Editorial

Bob Dylan: el mejor medio siglo de la historia

Bob Dylan debutó en 1962 con “Bob Dylan”, el disco de folk que lo presentó en sociedad. Cincuenta años después, llegó “Tempest”, su álbum número treinta y cinco, con Dylan convertido en el mito por excelencia de la historia de la música rock y sus géneros asociados, la indiscutible referencia clásica. Lo vimos en directo en Benicàssim 2012, donde pudimos comprobar su buen estado de forma, al que se añadió la sorpresa de un insospechado cambio de actitud que hizo menos ariscos sus siempre esquivos shows. 

Ilustración: Sonia Pulido
Ilustración: Sonia Pulido
A los cincuenta años de la edición de su primer disco, que celebrará este mes con “Tempest” (2012), su álbum número treinta y cinco, Bob Dylan sigue en permanente estado de gracia, como demuestran sus últimos episodios discográficos, una especie de tercera juventud creativa que arrancó con “Time Out Of Mind” (1997), continuó con “Love And Theft” (2001) y “Modern Times” (2006) y se confirmó con “Together Through Life” (2009). Sobresalientes nuevas pruebas del mito moderno más duradero, una leyenda de largo recorrido que se engrandece todavía más en sus conciertos abruptos y sin concesiones a la complacencia ajena, ni tan siquiera a la de sus fans, que rara vez se sienten cómodos en el fuego cruzado que caracteriza el repaso de un inmenso repertorio deconstruido en carne viva.

Solía ser así, pero este verano el resabiado y hosco Robert Zimmerman dulcificó su gesto en su memorable gira por España. Yo lo vi en el FIB y afirmo aquí que fue el mejor concierto de todos los que he podido presenciar de él, que ya han sido unos cuantos. Y no porque las otras veces no me gustasen su actitud o su música, sino porque en esta ocasión, además de su excelencia incontestable, disfrutamos de un Dylan más confortable en su madurez, sonriendo, casi hablando a través de gestos intuidos, con esbozo de reverencia final, entregado amablemente a la mirada de sus fans, agitando el pie desde el teclado persiguiendo su propio ritmo: lo nunca visto.

Fue un concierto inmaculado, que empezó arrastrado por una voz rasposa cortada a lo Tom Waits, un manjar que fue personalizando al ir calentándose su timbre nasal habitual. Siguió profundo y denso, mostrándose particularmente activo al piano, la guitarra y la armónica. A veces, con la tensión de lecturas aceleradas y nerviosas. Otras, contoneándose con el micro en la mano, jugando a ser un insospechado crooner con la voz en excedencia. Concluyó con un bis de microcirugía despedazada: un “Like A Rolling Stone” litúrgico.

Se vivió más o menos el mismo espíritu generoso en Bilbao y en Cap Roig, las otras dos citas en España, aunque hubo un ligero cambio de repertorio en ambos shows, con la balanza más inclinada hacia el cancionero de los sesenta y con el regalo final de “Blowin’ In The Wind” en los bises.

Plácidamente asentado en su fama de excéntrico intocable y cool, en Benicàssim un Dylan a gusto consigo mismo dio rienda suelta a la verbalidad suprema de sus canciones y consiguió que el rock’n’roll, el folk, el blues y el rhythm’n’blues pareciesen haber nacido para ser narrados a su manera: ese trote contemplativo, relajado y sabio que va bullendo poco a poco hasta alcanzar la graduación precisa, la que fue liberando progresivamente la emoción de los privilegiados que asistíamos encantados a la soberbia demostración de uno de los más grandes. Más grande que Dylan, nadie. ∎

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