Momentos para sumergirte en la mejor música.
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Ciclo Momentos Alhambra

Ciclo Momentos Alhambra: la anatomía de las músicas con raíz

A primera vista, Maruja y Temples parecen hablar idiomas distintos. Destroyer y Erik Urano, también. Ahí empieza precisamente la gracia del ciclo Momentos Alhambra: encontrar puntos de contacto entre músicas alejadas y permitir que quien llega por un nombre termine descubriendo otro. Con Granada en el origen de la marca, el ciclo busca la coherencia en el oficio, la personalidad, las raíces que mutan y el gusto por el descubrimiento. Tras más de 300 conciertos desde 2018, las salas siguen siendo su terreno natural. Y todavía quedan muchos nombres por pasar en esta recta final de 2026: del post-punk al folk, del hip hop a la psicodelia.

Nunca habíamos sufrido tal sobredosis de novedades a un clic de distancia y, quizá por la inercia de los tiempos, rara vez había resultado tan fácil escuchar a medias. Canciones que libran una batalla estéril contra las notificaciones, playlists que siguen girando cuando ya hemos desconectado, lanzamientos con fecha de caducidad fijada por el pulgar. Frente a esta atención crónicamente dispersa, el directo se reserva un as en la manga bastante menos artificioso pero infinitamente más difícil de clonar: durante un rato, te exige plantar los pies ahí. Un escenario, una sala, unos músicos y un público compartiendo el mismo aire y el mismo tiempo.

Esa predisposición, por supuesto, tampoco viene de serie. “A veces quieres conectar más con tu parte emocional, pero hay tanto ruido alrededor”, diagnosticaba dani dicostas en una charla previa con Rockdelux. Su aprendizaje pasaba por “abrazar las cosas cuando suceden y dejar espacio a lo nuevo”. La viguesa formó parte del ciclo Momentos Alhambra 2026 con un concierto el pasado marzo en el Island Club de Vigo.

Fillas de Cassandra en el Ciclo Momentos Alhambra 2025: raíces y futuro.
Fillas de Cassandra en el Ciclo Momentos Alhambra 2025: raíces y futuro.

En esa necesidad de pausa encuentra su lugar el territorio que Cervezas Alhambra denomina “Músicas con raíz”: propuestas con identidad, oficio y memoria, pero también con cintura para desviarse, mezclarse y patentar su propio idioma. Maria Arnal lo sabe bien. El pasado febrero llevó a la sala But de Madrid uno de esos directos donde tradición vocal, electrónica y vanguardia conversan con total naturalidad. Antes necesitó pisar el freno. “Decidí darme espacio para salir de la dinámica disco-gira-disco-gira”, explicaba en esta entrevista con Rockdelux. Y añadía: “Me he dado espacio para hacer el disco cuando realmente me apetecía”. En una industria obstinada en exprimir la creación a golpe de calendario, reivindicar los tiempos propios tiene algo de pequeña insubordinación. También de oficio.

La música “sin prisa” se juega precisamente en el tiempo que concedemos a la escucha, con independencia del tempo. Maruja puede disparar las revoluciones y seguir exigiendo toda nuestra atención: concedérsela permite descubrir sus matices, su complejidad y aquello que hace singular una propuesta. Ahí, en el tiempo que dedicamos a escuchar la raíz, la mezcla y el espacio compartido, está la médula de un cartel capaz de llevarnos en cuestión de meses del post-punk al folk o del hip hop a la psicodelia.

El eclecticismo tiene todo el sentido

Hace tiempo que los géneros dejaron de funcionar como compartimentos estancos. Importan las genealogías, claro, pero también todo lo que ocurre cuando un artista decide torcerlas. Bajo ese prisma se entiende mejor el eclecticismo del ciclo Momentos Alhambra 2026: la coherencia del cartel depende menos de una etiqueta común que de la búsqueda de músicas con personalidad propia y de los puentes que pueden aparecer entre ellas.

