Críptico disco, paradójico éxito.
Críptico disco, paradójico éxito.

Centro de Gravedad

Voces en la oscuridad: 25 años de “Yankee Hotel Foxtrot”, el clásico de Wilco que estuvo a punto de no existir

Desde la perspectiva filosófica, el realismo defiende que el mundo físico existe por sí mismo, lo percibamos o no. El idealismo, contrariamente, argumenta que los objetos solo existen en la medida en que son percibidos por una mente. Desde esta postura extrema, sin observador no hay realidad ni evento comprobable. Sin oyentes no hay discos. Hoy hace 25 años que Wilco publicaron “Yankee Hotel Foxtrot”, pero estuvieron a punto de no hacerlo. Las canciones existían, pero también existió la opción de que nadie las pudiera escuchar. Esta es la paradójica historia de una de las obras decisivas del rock del siglo XXI.

Jeff Tweedy –cantante, guitarrista y principal compositor de Wilco– no podía dormir. Sufría de insomnio. Las noches se le hacían, más que largas, infinitas. Fue en una de aquellas madrugadas en vela cuando, buscando algo con lo que distraerse y dejar de dar vueltas a la cama, descubrió “The Conet Project. Recordings Of Shortwave Numbers Stations” (1997), un disco cuádruple publicado por Irdial Discs, sello independiente fundado a mediados de los años ochenta especializado en las formas menos convencionales de la música electrónica.

Aquella compilación, por ejemplo, reunía infinidad de horas de grabaciones de las llamadas Numbers Stations. De tan fácil y tan rudimentario parece imposible que pudiera funcionar, pero fue el procedimiento que durante la Segunda Guerra Mundial y los años de la Guerra Fría utilizaron gobiernos y agencias de inteligencia de todo el mundo –como la CIA, el KGB, el MI6 o el Mossad– para enviar mensajes cifrados a sus espías desplegados en el extranjero. El método tan solo requería de una radio común de onda corta que pudiera sintonizar estas frecuencias en las que se lanzaban mensajes en los que de repente se escuchaba una voz monótona –a menudo de mujer o de niño– o una voz sintética leyendo listas interminables de números, letras o palabras del alfabeto fonético de la OTAN, el sistema de deletreo establecido por la Organización del Atlántico Norte y la Aviación Civil Internacional en 1956, cuyo objetivo era garantizar la claridad absoluta en las radiocomunicaciones y evitar confusiones entre letras con sonidos similares: (a) alfa, (b) bravo, (c) charlie, (d) delta… Comunicaciones que eran imposibles de descifrar si no se disponía de la clave de la libreta de un solo uso, el one-time pad.

Jeff Tweedy estaba obsesionado con aquellas emisiones de onda corta. Para el líder de Wilco, el grupo que había fundado en 1994 tras abrir brecha en el country alternativo al frente de Uncle Tupelo, aquellas grabaciones eran la metáfora perfecta de la desconexión que la humanidad empezaba a sufrir a inicios del nuevo milenio: voces que gritaban en la oscuridad buscando desesperadamente que alguien al otro lado las entendiera. En el álbum había una pista titulada “Phonetic Alphabet – NATO” que le intrigaba especialmente. Era una voz femenina repitiendo una y otra vez el código yankee-hotel-foxtrot. Acabó añadiendo un sample de aquella transmisión de cadencia inalterable, inexpresiva, casi robótica, al final del tema “Poor Places” del disco que estaba grabando con su banda. Volvedla a escuchar. Se cuela a partir del minuto 3’48”. Primero aparece tímidamente, luego va ganando presencia entre el marjal de guitarras distorsionadas que marcan la coda de la canción. “Yankee... hotel... foxtrot... yankee... hotel... foxtrot…”. El efecto tiene algo de inquietante. “Yankee... hotel... foxtrot... yankee... hotel... foxtrot…”. Resuena turbador. “Yankee Hotel Foxtrot” (Autoeditado, 2001; Nonesuch lo publicó en formato físico en 2002) acabó siendo el título de uno de los álbumes más influyentes en la historia del rock.

“Yankee Hotel Foxtrot”, en su edición física de 2002.
“Yankee Hotel Foxtrot”, en su edición física de 2002.

