El arandino Barry B (Gabriel Barriuso en su DNI) está acostumbrado a navegar entre dos aguas. Demasiado mainstream para ser indie, demasiado indie para ser mainstream. A pesar de ello, ha aprendido a nadar y guardar la ropa. Y su popularidad ha ido creciendo gracias en gran medida a su innegable capacidad para fabricar hits altamente infecciosos. Canciones bien construidas como “Infancia mal calibrada”, “Chocolate Axe” o uno de sus mayores hits, ese “Monster Truck” que podría figurar en el repertorio de Gary Numan. Ya al borde del final, cogió su guitarra y ofreció una de las mejores baladas del pop español reciente, “VICTORIA”. Pero guardó la sorpresa para la canción de despedida, “Yo pensaba que me había tocado Dios”, porque de repente salió al escenario Revolut Diego Ibáñez, cantante de Carolina Durante, con quien la interpreta en el disco. El público, aunque escaso y claramente nacional, acabó extasiado. Luis Lles
El cuarteto de Boedo apareció en el escenario Occident en una franja horaria complicada, pero tardó apenas unos minutos en ganarse al público. Bestia Bebé no parecen una banda llegada desde Buenos Aires, sino cuatro amigos que han salido directamente del bar del barrio para tocar en el Primavera Sound. Continuadores del rock alternativo argentino de Él Mató A Un Policía Motorizado, practican un rock auténtico, de guitarras distorsionadas y espíritu lo-fi. La primera canción que tocan es “Gustavo Costas” y nos deja claro su lenguaje, ya que se trata de un tema sobre fútbol, pero sobre todo sobre la lealtad, la perseverancia y la gente que sigue ahí cuando todo va mal. No hay mucho público a esas horas, pero los que están delante del escenario parecen la misma pandilla que se encuentra cada fin de semana en los bares de siempre. Desde “Gustavo Costas” hasta “El descontrol”, la banda convierte a una multitud de desconocidos en un grupo de amigos. Bestia Bebé ha venido a recordarnos que el mejor rock sigue naciendo en los barrios, entre amigos y desde la humildad. Laia Marsal
“La mejor forma de recordar la conexión entre nosotros es cantando”, dice Elizabeth Copeland poniendo en palabras algo que ya ha quedado claro de forma no expresa desde el principio de la actuación. Porque este puede que sea el concierto en que Beverly Glenn-Copeland presenta el álbum “Laughter In Summer” (2025) a medias con su esposa, pero, desde un buen principio, todo ha girado alrededor del acto de compartir como la única solución y salvación que nos queda a los humanos en estos tiempos oscuros. Empezando por lo que comparten Beverly y Elizabeth: un amor maduro sobre el que se notan las décadas (re)posadas sobre la serenidad que solo es capaz de aportar el tiempo compartido. Se besan y abrazan al final de la segunda canción, un gesto que repetirán varias veces, antes de bailar como dos abueletes en la boda de un familiar lejano. Pero, sobre todo, sus voces no solo armonizan constantemente para acoplarse, sino que se apoyan la una a la otra como cuando Beverly se dedica a sostener notas algodonosas sobre las que se reclinan las frases de Elizabeth. Pero el acto de comunión no se detiene ahí, sino que pronto invitan al público a que entre en las canciones y las habite a sus anchas. A veces marcan la pauta de lo que debemos cantar para completar el conjunto, otras veces nos animan a volar libremente y entonces la magia se fabula de forma emocional y emocionante. Y, cuando parece que este sentimiento de comunidad no puede ir a más, ocupa el escenario un coro queer multitudinario en el que todos visten llamativos colores. La elección cromática no es gratuita: son los colores del arcoíris –y unos pocos más– que iluminan la canción “Step Into The Circle”, que Elizabeth anuncia como “la temática de la noche” antes de invitarnos a ese círculo de confianza en el que “we’re friends, we’re family”. Y no sé tú, pero el Auditori Rockdelux parecía necesitar justo ese mensaje en estos tiempos de recesión de derechos LGTIBQ+. Será por eso que el concierto terminó con el público en pie y levantando los puños al unísono en señal de resiliencia grupal. Será por eso que todos abandonamos el recinto compartiendo miradas que venían a decir “no te conozco, pero después de esto somos hermanas”. Raül de Tena
Big Thief lleva tiempo formando parte de la realeza del rock. De hecho, la formación estadounidense debería actuar como nota de corte para quien pretenda ingresar en ella. Pocas bandas pueden presumir de contar en sus filas con un tesoro nacional como Adrianne Lenker, capaz de destrozar y recomponer corazones con unas letras propias de quien ha vagabundeado por la cuneta americana. Empezaron su concierto en el escenario Estrella Damm con tonalidades suaves, pero en “Shark Smile” ya cabalgaban al ritmo de Creedence Clearwater Revival. Con “Mr. Man” siguieron adentrándose en la ruta americana, como si Patti Smith les hubiese señalizado la vía de entrada rápida. Lenker no es solo una cantante y compositora excepcional; también es una guitarrista superdotada, como demostró en el solo de “Not”. La propia Lenker dijo que estar allí era como encontrarse en una enorme sala de estar con miles de personas, antes de deleitar hasta el éxtasis con la interpretación de “Change”. Elegancia, autenticidad y la sabiduría curtida de quien se ha pateado los meandros más cruentos del sueño americano antes de convertirse en una inesperada heroína del rock. Todo ese bagaje se vuelca en un cancionero que debería quedar blindado frente al paso del tiempo. Su hechizo candescente tuvo espacio para “Vampire Empire”, además de “Beautiful World”, con intercambio a la acústica. Se despidieron con la tierna “Incomprehensible”, dejando a todos anestesiados y entumecidos por una combinación de candor, naturalidad sin esperar recompensas virales y talento que no atisba límites. No hay nada de incomprensible en su suerte. Merecen seguir entre los grandes del folk-rock. Marc Muñoz
