l estudio que Eduardo Ostos, Ed Is Dead, regenta en la linde noreste del madrileño distrito de Usera se ha convertido en nuestra zona particular. Un espacio confortable y tranquilo que su hospitalario anfitrión dispone, en lunes a mediodía, para el encuentro de Rockdelux con Erik Urano. Sobre el tapete de la conversación yacen las diez canciones de “STALKER” (Sonido Muchacho, 2026), el quinto álbum del vallisoletano, articulado junto a un insigne plantel de productores que incluye a Merca Bae, Harto Rodríguez, Louis Amoeba y Zar1. Un alarde de emancipación sonora –jungle, techno, dancehall, grime, minimalismo, ambient– e ingeniería lírica que, en apenas media hora, pulveriza las justificadas expectativas que habíamos depositado en él.
La nomenclatura del disco remite sin disimulos a la película “Stalker” (Andréi Tarkovski, 1979) y explicita el punto de partida conceptual que sirve a Urano para desplegar esa narrativa –sucinta, algebraica, analítica– que lo distingue desde siempre. “Ves muchas pelis en la vida, pero con algunas se nota que eres una persona distinta que antes de verlas. Y creo que ‘Stalker’ fue una de ellas”, explica a propósito de la cinta del célebre realizador ruso, fallecido en 1986. Recuerda haberla visto por primera vez cuando tenía veintitantos años –ahora tiene 39– y no tener muy claro qué había pasado frente a sus ojos o si le había gustado siquiera. Pero le atrapó. Y los posteriores visionados le han permitido reparar en detalles no percibidos, atender a elementos de la peli como el sonido, valorar nuevas capas de significado, investigar sobre los alrededores del filme y su rodaje.
Con la música de Urano pasa algo parecido y este nuevo disco es claro ejemplo de ello: resulta extraña y fascinante, invita a perderse las veces que haga falta en la bruma digital que la sostiene para desentrañar significados en constante mutación. Y esa es, tal vez, la principal gracia del asunto: “Con ‘Stalker’ me daba cuenta de que había metido ya muchas referencias a la película en letras: la niebla, la humedad. Tiene ese contexto climatológico que se asocia a la zona en que vivo, muchas veces voy al trabajo andando en pleno diciembre y pienso: ‘Joder, parece que estoy metido en la peli’. Fue así, muy gradual. De repente te das cuenta de que has hecho mazo de referencias a la película que asociaba a muchos momentos de mi vida, a muchas ideas. Y es cuando ves también la envergadura de la obra, dices: ‘Joder, tiene tantos hilos de los que tirar’. Pero no hubo un punto clave en que dijera: ‘Voy a tirar de esto’, sino que echaba la vista atrás y veía que tenía muchas referencias. Es una idea que llevo manejando mucho tiempo porque –aparte de toda la peli, que tampoco quería que el disco se pasara de referencial con ella– está el concepto de ‘stalker’, el camino, el andar… No tengo carné de conducir, ando mucho, mi rol en la música es el de llevar a la gente, hacer de guía a ciertas zonas que no han explorado. Hay otros que llevan a zonas que ya se han visto, que me parece muy guay, muy legítimo y tiene que existir ese plano de la música y de la industria, pero a veces he visto que mi papel era llevarlos a terrenos desconocidos en los que las leyes del espacio y el tiempo bailan un poco”.
¿Tuviste stalkers en la música?
Sí, joder, hay muchísimos. Por ejemplo Kraftwerk. Además mola porque son padres que da igual cuándo los descubras. Hay cosas que es bueno descubrirlas pronto porque sirven de guía, pero hay otras tan profundas y que tienen tantas lecturas que da igual. Y Kraftwerk sería una de ellas. Siendo más cercano y concreto, Sólo Los Solo podrían serlo también, tanto Juan Solo en las letras como Griffi en la música. Creo que nos guiaron a unas zonas que no conocíamos.
Después de hacer “Qubits”, un álbum firmado a medias con Merca Bae, has colegiado las producciones. ¿Por qué?
