Leo que el desarrollo pasa en días, meses o años en un individuo. Y que la evolución toma siglos o millones de años en un grupo de seres vivos. Sin el visionario Ricardo Pachón (1937-2026) –por segundo apellido Capitán– y su aportación colosal, costaría primero captar, y comprender después, cómo el flamenco de las últimas tres décadas del siglo XX evolucionó –es decir, no solo se desarrolló, sino que fue más allá– de la manera en que lo hizo. Sin Ricardo Pachón por allí cuesta creer que eso hubiera ocurrido tan rápido. También cuesta creer que hubiera ocurrido igual. Cuesta incluso creer que hubiera ocurrido, aunque eso nunca lo sabremos.
Este sevillano intuitivo, creativo y sensible –como buen piscis, que confirmaría un astrólogo– nos dejó el pasado 19 de agosto a los 89 años. Fue, entre otras cosas, licenciado en Derecho y muy breve director del Instituto Andaluz del Flamenco. También productor –nada menos que de 114 discos, según sus datos– y compositor, documentalista, archivista, agitador y gestor cultural. Supo cómo y cuándo percibir el momento en que el flamenco, entendido como tradición, necesitaba transformarse para seguir latiendo y, a partir de ahí, dilatarse y propagarse para ser un camino que recorrieran las generaciones posteriores y le hablara a su tiempo.
Lo hizo con intuición, convicción y sentido del riesgo, pero tirando de memoria para no traicionar a la raíz, sino más bien para avivarla. Amparándola y dándole empellones al mismo tiempo. Ya mostró su ingenio desde bien pronto, como cuando en 1971 convenció a Manuel Molina para unirse con su guitarra a Smash a cambio de, usando sus influencias, librarle del servicio militar obligatorio. Logró las dos cosas.
Ahí, en Smash, clavó Pachón en la diana el dardo que se le había metido en las tripas al encontrar en París una copia de “Rock Encounter” (1970) de Sabicas y Joe Beck, disco que le rompió los esquemas. Aunque a Sabicas el rock le interesase tan poco como a Manuel Molina. No así a Ricardo, que más cerca que París tenía las tres bases estadounidenses de San Pablo, Morón de la Frontera y Rota, escaparates musicales muy avant la lettre en aquella España. Allí descubrió el primero de Pink Floyd, “The Piper At The Gates Of Dawn” (1967), otro flechazo. En esa línea.
Eso sí, tenía más cerca que esas tres bases estadounidenses el barrio sevillano de Triana, del que se enamoró cuando adolescente, poco antes de las expulsiones gitanas de 1957, tras llevar los calés casi cinco siglos instalados allí. Cruzar el Guadalquivir y toparse con aquella aleación heredera de un pasado de esclavos negros, judíos conversos, moriscos y de aquel presente previo al destierro de los gitanos hacia los polígonos fue para él otra rotura de esquemas. Debería ser una asignatura obligatoria de primero de flamenco –y de historia de España– visionar los 73 minutos de su documental “Triana pura y pura” (2013), con esas imágenes que atraviesan el ojo y el corazón con un sabor agridulce, el de contemplar un maravilloso mundo perdido. Pisoteado. Asesinado.
Un mundo cuya verdad él quiso –y supo conseguirlo en sus mejores producciones– evitar que quedara reducida a mera pieza de museo de folclorismo trivializado y estereotipado, reivindicándola al mezclarla con esa sensación de libertad, de lo que llegaba a través de las citadas tres bases militares, esos días de LSD, hachís y vinilos de lejanos planetas que le ofrecían un marco sonoro contemporáneo, distinto e inquieto.
