El festival Feroe nace como un evento musical que pretende circular por el carril de ralentización. El pasado sábado concluyó una primera edición de dos jornadas –14 y 15 de noviembre– en el Poble Espanyol de Barcelona, impulsada por el folk, la música de raíces, el indie rock, la americana, el country y el pop de autor de la mano de experimentados artífices como Nick Lowe & Los Straitjackets, The Jayhawks o Squeeze. Una isla orgullosa de serlo dentro de la superpoblada oferta musical que avasalla la ciudad mediterránea.
Si existe hartazgo con la vieja –o la nueva– política, con los medios de comunicación e incluso con los medios digitales y hasta con la noción de la verdad, era asumible que este cansancio terminara contagiando a los macroeventos musicales. En ese contexto nace Feroe, un pequeño oasis musical con residencia en el Poble Espanyol de Barcelona que aboga por la escucha focalizada en un solo escenario en lugar de la que se multiplica entre largas distancias, por detenerse en lugar de acelerar y por vivir la experiencia en lugar de compartirla en redes. La premisa de la que parte esta cita de nuevo cuño no puede ser más revolucionaria y valiosa en un marco cultural de consumo hiperacelerado, masificación y “experiencias” alentadas por la búsqueda de un rendimiento desaforado que termina erosionado la propia escucha. Este noble decálogo se materializó en tres conciertos por jornada, sin solapamientos, sin estrés, sin colas –nunca antes quien escribe había estado en un sitio de estas características en un baño vacío– y sin horarios intempestivos, con una circulación y organización tan amigable como confortable. Encomiable proyecto que, pese a una entrada de público entrado en años que no invitaba al optimismo desbordado, ha confirmado su segunda edición para noviembre del próximo año. Bienvenidas a Feroe, donde la música transcurre en primer plano y sin contraindicaciones.
Recepción idílica con The Weather Station. En ese propósito identitario de devolver la música a un plano de escucha preferencial, también se agradece poder detenerse en bandas de baja demanda. Gratos descubrimientos dispuestos en igualdad de condiciones que los mayores reclamos. El folk de los canadienses, de ligeras hechuras jazzísticas respondidas con el saxo y los teclados, supuso un masajeo instantáneo para los pocos asistentes congregados a la primera hora del viernes y una grata toma de contacto con la declaración de principios sobre los que gravita Feroe. La voz acogedora de Tamara Lindeman remitió a Joni Mitchell, e incluso ligeramente a la de la contemporánea Angel Olsen.
Institución viviente del country alternativo y la americana, Gary Louris y sus The Jayhawks arrancaron algo desangelados e impedidos por algún desajuste técnico. Empezaron a recomponerse con las avanzadillas de un nuevo álbum de estudio dispuesto para el desprecintado. Y fueron los riffs de un Louris en buena forma –se le vio a la jornada siguiente siguiendo con atención el concierto de Nick Lowe & Los Straitjackets al lado de su pareja– los que acortaron la distancia con el público veterano que los arropaba. Agarró la acústica para dedicar una bonita velada a su amada, situada en el lateral del escenario. Y se encaminaron con diligencia hacia la recta final con “She Walks In So Many Ways” con la guitarra del líder bramando. Concluyeron con una versión del “Bad Time” de Grand Funk Railroad que corrigió cierta domesticidad inaugural.
Bendito el ojo de la programación –junto con la promotora Houston Party– al incluir a Valerie June en la apertura de la segunda jornada. La gran revelación del festival se disfrutó sin sobresaltos, sin prisas, con la atención en su punto. La estadounidense se presentó con un country-folk bañado en sonidos criollos y roots que delataba su marcado acento sureño. La cantante de Jackson, Tennessee, imprimió un charme incontestable, tanto cuando abrazó el soul como cuando se dejó arrastrar por el góspel y el blues. Con la única compañía de batería y bajo, acaparó miradas y admiración en el uso del frondoso fondo de armario de banjos y guitarras. Incursionó en un blues-rock con deje Bessie Smith. Y fue electrificando el show hasta llegar a frecuencias parejas a la de Brittany Howard. Un billete franqueado hacia Memphis, pasando por Nueva Orleans, Luisiana. Final glorioso de furia y rosas.
Si el objetivo de Nick Lowe es ser un abuelo cool no solo lo logra, sino que también puede enorgullecerse de preservar intactas sus capacidades como músico. Mantiene el mojo en actitud, percha y ejecución, y su repertorio sigue siendo validado por el público que lo arropó, ligeramente más numeroso que en la jornada anterior. Se acompañó por Los Straitjackets, tres guitarras y un batería enmascarados como luchadores de lucha libre mexicana. Inseparable de su guitarra, el inglés preparó su brebaje de surf rock a lo The Ventures, calipso y ese rock’n’roll con residencia en Nashville. Se aventuró en dos temas de su nuevo LP y se hizo fuerte con ese rock idóneo para rockabillies en búsqueda de la Arcadia perdida. El intermedio en que se ausentó y dejó al grupo interpretando estándares rompió con el ritmo de la velada y dejó en evidencia lo esencial que resulta su presencia sobre el escenario. Aunque a su vuelta siguió incidiendo en las sonrisas de los presentes. Y no faltaron, claro, “Cruel To Be Kind” ni “(What’s So Funny ‘Bout) Peace, Love And Understanding”.