El Cruïlla es casa porque, en comparación con Primavera Sound y Sónar, es el único de los grandes saraos estivales barceloneses en el que no te sientes un intruso en tu ciudad. Puedes hablar catalán o castellano sin parecer un animal exótico en peligro de extinción descubierto por una expedición darwinista en una remota isla congelada del Círculo Polar Ártico. Según los datos ofrecidos por la organización, el 95% del público del Cruïlla es catalán: el 50%, de la ciudad de Barcelona; entre el 25 y el 30%, de un área metropolitana circunvalada generosamente por Mataró, Manresa y Sitges, y el 20%, procedente del resto de Cataluña. En tiempos de gentrificación, no sentirte un bicho raro en casa es agradable, bonito y reconfortante.
El Cruïlla es casa porque te sientes cómodo y confortable. Es una casa en la que habita gente, pero no es piso de familia numerosa en la que hay que esperar eternamente para poder entrar en el lavabo. Este año, de hecho, hasta hay algún familiar que no ha venido a comer paella el domingo. En total, el Cruïlla 2026 ha reunido a 73.000 asistentes, 9000 menos que la edición del año pasado, cuando alcanzó su récord de 82.000 personas. El principal pinchazo ha sido la jornada inaugural dedicada principalmente al pop mainstream para audiencias más jóvenes, como el pasado. Si en 2025 Gracie Abrams citó a 18.000 personas, este año Halsey solo ha convocado a 9000. Durante el resto de días las cosas han funcionado más o menos igual: el jueves acudieron 20.000 personas (4000 más que en 2025); el viernes, 21.000 (2000 menos) y el sábado 23.000 (2000 menos).
El Cruïlla es casa, pero una casa con demasiadas habitaciones y cada una de ellas con una decoración diferente. Una diversidad de diseño que ha acabado por conformar su personalidad. El Cruïlla es un festival de festivales. Una movida multicéfala en la que cada día te encuentras con un cartel que poco o nada tiene que ver con el del día anterior o posterior. Esa diversidad cromática a veces funciona. En otras marea, confunde y resta interés. Más si, como ha sucedido este año, no ha habido ninguna noche con actuaciones ya no memorables, sino que hayan rozado lo excelente. Lo de David Byrne, Pixies y Suede estuvo bien, incluso muy bien, pero ya.
Y sí, el Cruïlla es casa, pero una casa con un espíritu un tanto conservador. Con alineaciones con nombres de peso –e innegable valor artístico– pero poco riesgo. Es una casa pintada con colores básicos que siempre funcionan, pero de vez en cuando no está mal añadir tonos que se salgan de lo común. Es una fórmula que es la suya y ha ido bien a lo largo de los años, pero en ocasiones añadir factores no solo no altera el producto, sino que lo enriquece. Un producto, hay que decir, al que dejan explayarse y tomarse su tiempo. Porque a diferencia de la gran mayoría de festivales, aquí a los grupos, a todos, se les permite tocar más allá de la hora. El Cruïlla no programa showcases, sino conciertos.
El Cruïlla es casa. Pero una casa en la que, por cierto, para acceder, depende de quién te toque en el acceso de entrada, te someten a unos controles que rozan lo abusivo. Y este año no ha sido una cuestión exclusiva del Cruïlla, en el Sónar fue igual.
Que me espere dentro, le digo al colega, que estoy en la entrada apurando la birra que me he pillado en el súper. Y cuando le pego el último sorbo, aparecen. Son dos, deben tener 12 o 13 años. Uno es alto y delgado. El otro más bajito y chaparro. Los dos visten camisetas del Barça. Lamine, el largo; Cubarsí, el pequeño. “Estamos vendiendo collares y pulseras. ¿Nos compras algo?”. Jodida tremenda visión comercial, la de estos críos, trapicheando con colgantes en la puerta del Cruïlla. “No porto res” (“No llevo nada”, en catalán), les suelto, con cariño, con la esperanza de que se marchen. “¿Eres portugués?”, replica el bajito. “¡Que va a ser portugués, idiota! Es més català que el pa amb tomaquet. ¡Com nosaltres!”, suelta el espigado, añadiendo que ya se lo había dicho, que “a este festival no vienen guiris”. Y aun así, el renacuajo no se da por vencido. “También aceptamos bizums”. Eso no lo había visto llegar. Pim-pam-pum. Inocente de mí, le digo que a su edad no puede tener Bizum. “No es mío, es el de mi padre”. Bienvenidos al Cruïlla, el tercer y último gran evento musical estival de una Barcelona (cuarto si contamos el Vida) que siempre “és bona si la bossa sona”.
