Después de la profunda indefinición de la pasada edición, Mad Cool enfrentaba su décimo aniversario con una propuesta artística que, al menos sobre el papel, parecía estructurarse en torno a tres líneas claras: el rock –clásico, exitoso, radiofónico; a veces muy bueno, pero no son ni la calidad ni el riesgo los criterios principales de este festival–, las divas pop y los que están en el medio, aquellos con más o menos tolerancia ravera. En la práctica, sin embargo, Mad Cool 2026 se ha revelado más como un no-festival, una cita cada vez más pensada en torno a la capacidad de arrastre que generan uno o dos conciertos por día en el escenario principal más que en poder disfrutar de un estilo u otro o de algún tipo de variedad: elige tu batalla (cena) y considera lo demás accesorio. Es la única forma de hacer que este sarao resulte al menos algo satisfactorio.
Esta idea queda reforzada con la polémica decisión de prescindir del escenario 2 para ampliar el merendero, porque cenar, aquí, también es el escenario principal: el resultado final le da la razón a Mad Cool porque en toda la edición tan solo el concierto de Zara Larsson en el escenario Orange se desbordó, pero también es peligroso, pues no hace sino concentrar aún más el foco en torno a los grupos principales, que además a día de hoy ya no son los cabezas de cartel, sino simplemente los que tengan la suerte de caer en el Region Of Madrid. La eliminación de un segundo escenario que funcione en alternancia con el principal ha provocado que este año se solapen varios reclamos principales por completo. Pero es que además la situación de ambos provoca que además se solape el sonido, cuando no está además infiltrándose el sonido que se escapa del escenario Loop.
El escenario Orange es, en estas circunstancias, casi impracticable, muy a menudo un desperdicio en todos los sentidos. Y esto es un problema que hay que revisar: con Zara Larsson fue flagrante a nivel de capacidad y por lo tanto también de sonido; los conciertos de Moby o David Byrne sucedieron mientras Foo Fighters y Pulp (al mismo tamaño de letra en el póster) disparaban con el doble de potencia; y en Interpol era imposible librarse de la sombra energética de los Twenty One Pilots incluso en pleno meollo del asunto.
¿Por qué Mad Cool, ante este panorama, no decide adoptar el formato de un All Points East o del viejo Super Bock Super Rock, más centrados en las actuaciones de un gran escenario principal? Más cuando la presión de los vecinos y de la Comunidad de Madrid limita tanto temporalmente la celebración del festival por arriba mientras las condiciones climáticas extremas de pleno julio en Madrid lo hacen por abajo, acortando profundamente las horas hábiles del festival. Si el Mad Cool continúa sobreviviendo y sigue vendiendo entradas (57.000 asistentes, sold out, el miércoles y el jueves; 53.000 el viernes y 48.000 el sábado) es precisamente por su capacidad para ofrecer estos grandes conciertos, con un buen sonido, en un buen recinto –con poco romanticismo, eso sí– y con un buen plan de movilidad para volver a casa sobre todo si uno vive o se aloja en el centro-sur de Madrid. Y vender algo más grande, que a día de hoy no puede abarcar (probablemente nunca lo haga), lo único que consigue es manchar la propuesta y la vivencia de los que asisten. Cuando Mad Cool entienda bien sus fortalezas, o incluso cuando mire al corazón de la ciudad de otra manera, quizá entonces pueda dejar de ser la experiencia agridulce que nos hemos acostumbrado a que sea. Diego Rubio
Hola, chavalitas y chavalitos: bastardillos musicofílicos con el paladar tan bien educado como para leer esto. El tito Galo os desea que gocéis de la pirotecnia literaria de estas crónicas porque: oh, sí, hermanos rockdeluxeros, damos la bienvenida, un año más, a este delirio guiriatractivo, supraexpectante, sacaleches (muchas veces de las malas: trenes para regresar a casa con horarios falseados y meadas en la cara de los asistentes) que es el festival Mad Cool. Del éxodo beodo previo a la llegada al recinto ya hemos dado la chapa otros años. Las norias, los concursos de tómbola gitana vestidos por el sartorial corporativismo. Nada nuevo bajo el sol (¡y qué sol, diablos!). Lo de los maderos con dispositivos aeronáuticos y canes husmeando braguetas para aumentar cuota sí es más nuevo. Vigilad, aspiracionales compañeros, cannábicos y metanfetamínicos camaradas, porque habitamos tierras hostiles.