Si no hay entusiasmo, lo estamos haciendo bien

“¿Hubo algún momento mientras hacías el álbum ‘Yankee Hotel Foxtrot’ en el que supieras que era bueno?”. La pregunta se la lanzaba a Jeff Tweedy el periodista estadounidense David Fricke, uno de los más reputados críticos musicales contemporáneos. Fue en febrero de 2002, en una charla que acabaría publicada en la revista británica ‘Mojo’. “Bastante pronto”, respondía el líder de Wilco sin titubear. “De hecho, una cierta ambivalencia por parte del sello ayudó a eso”. Y aquí Tweedy se echaba a reír. “El hecho de que ellos no estuvieran entusiasmados me hizo sentir que estábamos haciendo algo bien. Alguna parte mística y contraria en mí se sintió satisfecha por eso”.

El primer gran salto del grupo que Tweedy puso en marcha junto a John Stirratt (bajo), Ken Coomer (batería), Max Johnston (violín, mandolina, banjo) y Brian Henneman (guitarra) llegó con “Being There” (Reprise, 1996), el segundo largo de Wilco, disco doble en el que la banda de Chicago, empujada creativamente por un Tweedy cada vez más interesado por la vanguardia, ya empezaba a experimentar con los límites restrictivos de la americana y el country alternativo, género del que, como decíamos, había sido una de las piedras angulares. Alguien describió a Uncle Tupelo como “Bob Mould encabezando Soul Asylum en una versión acelerada de una canción de Gram Parsons”. No hay explicación más precisa para ilustrar la música de una banda que acabó dejando un legado de obras referenciales: “No Depression” (Rockville, 1990) o “Anodyne” (Sire-Reprise, 1993).

Max Johnston, John Stirratt, Jeff Tweedy, Jay Bennett y Ken Coomer: Wilco en 1996. Foto: Tim Mosenfelder (Getty Images)
Max Johnston, John Stirratt, Jeff Tweedy, Jay Bennett y Ken Coomer: Wilco en 1996. Foto: Tim Mosenfelder (Getty Images)
El paso de Uncle Tupelo a Wilco no fue abrupto. En su primer disco, “A.M.” (Sire-Reprise, 1995), era totalmente reconocible su pasado. “Being There” fue la obra en la que un Tweedy sin nada que perder –“A.M.” había sido un fracaso tanto en ventas como en la acogida que le dispensó la crítica y el público– empezó a sentirse libre para ensayar con todas las ideas que se le acumulaban en la cabeza pero que aún no se había atrevido o no había sabido cómo materializar. La prensa alabó la valentía creativa con que Wilco modeló esa nueva colección de canciones. A sus seguidores también les gustó y compraron alrededor de medio millón de ejemplares del álbum, atraídos por un sonido en el que el grupo siguió ahondando con “Summerteeth” (Reprise, 1999). Alabada por la crítica pero recibida con tibieza por los seguidores, despachó menos de la mitad de copias que su predecesora, aquella fue una obra escrita casi por completo en un estudio de grabación que, en esa búsqueda de la comunión entre las raíces y la innovación –cómo encapsular en una misma canción Hank Williams con John Coltrane con Television con Sonic Youth con…–, se convirtió en un miembro más del grupo, algo necesario para llegar después a “Yankee Hotel Foxtrot”.

Por aquí viene todo el mundo

Jeff Tweedy hacía tiempo que escuchaba compulsivamente el disco “Bad Timing” (1997) de Jim O’Rourke, otra mente brillante del rock expansivo que, más allá de su interminable obra fonográfica en solitario, ostenta una lista de colaboraciones y producciones igualmente infinita que incluye, entre muchos otros, a Sonic Youth, Stereolab, Superchunk, Beth Orton, John Fahey o Smog. Así que, cuando a inicios de dos mil –con Wilco de gira presentando el segundo volumen de “Mermaid Avenue”, el proyecto que los había unido al cantautor británico Billy Bragg para musicar letras inéditas de Woody Guthrie– los organizadores del Noise Pop de Chicago le ofrecieron actuar en el festival con el aliciente de poder elegir un cómplice, el que quisiera, para que lo acompañara durante el concierto, no se abrió la convocatoria para la vacante. La elección ya estaba hecha: Jim O’Rourke, quien a su vez sugirió sumar a la formación un batería por aquel entonces aún desconocido más allá de la escena de Illinois, de donde provenían todos ellos, llamado Glenn Kotche. Cuando finalmente el 14 de mayo de 2000 el trío se subió al escenario de la sala Double Door, lo hizo bajo el nombre de Loose Fur.

