mori sacó su primera canción hace más de siete años. En aquel momento, el artista ceutí fue metido a la fuerza en uno de los sacos más incomprensibles (pero rentables) que ha ideado la industria en la era del streaming, el bedroom pop. Y eso, como un trauma, ha marcado su trayectoria desde entonces: pasó de ser la primera gran promesa del círculo de rusia-idk a dosificar mucho su perfil público; según iba descubriendo la música y su lugar en ella, antes como apasionado que como artífice, Martín Moreno iba diluyéndose más y más en una bruma de anonimato, texturas elusivas y ritmos que laten hacia dentro, desconfiado de un sistema que alza ídolos y al otro día los olvida, o los aplasta. “Tuve que aprender a hacer música mientras la gente ya la estaba escuchando, ¿sabes?”, recuerda ahora desde un café en la madrileña plaza de Cascorro. “Y entiendo la importancia de algunos de esos temas, porque sin ellos por ejemplo nunca hubiera conocido a Rus o a Manu”, explica, refiriéndose a Ruslán Mediavilla, rusowsky, ideólogo de rusia-idk, y a Manuel Jubera, mánager y sostén del colectivo. “Pero me parece una mierda que esté ahí, público, esa especie de ‘work in progress’. En cuanto me entre un chute de dinero, Dios me oiga, las borro de una”.
Esa imposibilidad para reconocerse en su propia obra es uno de los motores principales tras “El Niño Bola” (rusia-idk, 2026), el que es, siete años después, su debut largo. “He tardado muchísimo en encontrar un sonido con el que me sienta a gusto, que me llene verdaderamente, y en sentirme al nivel que me exijo. Me gusta mucho la música y escucho muy buena música, y lo que hago ahora está mucho más encaminado hacia eso. Estoy muy orgulloso de cómo está secuenciado el disco, por ejemplo, porque tres meses antes de terminarlo no tenía nada claro el orden, y era algo que me preocupaba bastante”.
En este camino mori ha estado siempre acompañado. “Empecé a hacer canciones con Roy hace tres años, más o menos un año después de conocernos”, cuenta sobre el que a la postre es uno de los principales corresponsables de su primer álbum, Roy Borland. “Pero el disco no comenzó realmente hasta que él y yo no empezamos a entendernos a un nivel musical más profundo. Porque al principio, aunque a los dos nos gusta mucho la música, había diferencias sobre todo contextuales, de hacia dónde queríamos ir. A través de compartir referencias, que para mí es muy importante, fuimos entrando en sintonía. Por ejemplo, cuando le enseñé a Arthur Russell como que él pasó un poco de primeras, pero unos meses después hizo clic”. El último vértice del triángulo lo compone Tristán Rodríguez, TRISTÁN!, con el que sí es más fácil relacionar el sonido de mori, y con el que ha compartido, de manera natural, referencias desde siempre.
Los tres habéis sido muy importantes tanto en el disco de Tristán como en el tuyo…
A mí me sorprende realmente que hayan salido dos discos tan distintos, de hecho.
¿Quizá se ha filtrado más Roy en el caso de Tristán, y sin embargo tú en el tuyo quedas más patente?
Eso dice alguna peña, y esa es por ejemplo la sensación que tiene Tris. Pero yo también veo mucho a Roy en mi disco, y hay muchas cosas que sin él no habrían salido igual, empezando porque yo no tengo ni puta idea de teoría musical. Hay peña que se piensa que es un tema de underground o de profundidad, porque lo mío a lo mejor a priori está más relacionado con la “vanguardia europea”, pero para nada. Roy cata cosas muy deep más clásicas. Y también te digo que si escuchas a todos los favoritos de Tris de cuando era pequeño y luego te fijas en su disco lo entiendes todo, ¿eh? The Clientele, por ejemplo, ese pop finito… Están por todas partes. Recuerdo de hecho la crítica de Rockdelux, que decía que Tris buscaba cómo trascender… No estoy para nada de acuerdo; hay mucho humor, mucha ironía.
Mea culpa. Es mía. Fallo mío ahí, me costó ver la ironía. También quizá hay que conocerlo mucho a él y sus gustos para interpretarlo claramente como ironía.
El personaje nonchalant que lleva en los conciertos, por ejemplo. Es full esa idea. Una cosa que es importante es que mucho de ese interés que Tris y yo empezamos a tener por un sonido más de banda empieza cuando nos metemos fuerte en World Music (se refiere al sello de Dean Blunt) y no tanto por influencia de Roy. Te diría que una de las mejores cosas que he aprendido de Dean Blunt ha sido a apreciar la música con banda, en mucho gracias a descubrir de dónde vienen sus samples. Yo creo que antes de eso nosotros estábamos en una movida mucho más electrónica y apenas escuchábamos música del siglo pasado. Y en mi caso ahora es prácticamente lo contrario. Sí que me pareció muy interesante, de la crítica, el rollo de la escisión El Royale-rusia (se refiere al colectivo madrileño El Royale, en el que intervienen Teo Planell, Azuleja o Mario Caballero, entre otros).