Pero vayamos a lo que nos ocupa. Dogstar. Sería idiota negarlo. Tener a Keanu Reeves de bajista es una bendita maldición. Dogstar tiene ingredientes de sobra para ser una banda por derecho propio. Buen vocalista, buenos riffs, buen batera. Pero es el bajo... no, ¡el bajista! quien atrae. ¿Y por qué no, oye? Ver al prota de “Matrix” con su desaliñada magia tambalearse por el escenario Loop es toda una visión. Mientras el cantante roza el shoegaze con esa voz a lo Dave Grohl –para su desgracia, coincide con el concierto de Foo Fighters en una pequeña parte–, resulta que es Keanu el saltarín animador. Recorren con audacia su segundo disco, con el que se colocan muy por encima de la expectación derivada de su idolatrado miembro actoral. Suena limpio. Suenan wah-wahs. Suena a “sé lo que me hago, nena, soy un bastardo de los noventa”.
El escenario Loop, bajo carpa, era una sauna a las siete de la tarde. Jehnny Beth salió con su banda con el pelo en la cara (muy emo, muy dosmilero, muy poco práctico) y un sonido que dentro de la lona se hacía bola. Nos dio igual. La ex de Savages se bajó al foso ya en “High Resolution Sadness”, metió una versión de “Army Of Me” de Björk y remató “Push Ups” haciendo flexiones de verdad, subiendo fans al escenario a acompañarla. No era competición, pero de serlo ganaba ella: está más fuerte que el vinagre.
The Last Dinner Party parecen princesas Disney que hubieran empuñado una motosierra para acabar con todo. Con lazos rojos en los micros y plataformas por las que subir y bajar, la cantante se mueve como un hada y canta algo parecido a lírico mientras el grupo despacha su rock de sacristía. Sonaron sus greatest hits, hubo un dúo en francés, saxo en algún momento cercano al post-rock y flauta travesera en “The Scythe”, una de sus mejores baladas. Pocas bandas jóvenes sostienen a la vez lo ceremonioso y lo cachondo.
Se ve uno cogiendo la línea 3 del Metro de Madrid, a las cinco y pico de la tarde de un miércoles sofocante de julio, tote al hombro, un poco como el meme de CJ al principio de “GTA: San Andreas”: Oh, shit. Here we go again. ¿Por qué voy otra vez al Mad Cool, aparte de porque me paguen, si suelo decepcionarme, si tiene pocas propuestas que me interesen, si vive demasiado de una nostalgia rockopopera que a mí en general no me toca nada, si ha demostrado sobradamente tener muy poca capacidad para emocionarme como evento colectivo? Pues porque quiero ver a Moby, que no lo he visto nunca. Y ya que estamos, pues veo otra vez a The War On Drugs o un rato a The Last Dinner Party, a ver si ahora sí consigo conectar con ellas, que hasta ahora no ha habido manera. Supongo que en esto todos somos un poco iguales con el Mad Cool: no nos entusiasma demasiado pero siempre hay un grupo que nos hace confiar en que esta vez quizá sí merecerá la pena.
Antes de Moby, por aquello de contar lo que pasa, me acerco a ver a las mexicanas The Warning, power trio que abre el escenario Region Of Madrid al filo de las siete de la tarde y a temperaturas tórridas. Es un recuerdo en toda la frente de lo que es el Mad Cool: rokkk music de radiofórmula, con una ambición muy épica pero poco combativa, evidente filo pop coreable y referencias claras entre los primeros Muse y unos Metallica superficiales; por un momento se me había olvidado que esta noche rockeaban los Foo Fighters, pero ellas me lo recuerdan. También una idea que siempre ha rondado mi cabeza: ¿esto sí pero Taylor Swift no? Sometimes, I don’t get the rockist people.
