El festival Canela Party volvió a liarla a finales de agosto en el Recinto Ferial de Torremolinos, en una edición que se antojaba clave para sus promotores, que han hecho de la resistencia y la alegría –parafraseando a IDLES, pecaremos de obviedad– su sello de distinción. Resistencia porque la independencia financiera es dura, alegría porque la buena actitud es la tónica, tanto por parte de la organización como por parte de trabajadores y artistas. Con un día menos de conciertos, eliminada la primera jornada gratuita entendemos que para ahorrar gastos, el reto era y es seguir siendo autosuficientes. La respuesta por parte del público no ha podido ser más positiva: 16.500 personas sumando las tres jornadas y récord de asistencia media por día en la historia del festival. La fiesta de disfraces del sábado tiene un tirón innegable, pero recordemos que se trata de un festival de música, el leitmotiv principal reside ahí.
El complicado acceso del festival a la contratación de ciertos artistas o la mala suerte en el apartado cancelaciones –The Beths, Ditz o Getdown Services– podían haber disuadido al personal, pero no. Esa fidelización de públicos es producto del mimo que han puesto al evento durante años. Son rápidos: ante una caída de cartel dolorosa e in extremis como la de Unknown Mortal Orchestra, responden contratando a unos jovencísimos Friko que supieron aprovechar su noche. Era, sin duda, una edición para eso mismo: para descubrir. Confirmando en directo a debutantes como Man/Woman/Chainsaw, en el apartado nacional también era oportuno dar espacio al flamenco de Ángeles Toledano, tirar de artistas-fetiche como Carolina Durante o dar pista a FUET!, sin dejar de contentar al público hardcore-metal que los vio crecer. Deafheaven, Speed o Upchuck podían hacerlo con nota alta, y así ha sido.
En esa vida paralela que vivimos en las redes sociales, este año hemos podido observar cómo el festival se vio envuelto en polémicas directamente ridículas, como la idoneidad o no de la fiesta de disfraces. Disfraces y confeti identifican al Canela Party, que puede presumir de ser el único festi en que las bandas vienen a ver al público. La otra discusión tenía que ver con la zona Gromenauer de pinchadiscos, y en ella se abordaba un tema más serio como es la profesionalización de las sesiones de DJ, que incluso en una cita de estas características, basada en la autogestión, quizá en algún momento se tendría que revisar. Ahora bien, dada la trayectoria y espíritu del festival no es posible imaginar mala fe por parte de la organización a la hora de promover este espacio. Pretender hacer ver lo contrario sería injusto. Isabel Guerrero
En sustitución de Getdown Services se incorporaron Prostitute, cuyo punk industrial ruidoso sonó más amenazante y opresivo en directo que en su primer y único disco, “Attempted Martyr” (2026), el relato del ascenso y caída de un fanático religioso inspirado en sus vivencias en Dearborn, la ciudad de Estados Unidos con mayor población árabe, en la que crecieron. Moe Kazra se apropió en directo del papel protagonista y transmitió la rabia del personaje en contorsiones magnéticas. Escenificaron con sobriedad la amenaza de la violencia contemporánea y la intransigencia, como si se tratara de una pesadilla enloquecedora de la que nos saca la oportuna ráfaga de confeti. Viva el espectáculo. Ana Berrocal
El trío madrileño La Paloma hizo parada en Torremolinos dentro de la gira de festivales que les mantiene ocupados este verano. El sonido, que no les benefició en ningún momento, les jugó una mala pasada al poco de comenzar, cuando un apagón inesperado al principio de “Intacto” les obligó a reiniciar el tema. Quisieron sonar directos y crudos y el resultado fue un indie rock intrascendente con algunos buenos momentos como “Algo ha cambiado” o “Sigo aquí”. En el tramo final invitaron a Santi Garcia, su productor de confianza, a coger la guitarra en “La edad que tengo”, que sigue siendo de lo mejor de su repertorio.
El vacile de los valencianos Mala Gestión, que salieron disfrazados un día antes de la convocatoria oficial, fue cosa seria, como era de esperar de un grupo que fuerza una rima para mencionar la cerveza Skol y consigue que haga gracia. La impostura estropea cualquier chiste, pero en sus gamberradas no hay nada artificial. Convencen cuando estallan, cuando bromean y en las baladas. Acabaron montando una rave privada con Las Petunias, con quienes atacaron “Sandalias del PSOE”, y echaron el cierre con un pogo de nivel al ritmo de “Noche de casino”. Ana Berrocal
En la tradición del punk-pop acelerado encaja estupendamente un trío de voces a pleno pulmón y con la mala hostia que gastan Natalia Montes, Cecilia Soto y Elsa Moreno, Las Petunias. Empezaron el show homenajeando a Cariño con “Si quieres”, para soltarse con la muy rockera “AGOTA LA SUERTE”, del EP “Ahí te pudras, maldita” (2025), que tocaron prácticamente entero. El resto del set lo basaron en su debut largo, “Creo que soy de porcelana” (2024). La puntilla fue para “Marcelo Criminal”, en la que disparan contra indies pijos et al. Cualquiera se mete con estas tres…
Ataviado con una túnica negra, Miguel García Cantera, alias Dandy Piranha, pidió “oídos abiertos” para CERVATANA, grupo que comparte con uno de sus compañeros en Derby Motoreta’s Burrito Kachimba, José Ugía, y con el tour manager de la banda sevillana. No era el único sentido pendiente de abrir en el concierto de cierre de este Canela, también convenía afinar la vista para fijarse en las contorsiones de la bailarina de danza contemporánea Elena Gog. Sustentaron el show sintetizadores, baterías limpias, guitarras y secuenciaciones más rockeras de lo que se pudiera pensar. La rave, sin embargo, se impuso, para goce de todos. Isabel Guerrero
El dúo irlandés –en directo un trío con el añadido de la batería– Chalk nos puso a bailar a base de post-punk electrónico y ansioso. El arranque con “Get Fucked” sirvió de aviso –“see ya later on the floor”– y no tardó en correrse la voz por todo el recinto de que algo importante estaba pasando en el escenario Fistro. El público disperso se congregó para participar de una catarsis que no dejó de intensificarse. Ana Berrocal