Lily Allen, confesiones verdaderas. Foto: David Mars
Lily Allen, confesiones verdaderas. Foto: David Mars

Festival

Bilbao BBK Live, con margen de mejora

El agobiante calor y el mejorable cartel del vigésimo aniversario del festival han sido las claves de la presente edición del afianzado festival bilbaíno. La brillante puesta en escena de David Byrne y FKA twigs, la maquinaria pop de Belle And Sebastian y la audacia de distinto signo –solitaria la de Lilly Allen, apoteósico Dellafuente– junto con el hedonismo del club arbóreo Basoa han recordado por qué merece la pena subir cada verano al monte Kobetas. Un trasnochado Robbie Williams, la tediosa propuesta de algunos artistas fuera de lugar y el amateurismo de otros han sido las sombras que será necesario minimizar en futuras ediciones.

Cuando tras el apoteósico concierto de Pulp del año pasado se comentaba qué nos tendría reservado la organización para celebrar el vigésimo aniversario de Bilbao BBK Live, se generó una gran expectación entre su público. Cierto aire de decepción siguió al anuncio definitivo, sin cabezas de cartel tan rotundos como en otras ediciones y con una letra mediana más irregular que de costumbre. Un pequeño bajón en las cifras –112.500 asistentes frente a los 115.000 de 2025 o los 120.000 de 2023– y, sobre todo, una menor afluencia de público internacional así lo corroboran. El calor tremendo durante las tres jornadas tampoco ha contribuido a mejorar las sensaciones. La sombra de los árboles del Basoa, ese singular club de baile al aire libre, ha ayudado a soportar el bochorno y el tedio de algunos momentos.

El jueves cumplieron los dos grandes reclamos: David Byrne con una excelente puesta en escena similar a la de su anterior visita en 2018 basada en la pegada de los temas de su antigua banda, Talking Heads; y FKA twigs y las impactantes coreografías y sonido de su frenético show. También gustó el shoegaze con marchamo electrónico de los alemanes Apparat. Los tres bolos llegaron por la noche para poner un buen broche a una anodina tarde, con algún momento digno de acartonada gala televisiva de otros tiempos.

Belle And Sebastian, banda veterana del indie pop, celebrando el trigésimo aniversario de sus dos primeros LPs, acudieron al rescate del viernes con su encanto. También fueron notables la electrónica vintage de los belgas Soulwax, la implacable sesión de baile de Richie Hawtin, con bajos sobre los que se podía caminar, y la frescura de Yerai Cortés y sus seis coristas flamencas. Sin embargo, la estrella mainstream del festival, el británico Robbie Williams, ofreció un concierto más propio de un casino para zombis en Las Vegas. También sonó destensado el otrora vibrante soul de Alabama Shakes.

En la última jornada, tanto Lilly Allen como Dellafuente demostraron que, como estrellas de la última década, poseen la brillantez y la audacia escénica necesaria para brillar en un escenario grande. La británica, a solas, con una elegante lección de pop en primera persona, y el granadino con una gran banda de aires latinos que inyectaron músculo y grandeur cinematográfica a la melancólica rumba urbana de su puño y letra. IDLES, que ya casi son de la casa, siguen conservando la tensión.

Las sorpresas de Alcalá Norte, Barry B, Arde Bogotá o Hofe, Kiliki y Merina Gris no cambiaron el estado de ánimo del festival, que el año que viene debería ponerse las pilas y dar un golpe en la mesa si no quieren perder lo afianzado tras tantos años en su emblemático entorno, dada la fiera competencia del fin de semana, con otros festivales de gran formato también en marcha. Pepe Nave

Jueves, 9 de julio

Entraba tibia y tranquila la tarde en la carpa Johnny Walker con Folk Bitch Trio, un joven triunvirato femenino –una rubia, una morena y una pelirroja– venido de Melbourne que, sin otro acompañamiento que sus guitarras –acústica templada y eléctrica brumosa– y sus armonías vocales, combinaban la amabilidad lírica de melodías limpias con letras incisivas sobre lo complejo de las relaciones y nuestra propia vulnerabilidad. A veces había que afinar el oído, colocados en las primeras filas, frente al eco que llegaba del escenario Basoa, para no perder detalle de canciones tan bonitas y hasta profundas como “Foreign Bird” o “Moth song” del álbum que publicaron hace justo un año.