Pero el plato fuerte de mi jornada era Moby, cerrando en su caso el escenario Orange mientras luchaba por colarse el sonido de Foo Fighters: “La última vez que coincidí con la banda de Dave Grohl fue en un concierto con Minor Threat en 1986”, recordó el neoyorquino, visiblemente comprometido con esta gira en la que está celebrando su repertorio más recordado y que le ha devuelto a nuestro país después de quince años de ausencia. La idea del concierto es interesante, y seguramente lo que piden los fans más acérrimos de la primera etapa más pistera de Moby. También es la mejor manera de acercar su carrera a los posibles nuevos adeptos o a las generaciones más jóvenes, desde los que lo conocieron por “Play” (1999) hasta los que quizá se han acercado a él por algún remix o colaboración reciente: ofrecer una especie de grandes éxitos con las grandes canciones de aquel disco, de “18” (2002) y de “Hotel” (2005), pero tratadas como si de los primeros sencillos de Moby (“Go”, “Next Is E” o “Feeling So Real”, que ocupó el momento del clímax) se tratara. Esto es: traduciendo el lenguaje downtempo que adoptó a partir de los dos mil a la Hi-NRG de sus inicios, prescindiendo de los ambientes o las elaboraciones tranceras para apostarlo todo al house de Nueva York y a la discoteca de los años noventa, pero con la composición “rockera” de sus últimas etapas, con banda completa, viola, violín y una cantante de góspel-soul. El resultado roza por momentos lo excesivo y lo hortera, pero lo cierto es que es una decisión salomónica que permite que la energía siempre se mantenga en posición ascendente y que canciones como “Find My Baby”, “Natural Blues”, “Lift Me Up” o la legendaria “Porcelain” encajen en una misma narrativa sonora. Está claro que Eminem no tenía ni puta idea de lo que decía con aquello de “Nobody listen to techno, Moby”; cuesta creer que el chaval se criara en Detroit. Diego Rubio
Buenas tardes/noches, queridísimos ketaminoadictos. Yung Prado, el más pezqueñín de los DJ patrios, tiene a bien animar el cotarro del escenario Loop de Iberdola. Cuerpos tozudos se mueven al son de los ritmos retro, maravilloso lugar común, del catalán. Entremés prematuro del cachondeíto matutino. Los hay bailongos. Juguetones. Estáticos. E incluso algún tío un poco cringoso. De esos rapados con chanclas y cara de cascarle a su madre. Pero todos oscilan complacidos, fraternales: la música amansa a las fieras. Hay incluso madres de mediana edad que se arriman a este que escribe a reconocer la magia del pincha. Palabras textuales: “Mis hijas lo queman. Ha venido a alegrar la vida de los que están aquí”. Pues nada, salud Prado. Let’s go, Gufi.
Es uno de los problemas principales que presenta el escenario Loop: que está entre un horno y un invernadero, y que no cuenta (como las carpas, cerradas) con ningún climatizador. Con Palms Trax, antes, pasó lo mismo: la sesión podía brillar sintetizando deep house, electro y techno primigenio, o deslizarse hacia terrenos y ritmos más rotos y progresivos; podía apoyarse en la ambiciosa propuesta visual del escenario, con láseres, visuales y apoyos lumínicos en el techo; o podía decantarse por sonidos más minimal… pero siempre necesitas salir, tomar el aire, desconectar.
