Espejos y transformación. Foto: Óscar García
Espejos y transformación. Foto: Óscar García

En portada

Maria Arnal

Cuerpo, tecnología y memoria en tensión

Fotos: Óscar García

24.02.2026

En la carrera de Maria Arnal siempre ha habido una fricción fértil entre raíz y riesgo. Tras cerrar su etapa con Marcel Bagés, la artista detuvo el automatismo del disco-gira para reinventarse desde la producción, la investigación vocal y la inteligencia artificial. “AMA”, su debut en solitario, publicado el pasado viernes, 20 de febrero, condensa tres años de transformación: un disco donde la herida íntima se convierte en polifonía, órgano y prótesis digitales de su propia voz. Lo va a presentar en directo en la sala Paral·lel 62 de Barcelona los días 7 y 8 de marzo.

E

n la trayectoria de Maria Arnal siempre ha habido una fricción productiva entre raíz y riesgo, entre memoria y futuro. Su irrupción con Marcel Bagés la consolidó como una de las voces más singulares de la música española de la última década: una cantante capaz de activar lo ancestral, de hacer que la tradición respirara en presente. Pero tras el desgaste de aquella etapa, en la que el dúo publicó los álbumes “45 cerebros y 1 corazón” (Fina Estampa, 2017) y “CLAMOR” (Fina Estampa, 2021), Arnal sintió la necesidad de detener el automatismo del ciclo disco-gira-disco-gira. Ese clic marcó el inicio de una transformación profunda.

En estos últimos años, lejos del foco que acompaña a los lanzamientos discográficos, Arnal ha aprendido a producir, a investigar su propia voz y a entender técnicamente la inteligencia artificial para usarla desde un lugar ético y artístico. Gracias a la beca europea STARS, trabajó con científicos del Barcelona Supercomputing Center; después fue residente en el Intelligent Instruments Lab en Islandia. En paralelo, desarrolló instalaciones sonoras premiadas, compuso para cine (“Polvo serán”, “La virgen roja”) y creó música para espectáculos de Marcos Morau y La Veronal, estrenando “La mort i la primavera” en la Bienal de Venecia antes de girar por teatros. Ha cantado en contextos como el CERN o Ars Electronica, abriendo un perfil internacional vinculado a la experimentación tecnológica y performativa. No había disco, pero no hubo pausa: todo ese aprendizaje sedimenta ahora en su debut en solitario.

Ese debut es “AMA” (Atlantic-Warner, 2026), que acaba de ver la luz: trece canciones donde la herida se convierte en arquitectura sonora. El disco funciona como un sistema coral que combina órganos (incluidos instrumentos MIDI desarrollados junto con el maestro organero Albert Blancafort), percusiones cotidianas, polifonía y hasta sesenta modelos de voz entrenados como prótesis digitales. En nuestra conversación habla de agotamiento y liberación, de cultura entendida como ecosistema y no monocultivo, de sensualidad corporal frente a la ausencia y de una inteligencia artificial que no es amenaza ni utopía, sino herramienta cuyo sentido dependerá siempre de los valores humanos que la guíen.

“PELLIZCO”, vídeo dirigido por StillKidz.

Has cambiado muchas cosas respecto a tus trabajos anteriores. ¿Qué representa para ti este momento y cómo ha sido el proceso creativo de los últimos tres años?

Este es un momento muy deseado que he imaginado durante mucho tiempo y estoy muy orgullosa de haber llegado aquí. El disco se ha hecho durante los últimos tres años, al mismo tiempo que estaba desarrollando un montón de proyectos creativos. Ha sido un período muy prolífico, hiperestimulado. Después de cerrar la etapa con Marcel, decidí darme espacio para salir de la dinámica disco-gira-disco-gira, que sentía que ya me había agotado mucho y que ya no resonaba conmigo. Necesitaba resituarme un poco, ver si ese era realmente mi camino o si había algo de inercia. Me he dado espacio para hacer el disco cuando realmente me apetecía. También me planteé seriamente si ese era mi lugar en la música, porque abriendo estos otros caminos he visto que podía vivir muy bien de la música, con reconocimiento y en buenas condiciones, y eso también me ha llenado muchísimo. Pero al final me di cuenta de que sí lo necesitaba, más por mí que por si el mundo lo necesitaba. Sobre eso nunca vas a tener una respuesta fiable, porque es algo que no controlas. Me di cuenta de que necesitaba hacer este proceso y quise hacerlo desde el lugar más verdadero posible para mí. Siento que ha sido así y estoy supercontenta.