Folk Bitch Trio: incisivas. Foto: David Mars
Folk Bitch Trio: incisivas. Foto: David Mars
Otro cantar fue lo de Paris Paloma en el escenario San Miguel. Descalza y con un largo vestido negro de terciopelo con aperturas por los costados, la londinense nos aburrió de principio a fin. Tras dudar de la IA, su música no difiere demasiado de la insulsez creativa de la misma, ese pop de vocación comercial y un tanto eufórico que te persigue tantas veces si no pones remedio. Hubo firmeza, voluntad y movimiento en su set, pero sus canciones no van a ningún lado, si acaso a pretender acercarse a Florence + The Machine, a quien a veces ha teloneado y que no es precisamente un destino que uno destacaría.

Paris Paloma: algo aburrido. Foto: David Mars
Paris Paloma: algo aburrido. Foto: David Mars
A la maliense Fatoumata Diawara, a quien siempre recordaremos por aquel simpatiquísimo vídeo junto a Damon Albarn y su paseo en barca, le tocó competir un buen rato con una deslumbrante FKA twigs. Aun así llenó el escenario Repsol con un público algo más maduro. Arrancó cálida y quieta, amarrada a su guitarra y con un espectacular tul verde para rematar su tocado rosa fucsia. Acompañada de tres músicos blancos –guitarra, bajo, teclados– y un percusionista negro, se centró en su reciente álbum “Massa” (2026), para soltarse definitivamente en la segunda parte del concierto con ritmos coloridos y bailables, a los que tan bien acompaña su timbre dulce y emocionante. Casi al final puso a todo el mundo a mover el cuerpo –ella la primera– con un largo medley donde intercaló “Higher Ground” de Stevie Wonder y “No Woman, No Cry” de Bob Marley.

Fatoumata Diawara: Mali tiene poder. Foto: David Mars
Fatoumata Diawara: Mali tiene poder. Foto: David Mars

A ese mismo escenario, y tras David Byrne (lean la crónica del festival Cruïlla para saber de su espléndido concierto), se subió el alemán Sascha Ring, conocido como Apparat, en formato quinteto, todos de negro impoluto. ¿Cómo neutralizar el subidón rítmico y teatral de Byrne? Pues con el trance experimental de este gigante, andará por los dos metros, que también lo es en su faceta musical. Al margen de la electrónica selecta de Moderat, Apparat lleva construyendo una inmensa carrera en solitario en todo lo que va de siglo para ahora proponer un concierto orgánico, basado en su álbum “A Hum Of Maybe” (2026). Hay (sutiles) bases electrónicas, pero el mayor peso lo llevan las dos guitarras y su búsqueda continua de nuevas texturas, afinaciones y misterios. Súmese a todo ello la concentración absoluta (germánica) de cada uno de los instrumentistas, que también se reparten trombón con sordina, mandolina, contrabajo, violín o percusión. El resultado, no muy lejano de sus compatriotas The Notwist, puede que beba de Thom Yorke, sobre todo su manera de cantar en cortos interludios, e incluso de David Sylvian, pero todo lo que allí sucede es tan extraordinario como subjetivo y sorprendente. Pasaban las dos y media de la madrugada. Buen momento para que en tu mente se establezca una dura pugna entre la laxitud y el éxtasis. Javier Corral “Jerry”

Sascha Ring al aparato. Foto: Ainhoa Laucirica
Sascha Ring al aparato. Foto: Ainhoa Laucirica
A la donostiarra Sara Zozaya le tocó la ingrata tarea de abrir el San Miguel, uno de los escenarios grandes, con un imponente sol y ninguna sombra salvo la de la propia estructura escénica en las primeras filas. Elegante, de blanco, rodeada por varios televisores en blanco y contando únicamente con su órgano Nord, intensificó el lado vaporoso, casi ambient, de su reciente repertorio. Canciones que piden nocturnidad e intimidad como “Gaua”, o el cierre con la preciosa “Blu”, fueron un oasis para los valientes fieles.

Sara Zozaya: vaporosa. Foto: David Mars
Sara Zozaya: vaporosa. Foto: David Mars
La joven banda australiana Radio Free Alice debutó en nuestro país desde el escenario Nagusia con un indie rock melódico que no se mira tanto en la estirpe aussie, salvo algún deje vocal, como en artistas de nuestro hemisferio como The Smiths o The Drums. Uno de sus temas más instantáneos, “Look What You’ve Done”, es como acometer el “Razzmatazz” de Pulp en modo The Strokes. La sombra de los neoyorquinos se nota incluso más en “Waste Of Space” y les otorga un filtro demasiado pulcro a su rock emocional. Les falta tocar hueso, vaya.