Forma parte del proceso. Con Merca Bae o cuando he hecho los discos con Zar1 ha sido algo consensuado, y esto forma más parte un poco del concepto de “Neovalladolor” (Sonido Muchacho, 2020) o de “Balaclava” (Flat Bits, 2018). Voy desarrollando una idea y hay gente que va entrando en ella. Hay otra gente que me ha mandado música pero no ha entrado. Al final no es algo premeditado, pero sí que es verdad que parte mucho de la intuición. Es algo que siempre me ha pasado, se me da bien ese rollo de aunar gente y que suene todo compacto. Porque tanto este disco como “Neovalladolor” sí que suena cohesionado. Es un sonido con sus diferencias pero todo queda dentro de la misma roca, queda pulidito y esférico. Zar1 y Merca Bae son más de cabecera. Sobre todo Zar, de toda la vida. Harto también pasó a formar parte porque llevo trabajando con él en el estudio desde “Balaclava”. Siempre es mi técnico de estudio y de sonido, y ahora ha pasado a la producción, es el que carga con mayor peso en la producción. Y entró Luis Amoeba porque era una persona con la que ya llevaba tiempo queriendo trabajar. “Fujiko Nakaya” lo hicimos el primer día que nos juntamos y era como “guau, esto suena a lo que estoy haciendo, suena a invierno, a niebla”.
¿Diste alguna recomendación previa o alguna pista a los productores en plan “tenéis que ver la peli” y cosas así?
No, no quería que fuera una movida tan referencial ni mucho menos. Harto por ejemplo la conocía y empezamos a girar un poco en torno a ello. Él también lleva el peso de la mezcla y eso es otro factor muy creativo y artístico dentro del disco, así que se metió más en esa peli. Pero no, con el resto no di esa pauta. No quería que se asociara tanto el disco a la peli, que es inevitable; quería que fuera un poco más abierto.
Es un disco unitario en cuanto a sonido pese a que es muy variado en cuanto a géneros. Y eso que es cortito, no llega a la media hora.
Son palos muy integrados, porque en “Neovalladolor” quizá eran palos más definidos: había un tema de footwork, un tema más grime, un tema más rap… Pero aquí es verdad que forma parte de un todo, hay como distintos pasajes incluso en los propios temas.
“Noosfera”, la primera canción del disco, tiene el guiño a Val del Omar en el título y describe el paisaje que nos va a acompañar durante la escucha. No es la primera vez que haces referencia a Val del Omar en tus canciones y en 2022 fuiste el host del pódcast documental “Val del Omar. Ondas de fluencia” que tuve la suerte de escribir y codirigir. El caso es que “Noosfera” es bastante inquietante: la niebla difumina las identidades, es un contexto dominado por la propaganda, tiene ese componente lorquiano de la ciudad que no puede dormir... Hay una sensación de amenaza.
Lo hubiera descrito más rollo tensión, misterio o algo así, pero es verdad que el concepto de amenaza está también. Y ahora me doy cuenta de que la peli también tiene ese factor de amenaza constante en la que no pasa nada pero está pasando todo. Es como que los árboles te observan. Siempre ha formado parte de mi manera de describir la ciudad o el entorno que me rodea. Es un mecanismo constante alrededor mío lleno de estímulos y bondades, pero también de amenazas. Es esa fricción constante de la maquinaria lo que creo que se percibe aquí. Y en el disco se percibe también porque tiene muchas texturas, tiene muchos matices y se crea un diseño sonoro muy complejo en el que se percibe toda esa tensión o esa amenaza constante.
En “Brutalism”, una canción que termina derivando en jungle cañero old school, insertas una declaración creativa que tiene que ver con lo que hablábamos antes: vas haciendo el camino porque delante de ti no hay nada.
Sí, es muy Delibes el asunto…
¿Esta afición a caminar hacia lo desconocido es algo que has adquirido con la destreza, con el oficio, con el ir haciendo las cosas, quizá?
Sí, es como que el ansia de mar siempre estuvo pero faltaba el barco, que he ido construyendo con el tiempo. Los propios padres de los que hablábamos, como Kraftwerk o Sólo Los Solo, de alguna manera te insuflan el hambre de llegar a esas zonas. Aparte lo veo como algo muy del rap de lo que no se hace gala, o muy hip hop, sin ser yo tampoco muy del rollo. Esa originalidad que siempre se buscaba tanto en el grafiti como en el breakdance, esa movida de distanciarte, de hacerlo único, ese concepto de original que va implícito en la búsqueda y en la experimentación, que al final es lo que te lleva a mezclar nuevos elementos para llegar a cosas desconocidas. Creo que eso siempre lo hemos tenido ahí y creo que esa necesidad siempre ha estado, pero, ahora mismo, con la artesanía que me ha dado el tiempo y con el saber hacer de la gente de la que me rodeo, puedo llevar los proyectos a ese siguiente nivel. Y respecto a “Brutalism”, es que también veo mi forma de escribir como una movida así, más allá de la referencia al entorno: muy bruto y muy desnudo, muy seco, muy rudo, sugiriendo la forma más que siendo evidente.