Antes comentabas que esto te ha permitido salir del ciclo eterno de grabación-gira-grabación-gira. Pero tienes un disco nuevo. ¿Crees que volverás a ese ciclo o mantendrás los malabares con muchos proyectos?

Creo que los malabares se van a mantener, porque he visto que es una manera muy guay de mantenerme activa, aprendo un montón y todo tiene sentido dentro de mí, no es forzado. Mientras pueda organizarme bien el tiempo, me parece muy enriquecedor. Mi perfil anterior con Marcel prácticamente no salió de España. En cambio, gracias a las instalaciones, los premios internacionales y el trabajo con IA ahora me buscan desde Europa. Hay muchos más perfiles como el mío allí que en España. Por eso he cantado en el CERN, en Ars Electronica… Son cosas que han salido de las instalaciones, las conferencias y el trabajo con IA, no del álbum. Ahora quiero intentar mover también el disco en esa dirección, hacerlo más sólido. Pero, por ejemplo, con la compañía La Veronal y especialmente con Marcos Morau, que está en el top mundial de la danza, canto 75 minutos de canciones propias en los espectáculos. Eso me abre puertas: en la Bienal de Venecia de Danza ya me llegaron propuestas para mí sola. Ahora vamos a la Triennale de Milán, y a finales de julio nos vamos un mes y medio a Japón con una producción sobre Yukio Mishima: casting internacional de bailarines, tres músicos japoneses del top de la música tradicional japonesa con diferentes instrumentos. Yo haré toda la música contemporánea y también cantaré. Es una superproducción en un teatro espectacular de Shibuya, todo pagado increíblemente bien. Siento que he abierto caminos que ya estaban, pero que se pueden cruzar. Para mí es importante tener ese espacio. Si luego otros artistas pueden aprovechar que existan perfiles así, genial. Pienso siempre en la cultura como ecosistemas. Hay puntas de lanza, pero todos estamos conectados por debajo, como un bosque. El público es como pasear por ese bosque. La tierra está fértil cuando no haces monocultivo. En los últimos tres años he estado más creativa que en toda mi vida y eso es lo que más me llena. ¿Por qué limitarme a discos y giras? Creo que es importante que el público se acerque a perfiles como el mío y entienda que puedo hacer un disco con parte experimental y parte de ambición pop o de canción, y al mismo tiempo que una parte del público vaya a una conferencia sobre cómo uso la IA, vea una instalación, vaya a ver una película en la que he hecho música o un espectáculo de danza donde estoy cantando de manera orgánica. Sí, son audiencias separadas, pero dentro de mí todo eso convive como un único paisaje.


“Hay puntas de lanza, pero todos estamos conectados por debajo, como un bosque. El público es como pasear por ese bosque. La tierra está fértil cuando no haces monocultivo. En los últimos tres años he estado más creativa que en toda mi vida y eso es lo que más me llena”


¿Hubo un clic hace tres años que te hizo cambiar de dirección?

Sí, totalmente. Me sentía superagotada creativamente. El proyecto con Marcel se deterioró mucho en la última gira. Me sentía muy limitada por una estructura que respondía a lógicas que se decidieron al principio de la carrera, cuando no tenía ni idea de muchas cosas. También era mi responsabilidad en parte. Pero hubo una liberación muy fuerte que coincidió con querer darme espacio y con una lluvia de propuestas que me llegaron. Elegí algunas y las hice a muerte, y me fue muy bien. Estoy contenta.