Radio Free Alice: estreno indie rock. Foto: David Mars
Radio Free Alice: estreno indie rock. Foto: David Mars
La artista afroamericana Hemlocke Springs, una de las recientes sensaciones del pop yanqui, abarrotó el espacio Johnnie Walker. Si en “the apple tree under the sea” (2026) defiende un electropop con barniz moderno, en directo se presenta con una batería y una teclista y un sonido lo-fi que revela su raíz ochentera. Algunos temas como “w-w-w-w-w” o “girlfriend” son contagiosos, así como su entusiasmo, pero ese timbre agudo cercano al de Cyndi Lauper y el barullo sónico con coros enlatados y samples a todo volumen exigen demasiada indulgencia.

 Hemlocke Springs: entusiasmo. Foto: David Mars
Hemlocke Springs: entusiasmo. Foto: David Mars

En el escenario Nagusia, FKA twigs presentó un show basado en la euforia bailable de su hedonista “EUSEXUA” (2025). Un sonido contundente, algo más sucio que el de sus álbumes, sirvió de soporte para las ininterrumpidas coreografías de un nutrido grupo de bailarines con escasa ropa y esculturales cuerpos liderado por la propia diva, que entre numerosos cambios de vestuario se atrevió con el pole dance, acrobacias colgada de cadenas y los típicos bailes en grupo con carga sexual. El espectáculo no da un segundo de respiro y todo parece estudiado al milímetro. En lo musical, sonido pregrabado con el refuerzo de un percusionista y un DJ para el desenfreno de “HARD”, “Room Of Fools” o “Love Crimes”. Desde el lado profesional, todo impecable; desde el lado emocional, algo frío excepto en los recuerdos a su anterior material, como en la elegante sensibilidad de “Two Weeks” de “LP1” (2014) o la belleza íntima de “Cellophane” de “MAGDALENE” (2019). Pepe Nave

Belleza íntima: FKA twigs. Foto: Sergio Albert
Belleza íntima: FKA twigs. Foto: Sergio Albert

Viernes, 10 de julio

De entrada, Westside Cowboy atiende a las premisas de la letra pequeña de una edición tan variopinta como esta, la de grupo promesa a descubrir por el (escaso) sector rockero dentro de un público más variopinto aún. El joven cuarteto de Mánchester, alineado con dos guitarristas a los lados, la bajista en el centro y el batería al fondo, a priori no se sale ni un pelo del estándar de un rock nervioso y acelerado de remite noventero, ese que anima a mover la cabeza, hasta que a veces intentan combinarlo con cierto poso de country americano, algo que han definido con un juego de palabras: britainicana. Teloneros de Geese en su gira europea, a punto de publicar su primer álbum tras varios EPs y adelantos, como el “Kick Stones (The Boys)” que les sirve de apertura, es con “In The Morning” cuando dejan caer ostensiblemente ese cariz folk. Los cuatro juntos en semicírculo en el escenario Johnnie Walker, casi a capela, enfilan así la parte final de un concierto que no llegó a los cuarenta minutos. Antes brillaron en los intercambios vocales y en algunos desenlaces explosivos todos-a-una.

Westside Cowboy: Mánchester campestre. Foto: David Mars
Westside Cowboy: Mánchester campestre. Foto: David Mars
Partíamos con altas expectativas de cara a esta segunda existencia de Alabama Shakes, una de las bandas más resueltas, fiables y creativas en esto de hacer revivir nobles géneros sureños. Ver en el escenario Nagusia a tres coristas y seis músicos con dos teclistas más la rotunda presencia en primer plano de la gran Brittany Howard, ataviada con una holgada túnica color crema, aumentaba la excitación. Sin embargo, la cosa se vino abajo pronto por una sonorización equivocada, que potenciaba un volumen exagerado, en especial de los graves, en sacrificio de algo absolutamente imprescindible en su particularidad: el matiz. Si por algo se distinguen Alabama Shakes es por su tendencia a la envoltura cálida, a un rizo templado que ensambla el carácter retro de soul-rock y una extensión de exploración sonora (algo que Brittany amplió en su interesante salida en solitario). Una pena, pero costaba seguir esas brillantes canciones que compusieron sus dos primeros álbumes, que poco a poco iban intercalando, sin acordarse del original enlatado. Y no fue porque no buscáramos el espacio perfecto, pero ni en las primeras filas, ni en las del medio, ni siquiera al lado de la mesa de sonido. Pasado el ecuador llegó “Another Life”, una de las canciones que anuncia su tercer álbum, “I Must Be Dreaming”, para este agosto, pero el problema seguía ahí.

