El primer concierto de Ralphie Choo en el Movistar Arena iba a ser para presentar su segundo álbum, al menos en teoría. Pero no fue así. En la recta final de su actuación del pasado viernes, el músico y productor confesó que no había llegado a tiempo porque quiere el mejor álbum posible, y asumió en público, en un ejercicio de sinceridad y honestidad pública, que también hay que equivocarse y permitirse errar. Y todo eso ante más de 7000 personas.
Ralphie Choo apareció en escena vestido con mono oscuro de rayas para despachar la radiante “PIRRI”, el último single que publicó en 2025, que sirvió como inmejorable arranque, a ritmo ideal, por su riff con delay y unos efectos envolventes de reverb, desprendiendo una magia única. Lo hizo a lo grande, con una superproducción y un potentísimo directo de la superbanda formada por Óscar Trujillo (bajo), Juan Arance (teclados), Anto Serrano (teclados), DRUMMIE y Mwëslee (bases), David Bao (batería), José Heredia (guitarra española) y Sam Gold (guitarras).
Un público mayoritariamente veinteañero llenó la pista y las gradas tanto frontales como laterales de la primera planta. Una audiencia totalmente entregada al espectáculo, que coreó, se entregó a grabar vídeos y también a bailar a su manera. Y sucedió algo que no deja de sorprender: los pogos han llegado para quedarse en la música urbana. Esta expresión festiva y reivindicativa vinculada con el universo de la música de guitarras, el punk o el garage ha trascendido, traspasando fronteras. En el concierto hubo varios momentos de celebración y unos cuantos pogos colectivos totalmente desatados.
Choo entregó el crossover moderno de “BULERÍAS DE UN CABALLO MALO” entre bases, repuntes y el ritmo de una bulería, en una progresión melódica en cascada apabullante. “NHF” pareció una serenata sugerente, con esos efectos y esas bases con un punto casi drum’n’bass. Ralphie no paró de moverse a lo largo del escenario, subió la moral y caldeó el ambiente con su entrega. “BESO BRUMA” exploró en las raíces flamencas, pero también investigó buenas líneas melódicas, como si fueran unas alegrías muy sui generis. Hay algo de confesional en la letra y en la manera de exponerse musicalmente.
Luego lo petó con “ROCCO” y “TENTACIÓN”, las dos canciones que publicó en enero. En la primera ganó fuerza la voz, que presidió y dibujó el magnetismo melódico, con teclados y un punto muy loco, como queriendo jugar a una jam, para irse hacia un funk alocado. Brutal. La segunda también indagó en el poder funk de las bases. Se pegó y se estiró cual chicle.
Después cambió su atuendo y sustituyó su mono inicial por otro anaranjado. Con “WCID?” apareció el primer invitado de la noche, mori. Otro quiebro en un concierto que consolidó a este astro del panorama urbano, en el que sobresalió esa conexión con el hip hop más atmosférico y de nuevo cuño.
Más tarde fue rusowsky quien apareció y su presencia enriqueció para desgranar un temazo como “BBY ROMEO”, del álbum “DAISY”, la joya que el invitado firmó el año pasado. Un baladón imponente, melódico, en el que las voces en falsete lideraron el estribillo. No hubo mecheros, las luces de los teléfonos brillaron y con ellas Ralphie y rusowsky confirmaron el poder de su alianza musical. Todo fue sobre ruedas y el buen rollo prosiguió con “GATA” y esas ínfulas tan R&B, teclados que suben y bajan como improvisando, unas bases tremendas y rusowsky luciéndose. Qué buena onda.
“Omega”, su colaboración con Rosalía, fue otro momento álgido de la noche: bullió el recinto gracias a ese pop con palmas, melodía y latineo. La reina musical de 2025 no compareció; su aparición hubiera sido un revuelo o más bien pura locura, pero su presencia vocal grabada también mantuvo el gancho. El sonido estuvo bastante afinado, aunque en las canciones con mayor predominio de las bases se hacía un poco bola y retumbaba en exceso. Afortunadamente, son objeciones que no aguaron la fiesta.
“VOYCONTODO” incidió en el uso de Auto-Tune y otros efectos de voz, creando capas melódicas. Es otra manera de estirar el pop más desprejuiciado. Y “MÁQUINA CULONA”, otro hito del álbum “SUPERNOVA” (2023), se abrió paso entre la cumbia y el reguetón. “ROOKIES” y “lamento de una supernova” fueron dos canciones que emergieron como valores seguros: la primera es impactante y original, un manifiesto musical del siglo XXI; la segunda es como un bálsamo en forma de balada contemporánea en la que caben palmas flamencas y lírica arrebatadora y original.
En la recta final, “Dolores”, de nuevo junto a rusowsky. Conquistó con su ritmo imponente y una melodía de teclado altamente pegadiza. Es una de esas canciones que muestran la solvencia de la firma de Ralphie Choo, su poderío compositivo y su visión altamente magnética de ritmos y texturas. Y todo bajo una apariencia sencilla. Un temazo con todo el flow del mundo.
Antes, el líder presentó a su banda con todos los honores, alabó a la gente de su Daimiel que vino a verlo, con mención destacada para su madre, también presente. El bis recayó en “VALENTINO”, con todos los músicos más mori y rusowsky saliendo a la pasarela: “Me compre un ‘outfit’, Valentino Johnny / En la calle, un kickflip, Valentino Rossi”. Es el desmelene total, remarcando la aceleración final y el subidón, entre una GameBoy, un drum’n’bass y un technaco desquiciado. Fueron algo más de 75 minutos de exhibición de un artista que solo ha escrito sus primeros pasos musicales pero ha impuesto su sello personal, un artista que sabe reinventarse con cada single. Y sí, fue un pasote de concierto, con todas las transiciones marcando los momentos y acentuando cada episodio: la consolidación de Ralphie Choo como una figura única en nuestro panorama musical. Un galáctico en la escena urbana. Y lo que le queda por decir. ∎