Llego tarde a ver a Galgo Lento en el escenario Imagin. La hora, el calor, la birra, la charleta con los críos, recoger la acreditación, unos controles en la entrada para que no entres golosinas que son más estrictos que los de un retorno de permiso en Sing-Sing… Moviéndose entre el hip hop, el soul y el bedroom pop, sin hacer mucho ruido pero sí con discos más que interesantes, es de lo más curioso en la escena ¿urban? catalana actual.
Cuando mis hijas tenían la edad de los emprendedores empresariales que he conocido en la entrada del Cruïlla, me tragué todas las series habidas y por haber de Disney Channel. “Hannah Montana”, evidentemente, pero también “Good Luck Charlie”, “A.N.T. Farm”, “Jessie”, “Austin & Ally” o aquella “Shake It Up” en la que debutaron Bella Thorne y Zendaya. Seguramente fuera por defecto profesional, pero de aquellas producciones lo que más me llamaba la atención eran sus temas de apertura. No excesivamente lejos de lo que entonces ofrecían las bandas de emo más mainstream, eran canciones de pop muy azucaradas que se te enganchaban como un chicle abandonado en el asfalto ardiente del Fòrum a la suela del zapato este infernal mes de julio. Lo de hoy miércoles, jornada inaugural de la nueva edición del Cruïlla, va un poco de eso, de retornar a la Casa de Mickey Mouse y que te encuentres que han montado una fiesta en la que actúan –repartidas entre los escenarios Occident e Imagin– Sigrid, Sadie Jean o, incluso, aunque algo más gamberra, Reneé Rapp. Artistas que comparten un universo sonoro similar, el del pop cándido e inocente, que habla de primeros amores, de mejores amigos que te salvan en los peores momentos y de sueños truncados que jamás se cumplirán.
Lo de Halsey, en el Estrella Damm, no es que ande excesivamente lejos, imaginaos algo entre Paramore y Evanescence, pero la cabeza de cartel de este primer día le da cierta pátina gótica a su propuesta –su disco de 2021, “If I Can’t Have Love, I Want Power”, lo produjo Trent Reznor de Nine Inch Nails– tanto en lo estético como en lo musical. En el escenario hay un castillo medieval y, entre muchas llamaradas, suenan temas hechos con la fórmula matemática del vamos-a-petarlo como “Nightmare”, “Hurricane”, “Castle” o “Gasoline”.
Las letras de Sen Senra, que actuó antes en el Estrella Damm, no distan un universo de las de Sadie Jean. El gallego es un malote romanticón que escribe casi todas las canciones sobre sus problemas cardiológicos. De blanco impoluto, en admirable manga larga en un día en que en las siete fuentes del Fòrum el agua sale a una temperatura con la que puedes preparar una sopa sin necesidad de meter el cazo en los fogones, se marca un recorrido por lo bueno y lo mejor de su trayectoria. Está rodeado de una banda de seis músicos. Lo rodean en semicírculo. Él en el medio, sentado en un taburete del que, con la excepción de “Entrelazados” y “Ya no te hago falta”, no se levanta en todo el bolo. Él no quiere ser cantante, quiere ser Steve Lacy, Frank Ocean o Mac DeMarco. Y por momentos, sobrado de carisma, talento y belleza, se aproxima. Pero todo es demasiado confesional e íntimo para un espacio tan grande a unas horas tan poco dadas a las revelaciones privadas.
Me piro. Si me encuentro con los dos mequetrefes ya no tengo excusas. No están. Su convenio debe tener las horas muy bien reguladas.
Dicen los que tengo detrás que dice la Pili, que está en primera fila, que ha tocado a Brett Anderson y que tiene su sudor. Que como tiene su ADN, que va a hacer algo por la vía científica para tener un hijo suyo. Si lo hubiera tocado, yo también lo haría. A sus casi 60 años, el tipo está buenísimo. Pero de todo esto os hablaré un poco más adelante.