Jim O’Rourke, Glenn-Kotche y Jeff Tweedy: el proyecto Loose Fur, a principios de los 2000.
Jim O’Rourke, Glenn-Kotche y Jeff Tweedy: el proyecto Loose Fur, a principios de los 2000.

Como el crío que ha hecho nuevos amigos y estos le están descubriendo que hay vida más allá de su barrio, Jeff Tweedy pasó el verano de aquel dos mil jugueteando con O’Rourke y Kotche. De aquellos días de calor y composición salió una demo de seis canciones que con el tiempo acabarían formando parte del primer álbum de Loose Fur, homónimo, publicado en 2003. También fueron el encendido del motor del nuevo trabajo de Wilco, al que provisionalmente titularon “Here Comes Everybody”. Para finales de 2000, ya tenían suficiente material como para publicar el álbum, pero había dos cosas que atormentaban a Tweedy. La primera de ellas eran las baterías de Ken Coomer, por aquel entonces aún en la alineación titular de la banda. Tweedy buscaba algo más etéreo y deconstruido, menos convencional, tarea para la cual Coomer, inflexible también a la hora de alterar su metodología de corte clásico, no le servía. La solución fue despedir a Coomer y unir a Glenn Kotche a la causa. Peor aún era la tensión que estaba aflorando entre Tweedy y Jay Bennett, el multinstrumentista que se había unido a Wilco a partir de “Being There”. Bennet era un polo creativo que estaba luchando por disponer de su espacio inventivo en un grupo en el que el norte magnético lo marcaba Jeff Tweedy. El líder de Wilco había accedido a que Bennett ejerciera como ingeniero de sonido de la grabación, pero sus propuestas no encajaban con el puzle sonoro que Tweedy tenía en mente para su nuevo largo. Ese pulso de egos por hacerse con el control del álbum queda perfectamente reflejado en el documental “I Am Trying To Break Your Heart. A Film About Wilco” (Sam Jones, 2002): si aún no lo has visto, está enterito en Youtube. Especialmente gráfica es esa escena en la que Bennett y Tweedy discuten sobre cómo ejecutar la transición entre el apagado final de “Heavy Metal Drummer” y el inicio distorsionado de “I’m The Man Who Loves You”. La secuencia termina con Tweedy vomitando por estrés en los lavabos del estudio. De una cuestión aparentemente irrelevante, al menos para todos aquellos que no nos dedicamos a grabar discos, acaban aflorando todas sus discrepancias. Muy probablemente aquel fue el punto de partida de muchas de las cosas que sucedieron después.

El documental “I Am Trying To Break Your Heart. A Film About Wilco” (Sam Jones, 2002).
Jeff Tweedy pidió a Jim O’Rourke que mezclara “I’m Trying To Break Your Heart”, la canción que acabaría abriendo el disco. Lo hizo a espaldas de sus compañeros de grupo. No se lo dijo a nadie. Y cuando lo supieron, les fascinó el resultado. Incluso a Bennett parecía gustarle lo que había hecho O’Rourke. Tweedy ya tenía la excusa perfecta para encargarle a su oráculo creativo que mezclara el resto del álbum. El trabajo de O’Rourke, rebajando a la mínima expresión muchas de las pistas que habían grabado los miembros de Wilco durante las diferentes sesiones para potenciar la labor de Tweedy y Kotche, haciendo del nuevo disco de Wilco un álbum no oficial de Loose Fur, fue esencial para acabar de perfilar la personalidad sonora que Tweedy había soñado. “Yankee Hotel Foxtrot” ya estaba acabado. Ahora el líder de Wilco solo tenía pendiente echar a Jay Bennett y presentar el álbum a la discográfica.

