pero muy musical de su padre, guitarrista aficionado y gran fan de Django Reinhardt. El padre oteaba al hijo desde la comisaría: lo veía salir a las tantas de los conciertos de The Who en el Marquee, con el broncazo consiguiente, pero a la vez fomentaba su práctica guitarrera. “Les Paul, Django Reinhardt, James Burton, Debussy, John Cage, Robert Burns, Dylan, Richard Fariña…” eran sus héroes artísticos iniciáticos, según me respondió en una breve entrevista en 2006.
El cuarto disco Fairport Convention fue la cúspide del viaje hasta el centro del rock de Albión que ya había iniciado con discos excelentes y cada vez más británicos, como “Unhalfbricking” (Island, 1969). Pero es “Liege & Lief” (Island, 1969) el que está considerado la piedra de toque fundacional del folk-rock británico y uno de los discos de rock’n’roots más influyentes de la historia. Fascinados por lo que hizo The Band en “Music From Big Pink” (Capitol, 1968), decidieron dejar de imitar para psicodelizar la tradición del hermanito estadounidense y centrarse en sus raíces puramente británicas, aplicando un tratamiento introspectivo y a la vez furibundo a su propia música. Según Thompson, “sabíamos que estábamos haciendo algo grande, y ha tenido una gran influencia. Estábamos hartos de ser una banda de versiones, y nos pareció que tocar con un estilo más británico sería más fiel a nuestras raíces culturales, y que le devolveríamos al público del Reino Unido algo que le faltaba”.
“Liege & Lief” fue una innovación radical. Sin perder fuerza hipnótica casi 60 años después, contiene pasajes instrumentales frenéticos que rivalizan, o más bien preludian, las furibundas luchas contra el diablo de los primeros discos de Black Sabbath o las posteriores irish jigs electrificadas de Thin Lizzy. La potencia del material de ese disco fundacional, repleto de reescrituras de baladas irlandesas y escocesas sobre seres feéricos y derecho de pernada, una sesión casi de horror-folk y espiritismo canalizada en la voz ultraterrena de Sandy Denny, resuena en la discografía de grandiosas bandas posteriores conscientes de sus orígenes, de Los Lobos a The Pogues. Por cierto, para ejemplificar la porosidad generacional y estilística de la contracultura británica, basta decir que el mejor amigo de Thompson en primaria era Hugh Cornwell de The Stranglers, y que Terry Woods de The Pogues fue miembro fundador de los no menos telúricos Steeleye Span.
La ruptura de esa bendita formación de Fairport tuvo mucho que ver con los diferentes grados de purismo con que los miembros del colectivo se aproximaban a la tradición, y con el afán de Sandy Denny de lanzar una carrera en solitario basada en composiciones nuevas, no en la reinterpretación de la materia folk.
Con una reputación ya establecida como guitarrista de sesión –Thompson era y es un músico socialmente hiperactivo, y más en una escena comunal como la del folk-rock británico de finales de los sesenta–, se lanzó en solitario con cero pretensiones y todavía menos afán comercial. Su primer álbum en solitario, “Henry The Human Fly” (Island, 1972), pasó desapercibido a niveles estratosféricos, hasta el punto de ser el disco de ventas más bajas de todo el catálogo de Island Records hasta entonces. La Gran Bretaña mainstream vivía en el circo glam rock, y la áspera insatisfacción de un tipo que cantaba al ludismo y al retorno al bosque con melodías gaélicas y guitarras disonantes, disfrazado de mosca humana, remitía a un friki de feria nada chic. En 1971 conoció a la cantautora Linda Peters, con la que compartiría una década de discos-dueto extraordinarios, algo de éxito comercial y un matrimonio turbulento.