La mayoría de las veces telegrafías el texto, pero está lleno de significado. ¿De dónde viene esa economía en el estilo?
Siempre me ha parecido interesante el concepto de los haikus o el que tiene la propia poesía: ser capaz de decir mucho con poco. Está mi admiración por las obras no cerradas, que también me parecen muy interesantes: esas frases no finalizadas, esos sentidos de las frases que le puede dar alguien que escuche y que yo no le di al escribir, en plan de “oye, ¿querías decir esto con esta frase?”. Pues no, pero tu percepción mola más todavía que la intención con que lo escribí. Con los años también me doy cuenta de que lo que me mola de mis referentes es precisamente eso. El propio Jorge Oteiza, por ejemplo, habló mucho de la economía del lenguaje en su etapa más poética, pero ves que también en su obra escultórica está ese concepto de vacío, ese minimalismo supermaximalista, por decirlo de alguna manera. Absorbiendo el arte de tanta gente que admiro, a veces los noto a ellos en mis obras, pero a la vez entiendo que también es un camino al que he llegado gracias a ellos. Me pasa un poco eso, escuchar a Oteiza hablar de la economía del lenguaje y decir: “Joder, es lo que intento hacer y no le había puesto esas palabras”. Siempre me ha parecido muy interesante el minimalismo en general: en la moda, en la arquitectura y en el arte, eso de decir mucho con poco. Sugerir la forma y no cerrarla. Me parece muy interesante que sea la persona, el receptor, el que acabe finalizando la obra, y eso no lo puedes conseguir si la das demasiado finalizada.
De hecho el sustrato musical de “Eigengrau”, en la que colabora Suzzee, me hizo pensar en el minimalismo repetitivo contemporáneo. Y también en la peli “Interestellar”. ¿Esa escuela musical te ha interesado en algún momento?
Sí, desde luego. Son temas que molan porque van mutando, empiezan despertándome una referencia y acabo en otra. “Eigengrau” empezó con Harto con una guitarra superfiltrada, luego metimos el theremín, yo tenía claro lo de Suzzee al final. Es un conjunto de cosas que a mí me parecía de lo más normal por haber empezado con el punto de la guitarra y demás, y al final lo acabo viendo como un aura de, yo qué sé, protomovidas de Arca. Me evoca muchas cosas en las que no pensaba para nada a la hora de hacerlo. Pero luego, una vez acabada, de repente salta o te lleva a referencias que ni te habías planteado pero que asumes que llevas dentro.
También me parece significativo que sea un theremín, el del maestro Javier Díez Ena, lo que suena ahí.
Sí, total. Es una declaración de intenciones también. Tuve relación con Javier a raíz del pódcast de Val del Omar. Me acuerdo de hablar con él en plan “algún día me molaría hacer algo”. Él conocía mi obra y le molaba, yo conocía la suya, y de repente haciendo este tema con Harto dije: “Aquí vamos a meter un theremín”. Se vino un día al estudio, grabó en muchas pistas y creo que eleva lo emocional de ese tema. Me parece un aporte maravilloso. Javier es muy jefe y, vamos, disponibilidad y amabilidad por su parte en todo momento.
“Gluones” es una de mis canciones favoritas, cuando salió como sencillo pensé: “Esto promete”…
Sí, muy single, el hit ahí.
Empiezas equiparando los poderes que pueden tener tanto el odio como el dinero. El primero para unir y el segundo para todo lo contrario.
Para unir de primeras…
Sí, al principio parece que une, pero luego probablemente sea que no. Son dos fuerzas cuyo poder es notorio en el mundo en que vivimos.
Sí, totalmente. Y creo que hoy vivimos una época en la que son dos puntas de lanza de todo. Hemos alimentado un sistema y una idea del sistema, el neoliberalismo, que se preocupa tanto del beneficio y lo rentable que, claro, muchas veces el resto de factores los descuida. En el momento en que estás completamente enfocado en que algo sea rentable y maximizar sus beneficios, el resto de cosas caen por su propio peso. Así que, tristemente, son dos factores que rigen por completo todo lo que nos rodea.