Alabama Shakes: contratiempos para Brittany Howard. Foto: David Mars
Alabama Shakes: contratiempos para Brittany Howard. Foto: David Mars

¿Hemos tenido alguna vez simpatía por Robbie Williams y su música? Pues no. Aun así, estábamos en el escenario Nagusia, predispuestos a recoger las migajas que el entertainer inglés –imparcial él, dice ser el mejor del mundo– nos pudiera regalar. Pero solo recibimos tópicos y una bofetada de brocha gorda tras otra. Viste fatal, habla demasiado, grita, pide la interacción con nula delicadeza, abusa de las versiones, el show chusco y el confeti, cuando rockea no pasa de lo tópico, cuando se pone tierno le puede la vena sensiblera… Y se pone pesado con el fútbol (su concierto coincide con el desenlace del España-Bélgica), el Mundial y Lamine Yamal (hasta se coloca la camiseta de la Roja, que desde luego parece su color favorito, en tono chillón, claro). Tampoco el público le siguió con ese fervor reservado a las estrellas y si reapareció para el bis fue más por voluntad propia. Pulp, Arctic Monkeys, Massive Attack… sin querer nos venían a la mente recientes cabezas de cartel que en ese mismo gran escenario habíamos disfrutado, y no este tipo tosco que se carga torticeramente “New York, New York” o (dedicada a su padre) “My Way” (¡si Sinatra y Vicious levantaran la cabeza...!) y que presenta a la banda con introducciones de “Personal Jesus” (Depeche Mode), “Another One Bites The Dust” (Queen), “Hey Jude” (The Beatles)… a modo de redundante karaoke. Lo más salvable llegó precisamente en la propina con “Feel”, quizá su mejor canción”. Y con “Angels”, un agradable remedo de Elton John con el que se despidió acompañado de su hija adolescente (vete-tú-a-saber-por-qué). De “Britpop” (2026), el álbum que se supone propicia la gira, solo rescata “Rocket” y “Pretty Face”, esas en las que ansía ser Oasis. Pero tampoco. Javier Corral “Jerry”

Robbie Williams, todo por el show. Foto: David Mars
Robbie Williams, todo por el show. Foto: David Mars

Escuchando un minuto a Thee Sacred Souls en el escenario Repsol se entiende por qué han grabado con el sello Daptone, casa del soul retro bien hecho. La banda de San Diego suena como los ángeles, con densidad y matices, sobresaliendo la dulce voz de Josh Lane, con timbre parecido al de Curtis Mayfield. Si en “Will I See You Again?” su soul se acerca al lovers rock jamaicano, en “Live For You” danza al ritmo del “What’s Going On?” de Marvin Gaye. ¿Déjà vu? Todo el del mundo, pero con esa exquisitez no hay peros que valgan.

En el trigésimo aniversario de sus dos primeros álbumes, “Tigermilk” y “If You’re Feeling Sinister”, Belle And Sebastian han estado tocando su contenido íntegro en días alternos. En su primer festival del año, se decidieron por un repertorio de hits, con espacio para los citados LPs como “The State That I’m In” del primero o “Me And The Major” del segundo. Su apabullante selección de dianas pop sonó tan bien como siempre. El ritual de “The Boy With The Arab Strap”, con más de treinta fans bailando sobre el escenario San Miguel, se hizo un poco largo para los que lo hemos visto unas cuantas veces, pero el cierre con “Sleep The Clock Around” nos puso en nuestro sitio.

Belle And Sebastian y Stuart Murdoch: celebración. Foto: David Mars
Belle And Sebastian y Stuart Murdoch: celebración. Foto: David Mars
El Chemical Brother Tom Rowlands y la cantante noruega Aurora Aksnes no sudaron para poner a su grupo juntos el nombre de Tomora. El sonido ácido y contundente de “Ring The Alarm” avisa a todos de quién está a los mandos. La sorpresa es que en el escenario San Miguel al lado de Aurora luce, como una gemela perversa, la cantante Amelie Holt Kleive durante todo el set, basado en su debut de este año “Come Closer”. “Somewhere Else” es un rompe pistas instantáneo, otras como “The Thing” exploran el lado psicodélico de los “hermanos”. Si cierras fuerte los ojos creerás estar en 1996.