¿Y por qué crees que se da?
Pues claramente hay una escisión, pero no sabría decirte por qué: todos escuchamos más o menos la misma música, y supongo que son procesos naturales. La facilidad que tienen Rus y Juan (el nombre de pila de Ralphie Choo, también en las filas de rusia-idk) para hacer música, su conocimiento teórico y su intuición genial, creo que les permite experimentar dentro de los parámetros de lo actual, fuerzan los límites sin salirse del mainstream. En general soy bastante pesimista con la industria musical, pero son dos proyectos que me hacen seguir teniendo algo de esperanza. De todos modos, por ejemplo, tanto Tris como yo como AMORE estamos pensando ahora en empezar proyectos nuevos, desde cero, con alias diferentes, distintas identidades visuales… Si me pongo en plan Mark Fisher y nos analizo –a Teo, a mí, a Tris– como parte de un movimiento sociocultural, lo veo muy claro: estamos desesperados, necesitados de gritar, y por eso también ese apego por la nostalgia. Ese ha sido el hilo conductor y es lo que nos une, más allá de que cada uno vaya a optar por un camino musical diferente.
Más allá de una escisión sonora que puede resumirse entre el organicismo y el clasicismo de El Royale y el sonido más electrónico, futurista y urbano de rusia-idk, lo que revela esta conversación con mori tiene más que ver con la distancia cada vez más insalvable entre proyectos del alcance de los de rusowsky y Ralphie Choo y una facción que, contándolo a él, a TRISTÁN! o AMORE, cada vez tiene más claro que su plan es mantenerse deliberadamente en el underground, si es que eso es posible en un momento en el que hasta los nichos más pequeños terminan replicando los mecanismos del sistema y las lógicas del mercado. “Estoy buscando un curro de media jornada que no tenga nada que ver con lo mío”, confiesa el artista; es el modelo Erik Urano, según él, “absoluto Chad”: que tus ingresos no dependan de tu creación artística y así el dinero no comprometerá nunca el arte que hagas. “También te digo que, estando las cosas como están, sería prácticamente imposible decirle que no a una discográfica que venga con un montón de pasta y me permita comprarme una casa”. Es un poco el secuestro al que se ve sometida esta generación, abocada, sí o sí, a pasar por un aro cada vez más estrecho.
Esta dicotomía entre la satisfacción de unas necesidades materiales y una relación honesta con la música atraviesa completamente su discurso, pero él se mantiene crítico y autoconsciente. Defiende entender el origen de las cosas, la intencionalidad en el arte. En general evita dar entrevistas, pero esta la está haciendo porque su padre es, desde los ochenta, “fan de la Rockdelux, y todos los años desde que está en digital me compra el especial que hacéis de lo mejor del año; era importante para mí hacerla”. Tampoco le va jugar a la trampa de las redes sociales porque sabe que es una ruleta rusa: “Un poco por la dopamina de la salida del disco, que he estado más pendiente del móvil, me he vuelto a enganchar a los ‘reels’ y a toda esa mierda. Se pasa muy rápido de las notificaciones a eso. Estoy volviendo a quitarme”.
¿Esa decepción con el presente también se plasma en lo musical?
Pues en cierto modo sí, porque últimamente escucho casi exclusivamente música del siglo pasado. Se hace mejor música que nunca, pero las radiofórmulas llevan años siendo objetivamente una mierda, y el problema es que va a peor. El aplanamiento de la identidad cultural afecta a todo, y me da mucho miedo y un poco de ansiedad: si ya no vas a Granada para comer piononos y vas a comer cheesecake, si eso cada vez te importa menos, al final terminas no siendo capaz de distinguir si una canción la ha hecho una IA o no. Y esto siempre ha existido, pero antes había una voluntad de localizar las cosas. Aquí, si se hacía punk, se hacía punk a la española. Y esa frontera cada vez está más diluida porque todo tiende más a la homogeneización. A lo mejor es lo que nos toca, ¿eh? Un idioma universal…
Bueno, pero tú cantas en inglés en el disco, ¿no?
