Cuando irrumpió en la escena internacional con
“Sometimes I Sit And Think, And Sometimes I Just Sit” (2015),
Courtney Barnett se presentó como una cronista de lo cotidiano que utilizaba el garage rock para dar dinamismo a la apatía suburbana. Su escritura funcionaba como una cámara que registraba lo banal (una casa en venta, un ascensor, una conversación trivial) y lo cargaba de densidad existencial. Su cuarto disco oficial,
“Creature Of Habit”, sigue orbitando en torno a esa aparente indiferencia, pero la desplaza hacia un concepto más preciso: la inercia. Tras la disolución de su propio sello, Milk! Records, y el traslado de su centro de gravedad de Melbourne a Los Ángeles, lo que antes era una mirada curiosa hacia el exterior se convierte en un escrutinio hacia dentro de una misma. Conviene, por tanto, desprenderse de la etiqueta de slacker rock que la ha acompañado desde sus inicios. Hay inercia, sí, pero no desidia: lo que aparece aquí es una vigilancia constante del propio pensamiento.
Formalmente, Barnett radicaliza una de sus estrategias más reconocibles: la economía armónica. Las progresiones circulares (dos o tres acordes en bucle) se perciben desde el comienzo en
“Stay In Your Lane” o
“Mantis”, donde la sección rítmica insiste en una progresión clara mientras la voz y la guitarra introducen microvariaciones discursivas en mitad del
loop. De este modo, Barnett reduce el lenguaje armónico para traducir esa lógica circular de la mente, y el resultado es un disco de recursos limitados que explora la estasis dinámica: la paradoja de estar en movimiento constante sin avanzar realmente. Como correr durante horas en una cinta: el esfuerzo es real, no así el desplazamiento. Por su parte, la producción de John Congleton acentúa esa sensación de encierro: percusiones secas, guitarras con poca profundidad de campo y un tratamiento del espacio que evita cualquier apertura. Todo suena deliberadamente contenido, como si el álbum se negara a ofrecer una salida al exterior.
“Stay In Your Lane” abre el disco con una formulación casi literal del problema: la canción que habla de mantenerse en el carril está construida sobre una estructura que no se sale nunca del suyo. “Mantis” cristaliza ese concepto en torno a un dato biográfico y cotidiano: durante un bloqueo creativo, Barnett se encontró con una mantis religiosa en el marco de una puerta, una irrupción insignificante que, con el tiempo, terminó funcionando como símbolo iconográfico del disco. Por su parte, en
“Site Unseen” (junto a Waxahatchee) introduce un
pedal steel que aporta profundidad tímbrica sin alterar el equilibrio estático del trabajo.
“Same” es el corte que más se desmarca. La introducción de sintetizadores y un tratamiento más difuso de la voz rompe con la lógica orgánica del conjunto, como si el disco ensayara (sin terminar de asumirla) una posible vía de escape. El cierre, con
“Another Beautiful Day”, retoma la economía armónica pero introduce una variable clave: el tiempo. La canción se despliega con mayor paciencia, dejando que los acordes respiren y que las pequeñas inflexiones se desarrollen con calma. El solo final, más largo de lo habitual, no es virtuoso, sino casi garabateado.
Al final, dicho solo se disuelve en sonidos de ambiente (pájaros, aire, un espacio que por primera vez parece abierto) y en un esbozo musical que, en manos de otro artista, probablemente se habría quedado en la demo. Aquí no: Barnett lo presenta como versión final. Y tiene sentido: si el álbum gira en torno a la inercia mental, a esos pensamientos que no terminan de articularse, ese final inacabado funciona como su traducción formal. Porque, al fin y al cabo, pensar suele ser una cosa mal dibujada, difusa, que solo adquiere verdadero significado cuando se traduce en palabras. “Creature Of Habit” no trata tanto de lo que se dice como de lo que todavía se está rumiando y no ha encontrado forma para decirse. ∎