Libro

Catherine Lacey

El libro moebiusAlfaguara, 2026

Resulta curioso cómo el dolor de una ruptura sentimental empuja a ciertas mentes brillantes a retorcer las leyes de la física. Catherine Lacey (Tupelo, 1985) nos propone en “El libro moebius” (“The Möbius Book”, 2025; Alfaguara, 2026), vertido al castellano con el habitual pulso quirúrgico de Núria Molines Galarza, un artefacto literario que exige, por encima de todo, ser manipulado en formato físico. Y cuando digo físico, es físico. Lejos de la linealidad cómoda, estamos ante un tomo estrictamente reversible, un libro de dos caras que carece de principio y fin. Si empiezas por una portada, te topas con una ficción pura: la historia de dos amigas, Edie y Marie, que diseccionan sus miserias afectivas en un piso mientras ignoran, con un pasmo digno de estudio, un inquietante charco de sangre que se filtra por debajo de la puerta del vecino. Si le das la vuelta literalmente al papel y entras por la otra cara, te estrellas contra una autobiografía donde Lacey relata cómo su pareja la abandonó de sopetón con un frío correo electrónico enviado desde la habitación de al lado.

En esta vertiente autobiográfica, Lacey disecciona el colapso de esa relación con un escritor al que bautiza, con esa grandilocuencia tan suya, como “La Razón”. No nos pilla de nuevas; la autora ya ha demostrado su debilidad por convertir a sus personajes en monolitos alegóricos, un recurso que exprimió a fondo en la polifónica “Biografía de X” (2023) y en el mutismo de “Pew” (2020). A partir del clic en ese fatídico correo, la narradora se lanza a una deriva nómada que oscila entre el desgarro genuino y ciertas derivas espirituales que, siendo francos, exigen un pacto de fe bastante generoso por parte de quien lee.

Porque el viaje de sanación de la protagonista abraza rincones muy peculiares. Tras la ruptura, la vemos adoptar a una gata callejera: “Llegó a mi cabaña, en un sórdido pueblo costero, y me adoptó como su dueña. La llamé Banana Bread”. Pero pronto el costumbrismo se desvía hacia territorios chamánicos. En un episodio de sanación somática en México, a Lacey le extirpan un espíritu anciano y algo más: “Pero el demonio, explicó, era de una variedad común. Pelaje negro. Pequeño. Me lo había quitado con facilidad de la pierna derecha. Un demonio. Vale. No tenía ni idea de que llevaba un demonio encima”. En este punto, la frontera entre la vulnerabilidad del trauma y el esoterismo de diseño californiano se difumina tanto que uno ya no sabe si compadecer a la autora o sonreír con incredulidad.

Esa misma confusión tonal empapa sus intentos de redescubrimiento íntimo. La narradora confiesa haberse quedado “con una vida íntima que parecía escindida: la seguridad del amor platónico y la falsa intimidad del sexo con personas a las que apenas conocía”. En su afán por sentir algo tangible, relata incursiones en el BDSM doméstico con una lógica aplastante: “Y, si no te azota con utensilios de cocina tu gente cercana, ¿quién lo hará?”. Al final, todo acto parece esconder un intento de demolición interna, la necesidad de constatar que, a veces, “más que un objeto, habían ido a destruir un recuerdo o un fracaso o un anhelo”.

Quizá lo más lúcido de la propuesta emerja cuando Lacey deja de buscar exorcismos y se sienta a hablar sobre las grietas de la propia escritura. En un guiño profundamente revelador sobre la estructura de la obra, la autora y una amiga –una de las tantísimas amistades de la clase creativa dispuestas a prestarle un sofá en Manhattan o una cabaña suiza a lo largo de su duelo– coinciden: “Ambas estuvimos de acuerdo en que era difícil encontrar un cierre satisfactorio para una historia que no era del todo una historia, sino más bien una serie de ideas que se resistían a llegar a un final; una cinta de Moebius narrativa”. Y remata con una vulnerabilidad desarmante, sugiriendo que, al negarse a poner punto final, tal vez solo querían que “nos escondiéramos dentro y quizá disfrutábamos de escondernos, de escondernos para que alguien nos encontrara”.

También merece la pena leer las dos partes con lupa como puede hacerse con la última de Jim Jarmusch, “Father Mother Sister Brother” (2025): rastreando los detalles concretos que se repiten y cambian de función de un texto a otro. En la sección de ficción, un personaje repara pacientemente una taza rota, mientras que en la autobiografía, la autora obliga a su expareja a destrozar a martillazos una valiosa taza japonesa. En la novela, el oleaje de Oaxaca ahoga a un bañista; en el plano real de las memorias, los nudistas sobreviven al oleaje. Incluso objetos domésticos como una palanca de hierro transitan de una historia a la otra. De este modo, Lacey extrae sistemáticamente incidentes de su biografía para ensamblar su narrativa, evidenciando que la realidad y la imaginación operan como materiales porosos que se retroalimentan.

En definitiva, Lacey defiende que “la ficción es un registro de lo que nunca ha sucedido y, sin embargo, ha sucedido de todas todas”. Y bajo toda esa maraña de demonios peludos, exnovios insoportables y retiros nómadas prevalece una certeza abrumadora con la que es imposible no comulgar: “La vida no puede funcionar sin amor y el amor no puede funcionar sin confianza, o fe, por poco merecida que sea”. “El libro moebius” es un artefacto extraño, a ratos frustrante, a ratos brillante, que te obliga a dar vueltas en bucle para recordarte, de la forma más intrincada posible, que “la pérdida es algo muy común que viene disfrazado de algo totalmente imprevisto”. ∎

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