“AMA” parte de una pérdida íntima. ¿Cómo se transforma esa experiencia personal en un sistema de trabajo tan complejo, en una arquitectura coral que no pierde la verdad emocional?

“AMA” es la primera herida de mi corazón. Tenía 13 años cuando ocurrió y por eso el disco tiene trece canciones. El 13 también es un número muy mágico: en el tarot es la muerte, que significa transformación, dar la vuelta y empezar de nuevo. Este disco nace también de un momento en que dije: “Ahora empiezo otra vez de cero, aunque ya no tanto”. Empiezo desde un lugar con mucho aprendizaje previo como artista, persona, mujer, cantante, productora, compositora. Es volver a enamorarme de mi oficio, una confianza enorme en cuál es mi sitio. Es un disco mucho menos complaciente que los anteriores. Está hecho muy para mí. AMA son las iniciales de mi prima, pero también es la energía del momento: por fin puedo sostener mi proyecto como líder y contar esta historia desde mi voz, como cantante, como artista, como compositora, con todas las herramientas digitales que he desarrollado, con una madurez enorme al cantarlo en directo. Todo está mucho más asentado y sólido, por tanto más auténtico y honesto conmigo misma. En los discos anteriores me refugiaba mucho en esas historias para no exponerme yo. Aquí directamente no tengo dónde esconderme. La historia familiar estuvo envuelta en silencio. Mi prima dejó una carta y mi familia no me dijo que había muerto hasta años después. Murió de sida, como mis tíos, por la adicción a la heroína de ellos en esa época, cuando no se conocía el VIH. La primera canción se llama “DILO”: ocupar el silencio, materializarlo en palabras para liberarlo. Empieza con una frase de Safo: “Lo que te quede por decir te quedará por llorar”. Pero no lloramos solo de dolor: lloramos de risa, de empatía, de éxtasis. El trabajo tiene todas esas energías de liberación. Hay canciones desde la confianza ciega (“AMA”), desde el poder decir finalmente una emoción concreta (“POR TUS PENAS”), desde sentir un potencial muy fuerte en el cuerpo y caminar por la calle sintiéndolo (“MADRIGAL”). Todo a flor de piel, porque el cuerpo es clave: la voz es el instrumento del cuerpo. La tecnología nos permite separarlos y eso es lo que he hecho. Pero el disco habla también desde la ausencia del cuerpo como forma de presencia: mi prima ya no tiene cuerpo, pero está presente en mí para siempre. Siento que es mi disco mejor cantado con mucha diferencia. He puesto mucho empeño en cantar muy bien, a mi manera, de forma antigua. En producción me he ocupado de que las otras voces, prótesis digitales de mi voz, se presenten como una voz compleja que no tiene que elegir entre lo sintético y lo perfecto o lo rugoso o con respiraciones.

De heridas y pérdidas. Foto: Óscar García
De heridas y pérdidas. Foto: Óscar García

Trabajas con unos sesenta modelos de voz. ¿Qué necesitas expresar que no podías decir con una sola voz?

Gracias a la beca con el Barcelona Supercomputing Center y a hablar con Holly Herndon, que desarrolló todo esto porque, según ella, “canta mal”, yo quise explorar el camino opuesto: usarlas para hacer lo que mi cuerpo físico no puede, no para imitar lo que sí puede. Simbólicamente, para decir lo que el cuerpo no se atreve, como un avatar sin cuerpo. También como instrumentos musicales, no solo portadoras de texto. Y para mostrar que no tengo que ser una sola: puedo ser muchas, porque lo soy. Por eso el disco es tan polifónico. Empieza muy polifónico con “DILO” y acaba con voz sola. Hay mucha percusión cotidiana convertida en instrumento (quería ese toque de sensibilidad mágica: todo puede ser musical). Hay muchos órganos, porque los he descubierto estos años y son brutales. También órganos MIDI que toco con ordenador. Tradicionalmente son los primeros sintetizadores y la voz del espacio sagrado en Europa. El disco tiene idas y venidas: de lo simple a lo complejo, de lo industrial y sucio a lo limpio, momentos ASMR con base de suspiros, polirritmias sencillas con pellizcos de voces y puertas. No he querido sobrecargar: cuando algo sencillo funciona, es suficiente.