Esto es una loquera. A mí me jode pila, ¿eh? Y me lo planteo todos los días, porque todo el discurso que pueda tener hace aguas por ahí. Pienso en cantar, si no es en español, aunque sea en portugués… O sea, no puedo ser antimperialista y antigringo y cantar en el idioma imperialista. Es que es una locura. Pero tampoco lo puedo evitar, porque a día de hoy es mi única vía para expresarme. La mayor parte del disco está improvisado, y es así como funciona mi cabeza en piloto automático. Haberlo hecho de otro modo hubiera roto esa intuición porque me resulta imposible improvisar en español. Si ya me cuesta escribir, imagínate improvisar. En inglés dices mucho con pocos sonidos… AMORE fue muy importante para no rallarme demasiado con el tema, para entender que forma parte de mi parte performativa, del personaje. Tengo ganas de que empiece la gira porque creo que eso se va a plasmar mucho mejor en los conciertos: creo que al final el que venga tendrá la sensación de que ha visto algo anticapitalista, aunque esté cantado en inglés.
En su imaginario, mori tiene muy presente el libro de Hans Prinzhorn “Expresiones de la locura. El arte de los enfermos mentales” (1922), imprescindible para abrir las puertas de su percepción espiritual. “Es una recopilación de dibujos de diez pacientes esquizofrénicos de un psiquiatra alemán, y fue uno de los libros bandera del surrealismo porque los surrealistas pensaban que era en esa especie de locura, en el subconsciente profundo, donde podía acercarse uno a la creatividad sin filtro, de una manera trascendental. Eso era lo que ellos trataban de replicar, de buscar”, explica. “Para mí, en ese subconsciente de algún modo está Dios, porque me gusta pensarlo como algo humano, darle una utilidad real desde la vivencia personal. Mi madre es superatea, y estas navidades discutí mucho con ella por este tema, porque soy plenamente consciente de la potencia que tiene ‘Dios’ como concepto lingüístico y toda la carga sociocultural que acarrea. Pero yo sí entiendo esa inspiración como algo divino que al mismo tiempo no tiene nada que ver con la religión. En el C2M vi a John Maus por primera vez y es justo eso: él entra en una especie de trance, se extenúa físicamente para tratar de trascender, de conectar con algo que está por encima de él, fuera pero a la vez dentro. En ese subconsciente está… ¿Dios? Cuando uno consume arte, hace uso de algunas de las conexiones que usa la psicosis. Darle significado a una obra de arte es en parte una psicosis. Y en cierto modo eso está relacionado con la creencia, con la fe. Me gusta imaginarlo como el lago de la locura: yo intento pescar de vez en cuando (a lo Lynch: en busca del pez dorado), hay peña que mete los pies y hay peña que está buceando”. ∎
Dean Blunt ha sido la gran referencia para mori en los últimos años, y el ceutí tampoco es que se esconda. Vegyn, productor clave de su círculo, explica acertadamente esa manera fantasmagórica de entender producciones pop. Y el grupo que forman ambos junto con Fine, The Crying Nudes, está lógicamente entre sus obsesiones más recientes. Siguiendo ese hilo esquivo de hijos de Blunt, mori está escuchando también a Pretty V, y yo el último álbum de Samba Jean-Baptiste mientras escribo esta entrevista en una de esas carambolas maravillosas del oficio musical. Y claro, está al día de lo que suena en Copenhague: “ML Buch me encanta, y con Smerz de vez en cuando conecto”.
Pero hay vida más allá de la alargada sombra de World Music. Casi toda, como él mismo reconoce, más “clásica”: para entender “El Niño Bola” son importantes las bandas sonoras italianas de los sesenta y setenta, en especial las de Piero Piccioni, pero también Joe Meek, productor británico pionero en el sampleado y otras técnicas de grabación. En esa oposición de fuerzas entre algo más amable y algo más experimental se encuentran también otras dos grandes referencias del disco: por una lado Marine Girls, el primer grupo de Tracey Thorn, luego en Everything But The Girl, una joya del primer indie pop británico; por otra parte, una banda incómoda y propositiva como Suicide. “Se los enseñé a Rus y le voló la cabeza; hace poco estuvo en Berlín y pilló en una tienda de discos un CD suyo original de 1978 y lo estuvimos escuchando… Y es que son una locura. Para mí son el trance antes del trance; tienen momentos de dejarte un ‘loop’ como diez minutos”.
También, claro, sigue escuchando trap. “Algún trapero pinzado siempre hay. Joder, comentaba la movida de Vipper con Rus, que vaya putada, porque la música que hacía, el tío, un tronado de cincuenta palos, era bastante increíble. Ahora estoy escuchando mucho Memphis rap rollo de los ochenta, 10 Wanted Men o Shawty Pimp, que es que escuchas cada base que se te va la olla”. ∎