Fue poco después de casarse –octubre de 1972– y tener su primera hija cuando la religión entró de manera seria en su vida, y acometió su profesión del islam con la misma dedicación que pone en su música. A diferencia de su paisano y coetaneo Cat Stevens –que bajo el nombre de Yusuf lslam se hartó de pedir la muerte de Salman Rushdie–, la fe sufí, la vertiente más moderada del islam, apenas se infiltró en su vida musical o pública. Thompson llegó al sufismo por acudir a una charla en una iglesia anunciada en ‘Time Out’, y pasó a formar parte de una comuna sufí cool con bastante presencia de músicos. “No hubo conversión como tal, tan solo la constatación de reconocerme en el que siempre había sido y que mi relación con el universo era esa”, escribió. Linda se convirtió a regañadientes. En 1975, después de la magna trilogía formada por los discos “I Want To See The Bright Lights Tonight” (Island, 1974), “Hokey Pokey” (Island, 1975) y “Pour Down Like Silver” (Island, 1975), la pareja decidió retirarse dos años a una comuna sufí rural en East Anglia. No regresaron a la música profesional hasta 1977.
El matrimonio se rompió antes de la gira de “Shoot Out The Lights” (Hannibal, 1982), su disco más exitoso. En el llamado “tour del infierno”, tuvieron que apechugar con la ruptura en el escenario por culpa de una larga y lucrativa gira por Estados Unidos, un notable pelotazo de crítica y público, algo que jamás habían tenido entre manos. Linda no tuvo pelos en la lengua: “Los de la comuna eran clase media blanca intentando castigarse a ellos mismos y a los de su alrededor, sobre todo a las mujeres, que cocinábamos siempre. Aprendí mucho. Sobre todo a mantenerme alejada de sectas”.
Tras unos ochenta erráticos –la era de los sintetizadores sentó bien a pocos veteranos del rock británico–, Thompson encaró los noventa con una madurez compositiva que le otorgó estatus de culto global. Profesando el sufismo pero sin zozobras identitarias –“me costó tres años darme cuenta de que yo no formaba parte de ningún club superior, que todo el mundo tiene su camino”–, regresó a sus orígenes londinenses, combinando las raíces –blancas y negras, norteamericanas, europeas y mediterráneas– con cualquier estilo al que pudiera echar mano.
Fue a mitad de los noventa y principios de los dos mil cuando se consolidó como autor global de culto, un letrista-compositor-guitarrista virtuoso capaz de empastar géneros con toda naturalidad, que igual te compone una balada isabelina, una de power pop trotón y luego se saca de la manga una banda sonora de guitarras acústicas atmosféricas para Werner Herzog: inolvidable música la de “Grizzly Man” (2005).
La aportación de Thompson a la guitarra rock y folk es iconoclasta y radical. Sus cuerdas pueden imitar el dron o zumbido monocorde de las gaitas irlandesas o los licks cristalinos de virtuosos country en un contexto folk inglés; lograr que una Fender Stratocaster suene como un instrumento ancestral recién desenterrado; construir muros de guitarra acústica arpegiada en la que Shakespeare se pasea por los Apalaches y a la vez mantener en vilo al oyente en solos de cinco minutos –siempre en versiones en vivo, jamás en estudio– que pasan de la abstracción a lo orquestal. Y hacer todo eso evitando los clichés del blues. Modesto como él solo, contestó a mi capciosa pregunta de si se reconocía en las digitaciones de fans confesos como Tom Verlaine o Thurston Moore: “Pues no”.
A día de hoy, el thompsoniano está tranquilo: sabe que en cada nuevo disco la mezcolanza de elementos –bien sean guitarras de boogie de Texas, folk irlandés o percusiones sefarditas– están unidas por la coherencia y la inspiración de un poeta humanista pegado a una guitarra, una de las estrellas del rock y la guitarra más improbables y talentosas que jamás hayan pisado un escenario. ∎
Una canción que reivindica al Thompson más accesible, memorable composición de rock adulto guitarrero que reflexiona sobre las relaciones de pareja con afectuosa socarronería: ojo al estribillo, de melodía serpenteante e imprevisible, como en los mejores momentos de The Beatles.