Grabarte dentro del órgano del Palau Güell, un instrumento del siglo XIX, parece casi un gesto simbólico. ¿Qué te interesa de estos dispositivos gigantes, respiratorios, casi corporales?

Funcionan igual que la voz. Son espejos de mi instrumento. A través de las voces sintéticas y de los órganos he aprendido lo irreproducible de mi voz: el error, que es lo que nos hace humanos. Es superbonito y poético. Conocí a Albert Blancafort, maestro organero importantísimo en España, de la Sagrada Familia, la Catedral de Barcelona, el Palau Güell, Montserrat… Siempre me había gustado el órgano, pero cuando vi los organetos con MIDI fue “¡guau, quiero uno!”. Los órganos modernos tienen MIDI, pero no los organetos pequeños. Le propuse desarrollarlos y ahora tengo dos organetos MIDI que uso en directo. Es un instrumento de aire gigante con registros muy complejos. En mi caso toco fatal, soy una consentida con la voz, pero con otros instrumentos me falta paciencia. Por eso los toco por MIDI: es más fácil mantener el tempo. A veces toco un poco a mano, pero me da vergüenza. Lo guay es que Albert tuvo la apertura de mente de que no solo un organista “clásico” puede tocar el órgano. Igual que no necesitas cantar perfectamente afinado para comunicar: puedes tener una rítmica brutal y afinar fatal, ahora tienes Auto-Tune.


“Conocí a Albert Blancafort, maestro organero importantísimo en España, de la Sagrada Familia, la Catedral de Barcelona, el Palau Güell, Montserrat… Siempre me había gustado el órgano, pero cuando vi los organetos con MIDI fue ‘¡guau, quiero uno!”


Hay mucha dualidad en el disco: de lo brutal a lo frágil, y también canciones más rítmicas, físicas, con deseo y roce.

El álbum habla de sensaciones del cuerpo que a veces no tienen nombre. Hay una necesidad de decir, de encontrar palabras para esas sensaciones físicas en contraposición al cuerpo ausente pero presente al que está dedicado el disco. Eso se juega en los clones de mi voz, que son un yo sin cuerpo, en las bailarinas que mueven mis voces en directo. Hay instrumentos muy contemporáneos como sintetizadores avanzados y otros muy físicos y antiguos: órgano, clave, arpa. Quería un arco emocional variado, que no hubiera explorado ya. Siempre me pongo un marco cuando empiezo un disco porque, si no, el infinito me agobia. Aquí quería hacer cosas por primera vez todo el rato. Por ejemplo, antes siempre empezaba con el texto y la melodía venía después. Ahora compuse muchas canciones sin letra, solo melodías que la voz trazaba, y la letra vino al final. También bailo en directo, algo que nunca me hubiera imaginado, y es divertidísimo. Todo eso me pone en lugar de eterna aprendiz, de humildad. Me inspira mucho Goethe: siempre “¿qué puedo aprender?”. Quería canciones sólidas como canción, con texto ligero pero no superficial. Por eso “PELLIZCO”, “SUSPIRO”… Ligero pero con profundidad. Eso era clave.

Al poner primero la música y después la letra, ¿qué ha cambiado en el proceso?

Es muy diferente. Me permite tener una perspectiva musical global y luego pensar cómo expresarla con palabras. Algunas canciones salieron todo mezclado: por ejemplo, en “QUE ME QUITEN” la primera vez que canté la melodía salió “que me quiten lo que tengo y ya está”, y supe que ese era el primer verso. Nunca hay que tocar eso cuando sale solo. Luego desarrollé toda la canción con la idea de enumerar martirios: castigos físicos, emocionales, psicológicos que ha sufrido el cuerpo de la mujer durante siglos de patriarcado. Algunos los he vivido en carne propia. Era la canción que tenía clarísima. Pero en general quise fluir mucho, no organizar todo de antemano. Quería que fuera diferente.