Tomora: pop químico. Foto: David Mars
Tomora: pop químico. Foto: David Mars

Si alguien pensaba que el bolo de Soulwax sería otra puerta a los clubes del final del siglo XX, los hermanos Dewaele –que también están en el festival como 2ManyDjs– taparon bocas mostrando una mayor amplitud de registro. Desde el origen, donde Kraftwerk, el post-punk y el EBM de compatriotas belgas como Front 242 se cruzaban en las míticas discotecas de la ruta valenciana, recogieron las migas del camino que siguió James Murphy y sus LCD Soundsystem. Un set impactante sobre el escenario Nagusia, con tres baterías sobre un andamio y dos teclistas acompañando a los Dewaele, en el centro con dos vetustos sintetizadores. Stephen puso aplomo en los temas vocales como “Run Free” o su reciente single “Perfect We Are Not”, que evidencia que lo siguen teniendo. Pepe Nave

Soulwax: los hermanos Dewaele lo siguen teniendo. Foto: David Mars
Soulwax: los hermanos Dewaele lo siguen teniendo. Foto: David Mars

Sábado, 11 de julio

Resulta que Miguelito Garcia, es decir Dandy Piranha de Derby Motoreta’s Burrito Kachimba, tiene otro grupo al que hace llamar Cervatana, estrenado pocos meses atrás con un disco conceptual, según dicen un wéstern distópico y circular que une el final con el principio y donde el amor, como último refugio, lo salva todo. En directo se acompaña de otros tres músicos, uno de ellos también procede de los Motoreta, más cuatro bailarinas vestidas de negro y con la cara pintada. Su directo de siete a ocho de la tarde en la carpa Johnnie Walker fue una invitación al desenfreno por el poderío de una electrónica efectista y machacona en contraste con su deje aflamencado o algunos interludios atmosféricos. Y el público, totalmente enfervorizado, no para de brincar y corear estribillos quedones tipo “Voy huyendo de la bomba pero soy el detonador” como si no hubiera un mañana, mientras Miguelito, brazos en cruz, gritaba “Bilbaooo”, para despedirse con un “Palestina libre”. Debe ser consecuencia de eso que llaman “tardeo”, y que tendría después una continuación cuasi nocturna con el dúo italiano Mind Enterprises. El problema es que ahora son cerca de las diez y la carpa se ha abarrotado hasta varios metros por fuera y es imposible acercarse. A lo lejos divisamos a los dos DJs pinchando italo disco y electrónica europea de los ochenta y noventa. Y la gente baila feliz de la vida.

Cervatana: piraña efectiva. Foto: David Mars
Cervatana: piraña efectiva. Foto: David Mars
Con IDLES llegaron por fin el rock, las guitarras afiladas y ese enfado asociado al punk o a su deriva más fiel de cierto post-punk casi metalizado. Joe Talbot escupe. Es su destino. Cuando no son escupitajos, es rabia, letras sociales, gritos antifascistas o dedicatorias a su madre. También cojea un poco, pero no tanto como Iggy Pop, y domina cada acto, entre saltos, golpes en el pecho o la reivindicación a Interpol, que habían tocado poco antes. El grupo ha crecido –por aquí han aparecido ya varias veces, incluso en este mismo festival– y se les ve cómodos en el escenario principal, que les da para desenvolverse a placer. Y aunque su naturaleza los lleva a la tempestad sonora y el frenesí, también saben apaciguarse u oscurecerse en distorsiones enrevesadas, incluso con cierto peso taciturno. Pero donde culminan y animan al pogo, esa agitación que ha vuelto para quedarse, es en un pletórico final que enlaza “Danny Nedelko” (homenaje al líder de Heavy Lungs), “Dancer” y “Rottweiler”. Ahí la pegada no deja dudas. Tampoco el mensaje: “Free Palestine”.

