Cómic

Josh Pettinger

TedwardLa Cúpula, 2026

Hay varios modos, desde la ficción, de asomarnos a la vida cotidiana. Por estos pagos conocemos muy bien uno de ellos, el esperpento: suerte de deformación de una realidad que el autor entiende como chusca, demasiado absurda para buscar su reflejo en los recursos propios de la noble tragedia clásica, por ejemplo. Una realidad, en fin, en la que no cabe el protagonista heroico de aquella. En definitiva, una aproximación en la que el arte hace lo que todos hacemos de vez en cuando: reírnos por no llorar.

Sea desde el esperpento o no, la verdad es que el cómic ha usado muy a menudo lo grotesco a través del humor para ofrecernos la imagen alterada del presente como crítica social. Así que Josh Pettinger, natural de Isla de Wight, Inglaterra, pero afincado en Estados Unidos, bien puede ser el legitimador de una cadena de grandes creadores y obras en la que se inserta con naturalidad. La que une a Robert Crumb con el François Boucq más desatado y a este con el mejor Daniel Clowes o, ¿por qué no?, la que lo hermana con nuestros Martí, Sergi Puyol o Andrés Magán. “Tedward”, como antes “Goiter”, también editado aquí por La Cúpula en 2024, es una radiografía, efectivamente, de una sociedad en perpetuo desarreglo. Y se repite la mirada vitriólica y un retrato de fuerte patetismo. Tedward es un tipo anodino, bondadoso a su manera extraña, pero pusilánime. Y profundamente disfuncional. Sus historias, episodios más o menos breves publicados como one-shots durante la última década, fueron compiladas en la presente novela gráfica por Fantagraphics en 2025, y ahora en castellano.

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De peinado lynchiano y vida digna de un perdedor poblando las páginas del “Bola ocho” (1989-2004) de Daniel Clowes, las breves historias vitales de este Juan Nadie extravagante acumulan penas y fracasos, tentando trabajos absurdos como por ejemplo la limpieza de cuerpos lubricados por fluidos corporales durante orgías algo cutres. Tampoco mejora el panorama de sus relaciones personales: siempre torcidas, sean de amistad, de amor, sexuales o las maternofiliales. Relatos de un fracasado empapados de un humor agudísimo al tiempo que ácido, en el que hasta una salvaje agresión física reverbera en el lector como un chiste absurdo.

Y si el qué descacharra, divierte e incomoda, en el cómo Pettinger cimenta su carrera con una seguridad rotunda. Su dibujo se depura cuidando varios equilibrios: los colores empleados logran armonías sutiles; la flexibilidad en la retícula de las páginas otorga viveza al conjunto, pues pocas de ellas coinciden en su diagramación; el punto de vista del dibujo dentro de la viñeta es mayormente de ligero picado, lo que parece sepultar contra los suelos a los personajes en un recurso claramente narrativo; el dibujo es sencillo pero expresivo, dotado de vis cómica y sensación de extrañamiento. Y, como guinda, el dibujante incluso es capaz, o eso me parece adivinar, de lanzar un homenaje transparente a Stardust The Super Wizard, delirante (¿esperpéntico?) superhéroe de la Edad de Oro del género creado por Fletcher Hanks en 1939. Lo hace en una escena cósmica alucinante, alucinada, que solo podría funcionar en manos de un autor en estado de gracia. Es el caso. ∎

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