Un sentido innato del bienestar

Hasta ese momento, Wilco habían publicado todos sus discos en Reprise Records, discográfica histórica que había fundado en 1960 Frank Sinatra y que, por entonces, formaba parte de conglomerado de la multinacional Warner. La banda siempre había contado con el apoyo del presidente del sello, Howie Klein, quien no ocultaba ser el mayor fan de los de Chicago. Todo cambió cuando Warner se fusionó con el titán de las telecomunicaciones American Online. Aquella operación implicó el despido de 600 personas. Entre estas, Klein. En este nuevo escenario, Reprise encargó a su A&R Mio Vukovic que se encargara del seguimiento de “Yankee Hotel Foxtrot”. Cuando Vukovic escuchó el álbum, se le quedó la cara del que huele una ventosidad entre la multitud de un concierto. Creía, como siempre creen las multinacionales, que siendo un disco tan experimental en su forma no tenía ningún sencillo que pudiera funcionar comercialmente. Tampoco entendía unas letras que consideraba demasiado metafóricas, cuando no inconexas y sin sentido. Era un trabajo anticomercial que, según su criterio, necesitaba diversos cambios para poder publicarse.

“Tengo un sentido innato del bienestar”, rememoraba Tweedy entre risas en su charla con David Fricke. “Realmente no me importó. Pensé: ‘Vaya, sé que algo va a pasar y que habrá una batalla’. Pero no estaba preocupado, porque estaba convencido de que el disco era genial. Así que lo terminamos, tal vez un mes después. Se lo enviamos y no supimos de ellos en dos semanas. Cuando tuvimos noticias, tengo entendido que nos pidieron que hiciéramos algunos cambios. No pensaban que fuera publicable. Creían que necesitaba trabajo. Y nadie decía en qué podría consistir ese trabajo. Y antes de que tuvieran la oportunidad de hacerlo, dijimos: ‘Está realmente terminado. Esto es por lo que estamos contratados: entregar un disco. Y aquí está. Este es nuestro disco’”. La postura de Reprise tampoco varió: si no se avenían a hacer de “Yankee Hotel Foxtrot” un trabajo más comercial según sus parámetros y criterios, ellos no lo iban a publicar. En julio de 2001, el sello rechazó oficialmente el disco, proponiendo a la banda que se hicieran con los derechos del álbum para publicarlo de forma independiente a cambio de 50.000 dólares. Mientras Tweedy, su mánager y su abogado dilucidaban qué decisión tomar, llegó una segunda propuesta de Reprise: que cogieran el disco y se fueran dónde quisieran, les otorgaban la carta de libertad y les concedían gratuitamente los derechos de “Yankee Hotel Foxtrot”.

Wilco en 2001: Jeff Tweedy, Leroy Bach (multinstrumentista colaborador en el grupo entre 1997 y 2004), Glen Kotche y John Stirratt. Foto: Paul Natkin (Getty Images)
Wilco en 2001: Jeff Tweedy, Leroy Bach (multinstrumentista colaborador en el grupo entre 1997 y 2004), Glen Kotche y John Stirratt. Foto: Paul Natkin (Getty Images)
Estaba previsto que “Yankee Hotel Foxtrot” viera la luz el 11 de septiembre de 2001. Pero Wilco no tenían discográfica y, de haberla tenido, aquel día el mundo colapsó con el atentado del World Trade Center de Nueva York. No es que fuera un álbum profético, pero en su concepto “Yankee Hotel Foxtrot” sí que vislumbraba la nueva era en la que se adentraban los Estados Unidos de América. Similar a la idea que envuelve uno de los discos con los que más se le ha comparado, el “OK Computer” (1997) de Radiohead, el cuarto LP de la banda de Jeff Tweedy parte en sus letras, escritas desde los rincones más oscuros de su autor, del esbozo de la ansiedad y el aislamiento social y alienación del ser humano a inicios del siglo XXI. Incluso la portada del álbum: una fotografía de las torres Marina City de Chicago parece enlazar “Yankee Hotel Foxtrot” con los ataques terroristas a las Torres Gemelas. Entrevistado por ‘The New York Times’, cuando le preguntaron sobre qué trataban los en muchos casos crípticos versos de sus nuevas canciones, Tweedy explicó que eran textos con los que intentaba poner todo en perspectiva para él mismo. “¿Cómo puede haber todas estas cosas buenas que amo de Estados Unidos junto con todas estas cosas de las que me avergüenzo? Y esa también era una pregunta interna. Creo que me sentía de esa misma manera respecto a mí mismo”.