Deslizándose sobre una ligera y frenética pista de dos acústicas entrelazadas, sin duda evocando al busker callejero, esta fina viñeta de lumpen urbano y aventureros que llegan a la gran ciudad para salir trasquilados bien podría ser una astilla inglesa de “Walk On The Wild Side” (Lou Reed).
La segunda virtud de Thompson, aparte de ser un autor, es ser un gran actor musical. Capaz de ponerse en los zapatos musicales de Django Reindhart o Chuck Berry, también puede escribir temazos como este, una primera persona desde el punto de vista de un soldado estadounidense en la guerra de Irak. Este boogie-rock sombrío, su versión del rock motero, se incluyó en la banda sonora de la serie “Sons Of Anarchy” (Kurt Sutter, 2008-2014).
“Hokey Pokey” es la mirada de Richard & Linda Thompson a la cultura urbana victoriana. Los Thompson parieron un segundo disco casi conceptual sobre la miseria urbana dickensiana. Esta reptante y esquelética balada dedicada a un prostíbulo sigue siendo subyugante a día de hoy. Ojo al innovador giro balcánico central, del que tomaron buena nota The Pogues diez años después, fanísimos de los Thompson, por cierto.
La primera canción de su primer disco en solitario está en las antípodas de los llamamientos a la alegría comunal de Fairport Convention. Es un guiño perverso que llama a superar el legado de Vaughn Willams, icono musical del romanticismo inglés y gran inspirador del revival folk británico. Es una oda marcial y apocalíptica a golpe de guitarra sangrante y acordeón distorsionador, y aventura que “viviremos en el miedo”.
Se puede ser un virtuoso sin ser un ladrillazo. Se puede ser incluso sublime. En el tema título de la banda sonora que facturó para el documental de Wener Herzog, despliega un póquer de recursos expresivos a las seis cuerdas que, a la vez que construyen la atmósfera, clavan la melodía en el espectador, que percibe en este torrente de dobles notas cómo se despereza el oso. El Neil Young de “Dead Man” (1996) se debió morir de envidia.
El trovador bucólico en su máximo apogeo: este cuento de vagabundas gitanas salvajes y deseo insatisfecho lo escribió en uno de sus retiros religioso-campestres de los setenta Una canción-río, de delicado arpegiado y melodía circular, inspirada en un vagabundo que acampaba delante de su casa y en cantantes folk como Vashti Bunyan, “mujeres mitológicas que pillaban una caravana y desaparecían por años”, dijo.
Uno de esos temas en los que Thompson asume su entidad de narrador de historias: en este caso, una de terror psicológico, centrado en el asco de encajar la mano a un exterrorista convertido en figura política respetable (¿Gerry Adams?). Un medio tiempo rock majestuoso y perturbador en el que nos recuerda que además de ser el Dylan británico, también podría ser el Lou Reed gaélico.
El homenaje definitivo de Thompson a la música de Estados Unidos tiene su coña porque, bajo el paraguas sonoro del folk de los Apalaches, dedica una canción a una marca de motocicletas inglesa. Este pedazo de vida de vertiginoso arpegiado acústico al estilo de Townes Van Zandt es un cuento de teddy boys que transmite alegría de vivir.
Más que una canción, una película de terror. Después de una introducción siniestra de guitarra electrificada estilo árabe por la que Jimmy Page mataría, asistimos a una ingrávida y sombría letanía de tres minutos. Lo que parece el relato de una maldición gitana en realidad es la constatación del artista que no tiene otro remedio que seguir su vocación o palmar.

