“Para un segundo / Nuestro tiempo ya no es nuestro / Sin quererlo nos lo roban mientras trafican con nuestra atención / Somos espectadores inconscientes de una distracción constante”. La intro del segundo largo de La Plazuela ya nos pone en guardia. De un modo un tanto solemne, los recitados de Manuel Hidalgo “El Indio” y Luis Abril “El Nitro” comienzan reclamando nuestra atención frente el ritmo desenfrenado de la vida y la sobredosis de estímulos que nos rodean. Es un posicionamiento igual de ególatra que las típicas introducciones de autobombo a las que nos han acostumbrado tantos álbumes de hip hop, pero lanzado desde un lugar más honesto. Aquí no hay fake it until you make it porque ellos ya lo han conseguido. Un ejemplo simbólico: en menos de siete años de trayectoria ya han anunciado un concierto en la Plaza de Toros de su Granada natal (por comparar, Los Planetas tardaron 30 años en llegar a ese recinto).
Todo en La Plazuela ha ido muy rápido, pero el dúo, ahora afincado en Madrid, en lugar de disfrutar de esa fulgurante llegada de la vida cañón ha decidido pararse a reflexionar sobre lo que está ocurriendo. De ahí el título, que apela a la resituación en sus orígenes y a no perder la cabeza (“D.L.Y” es la abreviatura del inglés “Don’t Lose Yourself”). El Indio y El Nitro no esgrimen orgullo de barrio con esa chulería en plan “Ey, tíos, sigo siendo el de siempre, no he perdido calle”, sino por pura necesidad, la de quien sabe que tiene que volver a los suyos cada vez que sienta que algo se le está yendo de las manos.
“Verás cuando me pare en seco / Adicto a este trabajo desde crío / Ya no me quedan ni los vicios / Y p’al amor no tengo ni el momento / Me he mantenío en recordar / Por qué empecé con esto / Y ya conocía la ansiedad antes de empezar con esto / Solo en mi casa entenderán / Lo que no entiende el resto”, cantan en “Tengo que pensar”, y lo enlazan de forma superfina con una de sus frecuentes citas a la tradición oral flamenca: “Fui piedra de este muro y he perdío mi centro / Pasaron los años y me arrojaron al mar”. A continuación, “Si miro patrás” es una amarga queja contra la gente que los critica. Presumo que está inspirada tras el revuelo negativo que se produjo en redes cuando el dúo publicó el EP “La Caleta” (2024) junto a David de Jacoba. Aunque sea esta otra temática cliché, la rabia que destilan en sus palabras se antoja genuina, sentía. No solo eso, sino que, apoyados por la producción de Álvaro Arellano (Texture) –con quien empezaron a trabajar precisamente en aquel lanzamiento–, lo traducen en un jitazo que lleva a lo más alto su fórmula de rumba clásica con groove funk y le acaba metiendo unas cornetas y tambores de Semana Santa que, además, no son sampleadas, sino que están tocadas para la ocasión por la Banda de la Victoria del Realejo.
Todo lo que se apuntaba en “Roneo Funk Club” (2023) se perfecciona y amplifica en este segundo álbum, que ya no solo flirtea sin ironías posmodernas con la herencia quinqui de Los Chichos, Los Chunguitos y demás ilustres rumberos de los años setenta y ochenta en conjunción con el funky clásico, sino que se mira mucho en el city pop japonés al tiempo que emprende sugestivas fugas a otros estilos. Lo hacen de un modo pasmosamente natural, nunca como pegotes forzados, y desde un prisma muy contemporáneo. Lo mismo te cuelan un dueto con Ángeles Toledano en plan balada romántica con fondo orquestal en “Sólo eres pa mí” como un sample de Junco en “18010” (código postal del barrio granadino del Albaicín, por cierto). Te puede aparecer un mensaje de audio en WhatsApp (los cálidos consejos en inglés de la fotógrafa Esra Sam en “D.L.Y”) y una fuga salsera por toda la cara en el final de “La cara de Dios”. Momento muy especial es “Tiempos raros”, donde se apropian de la melodía de “Oh Mon Amour”, de José el Francés (1993), con ritmos jungle y la voz de Chonchi Heredia. Es el corte nueve del álbum, pero antes de eso ya afloran por doquier efluvios de Ketama, Ray Heredia y aquellos Jóvenes Flamencos de final de los ochenta y los primeros noventa. Tanto, que la frase que más me vino a la cabeza mientras escuchaba el disco ha sido: “¡Esto le habría encantado a Mario Pacheco, de Nuevos Medios!”. ∎