Este tipo de declaraciones políticas en tu caso están fluyendo más bien por debajo, en el subtexto.
El marco del discurso ha caído tanto que ni siquiera me parece una implicación ideológica, sino humanista. Por mucho que hablan de la dictadura woke y demás, el marco está tan movido que simplemente posicionarte en contra de un genocidio lo han convertido en una trinchera ideológica, como si tuviera algo que ver con la izquierda o lo woke, cuando es una simple declaración de principios y de derechos humanos. Ahora mismo es que ni siquiera siento que me posicione, simplemente con un discurso un pelín humanista parece que ya tienes un posicionamiento supertransgresor, lo que nos lleva a que es muy necesario el posicionamiento, por llamarlo de alguna manera. Es tremendo.
De hecho, esta sensación se puede tener en la conversación diaria que a veces pueda surgir con colegas, vecinos, compañeros de trabajo o lo que sea. Te posicionas simplemente apelando al sentido común, intentando mantener un discurso cabal, y puedes encontrarte con personas que te lo afean.
Con el mínimo, sí, sí, sí. Además que lo del genocidio de Gaza ha sido un ejemplo perfecto en cuanto a que hablar de algo tan básico como es eso ya lo asumían dentro de un pack ideológico que puedes tener o no, pero que cualquiera con mínimo raciocinio entraría ahí a... ya no a defender, sino a quejarte de algo que a todas luces en casi cualquier época de la humanidad estaría mal.
De “Gluones” también me gusta mucho la música, es muy refrescante la parte dancehall, el poso reguetonero, la colaboración de Hoke. ¿En qué momento ves que él podía encajar ahí?
Con Hoke ya tenía pendiente hacer algo. Admiro muchísimo lo que hace y coincide que él me lleva escuchando bastantes años. Fue una de estas movidas naturales: de repente te encuentras con un chaval que te mola mucho lo que hace y ves que te sigue, incluso ves que tienes mensajes de él. Había reciprocidad previa. Con él tengo un lore bastante guapo porque su hermano es físico de partículas, Hoke le puso mi música, le gustaba, no sé qué... A mí me mola mucho lo que hace, tenía el boceto de “Gluones” con Merca Bae desde hace tiempo y al desarrollar todo el tema de los gluones, a través del término de la física, me vino su hermano a la mente y me imaginé a Hoke en este tema y dije: “Guau, qué interesante”, porque él al final viene de un perfil muy rap, su público le asocia a ese contexto mucho más rapero y a mí me parecía supersugerente poder meterle en un ritmo así, más tirando al reguetón, aunque al final es una raperada igualmente. Se lo propuse y se vio dentro desde el principio, le gustó mucho. Creo que quedó como una colaboración supernatural y a la vez en un punto medio entre él y yo que creo que es bastante interesante. Y el beat es que es la bomba, funciona superguay en cualquier club o en cualquier lugar.
En el disco hay otro título que remite a Tarkovski, “Solaris”, pero aquí la cita, el guiño y el recuerdo son para Aviador Dro. ¿Fueron también stalkers para ti?
Total, total. Son de estos también que podría nombrar por admiración, por discurso, por estética. Fueron como stalkers a muchos niveles y los admiro mucho. Cuando descubrí “Nuclear sí” me dieron la vuelta a la cabeza. Y me mola porque también forman parte de una época como la movida madrileña pero eran completos outsiders. Ellos siguieron luego con sus principios, con su marco estético inamovible, desarrollando sus personajes, y me parece gente muy interesante a la que puedes volver a estudiar. Y dentro de su contexto me parecían una rara avis superpotente.
Sin duda lo son, aunque no estén tan reivindicados, quizá.
Siempre se me queda un poco la cosa con ellos de que creo que no están nada reivindicados, la verdad, cuando les veo ahí una potencia y una originalidad brutal.
Sobre todo si contextualizas ese discurso en lo temporal y lo social…
Tengo el libro sobre ellos que sacaron en la editorial La Felguera (se refiere a “Anarquía científica: La fascinante revolución tecno del Aviador Dro”, escrito por Patricia Godes y publicado en 2019) y ves todos sus postulados. En plenos años ochenta decían: “Nosotros estamos a favor de las nucleares, a favor de la alteración genética, de los transgénicos…”. Pese al impacto inicial de esas declaraciones, veías todo el poso filosófico y tecnológico que tenían, y ya solo por ir a la contra es apreciable, pero si ibas desgranando lo que ofrecían… Me parece una propuesta superinteresante, muy válida y que no caduca.