Están las fiestas aquellas de “Yo fui a EGB”. Luego está lo de hoy en el Cruïlla, que es algo así como “Yo fui a las fiestas +A Saco del Zeleste”. Ambas cosas vienen a ser lo mismo: pura nostalgia, pero aquí en versión indie. Si me pusiera en el control de acceso podría decir el nombre, apellidos y DNI de todos los que han venido al Fòrum a ver a Garbage, Suede y Pixies. Coincidí con ellos en infinidad de noches de viernes y sábado bailando lo que pinchaba DJ Amable, responsable directo de buena parte de la educación musical de muchos de nosotros.
Veo a Santi Carrillo y Juan Cervera, los directores de Rockdelux, pero no me ven. Están tres o cuatro filas delante de mí en el concierto de Standstill. Me preocupan nuestros editores. No los matará un Mark David Chapman. Los matará el calor y tendremos que colocar una placa honoraria justo en el punto del Fòrum en el que perezcan. Respect. Adorables como los abuelos gruñones de los teleñecos, no se pierden ni uno: para entender un poco más de qué va todo esto, pasen por la última entrega de “La Hora Rockdelux” de Radio Primavera Sound.
Standstill surgieron de la escena hardcore barcelonesa de finales de los noventa que orbitaba alrededor del sello BCore, para ir evolucionando hacia un rock con devaneos psicodélicos y progresivos. Una propuesta que eclosionó en su álbum “Viva la guerra” (2006), metáfora de lo que había venido siendo su trayectoria: una batalla no siempre fácil de librar. Ahora, una década después de su separación, se han vuelto a reunir para celebrar el 20º aniversario de aquel disco. Rencuentro que, lo han anunciado durante el bolo en el escenario Estrella Damm, tendrá continuidad con un nuevo LP que publicarán este otoño. El bolo, más que bien. Enric Montefusco y compañía nunca fallan.
Me encuentro con Kiku, mi mejor amigo del instituto. Tiene la cara como torcida. Me explica que se ha metido una clencha y le ha sentado mal. Cuando empieza Suede en el escenario Occident le envío un whats. Le pregunto si tiene el mismo dealer que Brett Anderson: increíble el derroche de energía a su paso por el Cruïlla. Suede se sitúan en el otro extremo de Garbage. Más allá de que tienen una discografía pretérita mucho más notable y una obra fonográfica presente mucho más interesante, su repertorio no suena apolillado ni desfasado, encajando perfectamente los nuevos sencillos junto a la pila de hitazos noventeros. Arrolladores, con un Brett Anderson como un conejillo Duracell al que nunca se le acaban las pilas alcalinas, sentando cátedra de lo que debe ser un frontman, firmaron el mejor bolo de la segunda jornada del Cruïlla. Y si no, preguntádselo a la Pili.
Era 1990 y en el barrio solíamos reírnos del Dixie. Lo llamábamos así porque se paseaba con una camiseta que nos hacía mucha gracia. Salía un mono y arriba ponía Pixies. No tardé demasiado en descubrir que era la portada de “Doolittle” (1989). “Anda, pringao, escucha algo decente”, me dijo pasándome la cinta de casete que había en su walkman. Cuando llegué a casa y escuché el segundo álbum de la banda de Charles Michael Kittridge Thompson IV (es que ya no sé si hay que llamarlo Frank Black o Black Francis), todo cambió.
Los Pixies no deben preocuparse por cómo afecta el paso del tiempo a su repertorio, ni necesitan excederse en la entrega. Con ellos cada noche tiene algo de memorable. Es lo que tiene ser una de las bandas más influyentes de la historia del rock. Los monos van al cielo y nosotros lo hemos tocado esta noche reviviendo las santas escrituras del indie en 24 temas. No solo no ha faltado ningún hit sobre el escenario Estrella Damm, sino que se han descolgado con alguna que otra sorpresa, como ese inicio con “Cactus” y “Nimrod’s Son” o las versiones que se han marcado de “Head On” de The Jesus and Mary Chain o “Winterlong” de Neil Young. Gracias por aquel casete, Esteve.