Frente a la estandarización del concepto pop diva, Grace Ives representa un modelo no normativo que además ofrece como rasgo diferencial el apostar por un género musical, el synthpop, diferente al habitual en ese terreno, copado normalmente por el R&B, el hyperpop y las correspondientes derivaciones urbanas. En un arco que va de Cyndi Lauper a Kate Bush, pasando por Alison Moyet, esta neoyorquina ha recuperado el espíritu de los ochenta en unas canciones concebidas para el canto colectivo. Así sucedió en el escenario Cupra, ante un público entusiasta que coreó todos los temas, entre los que no faltó alguno antiguo, como ese himno synthpop que es "Babyyy", aunque sonaron fundamentalmente los incluidos en su más reciente álbum, “Girlfriend” (2026). Como su hit “Avalanche” o como el que sirvió para despedir su actuación ante la euforia de su rendido público, “Stupid Bitches”, una canción de despecho, que marca la unión entre el hyperpop y el synthpop. Luis Lles
Jimena Amarillo salió a dar batalla al escenario Cupra acompañada por furibundas bases lanzadas por una DJ y con una cuadrilla de tres bailarinas dándole cobertura escénica. Aportó singularidad con visuales de estética meme y gamer y la aparición de un renacuajo entre las bailarinas. La artillería sonora se compuso principalmente a base de trap y electro. Sin embargo, la contundencia quedaba bien amortiguada por la voz de una Jimena capaz de abrazar el bedroom pop en remansos de buen rollo, como ella mismo definió. Sinceramente agradecida por la presencia de público pese a la hora tempranera, también se animó con una balada sostenida por la guitarra eléctrica poco antes de salir satisfecha de su compromiso con el festival barcelonés. Marc Muñoz
Como única iluminación, tres lámparas con grandes pantallas que difuminan una tenue luz amarillenta. El objetivo está claro: convertir el Auditori Rockdelux en un espacio oscuro en el que la banda flota en la nada de forma casi ingrávida, tan ingrávida como la ristra de canciones que despliegan en slow motion desde la atmósfera y el gesto, desde la caricia y la emoción en pinceladas. En ciertos momentos, la iluminación se intensifica y la música se ancla a la tierra, pero hay que reconocer que el fuerte de St. Frances está en los momentos de, señoras y señores, estamos flotando en el espacio. Un espacio tan acogedor como ese momento en el que la artista canta a capela por los pasillos, entre el público, empleando de forma fascinante los silencios para amplificar el efecto de una voz que perdura por encima del tiempo y el espacio. Como un fantasma. Raül de Tena
Sudan Archives convirtió el escenario Occident en un laboratorio afrofuturista donde el violín dejó de ser un instrumento para convertirse en una extensión de su brazo. Brittany Parks apareció con un llamativo mono estampado naranja y unas lentillas de color que reforzaban supuesta en escena magnética y teatral, convirtiéndola en una verdadera leona del club global. Durante el concierto alternó violín, voz y otros instrumentos mientras mantenía una conexión constante con el público. El repertorio –formado por “Dead”, “Topless”, “Come And Find You”, “Freakalizer”, “My Type”, “A Bug’s Life”, “Ms. Pac Man”, “Come Meh Way”, “Selfish Soul” y “Nature Of Power”– mostró todas las caras de una artista multifacética. Hubo espacio para el virtuosismo, la experimentación y el humor, además de momentos de gran cercanía, como cuando invitó a una chica del público a subir al escenario para bailar con ella. Sudan Archives dejó claro que su mezcla de R&B, electrónica y raíces afroamericanas sigue sonando única dentro del panorama actual y que su capacidad creativa va más allá de cualquier etiqueta. Laia Marsal
These New Puritans codificaron el folk horror desde su aguerrido sonido experimental. Bajo una escenografía de luces tenues que apenas permitía distinguir sus siluetas y con proyecciones de un bosque, la banda inglesa puso pronto en circulación nebulosas flotantes que remarcaban su apetito por una sensibilidad cinematográfica. Una experiencia crisálida y en formación donde el minimalismo de Steve Reich se fundía con la voz de Jack Barnett, que parecía recoger el testigo de David Sylvian. Puntillismo instrumental mediante un despliegue sónico que incluía piano, xilófono, trompeta, teclados o sintetizadores, además de largas incursiones instrumentales para penetrar más hondo en esas atmósferas magnéticas. Solo les faltó antorchas, capas y alguna deidad pagana. “Infinity Vibraphones” se materializó con percusiones arrolladoras. Sus cenefas sci-fi eran rotas por una batería tenaz e incluso con alguna invocación a los espíritus del “★” (2016) de David Bowie. La cantante portuguesa Elisa Rodrigues se incorporó al escenario a partir del cuarto tema, que contó con dos baterías. A veces, su sinfonismo con deje operístico, incluidas partículas de Prokófiev, podía recordar al ya olvidado Woodkid. Belleza cósmica en el dúo vocal de “Industrial Love Song”. Su sonido espectral y ancestral se mantuvo hasta un cierre ejemplar, con la salida progresiva de los músicos del escenario y un extenso final instrumental para retener. Una vez más, el Auditori Rockdelux se erigió en un bálsamo reparador frente al desgaste acumulado. Marc Muñoz