IDLES: Joe Talbot, valor seguro. Foto: David Mars
IDLES: Joe Talbot, valor seguro. Foto: David Mars
Si con algo juega este festival es con el contraste. Hasta el punto que la última sorpresa nocturna nos iba a llevar a un concierto que, sin ser exactamente eso, vamos a retener como uno de los más memorables y enamorables de la historia. Porque lo de Lily Allen y la representación en tres actos y alrededor de una hora de “West End Girl”, publicado el pasado octubre, es eso, una representación músico-teatral –ella es hija de un comediante, Keith Allen, para empezar– donde completamente sola y con música pregrabada desvalija los detalles de su dolorosa separación de David Harbour, el protagonista de “Stranger Things”. Mientras en la pantalla del escenario San Miguel aparece la traducción de los explícitos textos, asistimos a su descarnado monólogo, con cortina de verde aterciopelado de fondo. A la vez nos revela los recibos de los regalos que su ex compró para sus amantes, sus conversaciones telefónicas, los juguetes sexuales que escondía debajo de la cama... Otras veces vapea o se acerca al frigorífico para beber de una botella o meterse un Valium. Joder, ahora entiendo que sus fans se pongan gorras con la leyenda “Who is Madeline?” en alusión a una historia de desgarro emocional que ella resuelve con la elegancia y picardía de una Audrey Hepburn, de una Lana Del Rey, de una Dusty Springfield, de una Françoise Hardy, de un eterno femenino como fuerza redentora. La envoltura musical enlaza un pop clasicista y barroco con texturas de dream pop, trip hop, R&B o electrónica sutil. La exquisitez a veces brota de la ciénaga de la traición y por supuesto la libre autoficción del arte. Javier Corral “Jerry”

La venganza de Lily Allen. Foto: David Mars
La venganza de Lily Allen. Foto: David Mars
La murciana AMORE parece confiar tanto en el poder seductor de las canciones de su único álbum, “Top Hits, Ballads, etc…” (2025), que las presenta con austeridad y desparpajo sobre las tablas del escenario Repsol. Acompañada por tres bailarinas de movimientos minimalistas, vestida de calle, cantó sobre música pregrabada lanzada desde la mesa de sonido. Temas con el gancho pop de “Delirio” hacen pensar en un disco de Linda Mirada con el sello rusia-idk. “Sobre tu ventana”, el single a medias con rebe, abre otras vías. Sugerente performance.

El desparpajo de AMORE. Foto: David Mars
El desparpajo de AMORE. Foto: David Mars
Con más músculo de directo, Queralt Lahoz exhibió varios palos con sabor del sur en su repertorio. Recogiendo las enseñanzas de Mala Rodríguez en “Con poco”, con los coros de sus tres músicos aportando poderío, o llevando al rock andaluz su versión de “Tu mirá” de Lole y Manuel. En vivo, así se comprobó en el escenario Repsol, sus temas suenan más funky que hip hop, sin el barniz de actualidad de sus discos “Pureza” (2021) y “9:30 PM” (2025), bordeando –o no, según gustos– los peligros de la fusión como cliché. En “QL” ella zanja debates con su “seguramente no sería Queralt Lahoz”.

Queralt Lahoz. soy mestiza. Foto: David Mars
Queralt Lahoz. soy mestiza. Foto: David Mars
Con el mismo entusiasmo y amateurismo que mostró el jueves Hemlocke Springs en el mismo escenario, el Johnnie Walker, Bb trickz defendió su pop colorido y deslenguado. También compartió un sonido embarullado, seguramente acentuado por la mejorable sonorización de la carpa. Los tres DJs tras la mesa le lanzaban las pistas y ella como una Betty Boo del siglo XXI correteaba arriba y abajo, cantando en directo y jaleando al público. No faltaron hits como “Súper” o su colaboración con Depresión Sonora –con Markusiano enlatado– en “Todo da igual”. Por el momento eso parece.

Bb trickz: lengua floja. Foto: David Mars
Bb trickz: lengua floja. Foto: David Mars

En las antípodas de lo anterior se situó el concierto en el escenario Nagusia de Dellafuente, con un montaje escénico que retrasó el concierto 25 minutos y más de veinte músicos sobre las tablas, dispuestos en varios escalones cual latina big band. En el centro, Dellafuente, que no cambió su outfit Decathlon, y una serie de amigos ante una mesa con cinta transportadora sobre la que pasaban bandejas de viandas, marisco o uvas que iban picoteando mientras el líder de la función cantaba. En pantalla se veía la comida desde arriba con el título “El banquete”, un guiño-guiño a la sobremesa de C. Tangana. La otra referencia, obviamente, es el último Bad Bunny y su sonido Fania a lo grande, que el granadino se apropió para vestir con lustrosos ropajes coreados éxitos como “Romero Santo”, “Ayer”, “Bailaora” o el cierre con “Muchas caricias – Fin de fiestas”. Melancolía de barrio en Cinemascope. Pepe Nave

Dellafuente: banquete latino. Foto: David Mars
Dellafuente: banquete latino. Foto: David Mars
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