A Nick Hornby (Maidenhead, Inglaterra, 1957) le gustan mucho Charles Dickens (1812-1870) y Prince (1958-2016), y ha buscado paralelismos entre ambos para este texto sobre dos hitos de la cultura popular del siglo XIX y XX. Hornby discurre por la obra, infancia, madurez, éxito, fracaso, relaciones con la industria (editorial o musical) y vida amorosa del gran novelista de la era victoriana y de uno de los mejores exponentes de la música popular negra. “Dickens y Prince. Un tipo de genio muy particular” (“Dickens & Prince. A Particular Kind Of Genius”, 2022; Anagrama, 2026; traducción de Jesús Zulaika) ni es un ensayo al uso, ni una ficción, ni una biografía. Hornby lo plantea siempre en primera persona, establece algún que otro paralelismo con su propia andadura y demuestra siempre un exquisito gusto literario y musical. Con la amenidad que caracteriza al autor de “Alta fidelidad” (1995), el libro nos descubre aspectos que no sabíamos de los autores de “David Copperfield” (1850) y “Sign ‘O’ The Times” (1987), y constata otros que no por conocidos son menos relevantes.
Hornby intenta desde el principio establecer ciertos vínculos entre ambos, como los existentes entre Abraham Lincoln y John Fitzgerald Kennedy, que fallecieron de un disparo en la cabeza en un viernes, por ejemplo. Comienza diciendo que Dickens y Prince murieron con 58 años, aunque no sea lo mismo hacerlo en 1870 que en 2016, pero enseguida se da cuenta de que a Prince, cuando falleció, aún le faltaba un mes y medio para los 58. Descubre que los dos tenían más talento del que les correspondería por justicia, pero “su confianza en sí mismos era tan descomunal como su talento”. Llega a la conclusión de que pese a ganar muchísimo dinero, arrastraban muchas cargas financieras, y eso hizo que fueran tan productivos: Dickens tenía esposa, diez hijos y una amante a la que mantenía, mientras que Prince poseía un carísimo estudio de grabación y tenía protégées a las que producía discos. Pero esgrime otra razón: Dickens fue tan productivo porque le preocupaba que las brasas de su creatividad se enfriaran. En todo caso, queda fascinado por su exuberante producción. “David Copperfield” tenía 350.000 palabras, por ejemplo, pero es que Dickens llegó a escribir medio millón de palabras entre “Oliver Twist” (1837) y “Nicholas Nickleby” (1838), realizadas en paralelo cuando el autor tenía 25 años: es el equivalente a dos “Moby Dick”, de Herman Melville, o a las cuatro novelas napolitanas de Elena Ferrante, compara Hornby. Entre 1983 y 1984, Prince grabó 108 temas para distintos proyectos. El autor del ensayo está fascinado por este insultante rendimiento, pero se alía con el novelista y el músico en que la perfección está en la espontaneidad. Ninguno de los dos era un perfeccionista, y esto les permitía pasar de un proyecto a otro con relativa celeridad. Sus procesos de creación obedecían a una idea más directa e instantánea. De ahí que Dickens no corrigiera demasiado sus manuscritos, que además publicaba originalmente por entregas en periódicos y revistas, y que Prince prefiriera muchas veces publicar los materiales en bruto, sin pulir.
