En “Secret Love”, Dry Cleaning afinan una estética que ya estaba presente en sus trabajos anteriores, pero que aquí adquiere plena conciencia: una forma de realismo apático, o lo que podría llamarse agotamiento lúcido. El tercer álbum del grupo londinense (un disco de madurez, si el término aún sirve para algo) no se articula desde el cinismo ni la ironía, sino desde una voz que ya no espera revelaciones del sistema que describe y que, por ello, ha reducido su implicación a lo estrictamente necesario. Florence Shaw no canta desde el deseo ni la aspiración, sino desde el lenguaje de la utilidad, de la participación a regañadientes y de la obligación mínima de seguir funcionando cuando toda fe se ha evaporado. “Cruise Ship Designer”, segunda canción del disco, condensa esta posición con frases como “I don’t personally like them, but I need to serve a useful purpose”, donde el trabajo aparece no como vocación, sino como la única forma de identidad posible. El tono vocal de Shaw, plano y deliberadamente desprovisto de emoción, se limita así a documentar el hecho de seguir operando con una conciencia vacía en la sociedad contemporánea.
Este punto de vista sitúa a Dry Cleaning en un lugar distinto al de buena parte del post-punk actual, históricamente ligado a una lógica existencialista basada en la urgencia, el conflicto y la autoafirmación. Frente a ese marco (estructurado además por una subjetividad masculina donde la ira o el combate se leen como profundidad política, como se observa en bandas como Shame o IDLES), “Secret Love” se alinea con una sensibilidad cada vez más visible en la cultura reciente: el agotamiento lúcido. Presente también en la literatura de autoras como Ottessa Moshfegh o Sally Rooney (dos de los fenómenos literarios de los últimos años), este enfoque no entiende el malestar como un problema a resolver, sino como una condición estructural. No es casual que esta mirada conecte con proyectos musicales liderados por mujeres como Wet Leg o The Last Dinner Party, a menudo desplazados a otras etiquetas como indie rock o folk confesional. Desde ahí, reformulan el post-punk fuera de su canon, con plena conciencia de los límites que impone la promesa de la autodeterminación desde la experiencia femenina.
Así, ese diagnóstico se traduce en un sonido que amplía el registro del grupo sin romper su identidad. Con Cate Le Bon a la producción, “Secret Love” es su disco más elástico: las guitarras de Tom Dowse siguen operando desde la repetición y el desplazamiento mínimo, mientras que el bajo de Lewis Maynard y la batería de Nick Buxton sostienen patrones obsesivos, casi circulares, que refuerzan la sensación de pensamiento rumiativo: ideas que no avanzan, sino que regresan una y otra vez sobre sí mismas.
“Hit My Head All Day” abre el disco con seis minutos de post-punk nervioso, sostenido por una línea de bajo insistente y una acumulación progresiva de tensión que nunca desemboca en un clímax liberador. “Secret Love (Concealed In A Drawing Of A Boy)” introduce un folk urbano despersonalizado, mientras que en “Let Me Grow and You’ll See the Fruit” la banda se permite una apertura casi pastoral, con saxos y acordes suaves, que contrastan con una letra que reivindica el aislamiento como única forma de supervivencia (“Nobody’s calling me / nobody’s asking”), en un gesto que recuerda (de nuevo) a “Mi año de descanso y relajación” de la citada Moshfegh.
Incluso cuando Dry Cleaning se aproximan a formas más reconocibles del canon post-punk, como en “Blood” o “Evil Evil Idiot”, lo hacen desde una contención cuidadosamente administrada. Hay ecos de referentes clásicos, pero filtrados por una lógica distinta: no hay colapso emocional ni voluntad de choque frontal. En lugar de reinventar el post-punk a base de ruptura, “Secret Love” esboza otro canon casi a su pesar: decir menos no es tener menos ideas, sino menos ganas. ∎