Humana y sintética. Foto: Óscar García
Humana y sintética. Foto: Óscar García

Sigues dialogando con lo ancestral, pero ya no tanto desde el género tradicional. ¿Sientes que has dejado atrás la tradición como estilo para quedarte con ella más como energía?

Sí, sin duda. No la he dejado atrás, pero no voy a hacer tres veces el mismo disco. No voy a intentar repetir “Tú que vienes a rondarme” ni “Cançó de bressol” ni nada parecido. Mi manera de cantar sigue bebiendo de formas antiguas, pero ahora voy a un lugar más de esencia de la voz. Y como productora e investigadora desarrollo otras voces sintéticas que también pueden cantar “tradicional”. Por ejemplo, “MADRIGAL” es la canción más claramente polifónica. Los madrigales renacentistas fueron el momento en que la polifonía dejó de estar al servicio de Dios y empezó a hablar de emociones humanas. Se separa mucho lo exterior de lo interior, y lo interior queda velado. En esta canción hay una interioridad: lo plural no está fuera ni compartido, está interiorizado. Va de una chica que ha pasado una noche increíble, no sabes qué ha hecho, da igual, el sol sale, está en un sitio muy urbano, pero siente el cuerpo ultranatural, sensual, con elementos de naturaleza. Hay contraste entre fuera y dentro, pero ella se siente espectacular, en glow total, escuchando eso en sus auriculares. Es un guiño a la tradición polifónica renacentista europea, llevada a voces sintéticas, en catalán, con un guiño a Ausiàs March y su “Llir entre cards”. Es la última letra que escribí y siento que redondea mucho la energía del disco.

A tenor del titular de tu entrevista con ‘eldiario.es’ y tu uso de la IA como herramienta de trabajo, me gustaría saber dónde te ubicas entre los que están en contra de la IA y los tecno-optimistas ingenuos.

La Inteligencia Artificial no va a acabar con la música; son los humanos quienes la comandamos. No hay IA sin humanos: son humanos los que deciden los usos y nosotros los reproducimos. Dependerá de nosotros regularla. Tecnologías tan potentes en manos de gente descontrolada es el mundo en que vivimos. Pero negar lo positivo que puede tener porque da miedo lo malo es absurdo. Como decía Holly Herndon: “Esta tecnología está definiendo nuestro tiempo y definirá el futuro. Más nos vale aprender cómo funciona, entender qué potencial tiene para beneficiar o perjudicar a la sociedad”. Eso no depende de la tecnología en sí, depende de los valores éticos que desarrollemos. Es como decía Björk en una entrevista: “A la próxima persona que me diga que la música hecha con un ordenador no tiene alma le voy a vomitar encima”. Es una tecnología, punto. Es muy poderosa y asusta porque el mundo está loco, en una situación casi prebélica. Pero hay que entenderla bien. Todo el mundo habla de ella y casi nadie sabe cómo funciona. Seamos más rigurosos y curiosos. En mi caso no tengo que escoger: he encontrado una manera ética, con equipo profesional, rigor y solidez, para beneficio artístico y creativo. Es un ejemplo de buen uso. No va a cambiar la sociedad, pero es válido. Bandcamp no me puede prohibir mi disco por este uso. Lo que hay que prohibir o regular son los modelos generativos masivos comerciales que usan datasets sin derechos. Eso es SGAE, derechos de autor. Hay que entender, decidir colectivamente con manifiestos éticos, crear regulaciones innovadoras y creativas, no solo prohibicionistas. Porque si solo decimos “no lo entiendo, prohíbanlo”, damos margen a que se use de la peor manera. Obviamente es peligroso: aplicado a armamento es lo peor. Pero también hay usos increíbles, como la detección precoz de enfermedades en medicina, por ejemplo. Lo que más miedo me da es la poca capacidad de atención que hemos desarrollado todos. Nos quedamos en lo superficial. Algo puede ser beneficioso y peligroso a la vez. Nos tenemos que despedir de la superficialidad, y no prohibir solo porque no entendemos. ∎

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