“Estudiá una carrera, me decían. Y yo en mi cama, durmiendo todo el día”. Hay que tener mucho descaro –y las ideas muy claras– para despachar las exigencias de la vida adulta con un verso así. A un suspiro de cumplir quince años pateando escenarios, y tras cimentar su sonido con “Vamos a destruir” (2023) y capturar su incombustible energía en directo con “Siempre escucho las mismas canciones” (2025), el cuarteto se saca de la manga “Yendo rápido a ningún lugar”. Lejos de pedir perdón por peinar alguna cana prefieren reírse del paso del tiempo y seguir a lo suyo sin rastro de solemnidad. Tom Quintans y los suyos (Christian Ghisolfi, Mauro Ocorso y Marcos Canosa) dejan claro que sumar años en el carné de identidad solo sirve para afilar la puntería, subir el volumen al máximo y pasarse por el forro las expectativas ajenas. Siguen encontrando gasolina en las mismas obsesiones de siempre: el barrio, la amistad, el fútbol y las derrotas pequeñas. Y siguen convirtiendo, con sus propias fórmulas, una frase de bar en estribillo generacional.
De la mano de Felipe Quintans (hermano de Tom) en la silla de productor, la banda mete las manos en la tierra para inyectarle sangre nueva a su fórmula sin perder un ápice de esa sensibilidad de barrio que los define. Por primera vez, se atreven a salpicar sus canciones con cajas de ritmos, baterías electrónicas, teclados envolventes y samples. Juegan a desarmar sus propias costuras sonoras, buscando un terreno más lúdico que a ratos guiña el ojo a la libertad creativa de Beck o los Beastie Boys.
El viaje arranca descolocando por completo. “Algo que siempre te quise decir” abre el telón desde una calma inusual en ellos: una travesía acústica, larga y sumamente emotiva que respira cierto aire a Neutral Milk Hotel/ Okkervil River, para terminar reventando en un muro de guitarras muy noventero. De ahí saltamos a “El atrevido”, un dardo rápido y certero contra las presiones del éxito sistémico, envuelto en un estribillo de los que se te quedan tatuados en el cerebro a la primera de cambio y te convencen de que, a pesar de las cagadas, todo estuvo bien.
Otra pista donde vuelven a volarnos los plomos es en sus mutaciones de estudio. Ahí asoma “Cara de piedra”, una pista que contiene cierto rollo británico de corte clásico pero que trasteando con bases y teclados, acaba mutando en una colisión marciana que pisa el terreno de bandas como The Flaming Lips. Tampoco se queda atrás “Chaleco antibalas”, un medio tiempo brillante que cruza la vibra rutera acústica de Traveling Wilburys con la irrupción de una batería electrónica.
Damos un salto entre los surcos porque, si hablamos de inmediatez, “Gustavo Costas” se lleva el trofeo indiscutible. El fútbol siempre ha sido una religión innegociable en el cancionero y en la trinchera de sus directos, así que bautizar un tema con el nombre del mítico técnico de Racing entraba en todas las quinielas. Un corte acelerado, rabiosamente alegre y bailable, sostenido por un riff de guitarra y unas percusiones atípicas que te levantan del asiento. Para rematar la jugada, “Si me voy no significa que te quiera menos” nos regala un cruce de caminos inmejorable con Diego Ibáñez, vocalista de Carolina Durante. Un ejercicio de pura catarsis guitarrera donde el drama de la letra se camufla bajo una euforia melódica incontestable que hermana a la perfección el sonido de ambas bandas.
Al final “Yendo rápido a ningún lugar” deja claro una vez más que Bestia Bebé prefieren sudar la camiseta, autogestionarse el camino hasta colarse por méritos propios en carteles como el del Primavera Sound Barcelona y el Primavera Sound Porto de este año, y seguir facturando himnos honestos. No es la banda sonora de una crisis de mediana edad pero sí la victoria por goleada de cuatro colegas que han entendido que lo importante no es llenar el estadio de trofeos pero sí seguir bajando al barro a jugar el partido con los de siempre. ∎