Ahí cobra importancia también la vocación prescriptora de Cervezas Alhambra. Ante una oferta prácticamente inabarcable, seleccionar con criterio puede abrir vías de escucha entre públicos que quizá nunca se habrían cruzado. El descubrimiento tampoco consiste únicamente en encontrar un nombre desconocido. A veces ocurre cuando llegamos por un artista y acabamos prestando atención a otro; otras, cuando permanecemos el tiempo suficiente para detectar el giro, el arreglo o el matiz que una primera pasada habría dejado atrás.

Sanguijuelas del Guadiana en la Sala Supersonic de Vigo.
Sanguijuelas del Guadiana en la Sala Supersonic de Vigo.

Basta con asomarse a algunos extremos del cartel para entenderlo. Los ya nombrados Maruja, con cita el pasado 26 de agosto en la sala 16 Toneladas de Valencia, llevan el post-punk hacia un terreno atravesado por jazz y hardcore, áspero y expansivo al mismo tiempo. El 17 de noviembre, Temples ocuparán el Teatro Eslava de Madrid desde otro planeta sonoro: guitarras Rickenbacker, melotrones, ecos sesenteros y ese pop lisérgico capaz de convertir una genealogía muy reconocible en material contemporáneo.

Sobre el papel habitan galaxias distintas. Cuando se mira con algo más de atención aparecen los vínculos: propuestas difíciles de reducir a una casilla y todavía más difíciles de confundir con otra cosa. El criterio de la programación aparece precisamente ahí, en la capacidad de moverse entre lenguajes alejados y encontrar aquello que pueden compartir: carácter, elaboración, curiosidad y una manera reconocible de entender la música.

El eco de la tradición: oficio y trayectoria

Para Cervezas Alhambra, nacida en Granada en 1925, hablar de origen implica identidad y memoria. La conexión con una ciudad de la que han surgido referentes del flamenco, el pop-rock y el indie español convierte esa mirada hacia la raíz en algo que va bastante más allá de la geografía. Trasladada a la música, la tradición puede funcionar como punto de partida, material vivo que cada generación decide conservar, desmontar o transformar.

Maria Arnal vuelve a servir aquí como ejemplo especialmente claro. “Mi manera de cantar sigue bebiendo de formas antiguas, pero ahora voy a un lugar más de esencia de la voz”, explicaba en aquella misma conversación con Rockdelux. En “AMA” (2026), esa forma de mirar hacia atrás convive con voces sintéticas, órganos MIDI, electrónica y referencias a la polifonía renacentista. El origen permanece, aunque cambia de aspecto en el camino.

También dani dicostas hablaba de las raíces desde un lugar menos evidente: “No diría que mi música tenga raíces gallegas en lo sonoro, pero sí emocionalmente”. Otra manera de entender el origen, ligada a una sensibilidad, una educación musical y un lugar al que regresar más que a la reproducción literal de un género.

Pedro Pastor actuará en la Sala But el 30 de diciembre.
Pedro Pastor actuará en la Sala But el 30 de diciembre.

MARO, vinculada también al ciclo Momentos Alhambra en años anteriores, llegaba a una idea parecida desde su propia biografía musical. “El corazón de lo que hago viene de todo lo que escuché al crecer. Estuve expuesta a muchísima música de todo el mundo y todo eso se quedó dentro”, nos explicaba este año en Rockdelux. Portugal permanece como origen, mientras una trayectoria construida entre Lisboa, Boston, París o Los Ángeles ha ido ampliando ese primer mapa. La raíz, entendida así, acumula experiencias y referencias antes de transformarlas en una voz propia.