Ella le dice que Chris Robinson está hecho polvo. Él le contesta que el tipo no ha llevado una vida demasiado ordenada. Todo el rollo ese del rock’n’roll way of life que os creéis los que leéis el ‘Popu’, continúa la chica. Pim-pam-pum. “Pues anda que no me iría yo ahora de gira por el mundo a reventarlo todo ni que fuera tan solo por una semana”, contragolpea el chico, pero ni la roza. “Eres tan inútil que no llegarías ni a Andorra. Y de llegar, no sabes tocar ni la pandereta”. Y se acaba aquí la discusión. Si me piden el veredicto, gana ella por KO técnico. Realmente, Chris Robinson tiene aspecto de haber pasado la noche en la sala de espera de urgencias de un hospital público catalán tras un coma etílico. Y puede que haya sido así. De serlo, se ha recuperado rápido. Aunque ojeroso, luce vozarrón. The Black Crowes suenan genial en el escenario Estrella Damm. Tienen temazos. Empezar con “Remedy”, “Sting Me”, “Jealous Again” es un lujazo. Versionan el “Oh! Sweet Nuthin’” de The Velvet Underground, cantada por el guitarrista Rich Robinson. Versionan, claro, el “Hard To Handle” de Otis Redding. Terminan con “She Talks To Angels” y “Twice As Hard”. Un lujazo. El batería viste la cami “This Is Not A Fugazi T-Shirt”. El chico le pregunta a la chica qué es Fugazi. Me voy.
Me voy rápido a ver a Ezra Collective, que lo petan bastante en el Occident (la chapa que están dando los de la compañía aseguradora patrocinadora de este sarao con los horterísimos sombrerillos de paja que reparten por todos lados). Jazz incandescente. Afrobeat para mover desde el moño hasta las uñas de los pies. Buen rollo. Buenas vibras. May the funk be with you, pero ¿me quedo o me escapo a ver a Parquesvr? Putos solapes. Should I stay or should I go. Nada, ni que sea un ratillo. Veinte minutos. Media horilla con los madrileños en el escenario Vallformosa antes de que empiece David Byrne. Voy. Y lo gozo y lo canto y lo bailo. Son buenísimos. No sé cómo lo veis vosotros, pero en directo, ácidos como limones verdes, me parecen los Siniestro Total de nuestros días. ¿Me quedo? ¿No me quedo? ¿Me quedo? ¿No me quedo? No me quedo. Joder, va me quedo. No, no, me voy, es David Byrne.
Notas para la crónica del concierto de David Byrne en el escenario Estrella Damm:
Barcelona. Parc del Fòrum. Domingo 12 de julio. Cinco y media de la madrugada. “¿Qué diploma?”, me responde la chica del control de salida cuando le pregunto dónde puedo recoger el documento que acredita que no solo he asistido a todos los días del Cruïlla de principio a fin –el miércoles de Disney Channel, el jueves de Yo fui al +A Saco de Zeleste, el viernes de no-sé-muy-bien-de-qué-va-el-cartel-de-hoy, y hoy sábado de no-sé-muy-bien-de-qué-va-el-cartel-de-hoy-parte-2), sino que este año, como aquellos zumbaos que se proponen correr 365 maratones en 365 días, he asistido a los cuatro grandes festivales que se celebran en Barcelona y alrededores: Primavera Sound, Sónar, Vida y Cruïlla (sin olvidarnos del Rockfest dedicado al metal y ritmos adyacentes, al que no he ido, pero que es un gran festival). Se lo explico y me mira con una cara que, de traducirla a palabras, me estaría diciendo: “Eres gilipollas”. Y muy probablemente tenga razón.
Dicen que Pep Guardiola está hoy en el Cruïlla. Si lo está, no está en el concierto de Lecocq en el escenario Imagin. Y apuesto todo el crédito que tengo en la pulsera del festi para pagar las birras que le molaría. Acaba de publicar nuevo disco, “Sucre” (2026). Pop-rock con devaneos bailables. Suena a Phoenix, a Beck, a The Strokes. Pep Guardiola tampoco está en el escenario Occident viendo a Els Pets. O yo no lo veo. Le gustan: al menos hace mil años compartieron portada de la revista ‘Enderrock’. Els Pets gustan a todo el mundo. Este año celebran su cuarenta aniversario. Efeméride que han festejado con una gira en la que, cuando ha caído en salas, tocan íntegramente dos de sus discos más celebrados (cada noche cambian). Hoy, en uno de los escenarios principales del Cruïlla, optan por un repertorio que es un viaje por toda su carrera. Suenan muchos de los clásicos pero no todos, y se agradece que pasen de temas ya extremadamente manidos como “Bon día” o “Tarragona m’esborrona”. Recuperan algunas perlitas no ocultas, pero no tan coreadas, como “Hospital del Mar” de su disco “Respira” (2001), álbum mayor un tanto olvidado. A Els Pets solo puedes quererlos.