Ironías del rock

Pocos días después de aquel triste 11 de septiembre, se empezaron a filtrar en Internet ficheros en baja calidad de algunos de los temas de “Yankee Hotel Foxtrot”. Las teorías conspirativas apuntan a que fue Jay Bennett quien, todavía contrariado y despechado por su expulsión, colgó las canciones en la red. Puede. En una época en la que justo se empezaba a considerar internet como un peligro para la industria discográfica, con los archivos de los estudios y los CDs promocionales circulando de mano en mano sin ningún tipo de control, pudo haber sido cualquiera. Bennet nunca lo admitió y Wilco jamás lo acusaron de ello. Pero la banda de Chicago reaccionó a la filtración de una manera totalmente innovadora: colgó el disco entero y en alta calidad en su web. Aquel primer día 50.000 personas se descargaron el álbum, multiplicando por ocho el tráfico habitual que registraba habitualmente el lugar. Unas cifras que hoy suenan ridículas, pero que en una época en la que internet aún no había llegado a todas las casas eran una barbaridad.

Aquellos números pusieron sobre aviso a diversas discográficas. Decenas de sellos llamaron a las puertas de Wilco ofreciendo publicar en formato físico su nuevo disco. Jeff Tweedy se decantó por la oferta de Nonesuch Records, sello de prestigio principalmente dedicado a la clásica, el jazz y la world music. Lo paradójico e irónico del desenlace de esta historia es que Nonesuch Records era una disquera que formaba parte del conglomerado de sellos de Warner, por lo que la multinacional acabó pagando dos veces por el mismo disco: la primera cuando Wilco aún pertenecían a Reprise y adelantó el dinero para financiar la grabación; la segunda, cuando ficharon por Nonesuch. “Antes de publicar ‘Yankee Hotel Foxtrot’ nos echaron de la discográfica en la que estábamos porque los directivos creyeron que no era un álbum lo suficientemente comercial. Cuando por fin apareció, en un sello que formaba parte del mismo grupo que la discográfica en la que estábamos antes, resultó ser el disco más vendido en la historia del grupo”. Me lo comentó el mismo Jeff Tweedy la tarde del 15 de octubre de 2012, poco antes de actuar en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona, en una entrevista que apareció publicada en la revista ‘Esquire’. “Seguramente sea el protagonista de uno de los momentos más irónicos en la historia del rock”. “Yankee Hotel Foxtrot” se publicó en formatos físicos el 23 de abril de 2002. Desde entonces se han vendido casi 700.000 ejemplares del álbum.

Jeff Tweedy, en 2002. Foto: Lex van Rossen (Getty Images)
Jeff Tweedy, en 2002. Foto: Lex van Rossen (Getty Images)

