Radiohead han luchado con firmeza por darle la vuelta al efecto “Creep” e inventarse un lugar al que pertenecer.
“¿Qué demonios estoy haciendo aquí? No pertenezco a este lugar”, aseguraban en su mediocre debut, “Pablo Honey” (1993) –bueno, venga, salvemos “Creep” por lo que significa y, quizá, “Thinking About You”–, donde evidenciaban un obnubilante y persistente complejo U2 que, afortunadamente, parecen haber abandonado definitivamente en sus últimos dos discos, ambiciosa y razonablemente experimentales.
Hasta entonces, la característica principal de su confuso sonido existencialista, el que los definió e hizo grandes, era: (1) alternar calma y ataques de furia para (2) apuntalar sónicamente las miserias de una generación desorientada a la que (3) afectar con su desencantado costumbrismo cotidiano.
Entre caprichosas explosiones de rock ruidoso dejado caer a plomo, como contrapunto visceral a unas inflexiones vocales a remolque de Bono y amparadas en la voz angelical y dolida de Thom Yorke –calzada sobre patrones del gran Camilo Sesto de la mejor época; óigase, como muestra, “Exit (Music For A Film)”; Camilo en estado puro–, surgieron frases de profundidad sensible, entre la trascendencia y la afectación, en unos
crescendos al dente sabiamente milimetrados: subrayando nada sutilmente lo alejados que esta(ba)n del hedonismo, rozando el truco-trampa fácilmente impresionable. Había –y todavía hay– pinceladas poéticas, mucha solemnidad, angustia y un tomarse demasiado en serio a sí mismos que por momentos los emparentaba con Pink Floyd: densidad y divagación sistematizando miedos intangibles, meras vaguedades a veces, en una combinación musical de estructuras irregulares, disonantes, inconsecuentes, quizá atrevidas, pero, reconozcámoslo, hasta
“Kid A” (2000) pocas veces afortunadas en su conjunto.
Frecuentaban el espasmo tras una secuencia de paz iluminada. Documentaban la desesperación con épica y una acumulación de efectos especiales que clamaban ser reconocidos como originales. Sin olvidar el complejo entramado de guitarras, por momentos excesivamente paranoico, a juego con el uso
freaky que hacían de la tecnología y, por supuesto, en relación con el diseño conceptual y la tipografía de sus discos: entre el collage y el expresionismo abstracto como signo de distinción.