Después de “Radioactividad”, la versión de Kraftwerk que grabaste en 2023, encontramos “-2º”, un tema que es un pliegue del álbum, una especie de bisagra interna. Es muy corto, te vas abriendo camino en modo spoken word, entre ruido y disonancias, y contiene una declaración de principios artísticos como “yo convertí ese boom bap en hard tech”, además de otra que parece más personal: “Yo también pasé de niño sin ortodoncia a adulto sin fe”.
“Radioactividad” era una idea que tenía desde hace años, es un tema que me dejó loco. Ya tenía en mente hacer “STALKER” y ha ido dilatándose en el tiempo más de lo que quería, pero esa canción entra mucho dentro de la película. Siempre había querido hacer algo así, menos mal que no lo hice antes porque habría quedado un poco forzado. Es un homenaje desde el mayor respeto que puede haber a la obra original. Y “-2º” es el último tema que entró, la letra me encantaba y quería darle como ese estatus casi de a capela o de spoken word. Lo grabamos dando mucha importancia a la voz, con varios micros, y le pasé las pistas a Luis Amoeba con la idea de que durante mi cacho hubiera una especie de ruido de electricidad o masa de fondo que fuera haciendo de colchón y que acabara con un drop de un beat guapo. Y creo que hizo un trabajo increíble a nivel de diseño sonoro, porque se va glitcheando todo y voy peleando con el bajo, emergiendo; me parece que ahí quedó una movida superpersonal y bonita. Y luego el beat que entra es increíble y te deja con ganas de que vuelva a aparecer, pero lo cortamos y se queda como.... Hay 30 segundos de un ruido blanco que está paneado. Eso fue un error suyo a la hora de exportarlo, me lo mandó y se quedó ahí el ruido ese y le pedí dejarlo. Como iba antes de “La nana del tiempo”, que es una movida más metafísica y surrealista, me parece que era una puerta de acceso brutal, porque se queda ahí un rato con el ruido, dudas si está pasando algo, si tienes que pasar el tema o algo así. Cuando te quieres dar cuenta salta el otro tema. Te ha puesto en un set up muy guapo para el siguiente. A mí la verdad que me encanta. Luis le dio un toque increíble.
“La nana del tiempo” incluye música de Germán Díaz, de Rao Trío, que es paisano tuyo. Él hace unos años publicó un disco benéfico de canciones de cuna…
Sí, pero este es de otro que se llama “Música para manivelas”. Ese disco lo vi en directo en Laguna de Duero, que fue allí a tocarlo. Fui con mi colega Porre y ese tema que sampleamos, que es “Canción de cuna matemática”, a mí me dejó descolocadísimo. Es una movida como lo de Kraftwerk, algo que siempre había tenido ahí en mente. Un día fui al estudio con Harto y le dije: “Quiero que sampleemos este tema”. Le flipó y nos dio pie a hacer una movida que yo veo también como muy personal y distinta. Es el típico tema que, no sé, veo que vibra como en una movida muy concreta que no te asocia a nada, es muy personal. Quería hacer algo mucho más llevadero, una letra más sencilla, un ritmo así más tal… y al final acabó con una letra más poética, surrealista, muy poco concreta, con la música increíble, ese bombo que entra pero nunca acaba de explotar. Me hizo mucha ilusión samplear a Germán Díaz. Le escribí, le mandé el tema a ver qué le parecía, siempre un poco desde el respeto y la admiración. Y le encantó a dónde lo llevamos. Son músicos tradicionales que no sabes hasta qué punto van a empatizar con el concepto de sampling. Y el tío superabierto y encantado. Y yo encantado de que nos dejara, porque la canción original es de mis favoritas del mundo.
“Fujiko Nakaya” encaja muy bien conceptualmente en el álbum por el trabajo que ha hecho ella utilizando la niebla como material escultórico.