Las acotaciones sobre el estilo de Prince son siempre pertinentes. Hornby abole los límites de la especialización. ¿Por qué un novelista no puede hacer crítica de rock?, parece sugerir, y más cuando recuerda los comentarios vertidos por la influyente Pauline Kael sobre “Purple Rain” (Albert Magnoli, 1984), que, de acuerdo, es un filme mediocre. Kael creía que un crítico de rock no podía reseñar una película de rock. La primera canción que Hornby escuchó de Prince fue “I Wanna Be Your Lover”, y la emparenta con The Isley Brothers, Chic y Sly Stone. Define “17 Days”, uno de los muchos temas que no entraron en ningunos de los álbumes oficiales, como un funk furiosamente enérgico con un matiz ska. De “Little Red Corvette” dice que posee un backbeat sesentero bañado de sintetizadores post-disco y, mostrando sus dudas sobre la letra de la canción, alaba sus metáforas, lo que le sirve, en retrospectiva, para emparentar de nuevo al compositor, productor, guitarrista, multinstrumentista y cantante de Minneapolis con el novelista británico, ya que antes había expresado que la lengua de la novela victoriana está repleta de metáforas continuadas y montones de subordinadas. Para Hornby, “Sign O’The Times” es un doble álbum tan importante como “Blonde On Blonde” (Bob Dylan, 1966), “Exile On Main St.” (The Rolling Stones, 1972), “Songs In The Key Of Life” (Stevie Wonder, 1976) y “London Calling” (The Clash, 1979). Razón no le falta. Son igual de interesantes las disquisiciones efectuadas sobre la sexualidad de Prince –“el sexo en Prince era auténtico”– y las características no binarias de género que afloran en su obra.
A lo largo del texto, Hornby no pierde ninguna oportunidad de seguir estableciendo comparaciones entre los dos artistas. Cuando explica sus orígenes, ambos aparecen marcados por la pobreza durante la infancia. Prince fue abandonado por su madre. Los padres de Dickens lo enviaron a trabajar a una fábrica de betún. Por supuesto, no solo les ocurrió a ellos. Hornby propone una lista generosa y representativa de músicos, actores o cineastas marcados por una infancia difícil: Charles Chaplin, Marilyn Monroe, Bessie Smith, Billie Holiday, James Brown, Marvin Gaye, Richard Burton, James Dean, Jimi Hendrix, Dolly Parton o Jay-Z. En el fondo, podríamos decir que Prince tuvo una niñez muy dickensiana. Hornby apela a una diferencia deportiva: Dickens logró sus éxitos como Usain Bolt, mientras que Prince lo hizo en la distancia larga.
Dos nuevas constataciones. La primera atañe a la precocidad: “For You” (1978) fue compuesto, producido e interpretado por Prince a los 20 años, y “1999” (1982) lo hizo con solo 24; Dickens escribió “Oliver Twist” a los 25. La segunda, a la identidad: Dickens escribió sobre sí mismo, Prince no.
Otra similitud que Hornby apunta hacia la mitad del texto para relacionar la capacidad de observación de los dos. Cita esta declaración de Prince –“copiar una letra [ajena] ayuda a descomponer los versos para ver como estaban hechos”– y explica cómo Dickens se aprendió de memoria lo que hacían los actores, ya que él también quería serlo, yendo casi todas las noche al teatro durante tres años.
Una declaración. Los fans acérrimos de Prince y devotos de Dickens, entre los que se encuentra Hornby, no adoran ni “Oliver Twist” ni “Purple Rain”. Ambas obras le deben mucho al cine –la novela por el musical “Oliver” (Carol Reed, 1968), y el álbum por el filme del mismo título, aunque “la película nació del disco, y el disco de la película”– y Hornby toma distancia, quizá porque él también lo ha experimentado, contra este tipo de operaciones más comerciales que creativas.
Y una malévola casualidad. “Oliver Twist” fue plagiado en una obra titulada sin disimulo “Oliver Twiss” (1838), y Dickens solicitó una orden judicial por imitación fraudulenta. Décadas después aparecerían discos a 99 peniques en los que músicos desconocidos recreaban grandes éxitos del momento. La discográfica que hizo la mayoría de aquellas versiones se llamaba Pickwick, como “Los papeles de Pickwick” (1837) de Dickens. En este punto, Hornby se pregunta por qué nadie hasta ahora ha escrito un libro comparando a Prince con Dickens. Interrogante subsanado por él mismo, pese a que el texto posea un cierto regusto amargo: “Al final dejamos de escuchar. Siempre dejamos de escuchar. Hay demasiados músicos a los que escuchar”, algo que también podría decirse de la literatura. El libro invita en todo momento a seguir escuchando a Prince y leyendo a Dickens, aunque a Hornby, como a cualquier otro, le falte tiempo para hacerlo. ∎