Aviones olímpicos. Foto: Òscar García
Aviones olímpicos. Foto: Òscar García

Concierto

El Último de la Fila, melancolía razonable

Anoche en el Olímpic de Barcelona tuvo lugar el rencuentro de El Último de la Fila con la afición de su ciudad, más de 30 años después. Una reunión agradable, sin florituras ni sorpresas, impulsada por un repertorio que fue ubicuo y mantiene su profundo calado popular. Canciones que nos siguen alegrando la vida y que han puesto en marcha esta gira de hola y adiós, que pasará en mayo por, otra vez, Barcelona (7), Madrid (23) y Bilbao (30). En junio habrá escalas en Bilbao (5), Santiago de Compostela (13), Avilés (20) y Sevilla (27). Y en julio se han programado dos fechas en Valencia (4 y 9).

“Es la primera vez que he estado en el estadi Olímpic”, confesaba el tipo que tenía a mi lado mientras salíamos del estadio Lluís Companys de Barcelona sin tocar con los pies en el suelo, arrastrados por la marabunta. “Siempre hay una primera vez para todo”, le respondía filosóficamente su pareja. Yo he estado decenas de veces, viendo conciertos, viendo al Barça e incluso una vez, no sé por qué, viendo al Espanyol, pero nunca antes –pese a tener edad para poder haberlo hecho en su momento– había visto en directo a El Último de la Fila. Así que sí, como le decía ella a él, siempre hay una primera vez para todo.

El Último de la Fila dieron su último concierto una tarde de finales de marzo de 1996 en Granollers. No se me antoja el mejor sitio –al menos no el más glamuroso– para poner punto final a una de las trayectorias más notables de la historia del pop-rock español. Entonces me molaban, pero me molaba más todo el rollo indie y hardcore. El Último de la Fila era lo que escuchaban mis viejos en casa, en el coche, en todas partes. Era aquello de matar al padre y algo de pose, porque disfrutaba tanto o más que de un disco de Fugazi –bueno, puede que ahora mismo esté exagerando un poco– cada vez que sonaba en cualquier garito –y, creedme, durante una época sonaba en todos los garitos de la ciudad– aquello de “escolta, Piker, dame aire con tu abanico, que soc de Barcelona, i em moro de calor”.

Manolo García & Quimi Portet: rencuentro a lo grande. Foto: Òscar García
Manolo García & Quimi Portet: rencuentro a lo grande. Foto: Òscar García

Treinta años después de aquel adiós en la capital de la comarca del Vallès Oriental, El Último de la Fila han tenido un humor muy peculiar y particular incluso para separarse, Quimi Portet y Manolo García se han reunido para hacer sonar en directo –dicen, y de ellos me lo creo, que por última vez– su cancionero. El primer bolo de esta gira fue el 25 de abril en Fuengirola, que no sé si es el mejor sitio –o el más glamuroso– para retomar una aventura. Ayer domingo, 3 de mayo, en la segunda parada del tour, recalaron en su ciudad, en el primero de los dos conciertos previstos en Barcelona. Mis padres no vinieron, aunque la pista y las gradas estaban llenas de gente de su quinta, pero me pidieron que, por favor, por favor, les enviara un vídeo cuando tocaran “Como un burro amarrado en la puerta del baile”.

“Toda la semana pronosticando que iba a llover y ha tenido que ser hoy cuando al final ha llovido”, se quejaba tirando de guasa Manolo García tras estrenar la noche con “Huesos” y “Conflicto armado”, dos cortes de Los Burros, su aventura previa a El Último de la Fila, grupo al que volverían a recurrir a mitad del concierto recuperando “Disneylandia”. El entarimado estaba mojado y el cantante se reía previendo que se iba a meter “un hostión de puta madre”. No resbaló, el concierto prosiguió.

Entre el humor y la nostalgia. Foto: Òscar García
Entre el humor y la nostalgia. Foto: Òscar García

Fue una noche para la nostalgia, en algunos momentos rozando el efecto karaoke multitudinario. Nada espectacular pero sí bonito: de hecho el repertorio, que me temo que será el mismo durante toda la gira, fue calcado al de Fuengirola y también algunas de las bromas de Quimi Portet. Las 50.000 personas que llenaron el Lluís Companys no subieron a Montjuïc para ver la luz en una velada epifánica, sino para cantar las canciones de la banda sonora de su juventud. Y eso fue lo que El Último de la Fila ofrecieron, con García y Portet en plena forma acompañados por una banda de viejos conocidos: Antonio Fidel (bajo), Ángel Celada (batería), Pedro Javier González (guitarra española) y Josep Lluís Pérez Ginés (guitarra), más Irene Miller y Elena Reina (coros) y Sara García (hija de Manolo; teclados y la guitarra). Eso y un torrente de mensajes de puro surrealismo de la Plana de Vic, proyectados en una pantalla sobre el escenario: “Compro oro”, “Vendo Opel Corsa”…

Hicieron un recorrido transversal y bastante paritario por toda su obra fonográfica, aunque dieron especial protagonismo a su segundo álbum, “Enemigos de lo ajeno” (1986). A lo largo de casi dos horas sonaron clásicos como “Aviones plateados”, “Sara”, “Querida Milagros”, “Mi patria en mis zapatos”, “El que canta su mal espanta”, “Lápiz y tinta” o “Mar antiguo”. Una velada de “han sido todo temazos”, según el tipo que había entrado por primera vez en el Olímpic, finiquitada con delirio popular con “Insurrección” y “Como un burro amarrado en la puerta del baile”. Esta última no la pude disfrutar del todo porque tenía que grabarla en vídeo para mis padres, pese a ser la primera vez que la escuchaba en directo y muy probablemente –mala suerte, porque noches como esta siempre son agradables de vivir de vez en cuando– también la última. ∎

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