Al menos fue todo mejor que The Blaze. Full productores y full formulísticos, su directo es impresionante por el apartado visual y por el concepto escénico, que acompaña la cualidad emocional y cinematográfica de sus temas, pero como DJs no valen nada, y su set parece más bien una forma barata de contratarles. Se limitan a poner sus temas, a grabar con el móvil… y poco más. Diego Rubio
Cuando salgo del Loop, el partido ya va empate a uno, Courtois se acaba de lesionar y no puedo evitar unirme a la sentada frente a la pantalla. Hay fe, contagiada por el dominio de la selección española pero también por el ambiente de hermanamiento en el festival; Kings Of Leon se toman su tiempo para salir al Region Of Madrid porque, como en el fútbol, muchas veces no hay necesidad alguna de precipitar las cosas. Entran al escenario principal con la atmosférica “Find Me”, pero rápidamente viran hacia el garage revivalista de sus primeros trabajos, con un sonido más crudo, y dejan claro que, en esta noche especial en la que España está a punto de clasificarse por segunda vez en la historia para jugar unas semis (la primera ya sabemos cuál fue), ellos están dispuestos no solo a reclamar la atención, sino a resarcirse por tantas actuaciones entre pobres y decepcionantes acometidas en el Mad Cool. Suenan potentes, brillantes y bien afinados, y acompañan la respiración del público y el ritmo final del partido, ya roto, con la garagera “Molly’s Chambers”. Minutos después, Cubarsí dispara desde fuera del área y Merino (siempre Merino, ese Merino histórico que ya ha definido dos eliminatorias con apenas siete minutos en el campo) recoge el rebote de las manos del portero y desata la locura. Un estruendoso grito inunda el Mad Cool, la familia Followill detiene el asedio para que la gente celebre, las copas vuelan por los aires. Me abrazan unos desconocidos. En solo diez minutos entre la locura, la tensión y la emoción, la victoria de España se anuncia en las pantallas del concierto y suenan los primeros acordes de “Use Somebody”. Unos, a mi lado, se abrazan y lloran, un poquito intensos. El final, con “Sex On Fire”, claro, fue la catarsis para ellos.
No como el de Interpol, que ya acostumbran a quedarse en una peligrosa medianía, en esa tibieza que no tiene pegas, pero que es incapaz de emocionar. Cerraron el escenario Orange –el jueves habían ofrecido un concierto “secreto” en la sala But de Madrid– en una encrucijada difícil, con el sonido monsterizado de Twenty One Pilots colándose por un frente y los bombos de Polo & Pan, desde el Loop, por el otro. Y aun así sacaron el arrojo suficiente para dar un buen concierto pese a esa inherente falta de ritmo tan suya. Ganas de que den hueco a las nuevas canciones, porque les sienta bien la urgencia que han impreso en ellas, pero de momento no tienen apenas peso en el show, que sigue pareciéndose bastante a lo que llevan haciendo desde la gira aniversario de “Turn On The Bright Lights” (2002), hace ya bastantes años. Diego Rubio
Y para darle el castañazo final a Mad Cool: Pulp en el Region Of Madrid. Ay, Jarvis, los años pasan por ti. Si te viera frente a un colegio, llamaría a los malos. Ahora, conservas la voz. Y la energía. Y la estética. Porque tú eres un figura haciendo eso. Los fetichistas del britpop te queremos, porque hay que quererte aunque parezcas un excéntrico habitante del sótano de su madre. Te lanzas cacahuetes como un adolescente mientras una lámpara de araña colgante impone la solemnidad en los visuales. Manejas así una pornografía de la atención. Pero no a malas. Me refiero al jugueteo de rojiza iluminación por el que te mueves. Te absorbe. Y verte desmoronado sobre las tablas con una interpretación de la ebriedad a la altura de este colega que escribe, encantador. Me fascina tu cariñoso gesto manual, como pidiendo que te deseemos. Y lo hacemos. Bailongo camarada. Amante de la escoliosis rítmica. Gracias, Jarvis. Sé que le cantas a la gente corriente. Pero, he aquí la verdad: todos somos especiales escuchándote. Galo Abrain
Después de dejar la misa negra de Nick Cave –otra más para la cuenta de este Mad Cool un poco ¿cultista?– en las calles de “Jubilee Street”, dress code compartido para entrar en el escenario Loop con su majestad Richie Hawtin. El alien del techno llegaba al festival de Madrid sin los corsés que le gusta ponerse en los últimos años, y se limitó a pinchar con marcialidad germánica lo que mejor sabe pinchar: minimal techno contundente y a la vez intergaláctico, un acid techno sideral que de repente se convierte en grasa de maquinarias industriales y que te envuelve en su siniestra pero reconfortante avalancha. ¡Oh, si el calor hubiera dado al menos una tregua! Cuando ha sido así, el Loop me ha dado algunos de los mejores momentos en este Mad Cool que siempre parece empeñado en poner palos a sus propias ruedas. Diego Rubio