Guardiola sí que está viendo a Jovanotti en el Estrella Damm. Está en una de esas gradas VIP. Lleva una cami de Lorenzo Cherubini. Debe ser fan. Lo debió descubrir cuando fue a Italia a jugar con el Brescia. Yo lo descubrí una noche que salió en un programa de Telecinco de la era Mamachichos cantando “Give Me Five”, en bóxer, chupa de cuero y gorra ladeada muy al estilo de los Beastie Boys. Me cae bien, el tipo. Me gusta lo que hace. Me transmite buen rollo. Hay que pensar positivo. Era colega de Pau Donés. Hace una versión de “La flaca”. Aparece un borracho que grita como un vikingo resacoso: “Pep, t’estimo. Ets el puto amo”. Este seguro que mañana no se levantará ben d’hora, ben d’hora, ben d’hora. Pero Guardiola sonríe.
Jon Batiste es buenísimo. Pero me confunde. Lo hace todo bajo las luces del escenario Vueling. Tan pronto puede versionar el “Mais que nada” de Sergio Mendes como el “Changes” de Tupac. Adentrarse en el góspel para pasarse a la clásica. Irse al country y retornar al funk. Está guapo, pero son demasiados estímulos para asimilarlos en tan poco tiempo.
Ribogerta Bandini está en el escenario Occident. Pasando de la derecha cool. Me quedo con Batiste y empalmo con La Ludwig Band en el Vallformosa. Son buenos, los malparidos. Están en su momento prime y lo gozan. Rock’n’roll en la plaza del pueblo, birlando de aquí y de allá, para amenizar una noche de verano. Lo que hacen lo has escuchado mil veces, pero lo hacen tan bien que es imposible no mover los pies. Y sí, eso que esbozas con la boca es sonreír. Se le llama felicidad momentánea transportadora. Déjate llevar.
Inglaterra está empatando con Noruega y The Hives empatan con Two Door Cinema Club. Todo guitarras entendidas desde diferentes perspectivas, pero en ambos casos preponderando el espíritu hedonista. Los suecos en el escenario Estrella Damm desde el garage; los norirlandeses acercándose a la pista de baile en el escenario Occident. “Hate To Say I Told You So” de The Hives es un golazo. “What You Know” de Two Door Cinema Club es un tremendo chicharro. En las pausas por hidratación me escapo a Paco Pecado en el Imagin. Engullo un cachito de su pastel. Sabe bien. Ahora tengo que hidratarme yo. Prórroga y penaltis. Los escandinavos lanzan “Main Offender”, “Come On!”, “Tick Tick Boom”, “Walk Idiot Walk”, “The Hives Forever Forever The Hives”; los británicos, “Changing Of The Seasons”, “Undercover Martyn”, “Something Good Can Work”, “I Can Talk”, “Sun”… Que el partido no acabe nunca.
La cumbia es el nuevo punk. Lo cantan los mexicanos Son Rompe Pera en el Vallformosa. Y aquí y ahora, me los creo. Como si The Pogues hubieran nacido en Naucalpan de Juárez. Sudor, tequila y marimba. Lo rompen. Lo petan. Y entonces el móvil me avisa que le queda un 20 por ciento de batería. El puto cacharro es una metáfora de mi estado vital actual: un piltrafilla con patas que se arrastra hasta Judeline. Si preguntan por mí, decidles que estoy por el escenario Vueling, sin poder cerrar los ojos, mesmerizado con la gaditana y su urbana aflamencada. ¿Alguien tiene colirio? ¿Dónde debe estar Pep Guardiola ahora? Yo en el Occident, con Chico Blanco. ¿Qué hora es? “Ohmaigach”. Pam-pam-pam-pam. El beat sonando grave. Pam-pam-pam-pam. La gente está bailando. Pam-pam-pam-pam. Lo rico que se siente. Pam-pam-pam-pam. Dentro de poco empezará a clarear. Será cuestión de ir tirando.
Barcelona. Parc del Fòrum. Domingo 12 de julio. Cinco y media de la madrugada. Esto se ha acabado. Me voy. Me voy sin diploma. ¿Colega, dónde está mi coche? ∎