Después de “Exterior noche” (2023), su serie sobre el caso de Aldo Moro, Marco Bellocchio prosigue con la ficción serial a partir de otra crónica real: la detención, en 1983, del famoso presentador televisivo Enzo Tortora, acusado de tráfico de drogas y de vínculos con la Camorra. La inocencia de Tortora resulta manifiesta desde el principio, por lo que la trama se inscribe en la tradición del falso culpable para registrar, de forma meticulosa, la tramoya –exagerada hasta lo inverosímil– que los mafiosos urden con la complacencia del sistema judicial y mediático. Se entiende así la necesidad del cineasta de desplegar la historia a lo largo de seis horas, que recorren el espectáculo televisivo –el exitoso programa de variedades ‘Portobello’, conducido por Tortora–, su detención, su encarcelamiento durante la instrucción y su juicio.
A través de esta estructura temporal, la fanfarria y las actuaciones circenses del plató televisivo acaban recordándose, a medida que avanza el proceso, como representaciones menos extravagantes que los interrogatorios y la maquinaria judicial y periodística: un “teatro del absurdo” –según el propio Tortora– mediante el cual Bellocchio documenta cómo el artificio, la sobreactuación y la afectación –cuanto más irreales, menos refutables para el sistema –remplazan y acaban por enterrar toda lógica, sensatez y veracidad.
Las recreaciones históricas de Bellocchio en “Portobello” (2026) no son despliegues virtuosos de dirección artística, sino mundos estéticos que reflejan mundos morales. Esta Italia oscura –cuya televisión pasa oficialmente al color en 1977– que corre ya desbocada dentro del neoliberalismo y mantiene, con hipocresía, la fachada de los gestos y las viejas formas, pasa por encima del perplejo y melancólico Tortora, interpretado, al igual que Moro en “Exterior noche”, por Fabrizio Gifuni. Personaje contradictorio y de éxito incómodo también por su liberalismo político, que lo sitúa fuera tanto del bando democristiano como del comunista, parece el chivo expiatorio ideal para su época.
Las ficciones históricas, cuando indagan en las especificidades y los detalles más particulares de una época y no se reducen a las usuales escenografías fosilizadas, permiten leer mejor el presente: desde la distancia de esas imágenes se hacen posibles tanto las comparaciones como la percepción de las diferencias entre aquel tiempo y el del espectador contemporáneo. “Portobello” interpela hoy al mostrar los mecanismos antiguos y siempre vigentes de la violencia institucional, así como lo que ahora se denomina fake news y la contaminación de la justicia por la exposición mediática.
Pero Bellocchio no consigna datos a modo de historiador, sino que revela una historia emocional: la angustia subjetiva e introspectiva de Tortora, un hombre de afable ingenio, capaz de sintonizar con toda clase de espectadores –de unir a un país horizontalmente, aunque sea en la forma fugaz de una emisión popular de los viernes por la noche– y de entablar amistades con sus compañeros de celda pero, sin embargo, incapaz de leer ni entender la actuación de los jueces ni la de una Italia ya preparada para el auge de Berlusconi. La serie muestra el desvanecimiento de un carácter moral y de su mundo sentimental; también de un tipo de espectáculo popular hoy demasiado blando. Construye de forma sutil los contrastes entre esa visión íntima y emocional –desde dentro del personaje y también desde sus ensoñaciones– y el modo en que es percibido –y destruido– desde el exterior.
La estructura en mosaico combina diferentes personajes –mafiosos, juristas, familiares– con sus puntos de vista, y en ese engranaje colectivo se reconoce pronto que los jueces, una vez iniciada la maquinaria, no reconocerán error alguno. La oratoria popular de Tortora resulta entonces contraproducente ante fiscales y jueces; su falta de astucia y cinismo para encarnar el papel de acusado resignado y colaborador que estos le exigen choca con ellos. Tortora decide no seguir ese juego o espectáculo –o, más bien, ser fiel a sí mismo– y paga el precio, que Bellocchio filma como un proceso inexorable y parsimonioso de erosión vital. ∎