Sí, fue de estas cosas que te encuentras a veces, o que rencuentras, porque conocía su obra pero sin ser consciente de ella, de su persona o de su nombre. Al currar con Louis Amoeba en el estudio, el sinte inicial me evocaba mucho ese concepto de invierno que al final acabó llevándome a la niebla, que ya estaba como hilo narrativo en todo el disco. Empecé a trabajar la letra con Louis Amoeba, está lo de “solo es real la niebla”, que es una referencia a un poema de Octavio Paz que también fue un poco punto de partida. Con el tema ya hecho me volví a encontrar con la obra de Fujiko Nakaya; ya había visto algo en el Guggenheim, pero era de estos nombres que lees como millones en un museo y que no te percatas. Y me pareció un name dropping brutal el hacer referencia a ella y a su trabajo y a la narrativa detrás de su trabajo. Veía que se acoplaba mucho al concepto que estaba desarrollando en el álbum, ese rollo suyo de esculturas que van mutando, de que no todas las personas ven la misma escultura, de que la escultura no es la misma en el tiempo. Se trataba de llevar eso al plano de la música y de las letras por lo que te decía antes: cada persona saca una interpretación o una segunda lectura de lo que hago y me parecía interesante ese concepto de niebla para las letras. Tú de primeras no ves nada, hay gente que se acerca a mi obra y ve un ovillo de palabras que tampoco acaba de descifrar del todo, conceptos que voy soltando. Estás pensando en una frase y ya ha venido otra que te ha descolocado. Desde fuera puede dar esa sensación y, una vez que te metes, empiezas a ver el metro que tienes por delante y el metro que hay por detrás. Todo este conjunto de imágenes mentales me sugerían una narrativa guapa para referenciar el propio nombre de este artista.
Asumes que de entrada tu trabajo no es fácil de asimilar, pero eso no te ha disuadido de que siga siendo así. Tienes que escucharlo varias veces para ir desentrañando todas las referencias, los guiños, todas estas cosas que están ahí por debajo. Pones al oyente en el brete de dedicar tiempo y cierto cariño a las escuchas, cuando no es algo que se estile demasiado en esos tiempos.
Es delegar un poco de responsabilidad en el oyente como a mí me gusta cuando han delegado responsabilidad en mí a la hora de escuchar un disco. Que se me exija a mí también algo. O a la hora de ver una película, que Tarkovski es muy buen ejemplo para eso, porque exige atención, exige poner algo de tu parte. Luego hay un arte más de entretenimiento que me parece también muy legítimo y que también me encanta consumir, en el que simplemente te apetece poner un piloto automático y que te lleven a dar un paseo.
Bueno, el disco se disfruta mucho, no quiero decir que sea un ladrillo.
Claro, yo tampoco voy a ese rollo de que te exija que el disco te consuma, pero sí que requiera ese mínimo de atención o de apertura. Es algo que tampoco es que me haya forzado mucho a hacer. Como siempre me ha gustado escuchar productos a los que puedo volver y que puedo desentrañar, supongo que inconscientemente he ido haciendo eso. Pero es curioso, porque quizá este disco es el mayor exponente de eso mismo y a la vez ha llegado a un punto en el que es más aperturista. Gente de fuera está más interesada en este disco que lo que pueda estar en “Neovalladolor”. Está esa fricción de los dos mundos. Es mi artesanía llevada a un siguiente nivel aunque manteniendo el estatement que ya tenía, pero a la gente le está resultando más atractivo. Vivimos una época en la que más que nunca se subestima al que está al otro lado. Con las playlists, con el “Novedades viernes” o con lo que sea, ¿sabes? Todo parte del mismo patrón y se repiten patrones para que la movida pueda seguir funcionando, pero tengo demostrado que luego hay gente fuera de esa dinámica que se acerca a mi movida y dice “hostias, yo no había llegado a esto pero me interesa”. De eso me percaté por ejemplo en “Gluones” con alguna reacción de algún youtuber que me crucé por ahí, o peña que igual venía de escuchar lo más mainstream o la punta del iceberg, que es lo que escuchan todos los chavales, y se quedaban ahí como diciendo: “Hostia, esto está muy guapo”. En plan de “no estoy entendiendo nada, pero me está resultando muy enriquecedor”. Me mola eso porque creo que a veces no es porque la gente no quiera escucharlo, sino porque no llega a ello, porque realmente subestimamos a la gente, que claro que está interesada en cosas un poco más profundas, trascendentes y con dobles lecturas.
Veo que prefieres hablar de artesanía, de ser antes artesano que artista.
Sí, pero la verdad es que también me siento más cómodo casi con artista que con rapero. A veces dicen “el rapero” y se te queda raro porque, sí, claro que lo soy, es el idioma que utilizo, pero creo que manejo mucho los conceptos, las ideas, y pienso que artista también es eso: coger ideas y conceptos para materializarlos, da igual cuál sea la disciplina. ∎