La música en directo tiene algo infalible que puede alegrarte un domingo. Es una excusa, porque también puede hacerlo cualquier otro día de la semana. A eso le podemos sumar la novedad de ver por primera vez a un músico que te genera curiosidad y expectación, como en mi caso. Y añadimos que en los días previos al concierto, escuchando su discografía, me sorprenden sus pasos y cómo ha ido tejiendo su legado sonoro. El estímulo es aún mayor si sirve como antídoto para el día siguiente, el lunes, y más si este es el Blue Monday.
Venía preparado para la acción: había leído la excelente crítica de David Saavedra sobre “Uh Oh” (2025), y conocí algo más del artista y de la persona que hay detrás gracias a la entrevista que le hizo Ana Dara Peña Giraldo. Así que ya sabía que Watson se quedó sin voz y de ahí nació “Uh Oh” como un disco de duetos con formidables vocalistas. Cuando entré en el Teatro Eslava de Madrid y me ubiqué en el foso por delante de la mesa de sonido, estaba preparado para un viaje a un mundo por descubrir.
Sirvió de breve introducción, y de impulso inicial, el pequeño repertorio que nos sirvió La Force, nombre artístico de Ariel Engle, sin más acompañamiento que la guitarra para su voz, incluyendo una pintoresca y fallida versión –por sus pausas, errores y la ruptura del ritmo– del “Cucurrucucú paloma”, aunque enternece cuando comenta que su hija se llama Paloma. Lo siento, pero me quedo con las versiones de Caetano Veloso o Sílvia Pérez Cruz. La música crece cuando al final de su pequeño concierto La Force invita a los compañeros y músicos de Patrick Watson, Mishka Stein (bajo y guitarra) y Olivier Fairfield (batería, percusiones y guitarra), a tocar con ella y sale su vena soulera en “How Do You Love A Man”, y el punto trip hop de la canción que da título a su segundo álbum, “XO SKELETON+” (2024). Una propuesta sugerente que puede regalarnos muchas sorpresas futuras.
El universo de Patrick Watson está salpicado por la música instrumental o pensado para interactuar tanto con imágenes en bandas sonoras de películas como con el movimiento, ya que trabaja para bailarines y compañías. Y todo esto toma forma en su puesta en escena, que captura ese punto onírico el cual solicita un diseño de iluminación íntimo a la vez que sinuoso y, por momentos, catártico.
Abrió el concierto “Gordon In The Willows”, una canción en la que el teclado transita leve, como heredero de la onda impresionista de Debussy y Ravel, pero que en la recta final incorpora sintetizadores modulares y vuela a otros estratos más agitados con la entrada de un sincopado ritmo de batería. Hubo coincidencias azarosas, como que en varios momentos se rompieran vasos y botellas pero sincronizándose con el tempo, como en una audacia coyuntural o simplemente fruto de la sinergia esotérica. Vaya usted a saber, que diría aquel.
Luego, antes de atacar “Man Like You”, Watson bromea sobre dónde la compuso, confiesa que se siente loco esta noche y comparte un “pero eso es bueno, ¿no?”. Es locuaz, tiene labia y engancha sin parecer lunático o friki. Con “Wooden Arms” continúa creando imágenes con un deje folclórico acompañadas de percusiones con timbre y estilo asiático. Sobre “Melody Noir” comenta que es una canción inspirada en el cantante venezolano Simón Díaz y en su “Tonada de luna llena”, y cómo le fascinó su voz. Resulta una joya de calado superior.
No podía faltar “Je te laisserai des mots”, su canción en francés con mil trescientos millones de reproducciones en Spotify, que desprende clasicismo y conecta con el espíritu de “To Build A Home”, aquella colaboración estelar –voz, piano– y hechizante que hizo con The Cinematic Orchestra, que dedicó a la gente que sobrevive en cualquier lugar frente a las adversidades y logra crear su techo.
En la recta final sedujo la electrónica de “Ami imaginaire”, que recuerda el impacto y el poder envolvente de la música de bandas como Holy Fuck o de propuestas como Gorillaz. Acompaña hacia al Olimpo de una de sus grandes canciones, “Here Comes The River”, que careciendo de solemnidad contiene algo de himno imperecedero y en directo logra transportar aún más a los márgenes. No deja de ser una canción que habla de la pérdida de tiempo, de la impaciencia, de las dudas vitales, y menciona algunos años suyos en ese estado de transición hacia no sé sabe dónde.
Su último álbum vibra en directo, brota con soltura y a borbotones, por momentos como un manantial de caudal lento pero constante, en otras ocasiones con la presión desatada: “Silencio”, donde La Force exhibe su maestría vocal, como también ocurre en “House On Fire”. Y la alquimia se expande con el aire de intriga y las pinceladas electrónicas de “Peter And The Wolf” y con el swing y el aire a bossa nova de “The Wandering”.
En los corros que configura Watson junto a La Force y a sus fieles Mishka y Olivier se palpa la buena sintonía, como si quisiera hacer un conjuro junto a ellos o preparar una ceremonia no exenta de magia o aires chamánicos. Cualquier cosa puede suceder con estos músicos que están al servicio de unas canciones y unas atmósferas que combinan lo íntimo con lo clásico y con la electrónica. “Lighthouse” cierra el círculo y la velada, sobreviene como el final –o la cuadratura de los elementos– de un fenómeno en el que la música vuela libre, dejando rastros y registros imborrables. Menudo festín de concierto.
A la salida, en el callejón de San Ginés, me encuentro con Watson y me hago un selfi con él. Algo insólito en mí. Queriendo dejar una huella de lo vivido. También me cruzo con una amiga que me confiesa que lo ha visto siete veces. Desde ayer sé por qué Patrick Watson atrapa. ∎