Sí, en todo ese proceso Ricardo Pachón vio una verdad y no quiso mentir con ella. Ni mentir bien ni mentir mal, ni para divertirse ni para innovar sin más. Así que no permitió que se le colase ningún caballo de Troya y cerró la puerta a la exhibición hueca. No quiso ser como quienes han usado y usan (y usarán) esa verdad, o cualquier otra, como un lugar común de clichés, sin contexto social y cultural, solo como estética vacía y moda que viene y va. Al contrario, Ricardo vio ahí, en esa verdad, en esa autenticidad, una forma de vivir y de respirar contraculturalmente, en el sentido de expresarse de otra manera diferente a la establecida.
De manera que tiró para delante, con tal visión de lo venidero y echándole tan poca vergüenza y mucho desparpajo, es decir, como quien manda conscientemente a la mierda el qué dirán al no tener nada que perder, que a día de hoy todo lo que gestionó y que entonces molestaba y se rechazaba –sin ir más lejos el repudio que provocó el disco de Camarón “La leyenda del tiempo” (1979), tal vez su producción más aplaudida a posteriori– el paso del tiempo ha hecho que se considere obra referencial. Como también se consideran los otros cuatro discos destacados en los despieces de este artículo y varios otros en los que, al mando de la nave, Pachón dejó su sello (r)evolucionario en la producción; hablamos de obras que también podrían haberse reseñado como, por citar solo dos: “Fantasía occidental” (1978) de Silvio y Sacramento y “A tiempo” (1994) de Diego Carrasco.
Y ahora, la polémica, la piedra en el zapato, porque hasta el rabo todo es toro, incluso en los obituarios. “Morente me parece una persona inquieta, buscador, todo lo que tú quieras, pero no duele cuando canta flamenco. Y por bulerías no ha cantando en su vida, no sabe cantar por bulerías. Genéticamente está incapacitado para el compás de la bulería, eso ocurre en mucha gente. Y por soleá también es muy discutible, las versiones de Enrique por soleá, porque no mide el cante correctamente. En cante, lo siento mucho, pero hay que ser gitano, hoy por hoy”, dijo Ricardo en una entrevista hace trece años. Está en YouTube. Porque Ricardo era un gitanista obstinado, hasta las trancas. Cante gitano andaluz es como llamaba al flamenco en los últimos tiempos. Lo he escrito hace un par de párrafos: esa era su verdad y no quería mentir con ella.
Así que, puestos a recuperar, bien está, para cerrar el círculo del artículo, esta respuesta de Kiko Veneno en una entrevista que le hice hace cinco años para ‘Qualsevol Nit’, en la que, a una pregunta donde se citaba casualmente a Morente, soltó lo siguiente: “Y los que estaban entonces liderando el flamenco, como Ricardo Pachón, eran unos mairenistas. Y esto lo digo ahora para que la gente sepa historia, porque Antonio Mairena ha sido para mí la gran abominación del flamenco. Un máximo sabedor, pero con emoción cero. Y de soniquete, cero”. Para continuar atizando con esto: “Volviendo a Pachón, él a Camarón no lo podía ni ver cuando estaba haciendo las primeras canciones con Paco de Lucía. Porque encima Camarón era para él un gitano canastero, no era un gitano casero, era un gitano ambulante que cantaba cosas canasteras, y eso no tenía raigambre ni tenía ortodoxia ni tenía na, y la gente como Pachón, los mairenistas, eran fanáticos de la ortodoxia. Ahora bien, es bonito ver que Pachón maduró y a los diez años estaba produciéndole a Camarón ‘La leyenda del tiempo’, pues se había dado cuenta, había pensado, y eso habla muy bien de él. Es bonito que la gente sepa superar sus prejuicios. Pero es bueno saber la historia por eso, porque ves los cambios y cambalaches que la gente damos”. Gloria para todos, el que sigue vivo y los que ya están muertos. ∎