De ese respeto por lo aprendido emerge otro concepto decisivo: el oficio. Dan Bejar lleva desde los noventa haciendo de Destroyer –19 de septiembre en la sala Copérnico de Madrid– un territorio en permanente mutación, con la canción y la literatura como coordenadas. The Autumn Defense –14 de octubre en El Sol de Madrid– reúne a John Stirratt y Pat Sansone, ambos miembros de Wilco, alrededor de un pop luminoso de raíz sesentera construido desde el trabajo minucioso de armonías y guitarras acústicas. Y Sun Kil Moon –15 de noviembre en la sala Villanos de la capital– prolonga más de dos décadas de folk-rock confesional y escritura íntima bajo la identidad artística de Mark Kozelek.

La trayectoria tampoco tiene que medirse únicamente en décadas. Pedro Pastor –30 de diciembre en la sala But– cruza canción de autor, folk, rumba y hip hop desde una herencia familiar ligada al género; Jalezz –22 de noviembre en Copérnico– construye la suya desde una música urbana de raíz latina. Generaciones y lenguajes diferentes que vuelven sobre una pregunta común: qué conservar, qué transformar y qué hacer con todo lo aprendido por el camino.

Las salas y el pacto del directo

Todo este entramado perdería buena parte de su sentido sin el circuito de salas que lo sostiene. Desde su estreno en 2018, el ciclo Momentos Alhambra suma más de 300 conciertos, dentro de una apuesta por el directo que alcanza más de 100 citas anuales en más de 50 salas y 20 ciudades. Una escala considerable construida alrededor de algo muy concreto: la relación entre un artista, un espacio y quienes han acudido a escucharlo.

Porque una sala es bastante más que el recipiente donde sucede un concierto. Forma parte del tejido que permite crecer a los artistas, circular a los repertorios y descubrir propuestas antes de que alguien decida convertirlas en tendencia. También preserva esa distancia corta en la que la música queda expuesta con todas sus costuras: la acústica, la reacción del público, la imperfección y ese margen de imprevisibilidad capaz de hacer que dos interpretaciones de una misma canción nunca terminen de ser iguales. El apoyo a artistas y salas como base del tejido cultural atraviesa precisamente la lógica del ciclo.

En esa cercanía encuentra terreno fértil el británico Westerman –19 de noviembre en la Sala B de Madrid–, cuyo recorrido desde un folk desnudo hacia un pop introspectivo de aire soft rock y progresivo reclama una escucha atenta a los pequeños desplazamientos. Alice Wonder, los días 20 y 21 de noviembre en Gijón y León, lleva esa movilidad todavía más lejos transitando entre indie, electrónica, folk, soul y música de raíz desde una voz y una personalidad inmediatamente reconocibles.

Alice Wonder: pacto con las salas y el directo.
Alice Wonder: pacto con las salas y el directo.

También espera el universo futurista y distópico de Erik Urano –10 de octubre en Copérnico–, construido durante más de quince años de trayectoria, mientras Bernal –29 de noviembre, también en Copérnico– cruza el post-Midwest pop con ecos del indie nacional. Otra vez aparecen los saltos estilísticos y, otra vez, el sentido está en las conexiones que pueden surgir entre ellos.

Al final, quizá todo vuelva a una idea bastante sencilla. Entre tanta música disponible, elegir dónde colocar la atención se ha convertido en una parte esencial de la escucha. Puede significar seguir una genealogía hasta descubrir dónde empieza a mutar, detenerse en un arreglo que pedía una segunda vuelta, acompañar durante años a un artista que continúa afinando su lenguaje o entrar en una sala atraído por un nombre y salir pensando en otro.

En ese cruce se encuentran el criterio, la raíz y el descubrimiento que atraviesan el ciclo Momentos Alhambra: concederle a la música el espacio necesario para desplegar sus matices y dejar que cada hallazgo llegue a su propio ritmo. Porque algunas canciones, algunos artistas y algunos directos siguen pidiendo algo cada vez más escaso: tiempo. ∎

Cervezas Alhambra recomienda un consumo responsable (6,4º). Publicidad dirigida a mayores de 18 años.

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