Firma in da house (Me, Myself & I)

Radiohead: yo confieso

Radiohead estuvieron en el punto de mira del fanatismo casi religioso del rock adulto de los 90s con “OK Computer” y el anterior “The Bends”. ¿Revolucionarios? Bah, Santi Carrillo (en su papel de Me, Myself & I) no se lo creyó nunca… hasta que llegó la dupla “Kid A”/“Amnesiac” y el mito Radiohead, en un campo más aventurado y mucho menos complaciente, tuvo por fin su razón de ser.

Ilustración: Juanjo Sáez
Ilustración: Juanjo Sáez
Radiohead han luchado con firmeza por darle la vuelta al efecto “Creep” e inventarse un lugar al que pertenecer. “¿Qué demonios estoy haciendo aquí? No pertenezco a este lugar”, aseguraban en su mediocre debut, “Pablo Honey” (1993) –bueno, venga, salvemos “Creep” por lo que significa y, quizá, “Thinking About You”–, donde evidenciaban un obnubilante y persistente complejo U2 que, afortunadamente, parecen haber abandonado definitivamente en sus últimos dos discos, ambiciosa y razonablemente experimentales.

Hasta entonces, la característica principal de su confuso sonido existencialista, el que los definió e hizo grandes, era: (1) alternar calma y ataques de furia para (2) apuntalar sónicamente las miserias de una generación desorientada a la que (3) afectar con su desencantado costumbrismo cotidiano.

Entre caprichosas explosiones de rock ruidoso dejado caer a plomo, como contrapunto visceral a unas inflexiones vocales a remolque de Bono y amparadas en la voz angelical y dolida de Thom Yorke –calzada sobre patrones del gran Camilo Sesto de la mejor época; óigase, como muestra, “Exit (Music For A Film)”; Camilo en estado puro–, surgieron frases de profundidad sensible, entre la trascendencia y la afectación, en unos crescendos al dente sabiamente milimetrados: subrayando nada sutilmente lo alejados que esta(ba)n del hedonismo, rozando el truco-trampa fácilmente impresionable. Había –y todavía hay– pinceladas poéticas, mucha solemnidad, angustia y un tomarse demasiado en serio a sí mismos que por momentos los emparentaba con Pink Floyd: densidad y divagación sistematizando miedos intangibles, meras vaguedades a veces, en una combinación musical de estructuras irregulares, disonantes, inconsecuentes, quizá atrevidas, pero, reconozcámoslo, hasta “Kid A” (2000) pocas veces afortunadas en su conjunto.

Frecuentaban el espasmo tras una secuencia de paz iluminada. Documentaban la desesperación con épica y una acumulación de efectos especiales que clamaban ser reconocidos como originales. Sin olvidar el complejo entramado de guitarras, por momentos excesivamente paranoico, a juego con el uso freaky que hacían de la tecnología y, por supuesto, en relación con el diseño conceptual y la tipografía de sus discos: entre el collage y el expresionismo abstracto como signo de distinción.

En 2001, en Nueva York (las Torres Gemelas al fondo). Foto: Danny Clinch
En 2001, en Nueva York (las Torres Gemelas al fondo). Foto: Danny Clinch
Que el sobrevalorado “OK Computer” (1997) –3 temas, 3: con matices, “Exit Music (For A Film)”, “Karma Police” y “No Surprises”; de propina, el manifiesto “Fitter Happier”– sea el mejor disco de la historia del rock, como ha asegurado la prensa adulta, ¡¡¡por favor!!!, dice muy poco en favor del rock y, vistas las cosas actualmente, de los propios Radiohead. Que se diga: es muchísimo mejor “The Bends” (1995) –4 temas, 4: “High And Dry”, “Fake Plastic Trees”, “(Nice Dream)” y “Bullet Proof.. I Wish I Was”–.

Pero, al fin, con el doblete formado por los hermanos carnales “Kid A” y “Amnesiac” (2001), los de Oxford han dado un valiente paso al frente hacia el reconocimiento objetivo (sí, lo reconozco subjetivamente). Su esforzada y progresiva transformación ha ido del brazo de apoyo de la tecnología –sin ser su principal baza, dejémonos de exageraciones– hasta alcanzar la insólita-posteridad-de-las-cosas-difíciles, convirtiéndose en el grupo de referencia del momento: se habla de psicodelia post-dance (la tontería de la resaca de los noventa, ya saben).

Radicales desde su atalaya de superventas, rupturistas con actitud, inspirados para lanzar al mercado requiebros insólitos (aunque, no deliremos, no ofrecen nada que no estuviera ya inventado en el underground o en la historia), han dejado de lado la esencia del rock que nunca supieron dominar con propiedad, terrible y ramplón en sus manos, para crear, ya era hora, obras de peso entre el desconcierto y, me temo, las arty-secuelas lamentables que no cesarán, desde Islandia, especialmente, hasta Tierra del Fuego.

Ahora sí, entre introspección y traumas, separando el grano de la paja, susurran una nueva vía de amargura experimental absolutamente consolidada, siempre portadora de la desarmante tristeza congénita de Thom Yorke y su voz de perturbado pajarito asustado. En efecto, han dado con su lugar en el mundo. De momento, arriba, en lo más alto. Bienvenidos al inevitable nuevo Parque Temático Radiohead. ∎

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