Conste que se podría haber escogido también “Pasaje del agua” (1976), el siguiente disco de Lole Montoya y Manuel Molina, ese en el que se fijó Quentin Tarantino para la banda sonora de “Kill Bill. Volumen 2” (2004), incluyendo en la misma “Tu mirá”. Y hasta el homónimo tercero que les produjo Pachón en 1977. Pero este rompió más. “Nuevo día” es fuente clara, voz, guitarra y palmas con un poquito de teclado en “Un cuento para mi niño”. Pero la (r)evolución estaba en las letras del poeta hippie Juan Manuel Flores, que hablaban –en aquellos días con Franco por fin en la rampa de salida– de luz que venía, de futuro con esperanza, con flores gritando y cardos que callaban. De todo lo que pudo ser. Escogido en el puesto 22 de los 100 mejores discos españoles del siglo XX por Rockdelux.

Auténtica (e irrepetible: algo así no se puede fotocopiar) locura. La gente no entendió nada hasta mucho más tarde. Se adelantaron tanto a su tiempo que vendieron unas ruinosas mil copias, según afirmaba Pachón. Aquello fue un porrero partido de fútbol musical entre California y Sevilla y ganaron los dos; la pelota se podía tocar con la mano, qué más daba. El gol con el culo valía doble. Con Kiko Veneno, anarco que lo flipas en el año del punk –y no como el de este último lustro, domesticado perdido; ¡José María, otro “Sombrero roto” (2019), otro “Hambre” (2021)!– y los hermanos Raimundo y Rafael Amador (1960-2026) metiendo miedo de lo buenísimos que eran. Callejero. Caótico. Fetén. Escogido en el puesto 1 de los 100 mejores discos españoles del siglo XX por Rockdelux.

Como el “Rock Encounter” (1970) de Sabicas y Joe Beck, pero desde una estancia-grabación en Platja d’Aro a tutiplén, sufragada por el mecenas Oriol Regàs. Intuición, pureza, inocencia y botes con dos mil dosis de LSD a cincuenta a pesetas. El single con “El garrotín” –medio en inglés– y “Tangos de Ketama” fue un éxito de ventas en 1971. Pero Gualberto García se piró. Salió el segundo, “Ni recuerdo, ni olvido” (1972), y Julio Matito se fue. Pero tenebamus flamenco-rock. O rock flamenco. En 1978 esos tres temas –Pachón es uno de los nombres acreditados en la composición– y dos más de aquellas sesiones, “Tarantos” y “Alameda’s Blues”, dieron forma a la cara A de este álbum compartido cuyo lado B recogía cantes de Agujetas con Manolo Sanlúcar (1943-2022). En 1979 Smash dejó de existir. Pioneros, pioneros. Escogido en el puesto 32 de los 100 mejores discos españoles del siglo XX por Rockdelux.

Todo por culpa de (o gracias a) un juego de sábanas, que provocaron un conflicto doméstico entre Lole y “La Chispa”: la esposa de Manuel Molina rebotada con la de Camarón, ambas por nombre Dolores Montoya. Luego una cosa llevó a la otra y Pachón, como sin querer, pero con toda la intención, tiró de ese hilo para sacar a Camarón del rebufo de llevar nueve discos seguidos de voz, guitarra y palmas con Paco de Lucía. Y lo prendió. El cantaor quería volar y fue lanzado nada menos que a la estratósfera, con Federico García Lorca de la mano. Que, superado por el reto, José Monge le dijese a Ricardo “lo próximo, algo de guitarrita y palmas” confirma el vértigo de la apuesta: qué fuerte fue, qué alto llegó. Escogido en el puesto 2 de los 100 mejores discos españoles del siglo XX por Rockdelux.

Rafael y Raimundo Amador salieron envenenados de “Veneno” y ya no pudieron parar durante una década, instalados en una continua primavera lisérgica sevillana. Aunque aquí sí se nota que lo hicieron un poco, lo de parar, para peinar algo a raya, arreglado pero informal, el pelo revuelto y asalvajado de sus tres álbumes precedentes. Como cogieron ese peine con muy buena mano y cero impostura, con pura intuición, salió en la fotografía el álbum que mejor definió y sobrevivió (aún hoy) a lo que vino en llamarse nuevo flamenco, sacándole una cabeza a El Lebrijano y Ketama, que se les anticiparon tres años. Tras estas blueslerías, Rafael y Raimundo dejaron de ser compañeros del alma. Escogido en el puesto 7 de los 100 mejores discos españoles del siglo XX por Rockdelux, que también lo eligió mejor disco nacional de la década de los 80s. ∎