¿Qué se podía esperar del iconoclasta Thompson después de que hubiera redefinido el folk británico y hubiera cincelado su conversión al rock? Pues que lo intentara destruir. En su primer disco en solitario apenas hay rastro de guitarra vertiginosa o bucolismo. Los sustituyen capas de acordeones, dulcimers, violines y trombones, y momentos puntuales de guitarra eléctrica a ratos disonante, a ratos virtuosa. Tras la portada del friki de feria desubicado en un salón Tudor, se oculta un sólido cancionero casi conceptual que apunta a sus dos obsesiones de esa época: que el Apocalipsis estaba a punto de llegar y que había que destruir los clichés del folk y el rock como fuera. Una década antes del Tom Waits de “Swordfishtrombones” (Island, 1983), él inauguró un terreno similar en Reino Unido.

El primer esfuerzo conjunto de la pareja es una obra maestra. La hasta hace poco Linda Peters, cantautora folk británica cercana al country, aporta una voz límpida, tan subyugante como la de Sandy Denny, pero más frágil, y lleva la voz cantante. A ratos con ritmo de forja industrial y folk eléctrico, a ratos lleno de languidez, podemos verlo como un disco conceptual sobre los aspectos más sórdidos de la vida urbana. Richard aporta un esqueleto eléctrico de alta precisión expresiva y la fúnebre visión de un moralista hundido por el peso de un mundo sin moral; Linda, el vitalismo pop de una hedonista inmune a la resaca que quiere revolcarse de fiesta en fiesta.

La portada lo dice todo. Las canciones de su disco de divorcio ya estaban escritas un par de años antes. Lo que sí queda patente es la rabia nada contenida de una pareja que se desmorona durante la grabación. Producido por Joe Boyd, impulsor de Fairport Convention, son ocho canciones de pop-rock luminoso y letras amargas que lanzaron sus respectivas carreras en Estados Unidos y fue omnipresente en las listas de lo mejor de 1982. Como quien se reparte la crianza, cada uno canta medio disco, ocho temazos de pullas y reproches excepto en la intrigante “Did She Jump Or Was She Pushed?”, que cuestiona la muerte de Sandy Denny como accidental.

Justo antes del año 2000, ‘Playboy’ pidió a varios músicos elegir los mejores temas del milenio. Thompson se lo tomó de forma literal e incluyó canciones desde el año 1068. La idea inspiró la creación de un espectáculo en vivo que recorre sus canciones favoritas, desde la música medieval británica hasta Britney Spears. Este artefacto comprime la tradición que ha inspirado toda su carrera y puede verse como un resumen del canon personal de uno de los grandes del siglo XX. Baladas medievales, music-hall inglés, ópera, murder ballads, ABBA, Prince, una cara B de The Who… Todos thompsonizados a partir de un magisterio único con la guitarra acústica y un sano cachondeo.

El primer disco acústico de Thompson es un triunfo en toda regla. Si bien era conocido por sus poderosas actuaciones con guitarra acústica, esta es la primera vez que se permitió grabar un disco cantado en que la electricidad no predominara. Grabado en su casa, se calzó el jubón de trovador inglés contemporáneo y se sacó de la manga un disco casi en vivo, en el que la ausencia de efectos permite que fluya la inspiración a través de canciones desnudas, sustentadas en bellísimos y discretos arreglos de guitarra acústica. Lleno de viñetas británicas de misantropía y costumbrismo, no exentas de cierta coña flemática marca de la casa, es una afirmación de la preeminencia del autor por encima del virtuoso.

Con la producción de Jeff Tweedy, Thompson consiguió uno de sus mejores discos recientes. Si alguien pensaba que lo llevaría a terrenos cercanos al “Yankee Hotel Foxtrot” (2002) de Wilco, quedó decepcionado. Tweedy respetó el espacio de Thompson, que en este disco volvió al rock más eléctrico, sin olvidar las atmósferas brumosas en la deliciosa “Josephine” y añadiendo capas sutiles en “Broken Doll”. Con canciones brillantes como la acelerada “No Peace, No End” y el entrañable homenaje de “Guitar Heroes”, quizá este sea su disco más norteamericano, lleno de leves ecos de country-rock y rock’n’roll original.