En estos tiempos de individualismo ferviente, Will Oldham ha preferido ir cambiando de piel. A lo largo de los años se ha dedicado con esmero a la tarea de despistarnos tras alias tan pintorescos como Tusitala De Las Olas, Admiral Wiley Balls, Wayne Olephant o Little Willy Bulgakov, además de sus ya clásicas etapas al frente de Palace, Palace Brothers y Palace Music. Pero es bajo el manto de Bonnie Prince Billy donde ha forjado su leyenda más constante desde aquel reverenciado “I See A Darkness” (1999). Ahora, tras décadas jugando al escondite con tanto disfraz y rozando la treintena larga de discos, entrega “We Are Together Again”, un álbum que se revela como un alegato luminoso sobre la importancia de cuidarnos los unos a los otros.
Este trabajo supone un giro interesante si lo comparamos con la inercia country de “The Purple Bird” (2025), aunque el germen de este nuevo cancionero surge, curiosamente, de un acto de reciclaje: son piezas que no pasaron el corte en las sesiones de aquel disco. Para darles forma, se atrincheró en el estudio End Of An Ear de Louisville, su bastión de Kentucky, compartiendo los mandos de la producción y el sonido con Jim Marlowe. Y aunque Oldham tiene por costumbre tejer alianzas de altura –imposible olvidar sus aventuras junto a Bill Callahan en “Blind Date Party” (2021) o con Matt Sweeney en “Superwolf” (2005) y “Superwolves” (2021)–, el milagro colaborativo de esta entrega tiene un sabor distinto, mucho más casero y comunitario. Se ha rodeado de su gente, un núcleo duro que dota a la grabación de una cualidad acústica e íntima, casi de riguroso directo. Es un calor humano que entronca a la perfección con la estupenda memoria que dejó su paso por España durante la gira del año pasado.
Después de la frágil y casi espacial pista de adelanto “They Keep Trying To Find You”, inquietante y reconfortante a la vez, esta entrega nos sorprende con una estructura de espejos fascinante: su apertura y su cierre enmarcan el repertorio con dos temas hermanos. “Why Is The Lion?” y “Bride Of The Lion” comparten esqueleto y dudas, pero no se limitan a ser la misma canción repetida. Ambas nacen de la misma base lírica, abriendo con idénticas preguntas sobre el león y el miedo, y cerrando con la misma promesa de amor inquebrantable. “Why Is The Lion?” abre el disco desde la calma, mecida por el aleteo delicado de la flauta de Jacob Duncan. Sin embargo, cuando llegamos al cierre con “Bride Of The Lion”, Oldham apuesta por un sonido donde son las guitarras las que tiran con tensión contra la melodía, arropadas por las voces de Tory Fisher, Lacey Guthrie y Katie Peabody para darle una gravedad arrolladora a la despedida.
Entre esos dos felinos, el cantautor de Kentucky despliega un catálogo de folk mucho más barroco enriquecido con coros que por momentos evocan la majestuosidad de Leonard Cohen. El tono general asume una verdad incómoda: el mundo que conocíamos se desvanece por nuestra propia culpa, y la gran duda es cómo sobrevivir a este cambio de era sin rendirnos. Lo aborda de forma explícita en “Life Is Scary Horses”, una reinvención espiritual de un viejo tema, “Horses”, de Jon Langford y Sally Timms –quien también presta su voz aquí tal como compartió el artista en su instagram– que analiza nuestro papel en un planeta moribundo.
Afortunadamente, frente al individualismo imperante, Oldham receta los cuidados mutuos como salvavidas. Ese espíritu respira en la tierna “(Everybody’s Got A) Friend Named Joe”, que habla directamente sobre la salvación que supone la amistad en los momentos más oscuros y asfixiantes de la vida. Es, en esencia, un recordatorio precioso de que la vida se transita mucho mejor si tienes a un “Joe” que te diga que todo va a salir bien: “Joe was careless, Joe was careful, he comes and goes mysterious / He folds and tidies all my woes when I’m lost and delirious”. También lo encontramos en la hermosísima “The Children Are Sick”, donde las voces se sostienen y elevan mutuamente tejiendo una red de consuelo inquebrantable.
Por supuesto, el disco sabe abrazar la luz y la vitalidad cuando toca. “Vietnam Sunshine” es un derroche de optimismo, propulsado por el violín cadencioso de Sara Louise Callaway y una sección de metales que efectivamente bascula con mucho desparpajo un ritmo mariachi. También conmueve la ensoñadora “Strange Trouble”, encumbrada por el soberbio trabajo de Maggie Halfman, y “Hey Little”, que atrapa a la perfección ese asombro inexplicable de la crianza de los hijos. Esta sensación de mirar al futuro a través de los ojos de un niño es lo que termina por alejar al álbum del aislamiento de sus etapas anteriores: “Hey little one, what you do to the world / Watching over you at night, you’re our awesome little girl”. Pero el disco también se permite ser duro cuando toca. En “Davey Dead”, Oldham narra una expulsión cargada de hostilidad, lanzando al tal Davey en un “rayo tractor” hacia el vacío del espacio para que su maldad se pierda entre las estrellas. El arpa de Erin Hill logra que la tragedia suene hermosa.
En definitiva, “We Are Together Again” te ofrece una vibración distinta a la de algunos de sus clásicos, es cierto, pero el resultado final es una experiencia igual de perfecta. Al final, rodearse de amigos para grabar canciones sigue siendo la forma más digna de supervivencia. Mucho más eficaz, desde luego, que intentar alcanzar la iluminación espiritual leyendo el reverso de una caja de cereales y un plan bastante más apetecible que llamarlos un domingo por la mañana para que te ayuden a montar un mueble del IKEA. ∎