Su aproximación estética a la música dotó de un nuevo estándar de calidad al pop, añadiendo un componente de trascendencia conceptual que redimensionó la aparente ligereza de ese pop de consumo (140 millones de discos vendidos avalan sus aciertos). De hecho, el espectáculo y la extravagancia fueron sus habituales atuendos de camuflaje para disfrazar de audacia su ética y revestir de provocación el incorruptible legado de su obra.
Ya desde sus iniciáticos tiempos mod, tuvo siempre muy presente el aspecto visual en cualquiera de sus movimientos, y fue el indiscutible maestro de ceremonias en la entonces inexplorada comunión entre música e imágenes. La era glam rock, la etapa más identificativa de toda la trayectoria de Bowie y la que por extensión acabó definiéndolo, fue su campo de batalla particular para su transformismo vital y artístico. Cualquier estilo parecía posible en su inesperada siguiente etapa. Camaleónico, sí, pero con naturalidad.
Desde el
Swinging London y sus coqueteos con la efervescencia hippy de los sesenta hasta su último gesto, esa sonada despedida con el vídeo de “Lazarus”, el Bowie creador –con imagen, sin ella o a través de ella– transitó un fascinante jardín de senderos musicales con un único común denominador: bifurcarse en el laberinto de las emociones perennes. No solo lo consiguió sobradamente, sino que con sus himnos mutantes, rebosantes de libertad y posibilidades infinitas, Bowie se convirtió, además, en la atractiva voz profunda del (casi)
crooner clásico que unió a rockeros, poperos, modernos y posmodernos: gustos compartidos; hecho insólito.
Tras el éxito global de “Let’s Dance” (1983) y la consiguiente gira de “Serious Moonlight Tour”, Bowie coronó su etapa de dominación mundial e inició una deriva paulatina hacia lo que parecía el pragmatismo de lo irremediable. Más estrella que nunca, sí, pero ya sin los elementos perturbadores de su obra y acomodado a una cierta complacencia que, sin dejar de generar un matizado interés por las modas, ponía al descubierto la incomodidad de constatar que, por primera vez, Bowie iba a remolque de ellas.
Curiosamente, y tras su retirada en 2004 por problemas cardíacos, su figura, que empezaba a menguar como creador –tras sus aportaciones menores desde mediados de los ochenta–, volvió a resurgir con la fuerza de los mitos eternos y como referencia universal para grupos de muchas generaciones. Y su silencio, favorecido por la no sobrexposición decadente, posibilitó un paciente y elaborado “último final feliz” ya al margen de cualquier expectativa; el digno
“The Next Day” (2013) y, finalmente, casi póstumamente, la última obra maestra de una singladura rebosante de ellas: el
hors catégorie “
★”. Estrella. Estrella para siempre.
David Bowie. David Bowie. David Bowie. ∎