El unicornio americano

Puede que el relato que envolvió la grabación y la publicación de “Yankee Hotel Foxtrot” ayudara a engrandecer la leyenda de un álbum que desde el mismo momento de su aparición fue acogido y alabado como uno de los discos esenciales y referenciales en la historia del rock. “El álbum contiene ideas, valentía y experimentación sónica”, argumentaba Miguel Martínez en su crítica para Rockdelux. “Los sujetos sobre los que pivotó la grabación –producida después por Jim O’Rourke– parece que fueron en ocasiones realzar la incertidumbre y la fragmentación, en otras dar legitimidad inteligente al pop-rock imperfecto, a ratos la necesidad de inventarse un lugar propio que hermane guitarras y sintetizadores, intercalando disonancias para subrayar la belleza –del sucio final de ‘I Am Trying To Break Your Heart’ a la limpia entrada de ‘Camera’, ídem entre ‘War On War’ y ‘Jesus, etc’–”. Concluía Martínez que “esto es ‘Summerteeth’ (1999) descomprimido. Confirma que Wilco están a años luz de la media. Si es lo que quieren demostrar, queda claro que podían haber hecho ‘Amnesiac’ y que Radiohead nunca harán ‘Being There’ (1996)”. Último apunte, este, que se alineaba con una corriente mayoritaria que veía –tanto en su concepto: la angustia y desconexión del ser humano a inicios del siglo XXI; como en su concepción sónica: la deconstrucción de las formas tradicionales de la canción para adentrarse en la exploración y expansión– paralelismos entre el “OK Computer” de Radiohead –trabajo recibido también con escepticismo por parte de su discográfica, en su caso EMI, que recurriendo al tópico de las majors, tampoco intuía singles potenciales– y el “Yankee Hotel Foxtrot” de Wilco. “No soy la clase de artista que intenta reinventarse con cada paso que da, pero sé que algunos críticos han dicho de Wilco que somos los Radiohead del country. Creo que lo hacen a modo de cumplido, aunque yo no sé si tomármelo como tal”, me confesaba al respecto de tales comparaciones Jeff Tweedy en la platea del Liceu. “Es evidente que musicalmente nos separa un universo, pero además Radiohead es una banda que revienta estadios cada noche, y nosotros simplemente somos un grupo al que le va moderadamente bien”.

Jeff Tweedy, al frente de Wilco, en el concierto en el Liceu de Barcelona en 2012. Foto: Jordi Vidal (Getty Images)
Jeff Tweedy, al frente de Wilco, en el concierto en el Liceu de Barcelona en 2012. Foto: Jordi Vidal (Getty Images)
Unicornio americano o no, lo que es irrefutable es que “Yankee Hotel Foxtrot” se convirtió en el faro de toda una generación de artistas que vieron en el disco de Wilco un modelo de cómo partir de la tradición para acercarse a la vanguardia. Bon Iver ha declarado en más de una ocasión que siempre ha tenido en mente el momento en que Jim O'Rourke entró en las sesiones y trituró todo lo que el grupo había grabado, dejando solo el núcleo de la canción y transformándolo en algo completamente nuevo: “Cuando trabajo con la electrónica y los sintetizadores sobre estructuras acústicas, busco exactamente ese tipo de impacto”. A Robin Pecknold, de Fleet Foxes, lo que más le impactó del disco es su valentía por acercarse a acentos sonoros que podían sonar extraños o ásperos, partiendo de un género, el folk, en el que siempre existe la tentación de que todo suene pulido o perfecto: “Wilco demostró que las mejores letras y las emociones más puras brillan más cuando la producción que las rodea es arriesgada, imprevisible y casi atmosférica”. Y Aaron Dessner, de The National, se ha declarado en numerosas ocasiones “hijo” del camino abierto por Wilco. Para Dessner, la producción de “Yankee Hotel Foxtrot” les dio permiso para añadir “ruido” y texturas oscuras a canciones melódicas, demostrando que se podía escribir una canción increíblemente conmovedora y clásica llenando el fondo de pequeños detalles feos, de distorsiones y de estática que reflejaran la ansiedad real: “Cambió por completo nuestra forma de entender el espacio y el diseño de sonido en los discos de rock”. Palabras, las de Dessner, que resuenan en el discurso de David Carabén –líder de Mishima– sobre la cima creativa de Wilco. “Nos enseñaron que se podía hacer música de corte clásico pero completamente contemporánea”, argumenta. Y lo amplía: “La forma en que usan los pianos eléctricos, cómo se introduce la dinámica del silencio y el estruendo en ‘Yankee Hotel Foxtrot’ nos abrió la cabeza a muchos de nosotros que buscábamos un sonido propio en el pop en catalán, huyendo de los arreglos obvios de guitarras”. ∎

Oriol Rodríguez selecciona esta exclusiva playlist con una veintena de temas relacionados con “Yankee Hotel Foxtrol”: el antes y el después.

Etiquetas
Compartir

Contenidos relacionados

Rockdelux
Ministerio de Cultura
Ministerio de Cultura

Esta revista ha recibido una ayuda a la edición, del Ministerio de Cultura, a través de la Dirección General del Libro, del Cómic y de la Lectura.