Para promocionar “The Mountain”, el noveno álbum de Gorillaz, Damon Albarn y Jamie Hewlett decidieron que los encargados de hablar con la prensa fueran 2-D, Murdoc Niccals, Noodle y Russel Hobbs. Cuatro personajes de dibujos animados. Ruedas de prensa, cuestionarios por email, entrevistas dirigidas a cada uno de ellos individualmente. La operación tenía algo de provocación conceptual y algo de broma cruel hacia los periodistas obligados a seguir el juego, pero también era una declaración de intenciones coherente con lo que hay dentro del disco: un álbum que habla de la muerte, de los que ya no están y de la dificultad de distinguir entre fantasmas y presencias reales. Bienvenidos al periodismo musical de 2026, en el que uno entrevista a monigotes sobre la India y el más allá.
El punto de partida del álbum es el viaje que Albarn y Hewlett realizaron a la India, concretamente al fuerte Amber de Jaipur, y el resultado es el trabajo más cohesionado y ambicioso de la banda desde “Plastic Beach” (2010). El título aparece escrito en devanagari, पर्वत, y el disco fue concebido para escucharse de principio a fin, lo que en 2026 equivale a una declaración de guerra contra el algoritmo. Hay una voluntad de regreso al álbum como objeto artístico unitario que aquí se justifica: los catorce cortes del estándar forman un arco temático sobre la pérdida, el karma, el duelo y lo que queda después. No es una playlist con temática común. Es un disco de verdad.
La columna vertebral emocional del proyecto es “The Hardest Thing”, con Tony Allen al fondo, grabada a la sombra de la muerte del padre de Albarn y el de Hewlett durante el mismo año. Dos minutos y dieciocho segundos de una tristeza limpia, casi insoportable. Pero “The Mountain” es también un álbum densamente político: “The Happy Dictator”, con Sparks, funciona como un número de cabaret que puede aplicarse a cualquier autócrata contemporáneo a gusto del consumidor; “Damascus”, con Omar Souleyman y Yasiin Bey –estrenada en el concierto de Brian Eno para Palestina en Wembley–, es una de las canciones más comprometidas que Albarn ha firmado en años. “The Manifesto” –los siete minutos con Trueno en la primera mitad y Proof en la segunda; este último muerto en 2006– es la mejor metáfora del disco: dos ríos de distintas procedencias que se encuentran y forman algo distinto.
El truco habitual de Gorillaz –invitar a medio mundo– aquí se gestiona con más criterio que en los últimos tiempos. Las apariciones póstumas de Dennis Hopper, Bobby Womack, Dave Jolicoeur (Trugoy the Dove), Mark E. Smith, Tony Allen y Proof no son un truco de feria: Albarn las justifica conceptualmente al declarar que si iba a hacer un disco sobre la muerte necesitaba gente muerta que le ayudara a hablar del tema. El resultado es lo más cercano a la espiritualidad que ha alcanzado esta banda de ateos elegantes. La producción, firmada junto a Remi Kabaka Jr., James Ford y Samuel Egglenton, integra el sitar de Anoushka Shankar, la flauta bansuri de Ajay Prasanna y los vientos de Hindu Jea Band de Jaipur sin que suene a turismo musical de aeropuerto. “The God Of Lying”, con IDLES, es el único momento donde el disco tropieza con sus propias ambiciones: funciona mejor en concepto que en ejecución.
Hay algo extrañamente esperanzador en que, a los 25 años de existencia y con la campaña de promoción más surrealista de la temporada, Gorillaz haya entregado su disco más maduro. “The Mountain” es un álbum hecho desde el dolor y la pérdida que, paradójicamente, no suena depresivo: suena a gente que ha procesado las cosas importantes de la vida y ha decidido bailar igualmente. Murdoc Niccals lo explicaría de otra manera, claro. Pero Murdoc no existe. ∎